Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

miércoles, 28 de febrero de 2018

Dignidad matrimonial: una vocación (3)


Dignidad matrimonial: una vocación
Mensaje cuaresmal del Cardenal Karol Wojtyla en Cracovia, 1978 (3ra y ultima parte)
(cont de 1 y 2)

Nuestro tiempo, marcado por el signo de la duda respecto a valores fundamentales, necesita que todos nos dediquemos a buscar toda vía posible que apunte a custodiar la fidelidad, el amor y la integridad conyugal. «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mc 10,9): el hombre es capaz de observar el sexto mandamiento, solo debe colaborar con la gracia de Dios que nunca le es negada a aquel que la busca sinceramente.

La colaboración requiere ante todo oración personal, y acto seguido de la vigilancia sobre uno mismo, la lucha contra las tentaciones, del aprendizaje, en fin de la verdad acerca del cuerpo y del sexo, tal como es anunciada por el Evangelio y recogida por nosotros de la tradición moral y cultural. Pero el hombre vive en medio de otros; entonces para crear un clima de pureza es necesario el compromiso de todos, para que ante todo la juventud no tenga dudas sobre los valores de pureza y fidelidad conyugal y encuentre un terreno propicio para comprometerse totalmente al servicio del amor y de la vida en un matrimonio indisoluble dándole sentido cabal a su vida.
 
Ante aquello que en el ambiente de hoy impide tal compromiso es necesaria una minuciosa preparación al sacramento, recordando que éste se halla ante el umbral, no solo de una pareja, sino de toda la comunidad humana; de la Nación, de la Iglesia.

Si durante esta preparación que – que será siempre iniciación catequística – dejamos hablar a Dios y al conocimiento humano, los novios aprenderán a distinguir el amor, la fidelidad y la honestidad conyugal de sus opositores.

Acompañemos esas palabras con la oración ferviente, para que la gracia les ayude a perseverar en ese bien que Dios mismo nos ha confiado con el mandamiento y con el sacramento.

Durante la Cuaresma nos acercamos a Dios dispuestos a escuchar sus enseñanzas. Entre ellas aparece el mandamiento «no cometerás adulterio». Busquemos de nuevo la verdad y la fuerza del vínculo. Démosle derecho de plena ciudadanía a

a nuestra conciencia, en nuestra vida personal y en la pública. Seámosle fieles

Es cierto que el mandamiento le presenta al hombre muchas exigencias, pero tan bien es cierto que le ayuda a actuar bien y toda acción correcta lleva consigo exigencias. Que la Cuaresma sea para todos nosotros el periodo por excelencia durante el cual a través de la escucha de la Palabra la oración y la memoria de la pasión de nuestro Redentor, nos sea posible reencontrar nuestras almas de acuerdo con las palabras de Cristo «el que pierda su vida por mí, la encontrará» Mt, 10,39. Oren los unos por los otros, y «llevad los unos las cargas de los otros» (Gal 6,2) para que a todos les sea concedido gozar en la alegría de la resurrección del Señor.


Muchas gracias a Carmela, que me hizo llegar el texto.

 

(Cuando habia terminado de traducir, encontre que este mensaje esta incluido en El don del Amor: escritos sobre la Familia, que forma parte de la trilogia publicada por Ediciones Palabra -los otros dos titulos son: Mi vision del hombre: hacia una nueva etica y El hombre y su destino: ensayos de antropología)

miércoles, 21 de febrero de 2018

Dignidad matrimonial: una vocación (2 de 3)



Mensaje cuaresmal del Cardenal Karol Wojtyla en Cracovia, 1978 (2da parte)
(Su última Cuaresma en Cracovia)

