Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

viernes, 19 de junio de 2020

Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias

Seguimos en el mes del Sagrado Corazón de Jesús. Parece por tanto oportuno incluir el texto del Angelus del Papa Juan Pablo II del domingo 22 de junio de 1986 invitandonos a la devocion al Corazón de Jesús pocos meses antes de su viaje apostolico a Francia, durante el cual, el 5 de octubre visitó Paray-le-Monial, lugar donde el 16 de junio de 1675 Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacoque.

 Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias.

Rezando así, particularmente ahora, en el mes de junio, meditamos en aquella complacencia eterna que el Padre tiene en el Hijo: Dios en Dios, Luz en Luz.
Esa complacencia significa también Amor: este Amor al que todo lo que existe le debe su vida: sin Él, sin Amor, y sin el Verbo-Hijo, no se hizo nada de cuanto se ha hecho. (Jn 1, 3).
Esta complacencia del Padre encontró su manifestación en la obra de la creación, en particular en la del hombre, cuando Dios "vio lo que había hecho y he aquí que era bueno... era muy bueno" (cf. Gén 1, 31).
¿No es, pues, el Corazón de Jesús ese "punto" en el que también el hombre puede volver a encontrar plena confianza en todo lo creado? Ve los valores, ve el orden y la belleza del mundo. Ve el sentido de la vida.


Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias.

Nos dirigimos a la orilla del Jordán.
Nos dirigimos al monte Tabor.
En ambos acontecimientos descritos por los Evangelistas se oye la voz del Dios invisible, y es la voz del Padre:
"Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia. Escuchadle" (Mt 17, 5).
La eterna complacencia del Padre acompaña al Hijo, cuando Él se hizo hombre, cuando acogió la misión mesiánica a desarrollar en el mundo, cuando decía que su comida era cumplir la voluntad del Padre.
Al final Cristo cumplió esta voluntad haciéndose obediente hasta la muerte de cruz, y entonces esa eterna complacencia del Padre en el Hijo, que pertenece al íntimo misterio del Dios-Trino, se hizo parte de la historia del hombre. En efecto, el Hijo mismo se hizo hombre y en cuanto tal tuvo un corazón de hombre, con el que amó y respondió al amor. Antes que nada al amor del Padre.
Y por eso en este corazón, en el Corazón de Jesús, se concentró la complacencia del Padre.
Es la complacencia salvífica. En efecto, el Padre abraza con ella ―en el corazón de su Hijo― a todos aquellos por los que este Hijo se hizo hombre. Todos aquellos por los que tiene el corazón. Todos aquellos por los que murió y resucitó.
En el Corazón de Jesús el hombre y el mundo vuelven a encontrar la complacencia del Padre. Este es el corazón de nuestro Redentor. Es el corazón del Redentor del mundo.


En nuestro rezo del Ángelus Domini unámonos a María. Unámonos a Ella, de la que el Hijo de Dios tomó un corazón humano. Pidámosle que nos acerque a Él. Pidamos a Ella, en el corazón del Hijo, acerque al hombre y al mundo la complacencia del Padre, el Amor del Padre, la misericordia de Dios.

 

 


miércoles, 17 de junio de 2020

El Santo Fray Alberto según Juan Pablo II




Hoy la Iglesia celebra la memoria liturgica de San Alberto Chmielowski,  inspirador espiritual de Karol Wojtyla.  Escuchemos que nos dice el mismo de este santo tan particular: 


“Me pregunto a veces qué papel ha desempeñado en mi vocación la figura del Santo Fray Alberto. Adam Chmielowski -éste era su nombre- no era sacerdote. Todos en Polonia saben quien fue. En el período de mi interés por el teatro rapsódico y por el arte, la figura de este hombre valiente, que había tomado parte en la "insurrección de enero" (1863) perdiendo una pierna durante los combates, tenía para mí una atracción espiritual particular. Como es sabido, Fray Alberto era pintor: había realizado sus estudios en Munich. El patrimonio artístico que dejó muestra que tenía un gran talento. Sin embargo, en un cierto momento de su vida este hombre rompe con el arte porque comprende que Dios lo llama a tareas más importantes. Conociendo el ambiente de los pobres de Cracovia, cuyo lugar de encuentro era el dormitorio público, llamado también "lugar de la calefacción'', en la calle Krakowska, Adam Chmielowski decide convertirse en uno de ellos, no como el limosnero que llega desde fuera para distribuir dones, sino como uno que se da a sí mismo para servir a los desheredados.

Este fascinante ejemplo de sacrificio suscita muchos seguidores. Alrededor de Fray Alberto se reúnen hombres y mujeres. Nacen así dos Congregaciones, que se dedican a los más pobres. Todo esto sucedió en los comienzos de nuestro siglo, en el período anterior a la primera guerra mundial
Fray Alberto no pudo ver el momento en el que Polonia conquistó su independencia. Murió en Navidad de 1916. Sin embargo, su obra sobrevivió convirtiéndose en expresión de las tradiciones polacas de radicalismo evangélico, siguiendo las huellas de San Francisco de Asís y de San Juan de la Cruz.

