Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

sábado, 26 de octubre de 2019

Quien fue Juan Pablo II?



Nadie, excepto Dios, conoce la verdadera respuesta. Solo Dios es quien piensa creativamente cada hombre. Nadie lo conoce plenamente menos aun el propio ser indicado por su nombre,  pues nadie conoce el contenido de aquello que desea y que decide en su ser la persona.  El  nombre de la persona no es un concepto.  Este nombre no significa cualquier cosa, no indica  la dirección en cuya dimensión existe el hombre, guiado por su propio deseo de mayor bondad y belleza. Según San Tomas de Aquino el nombre de la persona indica el amor que se da en el espacio que se extiende en la “gran pregunta” (magna questio – gran enigma - de San Agustin) del misterio del Principio al Fin.  Miramos a la persona siempre – por así decirlo – desde atrás. Vemos las huellas dejadas en el camino recorrido en dirección al Futuro. Vemos las acciones con las cuales la persona entra en el laborioso amor de los otros para,  juntos  con ellos,  edificar una casa familiar a todos.

El hombre recibe el nombre de aquellos que lo aman laboriosamente y a cuya llamada debe responder del mismo modo.  Lo recibe de aquellos en los cuales se fija su mirada.  Me atrevería decir que el nombre proviene de la escucha entusiasta que la persona presta a otra persona (ex auditu),  del mirar fijamente a aquel de quien proviene el don del amor por la otra persona. En este fijarse en la otra persona  se le revela al hombre algo primordial, aquello de su vida que se reconduce y todo lo cual continúa existiendo no obstante ya haber pasado.

En la tradición de la casa familiar que son los hombres, uno para el otro, nacen en ellos las obligaciones morales, que de hecho no se identifican con las costumbres que en aquel momento permean en la sociedad. Las obligaciones morales se identifican,  en cambio,  con los llamados con los cuales el amor llama al amor. El amor es amor en cuanto compromete al amor, y respondiendo a su llamada crece progresivamente.  Las obligaciones morales sustentan en el hombre la esperanza de encontrar en el Amor la salvación que le ha sido prometida y que el espera.

La persona mora en la otra persona en la medida en que juntas construyen una casa común. Es en este estar juntos que consiste la esencia misma del trabajo del hombre. Por eso, a la pregunta “Quien fue Juan Pablo II”? responderé sin dudar que él fue una persona que se revelaba en sus actos,  con los cuales edificaba,  junto a otros,  la casa familiar, y es justamente en este edificar juntos con los otros una casa familiar que es necesario buscar la respuesta a la pregunta quien fue.  Según Karol Wojtyla es en los actos que se revela la persona. Los actos muestran cual es el mensaje de una persona a las otras personas. Ser persona significa ser enviado (missio).

Es la buena «forma del amor» - que llama al hombre al trabajo. Lo bueno revela en el hombre el estupor y la maravilla. Lo entusiasma por la vida en este mundo según una lógica que no es de este mundo, lo entusiasma a transformar la propia vida en una obra de gran poesía (poiein). Haciendo así, el hombre penetra el sentido de la existencia en esta tierra y comprende así todo con el corazón y la mente.  Se transforma en amigo de la sabiduría, filo-sofos.  La luz de lo bueno le permite mirar de modo racional el mundo y a si mismo. Libera sus ojos “incapaces”(Lc, 24,16)  a causa de la razón que fijada en sí misma en este modo se mueve a tientas con ayuda del bastón que es su cálculo, y es por eso la razón calculadora (ratio significa el cálculo y deriva del ver reor, reri – calcular)

En 1977 el Cardenal Karol Wojtyla dicto una conferencia que trataba sobre las fuentes de su visión de la vida humana y la cultura. Una de estas se inspiraba en el poema de Cypriano Kamil NOrwid (1821-1883) Promethidion. Creo poder decir que en esta Obra Karol Wojtyla encontró una confirmación de su antropología. (*)  Las palabras de Norwid:

«Forma del amor y lo bello […]
Lo bello para entusiasmar
El trabajo – el trabajo para resurgir.»

constituyen la clave, en la dirección de la historia de la vida del hombre,  que se compone de un estar juntos armónico y termina en la resurrección de la persona en la persona para la cual ella trabaja. La lucha con la muerte,  no en nombre del honor sino por la resurrección,  crea la cultura de la fe, de la esperanza y del amor. En esta lucha está naciendo la cultura de la verdad del hombre.