Intentaremos ahora comprender en su plenitud el amor que ha movido a Dios a ordenar «no cometerás adulterio», y a la luz de estas palabras sencillas pero fuertes, trataremos de analizar nuestros pensamientos, actitudes y palabras. Intentemos considerar también el reverso del sexto mandamiento – fundamental ley moral – según las palabras de Cristo: «Por sus frutos conoceréis…no puede un árbol bueno dar frutos malos»(Mt 7,17-17)
Preguntémonos ahora: si ignoramos este mandamiento le prestamos un servicio al hombre, a la familia, al pueblo o les hacemos daño? Sabemos la respuesta – no obstante cualquier pretensión que intentase filtrarse - desgastan los valores fundamentales en el hombre: abusos, intereses, libertinajes avasallan el amor y la honestidad, y en todo ello se pone en juego el autentico valor del hombre.
Es verdad que Cristo se puso del lado de la mujer adúltera…«quien se halle sin pecado, que tire la primera piedra…» pero también es cierto que después le dijo: « ve y de ahora en adelante no peques mas» (Jn 8,11).

Haciendo así quiso salvar al ser humano de la vergüenza y del desprecio, para reclamarle luego el respeto de su propio valor y de la propia dignidad.

Situemos ahora la elocuencia de estas palabras en nuestra época, y recordemos que todo aquello que no responde al sexto mandamiento es amenaza latente para la dignidad del hombre.

Se equivocan quienes aseguran: «a quien ama todo le es permitido», no es verdad: el verdadero amor – al obrar bajo su influencia positiva – no permite que se lo separe del profundo sentido de responsabilidad por todo aquello que comporta. Y es siempre responsabilidad con respecto al cónyuge. Y por consiguiente de los derechos de los hijos en depositar su confianza en los padres, y en la reciproca fidelidad matrimonial que ellos se deben.

Los padres, y con ellos todos los adultos, deben merecer esta confianza, sin la cual llegan a destruirse lazos tan sagrados: la confianza se convierte en desconfianza, la seguridad en amenaza latente, creando a menudo una atmósfera de cinismo.
Pero estas son solo algunas, si bien no menos dolorosas consecuencias que conllevan ignorar el sexto mandamiento. Las palabras de Jesús a la mujer adultera «ve y de ahora en adelante no peques mas» (Jn 8,11) y a la samaritana «aquel que tienes ahora no es tu marido…..porque has tenido cinco»" (Jn 4,17-18), tienen profundo sentido también hoy que tenemos tantos divorcios.

Cambiar con facilidad de mujer o marido es síntoma de disolución social, y no estamos pagando con ello la inobservancia del sexto mandamiento? Esta relajación se anida con facilidad en los corazones de los jóvenes; la falta de respeto por la pureza matrimonial a menudo no tarda en conducirlos a epílogos trágicos. Ahora los jóvenes menores, entran en “su” vida, destruyendo aquella que han traído del regazo materno. No vemos, en tales resultados, la supresión de la voz del Amor eterno, con la cual Dios ha ordenado «no cometerás adulterio»? « Por sus frutos los conoceréis»


martes, 20 de febrero de 2018

Dignidad matrimonial: una vocación – (1 de 3)


Mensaje cuaresmal del Cardenal Karol Wojtyla en Cracovia, 1978 (1ra parte)

Era el último mensaje de Cuaresma del cardenal Karol WOjtyla en su tierra, Cuaresma que se celebraba en el marco del jubileo enlazado con el 900º aniversario del servicio episcopal de San Estanislao.  Un mensaje dedicado al sexto mandamiento del Decálogo:  «No cometerás adulterio», tema que ya había sido tratado en el Mensaje anual del Episcopado con ocasión de la solemnidad de la Sagrada Familia.

Decia el Cardenal Wojtyla : 
"temática que nosotros retomamos en la exposición – unitaria y continua – de la ley moral, formulada en los Mandamientos. Y lo hacemos conscientes que es ella, en cierto sentido, la raíz a partir de la cual se desarrollara el árbol de la moral, en sentido humano y cristiano conjuntamente.
El antiguo testamento expresaba en forma lapidaria los Mandamientos que se refieren a la esfera de la convivencia humana: los «no» dictados por Dios: «no mataras», «no cometerás adulterio», «no robaras», «no darás falso testimonio» poseen toda la fuerza expresiva de la prohibición divina.