En la historia de la espiritualidad polaca Fray Alberto ocupa un lugar especial. Para mí su figura fue determinante, porque encontré en él un particular apoyo espiritual y un ejemplo en mi alejamiento del arte, de la literatura y del teatro, por la elección radical de la vocación al sacerdocio. Una de las alegrías más grandes que he tenido como Papa ha sido la de elevar al honor de los altares a este pobrecito de Cracovia con hábito gris, primero con la beatificación en Blonie Krakowskie durante el viaje a Polonia del año 1983, y después con la canonización en Roma en el mes de noviembre del memorable año 1989. Muchos autores de la literatura polaca han inmortalizado la figura de Fray Alberto. Entre las diversas obras artísticas, novelas y dramas, es digna de ser mencionada la monografía que le dedicó el P. Konstanty Michalski. También yo, siendo joven sacerdote, en la época en que era coadjutor en la iglesia de San Florián de Cracovia, le dediqué una obra dramática llamada "El Hermano de nuestro Dios", saldando así la gran deuda de gratitud que había contraído con él.”

Karol Wojtyla/Juan Pablo II: DON Y MISTERIO, Libreria Editrice Vaticana 2011


sábado, 13 de junio de 2020

Corpus Christi: Iglesia santa alaba a tu Señor




“ La Iglesia ha escogido, desde hace siglos, el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad como día dedicado a una especial veneración pública de la Eucaristía: el día del Corpus Domini. (En la Argentina hace años como el jueves es dia laborable la solemnidad se ha trasladado al sábado o domingo siguiente.)
La celebramos… deseando asociar a ella toda la fe y todo el amor de Pedro y de los Apóstoles, los cuales, el Jueves Santo, antes de Pascua, participaron en la última Cena, es decir, en la institución de este Sacramento, que fue siempre considerado en la Iglesia como el más santo: el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor. El sacramento de la Pascua divina. El sacramento de la muerte y de la resurrección. El sacramento del Amor, que es más poderoso que la muerte. El sacramento del sacrificio y del banquete de la redención. El sacramento de la comunión de las almas con Cristo en el Espíritu Santo. El sacramento de la fe de la Iglesia peregrinante y de la esperanza de la unión eterna. El alimento de las almas. El sacramento del pan y del vino, de las especies más pobres, que se convierten en nuestro tesoro y en nuestra riqueza más grandes. "He aquí el pan de los ángeles, convertido en pan de los caminantes" (secuencia), "...no como el pan que comieron los padres y murieron; el que come de este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 58).
¿Por qué ha sido escogido un jueves para la solemnidad del Corpus Domini?... Esta solemnidad se refiere al misterio ligado históricamente a ese día, al Jueves Santo. Y tal día es, en el sentido más estricto de la palabra, la fiesta eucarística de la Iglesia. El Jueves Santo se cumplieron las palabras que Jesús había pronunciado una vez en la sinagoga de Cafarnaún; al oírle, "muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían", mientras los Apóstoles respondieron por boca de Pedro: "¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 66-68). La Eucaristía encierra en sí el cumplimiento de esas palabras. En ella la vida eterna tiene su anticipo y su comienzo.
"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (Jn 6, 54). Eso vale ya para el mismo Cristo, que inicia su triduo pascual el Jueves Santo con la última Cena, es condenado a muerte y crucificado el Viernes Santo, y resucitará al tercer día. La Eucaristía es el sacramento de esa muerte y de esa resurrección.
En ella, el Cuerpo de Cristo se transforma verdaderamente en comida y la Sangre en bebida para la vida eterna, para la resurrección. En efecto, el que come ese Cuerpo eucarístico del Señor y bebe en la Eucaristía la Sangre derramada por El para la redención del mundo, llega a esa comunión con Cristo, de la que el Señor mismo dice: "Permanece en mí y yo en él" (Jn 15, 4). Y el hombre, permaneciendo en Cristo, en el Hijo que vive del Padre, vive también, mediante El, de esa vida que constituye la unión del Hijo con el Padre en el Espíritu Santo: vive la vida divina.
Celebramos, por tanto, la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo el jueves después de la Santísima Trinidad, para poner de relieve precisamente esa Vida que nos da la Eucaristía. Mediante el Cuerpo y la Sangre de Cristo permanece en ella un reflejo más completo de la Santísima Trinidad, de modo que la Vida divina es participada, en este sacramento, por nuestras almas. Este es el misterio más profundo, más íntimo que asumimos con todo nuestro corazón, con todo nuestro "yo" interior. Y lo vivimos en la intimidad, en el recogimiento más profundo, sin encontrar ni las palabras justas, ni los gestos adecuados para corresponder a él. Las palabras más exactas quizá sean éstas: "Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo..." (Mt 8, 8), unidas a una actitud de adoración profunda.
Sin embargo, existe un único día —y un determinado tiempo— en el que nosotros queremos dar, a una realidad tan íntima, una especial expresión exterior y pública. Esto sucede precisamente hoy. Es una expresión de amor y de veneración.
Cristo pensando en su muerte, de la que dejó su propio memorial en la Eucaristía, ¿no dijo acaso una vez "Padre, glorifícame cerca de Ti mismo, con la gloria que tuve cerca de Ti antes que el mundo existiese" (Jn 17, 5)?
Cristo permanece en esa gloria después de la resurrección. El sacramento de su expoliación y de su muerte es al mismo tiempo el sacramento de esa gloria en la que permanece. Y aunque a la glorificación, de que goza en Dios, no corresponda ninguna expresión adecuada de adoración humana, es justo sin embargo, que con la Eucaristía del Jueves Santo se enlace también esa liturgia especial de adoración, que lleva consigo la fiesta de hoy. Este es el día en que no solamente recibimos la Hostia de la vida eterna, sino que también caminamos con la mirada fija en la Hostia eucarística, juntos todos en procesión, que es un símbolo de nuestra peregrinación con Cristo en la vida terrena.
Caminamos por las plazas y calles de nuestras ciudades, por esos caminos nuestros en los que se desarrolla normalmente nuestra peregrinación. Allí donde viviendo, trabajando, andando con prisas, lo llevamos en lo íntimo de nuestros corazones, allí queremos llevarlo en procesión y mostrárselo a todos, para que sepan que, gracias al Cuerpo del Señor, todos tienen o pueden tener en sí la vida (cf. Jn 6, 52 Y para que respeten esa nueva vida que hay en el hombre.
¡Iglesia santa, alaba a tu Señor! Amén.