Dime a quien has escogido como amigo y te diré quien eres – dice el proverbio. Con quienes construía la “casa” Juan Pablo II?  Sobre que tradición del “trabajo” construía para transmitirlo a los demás? La respuesta a esta pregunta indica,  de alguna manera, quien era él.

Juan Pablo II compartía su vida sobre todo con los laicos.  Fue con ellos que desde los años de su juventud hasta el fin de su vida construía la casa común. Junto a ellos entraba al trabajo de las grandes figuras de la historia polaca, que siempre han debido luchar por la libertad y aprender a sufrir por ella. Al mismo tiempo como sacerdote y como obispo había entrada a la tradición de tres grandes pastores de la Iglesia de Cracovia. En tierra polaca la historia de la Polonia coincide con la historia de la Iglesia en la lucha por la libertad y en el sufrimiento por ella.

(*) La experiencia moral llamada por Wojtyla praxis de la persona, difiere de la praxis propuesta por los marxistas. La praxis de la persona es la experiencia del amor que llama y obliga al amor, mientras la praxis marxista vive de a lucha con el enemigo indispensable para la supervivencia de los sistemas basados en la ideología marxista. 

(traducido de Dialogando con Giovanni Paolo II de Stanislaw Grygiel, Cantagalli, 2013)



martes, 22 de octubre de 2019

Era mi obispo!



Hoy celebramos el dia de nuestro santo: San Juan Pablo II y recordamos una pequeña anécdota de su fiel secretario Stanislaw Dziwisz.  Aquel memorable 16 de octubre de 1978 su secretario describía así en sus recuerdos volcados en Una vida con Karol.

“Yo estaba en la Plaza San Pedro, cerca de la entrada de la basílica. Fue allí donde oì al cardenal Pericle Felici anunciar el nombre del nuevo Papa. ¡Era mi obispo!

El corazón me daba brincos de alegría, por supuesto, pero me sentía como bloqueado, petrificado. Pensé para mis adentros: «¡Ha sucedido!». Ha sucedido lo que nadie creía que podía suceder….

Y las puertas del conclave finalmente se abrieron…el Santo Padre ya estaba cenando con todos los miembros del Sacro Colegio.  Cuando entré, el cardenal camarlengo Jean Villot se puso de pie y sonriendo me presentó al nuevo Papa….

Fue un encuentro muy sencillo, pero para mí, de una emoción extraordinaria. El me miraba, como buscando comprender como reaccionaria viéndolo vestido así. No decía nada, y sin embargo me hablaba con aquella mirada suya que te penetraba. Estaba ante el pastor de la Iglesia universal, el Papa, y en aquel momento comprendí definitivamente que no era más el cardenal Karol Wojtyla sino Juan Pablo II, el sucesor de Pedro!!

San Juan Pablo II ruega por nosotros y por nuestra Argentina!