« No cometerás adulterio» en referencia directa al matrimonio, unión – en la eterna ley divina – indisoluble y sacramental entre mujer y marido…« dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gen, 2,24)

Esa unión a que se refiere el mandamiento, es la misma que en las costumbres de algunos pueblos y culturas se concretiza en la unión de la casa y del lecho familiar. « No cometerás adulterio» quiere decir: no destruirás esta unión, presérvala, defiéndela, como bien fundamental de orden humano, social y moral.

Este bien es realzado en toda la simplicidad y profundidad que le son propias, en el juramento prestado por los esposos, que consagran en la Iglesia su matrimonio. Amor, fidelidad, honestidad matrimonial hasta la muerte. Estas son las palabras que confirman el bien a pleno y que el sexto mandamiento intenta salvaguardar. Y si bien la forma de prohibición « No cometerás adulterio» primordialmente indica al hombre el mal que habrá de evitar, conlleva al mismo tiempo, con autoridad de mandamiento, el bien primario que Dios mismo defiende

De aquel goza ante todo la pareja, para convertirse más tarde en patrimonio de los hijos, y finalmente de toda la sociedad, cuyo bienestar y fuerza moral dependen del amor, de la fidelidad y de la integridad de cada unión matrimonial.

El mandamiento se refiere directamente a los cónyuges, señalándoles cual forma de convivencia marital, a esta comunión fundamental que en el juramento de fidelidad, fortalecido por la bendición divina, se proyecta a la aceptación y educación de los hijos e indirectamente a todos, imponiendo al hombre y a la mujer respetarse mutuamente. En sentido más amplio aun, exige el respeto de la sexualidad humana, en el profundo significado del término, en cuanto ella se halla en estrecha relación con la dignidad de la persona y con la responsabilidad de los padres.
« No cometerás adulterio» requiere por lo tanto pureza interior y publica, y a su vez la condena de todo aquello que la viola o amenaza. Contrasta por lo tanto, con todo aquello que en las costumbres, en el arte, en los espectáculos tiende a la destrucción del clima de candor o presenta peligro para el bien querido por Dios: como Creador haber hecho al hombre «en alma y cuerpo» a su imagen y semejanza, como Redentor indicándole el camino de la vida en la verdad y en el amor.


sábado, 17 de febrero de 2018

El buen samaritano



Pertenece también al Evangelio del sufrimiento —y de modo orgánico— la parábola del buen Samaritano. Mediante esta parábola Cristo quiso responder a la pregunta « ¿Y quién es mi prójimo? ».(90) En efecto, entra los tres que viajaban a lo largo de la carretera de Jerusalén a Jericó, donde estaba tendido en tierra medio muerto un hombre robado y herido por los ladrones, precisamente el Samaritano demostró ser verdaderamente el « prójimo » para aquel infeliz. « Prójimo » quiere decir también aquél que cumplió el mandamiento del amor al prójimo. Otros dos hombres recorrían el mismo camino; uno era sacerdote y el otro levita, pero cada uno « lo vio y pasó de largo ». En cambio, el Samaritano « lo vio y tuvo compasión... Acercóse, le vendó las heridas », a continuación « le condujo al mesón y cuidó de él ».(91) y al momento de partir confió el cuidado del hombre herido al mesonero, comprometiéndose a abonar los gastos correspondientes.
La parábola del buen Samaritano pertenece al Evangelio del sufrimiento. Indica, en efecto, cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido « pasar de largo », con indiferencia, sino que debemos « pararnos » junto a él. Buen Samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad. Es como el abrirse de una determinada disposición interior del corazón, que tiene también su expresión emotiva. Buen Samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que « se conmueve » ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno. Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre.
Sin embargo, el buen Samaritano de la parábola de Cristo no se queda en la mera conmoción y compasión. Estas se convierten para él en estímulo a la acción que tiende a ayudar al hombre herido. Por consiguiente, es en definitiva buen Samaritano el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. Ayuda, dentro de lo posible, eficaz. En ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio « yo », abriendo este « yo » al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede « encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás »,(92) Buen Samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo.