viernes, 12 de junio de 2020

Karol Wojtyla: Profesor de Ética



Si bien es por todos conocida la vida y obra del autor polaco, hay una parte de su itinerario filosófico y espiritual, muy poco conocido, que es su período de profesor universitario de Ética en las Universidad de Cracovia y Lublin, que es lo que nos interesa detenernos para comprender mejor su concepción de la ley natural, ya que estamos ante un auténtico filósofo. Bien afirma José María Corzo, “Cuando el Cardenal Wojtyla fue elegido Papa, las agencias de noticias se apresuraron a resaltar que desde Adrián VI, hacía cuatro siglos, la Iglesia Católica no tenía un Papa no-Italiano. Ningún periódico hizo caer en la cuenta que también desde hacía siete siglos, desde Juan XXI, no había vuelto a subir al solio de Pedro un profesor de Filosofía”

Siguiendo una de las biografías mejor logradas, como es la de George Weigel , damos por conocida toda la etapa anterior y, empezamos en el año1951, por ser el año de mayor significación académica universitaria y donde comienza su formación ética que terminará en sus más de veinte años de docencia en ética.

Una vez concluido su doctorado en Teología en la Angelicum de Roma, con su tesis sobre la Fe en San Juan de la Cruz,  bajo la dirección del P. R. Garrigou Lagrange, y de algunas funciones pastorales de parroquia y capellanía universitaria que duraron unos tres años, el arzobispo Baziak decidió que el Padre Wojtyla debía retornar a la vida académica y obtener un segundo doctorado mediante la escritura de una tesis de habilitación en Filosofía que le permitiría enseñar a nivel universitario, por lo cual le concede dos años sabáticos académicos para completar la tesis. A sugerencia de un antiguo profesor decidió introducirse en la obra del filósofo Alemán Max Scheler, para comprobar si el nuevo estilo filosófico de éste le ayudaba a resolver el problema de la experiencia moral. A lo que concluye Wojtyla, una vez terminada su tesis, que no podía hacerlo en su totalidad pero que aun así había importantes cosas que aprender de Scheler, por ejemplo, su personalismo que rescataba la filosofía moral de las ásperas abstracciones de la ética kantiana y restituía el patetismo, el éxtasis y, de hecho, el ethos de la vida humana. También compartía la afirmación de Scheler de que las intuiciones humanas sobre la verdad de las cosas incluían las intuiciones morales, cierto conocimiento del corazón, que era, no obstante, un conocimiento real.

Bien concluye Weigel, que el resultado global sería lo que Wojtyla llamaría un modo de hacer filosofía que sintetizaba ambos enfoques: el realismo metafísico de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino y la sensibilidad frente a la experiencia humana de la fenomenología de Max Scheler. Es decir, que el estudio del pensador Alemán, implicó para Wojtyla el primer intento de vincular y conciliar la objetividad realista arraigada en la Filosofía del Seminario y el Angelicum al énfasis de la filosofía moderna en la experiencia y la subjetividad humana.