sábado, 19 de octubre de 2019

Octubre de 1978 Un “no italiano” Pastor universal



“Ha sido un rasgo de confianza y al mismo tiempo de gran valentía el que hayáis querido llamar a ser Obispo de Roma a un "no italiano". Más no se puede decir; sólo inclinar la cabeza ante tal decisión del Sacro Colegio.
Jamás quizá, como en estos últimos acontecimientos que tan profundamente han afectado a la Iglesia dejándola privada de su Pastor universal dos veces en dos meses, el pueblo cristiano ha sentido y experimentado la importancia, la delicadeza y la responsabilidad de las tareas que debía llevar a cabo el Sacro Colegio de los Cardenales; y nunca como en este tiempo —debemos reconocerlo con auténtica satisfacción— los fieles han demostrado estima tan grande y afectuosa y tanta comprensión y benevolencia a los Eminentísimos Padres.
Los aplausos intensos y prolongados que os dedicaron al final de la Misa Pro eligendo Papa y cuando se anunció la elección del nuevo Pontífice, han sido la prueba mas expresiva, exaltante y conmovedora de ello.
Los fieles han comprendido de verdad, venerados hermanos, que la púrpura que lleváis es signo de aquella fidelidad usque ad effusionem sanguinis (hasta derramar la sangre), que prometisteis al Papa con juramento solemne.
Vuestras vestiduras son vestiduras de sangre que recuerdan y hacen presente la sangre que derramaron por Cristo los apóstoles, obispos y cardenales, a través de los siglos. En este momento me viene al pensamiento la figura de un gran obispo, San Juan Fisher, creado cardenal —como es sabido— mientras se encontraba prisionero por su fidelidad al Papa de Roma. La mañana del 22 de junio de 1535, cuando se disponía a ofrecer la cabeza a la espada del verdugo, dirigiéndose a la muchedumbre exclamó: «Pueblo cristiano, he llegado a la muerte por la fe en la Santa Iglesia católica de Cristo».
Me atrevería a añadir que tampoco en nuestra época faltan personas a quienes no se ha ahorrado ni se ahorra ahora la experiencia de la cárcel, de los sufrimientos y de la humillación por Cristo.
Sea siempre esta invencible fidelidad a la Esposa de Cristo el distintivo y la gloria mayor del Colegio Cardenalicio.

Otro elemento quisiera subrayar en este breve encuentro: el sentido de hermandad que en este último tiempo se ha manifestado cada vez más y se ha consolidado en el ámbito del Sacro Colegio: «Oh quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum: Ved cuán bueno y deleitoso es habitar en uno los hermanos» (Sal 132 -133-, 1).

El Sacro Colegio ha tenido que afrontar dos veces, y a brevísima distancia de tiempo, uno de los problemas más delicados de la Iglesia, el de la elección del Romano Pontífice. Y en tal ocasión ha resplandecido la auténtica universalidad de la Iglesia. Se ha podido constatar realmente lo que afirma San Agustín: «Ipsa Ecclesia linguis omnium gentium loquitur... Diffusa Ecclesia per gentes loquitur omnibus linguis: La Iglesia habla en la lengua de todas las gentes... Difundida la Iglesia entre las gentes habla en todas las lenguas» (In Ioannis Evang. Tractat., XXXII, 7; PL 35, 1645).

Experiencias, exigencias, problemas eclesiales complejos, varios e incluso, a veces, diferentes. Pero tal variedad ha sido —y seguirá siendo sin duda— concorde siempre en una única fe, como nos recuerda el mismo obispo de Hipona cuando subraya la belleza y variedad del manto de la Iglesia-reina: «Faciunt istae linguae varietatem vestis reginae huius. Quomodo autem omnes varietas vestis in unitate concordat, sic et omnes linguae ad unam fidem: Estas lenguas comunican variedad al manto de la misma reina. Pero del mismo modo que la variedad del manto se hace concorde en la unidad, así también las lenguas en una única fe» (Enarrat. in Psal. XLIV, 23; PL 36, 509).


Juan Pablo II, constructor de puentes



El papado no se parece a ningún otro cargo en el mundo, y no es simplemente por su longevidad institucional.  Al Papa se le llama “Pontífice supremo”, una abreviatura del Latin pontifex  “constructor de puentes”.  Un puente va de un lado hacia otro. Que es lo que hace el puente del Pontífice supremo?  Es puente entre Dios y la humanidad; entre la Iglesia Católica Romana y otras Iglesias cristianas y comunidades eclesiales; entre la Iglesia católica romana y el Judaísmo; entre la Iglesia Católica romana y otras religiones del mundo;  entre la Iglesia católica romana y los mundos de la política, economía y cultura; entre el centro de la unidad de la Iglesia y el Colegio de Obispos e Iglesias locales a través del mundo.  Como custodio de una tradición de enseñanza autorizada, el papa también es, según la teología católica, un “puente” entre la humanidad histórica y la verdad acerca de su origen, naturaleza y destino.