viernes, 16 de febrero de 2018

M. Estanislao Karlic: El mal y la historia






En el mundo
La historia es siempre historia de los hombres conducida por su voluntad libre. El acto humano, de amor o de odio, es el que teje la trama de la vida cotidiana de la humanidad.
Dice San Agustín en un texto elaborado a lo largo de los años en la luz de su sabiduría: “Dos amores han fundado dos ciudades: el amor de sí hasta el desprecio de Dios ha generado la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí ha generado la ciudad celeste. La primera se gloría de sí misma, la segunda en Dios... En aquella domina la concupiscencia del dominio; en ésta se sirven recíprocamente en la caridad, los jefes mandando y los súbditos obedeciendo” [19] .
Los cristianos recibimos la luz de la palabra de Dios para orientarnos en la historia en que actúa el misterio de iniquidad. La revelación de este misterio que afecta a todos, se encuentra a lo largo de toda la Escritura. “No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal”, dice el Catecismo (309). Los no creyentes que no acogen el auxilio de la revelación, tienen en su conciencia la voz de Dios fiel a su creatura, quien le reclama hacer el bien y evitar el mal en cada acto de libertad. La libertad se siente siempre en sus opciones, reclamada por la dignidad de la responsabilidad. Sólo cuando la persona misma tuerce su decisión, se hace culpable. Sólo entonces.
El misterio de iniquidad es tan profundo que solamente al final de la historia se nos revelará plenamente. Cuando llegue la plenitud de la vida, cuando llegue la plenitud de los dones de Dios, que es Dios mismo en la inmediatez de la visión, sólo entonces se comprenderá el abismo de maldad que fue el rechazo del amor primero y gratuito de Dios misericordioso y fiel. Sólo entonces se conocerá definitivamente el abismo de maldad que separa el amor de Dios y el odio de la creatura. Hasta entonces, en los siglos de nuestro tiempo, el mal que seguirá operante deberá ser combatido en el claroscuro de la fe, de la que cada uno debe vivir personalmente, en la distancia del hombre peregrino, fiel a los reclamos de su conciencia. Los cristianos nos decimos que el mal es enfrentado con la certeza del triunfo sólo si se camina sinceramente en la luz de la conciencia auténtica, en la fortaleza de la humildad esperanzada y en la donación de sí en el servicio del amor fraterno, o en términos explícitamente cristianos, sólo si se camina en la fe, la esperanza y la caridad.
Esta actitud es coherente con la espiritualidad del martirio, en que la muerte se descubre como paso triunfal a la vida eterna. Lo que triunfa es el amor desconcertante de quien confía absolutamente en la bondad de Dios, y sabe que ese amor total y definitivo es capaz de vencer el odio y la muerte y capaz de llevar al hombre a la vida que no pasa, a la comunión con Dios vivo.
Pasó el nazismo, pasó el fascismo, pasó el esplendor del marxismo, sabemos que han de pasar el suficiente y pragmático olvido de Dios, la muerte del hombre, el ocaso de la razón, el fin de la verdad, y tantos otros males. No pasó ni pasará la justicia y el amor de los justos que permanecen para siempre. El que amó, triunfó para siempre. La última palabra de la historia será la gloria del amor y de la paz de Dios, así como la primera fue el amor gratuito de la creación. Mientras tanto, en el correr del tiempo, tiene la palabra el hombre con su sabiduría y su libertad, capaz de bien, aunque amenazado por el mal.
Para explicar la permanencia del bien y del mal en la historia, Juan Pablo nos dice en el libro que acabamos de citar: “Cómo nazca y se desarrolle el mal en el terreno del bien, es un misterio. También es una incógnita esa parte de bien que el mal no ha conseguido destruir y que se difunde a pesar del mal, creciendo incluso en el mismo suelo. Surge de inmediato la parábola evangélica del trigo y la cizaña [20] . Cuando los siervos preguntan al dueño: ¿Quieres que vayamos a arrancarla?, él contesta de manera muy significativa: “No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega” [21] .