En el año 1954, la Universidad de Jagellonica de Cracovia, le concedió el segundo doctorado, ahora en Filosofía. Un año antes, es decir, en el año 1953 comenzaría su docencia académica con un curso de Ética Social Católica en la Facultad de Teología de la Universidad Jagelloniana. Cuando la Facultad fue suprimida por el régimen comunista a principios de 1954, continúo el curso de Ética Social en la escuela de Teología que se organizó rápidamente para los seminaristas.

En esta época es cuando comenzó a dar forma el denominado proyecto de Lublin. La Universidad Católica de Lublin fue fundada en 1918. La facultad de Filosofía, se estableció en 1946. Los profesores de la UCL, empezaron a diagramar una iniciativa Filosófica que vinculara tres largas series de cuestiones: La Metafísica (una teoría general de la realidad, un modo de explicar las cosas en esencia) y la Antropología (la naturaleza y el destino de la persona humana) se encontrarían en la Ética.

 Este proyecto sería definido por cuatro hombres jóvenes. El grupo incluía a Jerzy Kalinowski, decano de la Facultad de Filosofía, especialista en Lógica y Filosofía del Derecho , Stefan Swiezawski, historiador de filosofía, el P. Mieczyslaw Albert Krapiec, dominico especialista en Metafísica y el Padre Karol Wojtyla, especialista en Ética. Empezaron con la convicción de ser radicalmente realistas en lo que se refería al mundo y a la capacidad humana de conocerlo.

Su filosofía partiría de una reflexión disciplinado sobre la persona y la experiencia humanas, en lugar de una cosmología. Es decir, el punto de partida será la Persona Humana.

En este contexto, es que en noviembre de 1956, en su tercer año como miembro docente de la UCL, Wojtyla sucederá al dominico Feliks Bednarski en la cátedra de Ética de la facultad de Filosofía de la UCL, puesto que ejercerá durante 22 años. Sus cursos implicaban un intenso dialogo con las principales figuras de la tradición filosófica occidental, Platón y Aristóteles, San Agustín y Santo Tomás de Aquino, Kant y Hume, y J. Bentham, y por supuesto Max Scheler. En estos años es donde publica sus estudios sobre ética, antropología y matrimonio, y sus dos grandes obras como Amor y Responsabilidad en 1960 y Persona y Acción , publicada en 1969 y considerada su obra cumbre.

Sus principales interlocutores eran en este caso Max Scheler y su ética de los valores, I. Kant y su ética de los deberes y la teoría aristotélica – tomista de la potencia y el acto. La síntesis de Wojtyla de este diálogo era: Los valores morales de honestidad y la valentía, la valentía, a través de una acción honesta y valiente, se convierten en una persona honesta y valiente.

Bermúdez, F. A. P.(2016, octubre). La ley natural en Karol Wojtyla [en línea]. Presentado en Duodécima Jornadas Internacionales de Derecho Natural : Ley Natural y Dignidad Humana. Universidad Católica Argentina. Facultad de Derecho, Buenos Aires. Disponible en: http://bibliotecadigital.uca.edu.ar/repositorio/ponencias/ley-natural-karol-wojtyla-bermudez.pdf