Ser papa es asumir una tarea que por descripción teológica precisa resulta imposible definir.  Como toda otra responsabilidad en la Iglesia, el papado existe apuntando a la santidad. El cargo es producto del tiempo y el espacio, en cambio la santidad es eterna.  Nadie, ni siquiera un papa santo, puede cumplir a la perfección las demandas del cargo.  Y sin embargo este cargo, según la fe de la Iglesia, es voluntad de Dios, y no puede fallar aunque el tenedor  no lograra todos sus objetivos. La distinción entre puesto y  hombre que lo ocupa consuela a todo Papa.  Según un distinguido teólogo también es “tremendamente terrible”. El cargo refleja la unidad de la persona y la misión en Jesucristo, de quien el Papa es vicario. Todo papa, tanto santos como pecadores, “está parado en un lugar tremendamente trágico”, “porque no puede cumplir todo lo que el puesto demanda”.   Si lo intentara se ubicaría arrogantemente frente al Señor.  Si se consuela demasiado fácilmente con el pensamiento que debería serlo, falla y traiciona las demandas del puesto que ocupa, la demanda de amor radical. La Sede de Pedro siempre refleja las palabras de Cristo a Pedro – que debido a la profundidad de su amor, necesariamente será llevado adonde no quiera. (Jn, 21,18) 

Proveer liderazgo a la Iglesia Católica Romana y estar presente en todas las otras comunidades donde el papa es “puente” es una tarea muy compleja tanto que,  en la esencia misma y dejando a un lado todo tipo de confusiones,  el papa no es monarca absoluto.  Durante  el Vaticano II, Pablo VI una vez propuso que la Constitución Dogmática de la Iglesia incluyera la frase que el papa solo “debe rendirle cuentas a Dios”. Esta propuesta fue rechazada por la Comisión Teológica del Concilio argumentando que el Pontífice romano también está obligado a la revelación misma, a la estructura fundamental de la Iglesia, a los sacramentos, a las definiciones de Concilios anteriores, y otras obligaciones demasiado numerosas para detallar. …

El Papa no es una figura autoritaria que emite decisiones arbitrarias en virtud de falta de dominio de su voluntad .  El papa es el custodio de una tradición acreditada de enseñanza, un “magisterio”, que define las fronteras de la Iglesia. Es un sirviente, no su amo.

Para Karol Wojtyla, quien estaba convencido desde hacía mucho tiempo que la verdad es liberadora, las “limitaciones” del papado no le fueron limitantes. La verdad que obliga y libera al mismo tiempo fue, a su juicio, un instrumento para ejercer la Sede de Pedro al servicio de la liberad humana. Y el intentó ejercer ese lugar de acuerdo al modelo bíblico de Lucas 22,32 en el cual Cristo instruye a Pedro que su tarea primordial entre los apóstoles es “fortalecer a sus hermanos”.

Los primeros días del pontificado, más de un observador subrayo que Juan Pablo II parecía estar haciendo eso “toda su vida”. Uno de los hombres que lo eligiera, el cardenal William Baum, cuidadoso estudioso de la historia de la Iglesia, dijo años mas tarde. “No puedo imaginar alguien mejor preparado para el papado que el Cardenal Wojtyla.  El cardenal Agustino Casaroli, quien tuvo ocasión de sentirse nervioso del nuevo modelo de Papa confeso,  una vez retirado,  que “Polonia era demasiado pequeña para una personalidad tan grande como la del Cardenal Wojtyla…más apropiada para un papa”.

(George Weigel: Witness to Hpe, Harper, 1999)

martes, 15 de octubre de 2019

Letanias de la Virgen



Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.


Dios, Padre celestial, 
ten piedad de nosotros.


Dios, Hijo, Redentor del mundo, 
Dios, Espíritu Santo, 
Santísima Trinidad, un solo Dios,