[1] Cfr. Suma Teológica, I, q.2, a.3.
[2] Plotino, 1° Enneada, 8° tratado, c.5.
[19] San Agustín, Civ. Dei 14,28.
[20] Cfr. Mt. 13, 24-30.
[21] Juan Pablo II, Memoria e Identidad, 3° edición argentina, 2005, p. 14.

(del escrito de M. Estanislao E. Karlic : La presencia del mal en el mundo y en la Argentina, perspectiva teológica – leer completo en este enlace)

martes, 13 de febrero de 2018

Eclipse del sentido del pecado?



Si bien es de apreciar todo intento sincero y prudente de clarificar el misterio psicológico y teológico del pecado, la Iglesia, sin embargo, tiene el deber de recordar a todos los estudiosos de esta materia, por un lado, la necesidad de ser fieles a la Palabra de Dios que nos instruye también sobre el pecado; y, por el otro, el riesgo que se corre de contribuir a atenuar más aún, en el mundo contemporáneo, el sentido del pecado….

….Sin embargo, sucede frecuentemente en la historia, durante períodos de tiempo más o menos largos y bajo la influencia de múltiples factores, que se oscurece gravemente la conciencia moral en muchos hombres. «¿Tenemos una idea justa de la conciencia?» —preguntaba yo hace dos años en un coloquio con los fieles— . «¿No vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una "anestesia" de la conciencia?»[97]. Muchas señales indican que en nuestro tiempo existe este eclipse, que es tanto más inquietante, en cuanto esta conciencia, definida por el Concilio como «el núcleo más secreto y el sagrario del hombre»[98], está «íntimamente unida a la libertad del hombre (...). Por esto la conciencia, de modo principal, se encuentra en la base de la dignidad interior del hombre y, a la vez, de su relación con Dios»[99]. Por lo tanto, es inevitable que en esta situación quede oscurecido también el sentido del pecado, que está íntimamente unido a la conciencia moral, a la búsqueda de la verdad, a la voluntad de hacer un uso responsable de la libertad. Junto a la conciencia queda también oscurecido el sentido de Dios, y entonces, perdido este decisivo punto de referencia interior, se pierde el sentido del pecado. He aquí por qué mi Predecesor Pío XII, con una frase que ha llegado a ser casi proverbial, pudo declarar en una ocasión que «el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado»[100].

¿Por qué este fenómeno en nuestra época? Una mirada a determinados elementos de la cultura actual puede ayudarnos a entender la progresiva atenuación del sentido del pecado, debido precisamente a la crisis de la conciencia y del sentido de Dios antes indicada.
El «secularismo» que por su misma naturaleza y definición es un movimiento de ideas y costumbres, defensor de un humanismo que hace total abstracción de Dios, y que se concentra totalmente en el culto del hacer y del producir, a la vez que embriagado por el consumo y el placer, sin preocuparse por el peligro de «perder la propia alma», no puede menos de minar el sentido del pecado. Este último se reducirá a lo sumo a aquello que ofende al hombre. Pero precisamente aquí se impone la amarga experiencia a la que hacía yo referencia en mi primera Encíclica, o sea que el hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre[101]. En realidad, Dios es la raíz y el fin supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino[102]. Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado.

Se diluye este sentido del pecado en la sociedad contemporánea también a causa de los equívocos en los que se cae al aceptar ciertos resultados de la ciencia humana. Así, en base a determinadas afirmaciones de la psicología, la preocupación por no culpar o por no poner frenos a la libertad, lleva a no reconocer jamás una falta. Por una indebida extrapolación de los criterios de la ciencia sociológica se termina —como ya he indicado— con cargar sobre la sociedad todas las culpas de las que el individuo es declarado inocente. A su vez, también una cierta antropología cultural, a fuerza de agrandar los innegables condicionamientos e influjos ambientales e históricos que actúan en el hombre, limita tanto su responsabilidad que no le reconoce la capacidad de ejecutar verdaderos actos humanos y, por lo tanto, la posibilidad de pecar.