sábado, 6 de junio de 2020

Auschwitz: monumento a las consecuencias del totalitarismo



Auschwitz, al lado de otros lager, queda símbolo dramáticamente elocuente de las consecuencias del totalitarismo. La peregrinación a estos lugares con el recuerdo y con el corazón, en este cincuenta aniversario, es obligatoria. "Me arrodillo —dije en el año 1979 durante la Santa Misa celebrada en Brzezinka, cerca de Auschwitz— sobre este Gólgota del mundo contemporáneo"[4]. Como entonces, renuevo idealmente mi peregrinación a tales campos de exterminio. Me paro especialmente "ante las lápidas con la inscripción en hebreo", para recordar al pueblo "cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total" y para confirmar que "no le es lícito a nadie pasar con indiferencia"[5]. Como entonces, me detengo ante las lápidas en ruso, después de los cambios sobrevenidos en la ex-Unión Soviética y recuerdo "la parte que ha tenido este País en la última Guerra por la libertad de los pueblos"[6]. Me detengo después ante las lápidas en lengua polaca y pienso de nuevo en el sacrificio de buena parte de la nación, que anota "una dolorosa cuenta sobre la conciencia de la humanidad". Como dije en 1979, repito hoy: "He elegido tres lápidas. Pero sería necesario detenerse delante de cada una de las existentes"[7]. Sí, en este cincuenta aniversario del final de la Segunda Guerra mundial, siento la íntima necesidad de permanecer junto a todas las lápidas, también de aquellas que recuerdan el sacrificio de víctimas menos conocidas o incluso olvidadas.
De esta meditación brotan interrogantes que la humanidad no puede dejar de lado. ¿Por qué se llegó a un grado tal de envilecimiento del hombre y de los pueblos? ¿Por qué, acabada la guerra, no se han sacado las debidas consecuencias de tan amarga lección para todo el continente europeo?
El mundo, y en particular Europa, se dirigieron hacia aquella gran catástrofe porque habían perdido la energía moral necesaria para hacer frente a todo lo que les empujaba hacia la guerra. En efecto, el totalitarismo destruye la libertad fundamental del hombre y viola sus derechos. Manipulando la opinión pública con el martilleo incesante de la propaganda, empuja a ceder fácilmente al recurso a la violencia y las armas y acaba por aniquilar el sentido de responsabilidad del ser humano.
Entonces, por desgracia, no nos dimos cuenta de que cuando se llega a pisotear la libertad, se ponen las condiciones para un peligroso deslizamiento hacia la violencia y el odio, precursores de la "cultura de la guerra". Precisamente esto fue lo que sucedió: no fue difícil a los jefes conducir a las masas a la elección fatal, mediante la afirmación del mito del hombre superior, la aplicación de políticas racistas o antisemitas, el desprecio hacia la vida de cuantos eran considerados inútiles a causa de enfermedades o marginación, la persecución religiosa o la discriminación política, la reducción progresiva de las libertades por medio del control policial y el condicionamiento psicológico derivado del uso unilateral de los medios de comunicación social. Precisamente a estas tramas se refería el Papa Pío XI de venerada memoria cuando, en la Encíclica Mit brennender Sorge, del 14 de marzo de 1937, hablaba de "tétricos programas" que aparecían en el horizonte[8].


viernes, 5 de junio de 2020

El origen de la vida y de la evolución



Me alegra el primer tema que habéis elegido, el del origen de la vida y de la evolución, tema esencial que interesa mucho a la Iglesia, puesto que la Revelación, por su parte, contiene enseñanzas relativas a la naturaleza y a los orígenes del hombre. ¿Coinciden las conclusiones a las que llegan las diversas disciplinas científicas con las que contiene el mensaje de la Revelación? Si, a primera vista, puede parecer que se encuentran oposiciones, ¿en qué dirección hay que buscar su solución? Sabemos que la verdad no puede contradecir a la verdad (cf. León XIII, encíclica Providentissimus Deus). Por otra parte, para aclarar mejor la verdad histórica, vuestras investigaciones sobre las relaciones de la Iglesia con la ciencia entre el siglo XVI y el XVIII son de gran importancia.

Durante esta sesión plenaria, hacéis una «reflexión sobre la ciencia en el umbral del tercer milenio», comenzando por determinar los principales problemas creados por las ciencias, que influyen en el futuro de la humanidad. Mediante vuestros trabajos, vais proponiendo soluciones que serán beneficiosas para toda la comunidad humana. Tanto en el campo de la naturaleza inanimada como en el de la animada, la evolución de la ciencia y de sus aplicaciones plantea interrogantes nuevos. La Iglesia podrá comprender mejor su alcance en la medida en que conozca sus aspectos esenciales. Así, según su misión específica podrá brindar criterios para discernir los comportamientos morales a los que todo hombre está llamado, con vistas a su salvación integral.
3. Antes de proponeros algunas reflexiones más específicas sobre el tema del origen de la vida y de la evolución, quisiera recordaros que el Magisterio de la Iglesia ya ha sido llamado a pronunciarse sobre estas materias, en el ámbito de su propia competencia. Deseo citar aquí dos intervenciones.
En su encíclica Humani generis (1950), mi predecesor Pío XII ya había afirmado que no había oposición entre la evolución y la doctrina de la fe sobre el hombre y su vocación, con tal de no perder de vista algunos puntos firmes (cf. AAS 42 [1950], pp. 575-576).

Por mi parte, cuando recibí el 31 de octubre de 1992 a los participantes en la asamblea plenaria de vuestra Academia, tuve la ocasión, a propósito de Galileo, de atraer la atención hacia la necesidad de una hermenéutica rigurosa para la interpretación correcta de la Palabra inspirada. Conviene delimitar bien el sentido propio de la Escritura, descartando interpretaciones indebidas que le hacen decir lo que no tiene intención de decir. Para delimitar bien el campo de su objeto propio, el exégeta y el teólogo deben mantenerse informados acerca de los resultados a los que llegan las ciencias de la naturaleza (cf. AAS 85 [1993], pp. 764-772, Discurso a la Pontificia Comisión Bíblica, 23 de abril de 1993, anunciando el documento sobre La interpretación de la Biblia en la Iglesia: AAS 86 [1994], pp. 232-243).