Santa María, 
ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios,
Santa Virgen de las Vírgenes,
Madre de Cristo, 
Madre de la Iglesia, 
Madre de la divina gracia, 
Madre purísima, 
Madre castísima, 
Madre siempre virgen,
Madre inmaculada, 
Madre amable, 
Madre admirable, 
Madre del buen consejo, 
Madre del Creador, 
Madre del Salvador, 
Madre de misericordia, 
Virgen prudentísima, 
Virgen digna de veneración, 
Virgen digna de alabanza, 
Virgen poderosa, 
Virgen clemente, 
Virgen fiel, 
Espejo de justicia, 
Trono de la sabiduría, 
Causa de nuestra alegría, 
Vaso espiritual, 
Vaso digno de honor, 
Vaso de insigne devoción, 
Rosa mística, 
Torre de David, 
Torre de marfil, 
Casa de oro, 
Arca de la Alianza, 
Puerta del cielo, 
Estrella de la mañana, 
Salud de los enfermos, 
Refugio de los pecadores, 
Consoladora de los afligidos, 
Auxilio de los cristianos, 
Reina de los Ángeles, 
Reina de los Patriarcas, 
Reina de los Profetas, 
Reina de los Apóstoles, 
Reina de los Mártires, 
Reina de los Confesores, 
Reina de las Vírgenes, 
Reina de todos los Santos, 
Reina concebida sin pecado original, 
Reina asunta a los Cielos, 
Reina del Santísimo Rosario, 
Reina de la familia, 
Reina de la paz.


Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, 
perdónanos, Señor.


Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, 
escúchanos, Señor.


Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, 
ten misericordia de nosotros.


Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. 
Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.


ORACIÓN. 
Te rogamos nos concedas, 
Señor Dios nuestro, 
gozar de continua salud de alma y cuerpo, 
y por la gloriosa intercesión 
de la bienaventurada siempre Virgen María, 
vernos libres de las tristezas de la vida presente 
y disfrutar de las alegrías eternas. 
Por Cristo nuestro Señor. 
Amén.


¿Cómo se reza el Rosario?



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 
Dios mío, ven en mi auxilio.
Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén.


Se enuncia en cada decena el "misterio", por ejemplo, en el primer misterio: "La Encarnación del Hijo de Dios".
Después de una breve pausa de reflexión, se rezan: un Padre nuestro, diez Avemarías y un Gloria.
A cada decena del "rosario" se puede añadir una invocación.
A la final del Rosario se recita la Letanía Lauretana, u otras oraciones marianas.

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén

Dios te Salve, María, llena eres de gracia, el Señor está contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve.
A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y, después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!



Los misterios del Rosario


El Rosario está compuesto por veinte "misterios" (acontecimientos, momentos significativos) de la vida de Jesús y de María, divididos desde la publicación de la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, en cuatro "rosarios".

El primer "rosario" comprende los misterios gozosos (lunes y sábado), el segundo los luminosos (jueves), el tercero los dolorosos (martes y viernes) y el cuarto los gloriosos (miércoles y domingo).

«Esta indicación no pretende limitar una conveniente libertad en la meditación personal y comunitaria, según las exigencias espirituales y pastorales y, sobre todo, las coincidencias litúrgicas que pueden sugerir oportunas adaptaciones» (Rosarium Virginis Mariae, n. 38).

Para favorecer el itinerario meditativo-contemplativo del Rosario, en cada "misterio" se citan dos textos de referencia: el primero de la Sagrada Escritura, el segundo del Catecismo de la Iglesia Católica.


sábado, 12 de octubre de 2019

La música sacra



“Impulsado por el vivo deseo de "mantener y procurar el decoro de la casa de Dios", mi predecesor san Pío X publicó, hace cien años, el motu proprio Tra le sollecitudini, que tenía como objeto la renovación de la música sagrada en las funciones del culto. Con él quiso dar a la Iglesia indicaciones concretas en ese sector vital de la liturgia, presentándolas "como código jurídico de la música sagrada"[1]. También esa intervención formaba parte del programa de su pontificado, que había sintetizado en el lema: "Instaurare omnia in Christo".

El centenario de ese documento me brinda la oportunidad de recordar la importante función de la música sagrada, que san Pío X presenta como medio de elevación del espíritu a Dios y como valiosa ayuda para los fieles en la "participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia"[2].

La especial atención que se ha de dedicar a la música sagrada, recuerda el santo Pontífice, deriva del hecho de que "como parte integrante de la liturgia solemne, la música sagrada tiende a su mismo fin, el cual consiste en la gloria de Dios y la santificación y edificación de los fieles"[3]. Interpretando y expresando el sentido profundo del texto sagrado al que está íntimamente unida, es capaz de "añadir más eficacia al texto mismo, para que (...) los fieles se preparen mejor a recibir los frutos de la gracia, propios de la celebración de los sagrados misterios"[4].