Disminuye fácilmente el sentido del pecado también a causa de una ética que deriva de un determinado relativismo historicista. Puede ser la ética que relativiza la norma moral, negando su valor absoluto e incondicional, y negando, consiguientemente, que puedan existir actos intrínsecamente ilícitos, independientemente de las circunstancias en que son realizados por el sujeto.

Se trata de un verdadero «vuelco o de una caída de valores morales» y «el problema no es sólo de ignorancia de la ética cristiana», sino «más bien del sentido de los fundamentos y los criterios de la actitud moral»[103]. El efecto de este vuelco ético es también el de amortiguar la noción de pecado hasta tal punto que se termina casi afirmando que el pecado existe, pero no se sabe quién lo comete.
Se diluye finalmente el sentido del pecado, cuando éste —como puede suceder en la enseñanza a los jóvenes, en las comunicaciones de masa y en la misma vida familiar— se identifica erróneamente con el sentimiento morboso de la culpa o con la simple transgresión de normas y preceptos legales.

La pérdida del sentido del pecado es, por lo tanto, una forma o fruto de la negación de Dios: no sólo de la atea, sino además de la secularista. Si el pecado es la interrupción de la relación filial con Dios para vivir la propia existencia fuera de la obediencia a Él, entonces pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria. Un modelo de sociedad mutilado o desequilibrado en uno u otro sentido, como es sostenido a menudo por los medios de comunicación, favorece no poco la pérdida progresiva del sentido del pecado. En tal situación el ofuscamiento o debilitamiento del sentido del pecado deriva ya sea del rechazo de toda referencia a lo trascendente en nombre de la aspiración a la autonomía personal, ya sea del someterse a modelos éticos impuestos por el consenso y la costumbre general, aunque estén condenados por la conciencia individual, ya sea de las dramáticas condiciones socio-económicas que oprimen a gran parte de la humanidad, creando la tendencia a ver errores y culpas sólo en el ámbito de lo social; ya sea, finalmente y sobre todo, del oscurecimiento de la idea de la paternidad de Dios y de su dominio sobre la vida del hombre.

Incluso en el terreno del pensamiento y de la vida eclesial algunas tendencias favorecen inevitablemente la decadencia del sentido del pecado. Algunos, por ejemplo, tienden a sustituir actitudes exageradas del pasado con otras exageraciones; pasan de ver pecado en todo, a no verlo en ninguna parte; de acentuar demasiado el temor de las penas eternas, a predicar un amor de Dios que excluiría toda pena merecida por el pecado; de la severidad en el esfuerzo por corregir las conciencias erróneas, a un supuesto respeto de la conciencia, que suprime el deber de decir la verdad. Y ¿por qué no añadir que la confusión, creada en la conciencia de numerosos fieles por la divergencia de opiniones y enseñanzas en la teología, en la predicación, en la catequesis, en la dirección espiritual, sobre cuestiones graves y delicadas de la moral cristiana, termina por hacer disminuir, hasta casi borrarlo, el verdadero sentido del pecado? Ni tampoco han de ser silenciados algunos defectos en la praxis de la Penitencia sacramental: tal es la tendencia a ofuscar el significado eclesial del pecado y de la conversión, reduciéndolos a hechos meramente individuales, o por el contrario, a anular la validez personal del bien y del mal por considerar exclusivamente su dimensión comunitaria; tal es también el peligro, nunca totalmente eliminado, del ritualismo de costumbre que quita al Sacramento su significado pleno y su eficacia formativa.

Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual, que afecta al hombre de nuestro tiempo. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara llamada a los principios inderogables de razón y de fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre.

Es lícito esperar que, sobre todo en el mundo cristiano y eclesial, florezca de nuevo un sentido saludable del pecado. Ayudarán a ello una buena catequesis, iluminada por la teología bíblica de la Alianza, una escucha atenta y una acogida fiel del Magisterio de la Iglesia, que no cesa de iluminar las conciencias, y una praxis cada vez más cuidada del Sacramento de la Penitencia.