4. Teniendo en cuenta el estado de las investigaciones científicas de esa época y también las exigencias propias de la teología, la encíclica Humani generis consideraba la doctrina del «evolucionismo» como una hipótesis seria, digna de una investigación y de una reflexión profundas, al igual que la hipótesis opuesta. Pío XII añadía dos condiciones de orden metodológico: que no se adoptara esta opinión como si se tratara de una doctrina cierta y demostrada, y como si se pudiera hacer totalmente abstracción de la Revelación a propósito de las cuestiones que esa doctrina plantea. Enunciaba igualmente la condición necesaria para que esa opinión fuera compatible con la fe cristiana; sobre este aspecto volveré más adelante.

Hoy, casi medio siglo después de la publicación de la encíclica, nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis. En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto paulatinamente al espíritu de los investigadores, a causa de una serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La convergencia, de ningún modo buscada o provocada, de los resultados de trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo en favor de esta teoría.
¿Cuál es el alcance de dicha teoría? Abordar esta cuestión significa entrar en el campo de la epistemología. Una teoría es una elaboración metacientífica, diferente de los resultados de la observación, pero que es homogénea con ellos. Gracias a ella, una serie de datos y de hechos independientes entre sí pueden relacionarse e interpretarse en una explicación unitaria. La teoría prueba su validez en la medida en que puede verificarse, se mide constantemente por el nivel de los hechos; cuando carece de ellos, manifiesta sus límites y su inadaptación. Entonces, es necesario reformularla.

Además, la elaboración de una teoría como la de la evolución, que obedece a la exigencia de homogeneidad con los datos de la observación, toma ciertas nociones de la filosofía de la naturaleza.
Y, a decir verdad, más que de la teoría de la evolución, conviene hablar de las teorías de la evolución. Esta pluralidad afecta, por una parte, a la diversidad de las explicaciones que se han propuesto con respecto al mecanismo de la evolución, y, por otra, a las diversas filosofías a las que se refiere. Existen también lecturas materialistas y reduccionistas, al igual que lecturas espiritualistas. Aquí el juicio compete propiamente a la filosofía y, luego, a la teología.

5. El Magisterio de la Iglesia está interesado directamente en la cuestión de la evolución, porque influye en la concepción del hombre, acerca del cual la Revelación nos enseña que fue creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 28-29). La constitución conciliar Gaudium et spes ha expuesto magníficamente esta doctrina, que es uno de los ejes del pensamiento cristiano. Ha recordado que el hombre es «la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» (n. 24). En otras palabras, el hombre no debería subordinarse, como simple medio o mero instrumento, ni a la especie ni a la sociedad; tiene valor por sí mismo. Es una persona. Por su inteligencia y su voluntad, es capaz de entrar en relación de comunión, de solidaridad y de entrega de sí con sus semejantes. Santo Tomás observa que la semejanza del hombre con Dios reside especialmente en su inteligencia especulativa, porque su relación con el objeto de su conocimiento se asemeja a la relación que Dios tiene con su obra (cf. Summa Theol., I-II, q. 3, a. 5, ad 1). Pero, más aún, el hombre está llamado a entrar en una relación de conocimiento y de amor con Dios mismo, relación que encontrará su plena realización más allá del tiempo, en la eternidad. En el misterio de Cristo resucitado se nos ha revelado toda la profundidad y toda la grandeza de esta vocación (cf. Gaudium et spes, 22). En virtud de su alma espiritual, toda la persona, incluyendo su cuerpo, posee esa dignidad. Pío XII había destacado este punto esencial: el cuerpo humano tiene su origen en la materia viva que existe antes que él, pero el alma espiritual es creada inmediatamente por Dios («animas enim a Deo immediate creari catholica fides nos retinere iubet»: encíclica Humani generis: AAS 42 [1950], p. 575).

En consecuencia, las teorías de la evolución que, en función de las filosofías en las que se inspiran, consideran que el espíritu surge de las fuerzas de la materia viva o que se trata de un simple epifenómeno de esta materia, son incompatibles con la verdad sobre el hombre. Por otra parte, esas teorías son incapaces de fundar la dignidad de la persona.

6. Así pues, refiriéndonos al hombre, podríamos decir que nos encontramos ante una diferencia de orden ontológico, ante un salto ontológico. Pero, plantear esta discontinuidad ontológica, ¿no significa afrontar la continuidad física, que parece ser el hilo conductor de las investigaciones sobre la evolución, y esto en el plano de la física y la química? La consideración del método utilizado en los diversos campos del saber permite poner de acuerdo dos puntos de vista, que parecerían irreconciliables. Las ciencias de la observación describen y miden cada vez con mayor precisión las múltiples manifestaciones de la vida y las inscriben en la línea del tiempo. El momento del paso a lo espiritual no es objeto de una observación de este tipo que, sin embargo, a nivel experimental, puede descubrir una serie de signos muy valiosos del carácter específico del ser humano. Pero la experiencia del saber metafísico, la de la conciencia de sí y de su índole reflexiva, la de la conciencia moral, la de la libertad o, incluso, la experiencia estética y religiosa competen al análisis y de la reflexión filosóficas, mientras que la teología deduce el sentido último según los designios del Creador.