2. El concilio Vaticano II utilizó este enfoque en el capítulo VI de la constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, donde se recuerda con claridad la función eclesial de la música sagrada: "La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne"[5]. El Concilio recuerda, asimismo, que "los cantos sagrados han sido alabados tanto por la sagrada Escritura como por los Santos Padres y los Romanos Pontífices, quienes en los últimos tiempos, empezando por san Pío X, han expuesto con mayor precisión la función ministerial de la música sagrada en el servicio divino"[6].

En efecto, continuando la antigua tradición bíblica, a la que se atuvieron el mismo Señor y los Apóstoles (cf. Mt 26, 30; Ef 5, 19; Col 3, 16), la Iglesia, a lo largo de toda su historia ha favorecido el canto en las celebraciones litúrgicas, proporcionando, según la creatividad de cada cultura, estupendos ejemplos de comentario melódico de los textos sagrados en los ritos tanto de Occidente como de Oriente.

También ha sido constante la atención de mis predecesores a este delicado sector, con respecto al cual han recordado los principios fundamentales que deben animar la producción de música sagrada, especialmente si está destinada a la liturgia. Además del Papa san Pío X, hay que recordar, entre otros, a los Papas Benedicto XIV, con la encíclica Annus qui (19 de febrero de 1749), Pío XII, con las encíclicas Mediator Dei (20 de noviembre de 1947) y Musicae sacrae disciplina (25 de diciembre de 1955), y por último Pablo VI con sus luminosos pronunciamientos diseminados en múltiples intervenciones.

Los padres del concilio Vaticano II no dejaron de reafirmar esos principios, con vistas a su aplicación a las nuevas condiciones de los tiempos. Lo hicieron en un capítulo específico, el sexto, de la constitución Sacrosanctum Concilium. El Papa Pablo VI proveyó después a la traducción de esos principios en normas concretas, sobre todo por medio de la instrucción Musicam sacram, publicada, con su aprobación, el 5 de marzo de 1967 por la entonces Sagrada Congregación de Ritos. Es necesario referirse constantemente a esos principios de inspiración conciliar para promover, en conformidad con las exigencias de la reforma litúrgica, un desarrollo que esté, también en este campo, a la altura de la tradición litúrgico-musical de la Iglesia. El texto de la constitución Sacrosanctum Concilium, en el que se afirma que la Iglesia "aprueba y admite en el culto divino todas las formas artísticas auténticas dotadas de las debidas cualidades"[7], encuentra los criterios adecuados de aplicación en los números 50-53 de la instrucción Musicam sacram que he mencionado[8].

3. En varias ocasiones también yo he recordado la valiosa función y la gran importancia de la música y del canto para una participación más activa e intensa en las celebraciones litúrgicas[9], y he destacado la necesidad de "purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra"[10], para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica. Desde esta perspectiva, a la luz del magisterio de san Pío X y de mis demás predecesores, y teniendo en cuenta en particular los pronunciamientos del concilio Vaticano II, deseo proponer de nuevo algunos principios fundamentales para este importante sector de la vida de la Iglesia, con la intención de hacer que la música litúrgica responda cada vez más a su función específica.

4. De acuerdo con las enseñanzas de san Pío X y del concilio Vaticano II, es preciso ante todo subrayar que la música destinada a los ritos sagrados debe tener como punto de referencia la santidad: de hecho, "la música sagrada será tanto más santa cuanto más estrechamente esté vinculada a la acción litúrgica"[11]. Precisamente por eso, "no todo lo que está fuera del templo (profanum) es apto indistintamente para franquear sus umbrales", afirmaba sabiamente mi venerado predecesor Pablo VI, comentando un decreto del concilio de Trento[12], y precisaba que "si la música -instrumental o vocal- no posee al mismo tiempo el sentido de la oración, de la dignidad y de la belleza, se impide a sí misma la entrada en la esfera de lo sagrado y de lo religioso"[13]. Por otra parte, hoy la misma categoría de "música sagrada" ha ampliado hasta tal punto su significado, que incluye repertorios que no pueden entrar en la celebración sin violar el espíritu y las normas de la liturgia misma.”