7. Para concluir, quisiera recordar una verdad evangélica capaz de irradiar una luz superior sobre el horizonte de vuestras investigaciones acerca de los orígenes y el desarrollo de la materia viva. En efecto, la Biblia es portadora de un extraordinario mensaje de vida. Dado que caracteriza las formas más elevadas de la existencia, nos da una visión sabia de la vida. Esta visión me ha guiado en la encíclica que he dedicado al respeto de la vida humana y que, precisamente, he titulado Evangelium vitae.

Es significativo que, en el evangelio de san Juan, la vida designa la luz divina que Cristo nos comunica. Estamos llamados a entrar en la vida eterna, es decir, en la eternidad de la felicidad divina.
Para ponernos en guardia contra las tentaciones más grandes que nos acechan, nuestro Señor cita las importantes palabras del Deuteronomio: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8, 3, cf. Mt 4, 4).

Por otra parte, la vida es uno de los más hermosos títulos que la Biblia ha reconocido a Dios. Él es el Dios vivo.

De todo corazón invoco la abundancia de las bendiciones divinas sobre todos vosotros y vuestros seres queridos.

Vaticano, 22 de octubre de 1996


miércoles, 3 de junio de 2020

Adam Stephan Sapieha: Una figura clave en la vida de Karol Wojtyla


En este blog hay dos posts donde se menciona la influencia del Cardenal Sapieha en la vida de Karol Wojtya. Agrego aquí otras dos breves citas adicionales, una de Norman Davies (que habla del particular espíritu polaco)  y otra de Rocco Buttiglione (específicamente sobre Karol Wojtyla). 

Norman Davies, considerado por los polacos el “historiador oficial” polaco por su objetividad en analizar la historia de Polonia,  dice en uno de los capítulos (pag 311) de Heart of Europe – The past in the present of Poland

“Completada la 3ra partición de Polonia en 1795 y el nombre de Polonia  borrado del mapa, los poderes dominantes sintieron que la historia estaba de su lado. Con el tiempo – pensaban - los polacos aceptarían su suerte y eventualmente se integrarían a las demás poblaciones absorbidas. Todas las monarquías del este de Europa eran estados dinámicos que habían surgido anexándose una amplia selección de pueblos y provincias conquistados. Tanto Rusia como Austria eran una especie de jardines zoológicos de nacionalidades y Prusia ya contaba con una larga tradición de “abrazar” colonizadores e inmigrantes. No existía entonces ninguna razón especial para que los polacos fuesen más resistentes que los demás. Sin embargo,  lo fueron.  “Si no puedes prevenir que tu enemigo te absorba, al menos puedes prevenir que te digiera” fue una expresión profética de Jean Jacques Rosseau para Polonia que demostró ser más resistente a esa digestión que cualquier otro pueblo. La razón se basa en su milenaria historia cultural.”


Esa milenaria historia cultural de Polonia también dio pruebas de su fuerza indestructible, a pesar de innumerables embates durante los dos totalitarismos durante y después de la 2da Guerra Mundial.  Polonia sufrió y luchó, pero sobrevivió a ambos y no por mera casualidad sino precisamente por esa fuerza interna cultural y religiosa sabiamente atesorada y férreamente defendida.


Rocco Buttiglione(*), quien ha analizado con cuidadosa profundidad el pensamiento  de Karol Wojtyla “el hombre que fue Papa” analiza parte de ese período liderado por la gran figura polaca del Cardenal Adam Stephan Sapieha y su influencia sobre la persona de Karol Wojtyla, una de las figuras dominantes de la “resurrección” del pueblo polaco y su liberación del comunismo cuando éste ya era Obispo de Roma.
Según Buttiglione “La otra gran figura  con la cual se encontró Wojtyla en el mismo periodo de su vida (**) fue Stephan Sapieha. El Arzobispo Sapieha descendía de una de las familias polacas más nobles,  de príncipes. Su abuelo paterno, el Príncipe Leon Sapieha, había tomado parte en la revuelta contra los rusos en 1830. Su padre, Adam Sapieeha, participó en la de 1863; posteriormente fue representante del Gobierno en Paris y en Londres, defendiendo la autonomía de Galicia, y trabajó en la Cámara Alta del Parlamento de Viena. (15) 

Adam Stephan Sapieha fue un hombre de extraordinaria energía y valentía personal. Durante la dictadura de Pilsudski no dudo en oponerse al dictador, y fue considerado héroe nacional por defenderse contra la latinización de las minorías uniatas que utilizaban el rito greco-ortodoxo; se les quería imponer la latinización a la fuerza por razones políticas.  Después de la invasión nazi, a pesar del estricto control alemán de las comunicaciones oficiales Sapieha intentó advertir al Vaticano en dos oportunidades sobre los planes nazis en exterminar a los patriotas polacos y a la minoría judía. En 1940 le pidió al Prof. Bochenski, profesor de filosofía en la Universidad Católica de Friburgo y ciudadano suizo, memorizar un  mensaje que contenía detalles atroces de los crímenes cometidos por el ejército ocupador.  Un segundo intento fue por intermedio de un capellán italiano en febrero de 1942,  que tampoco tuvo éxito. El Vaticano no supo interpretar la importancia del mensaje, o quizás nada podía hacer para intervenir.   

Mientras tanto, Sapieha fue el líder de la resistencia moral de la nación contra los nazis, y comprometió todos los recursos diocesanos además de los suyos propios para ayudar a los perseguidos y apoyar la lucha armada, pero más importante aun la resistencia cultural reforzada por un “trabajo orgánico”. En cuanto al entorno cultural, Sapieha sostenía que era significativa la importancia de la preparación de una nueva generación de sacerdotes.  Fue por eso que no obstante sus innumerables compromisos se ocupó directa y personalmente del seminario clandestino. En los días decisivos cuando los alemanas durante su esfuerzo de abandonar Cracovia, convocaron a todos los hombres que podían servirles, el congregó a todos los seminaristas en la casa del Arzobispado para que no fueran alcanzados por el llamado. Fue así que después de dos años de aprendizaje teológico, durante el escaso tiempo libre paralelamente al duro trabajo en los talleres, Wojtyla pudo comenzar un curso normal de estudios de teología.  El rector del seminario clandestino era el Reverendo Jan Piwowarczyk. Pero Wojtyla fue confiado al cuidado del Rev. Kazimierz Klosaka, un estudiante de filosofía natural. Klosaka le hizo leer su primer trabajo sobre metafísica, Ontologia czyli Metafizyka, un tratado de Kzimierz Wais. Esta obra, que refleja la influencia del Tomismo trascendental,  - la escuela de Lovaina que intentaba reconciliar Kant y Santo Tomas, que sigue siendo muy apreciada por los estudiantes polacos, mayormente por las casi insuperables dificultades que presenta.
Después que los comunistas tomaron el poder, Sapieha se dio cuenta de inmediato que la cultura sería el frente de batalla decisivo. Esta característica del catolicismo polaco la distingue de otras iglesias nacionales. Desde un comienzo, los obispos polacos, decidieron no hacer ningún tipo de peticiones por su cuenta contra el régimen que violaba los antiguos derechos, garantizados por tradición y confirmados en el Concordato de 1925.  Eligieron en cambio tomar una posición de apoyo de los derechos humanos y nacionales fundamentales, renunciando a todo reclamo particular que indicase algún tipo de diferencias,  sin marcar contradistinciones  entre derechos humanos y derechos religiosos, entre la inspiración de la nación y la de la Iglesia. El tiempo probaría que este programa, inicialmente criticado como minimalista, resultaría más que eficaz.

En marzo de 1945 Sapieha creó un semanario titulado Tygodnik Powszechy  y confio su dirección a Jerzy Turowicz, quien con el tiempo resulto ser un líder emblemático de la cultura polaca.  Un año  más tarde se publica en Cracovia una revista mensual Znak, cuyo lanzamiento también es iniciado por Sapieha.

Cuando Wojtyla regresó de Roma a Cracovia le fue asignada la tarea pastoral  en San Florian, pero el cardenal Sapieha no tardó en decidir que debía continuar sus estudios académicos para lograr un segundo doctorado. A pesar de la expresa preferencia del joven sacerdote de continuar con su trabajo pastoral, el cardenal fue terminante y Wojtyla debió dedicarse a obtener el doctorado en filosofía.”

(*) Rocco Buttiglione: Karol Wojtyla: The Thought of the Man Who Became Pope John Paul II, William Eerdmans Publishing Co. 
(**) La otra fue Jan Tyranowski (ver posts etiquetados Tyranowski) 

(15) Cracovia, ciudad autónoma entre 1815 y 1846 cuando fue ocupada por los austriacos, ha ocupado un lugar especial en la historia polaca del siglo 19. Solo los austriacos, entre los que ocuparon Polonia, eran católicos y no perseguían a la Iglesia. El imperio de la Casa de Habsburgo además era un imperio multinacional y relativamente tolerante a las diversas culturas que convivían bajo su mando. Cracovia se convirtió en un punto de refugio de la cultura nacional polaca dándole origen al utópico sueño de una transformación constitucional del imperio austro-húngaro en una triple monarquía: Austria, húngara y eslavo-polaca. El ambiente cultural explica las buenas relaciones entre las familias de grandes patriotas tales como los Sapieha y Austria-Hungria.