Han pasado mas de 60
años desde aquel 11 de octubre de 1962 cuando el Papa Juan XXIII inauguraba la
asamblea conciliar, un Papa que iba a ser un Papa de transición. Vaya transición! Tan
sencillo y tan intenso y firme fue su actuar que su sucesor el Papa Pablo VI no
dudo en continuar los trabajos iniciados
Ahora vemos con inmensa alegría que el Papa Leon XIV ha
decidido dedicar sus próximas audiencias a esta parte fascinante de la historia reciente de nuestra Iglesia anunciando “un
nuevo ciclo de catequesis que se dedicará al Concilio Vaticano II y a la relectura de sus Documentos. Se trata de
una ocasión valiosa para redescubrir la belleza y la importancia de este evento
eclesial. San Juan Pablo II, al final del Jubileo del 2000,
afirmaba así: «Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la
gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX» (Cart.
ap. Novo millennio ineunte, 57).”
En este blog no se ha ocultado la admiración por el monumental
acontecimiento que fue el Concilio Vaticano II en cuanto a su organización y participación
de eminentes teólogos de la época, verdaderos maestros que dejaron huella en los documentos y publicaron reflexiones y análisis
de las sesiones.
Y aqui
hay una gran cantidad de información sobre el Concilio publicada en este blog, justamente porque fue un acontecimiento que marco de
manera muy directa a Karol Wojtyla y a la iglesia polaca toda.
Decia el Papa Leon XIV en su Catequesis introductoria El Concilio Vatiacano II a travésde sus documentos, el 7 de enero pasado;
“Cuando el Papa san Juan XXIII abrió la asamblea conciliar, el 11 de octubre de 1962,
habló de ello como de la aurora de un día de luz para toda la Iglesia. El
trabajo de los numerosos Padres convocados, procedentes de las Iglesias de
todos los continentes, en efecto allanó el camino para una nueva época
eclesial. Después de una rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que
había atravesado el siglo XX, el Concilio Vaticano II ha
redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus
hijos; ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, como
misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo; ha iniciado
una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la
salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios. Al
mismo tiempo, nos ha ayudado a abrirnos al mundo y a acoger los cambios y los
desafíos de la época moderna en el diálogo y en la corresponsabilidad, como una
Iglesia que desea abrir los brazos hacia la humanidad, hacerse eco de las
esperanzas y de las angustias de los pueblos y colaborar en la construcción de
una sociedad más justa y más fraterna.
Gracias al Concilio Vaticano II, «la
Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace
coloquio» (S. Pablo VI, Cart. enc. Ecclesiam suam, 34),
comprometiéndose a buscar la verdad a través del camino del ecumenismo, del
diálogo interreligioso y del diálogo con las personas de buena voluntad.
Hermanos y
hermanas, lo que dijo san Pablo VI a los Padres conciliares al final de los
trabajos, permanece también para nosotros, hoy, un criterio de orientación; él
afirmó que había llegado la hora de la salida, de dejar la asamblea conciliar
para ir al encuentro de la humanidad y llevarle la buena noticia del Evangelio,
en la conciencia de haber vivido un tiempo de gracia en el que se condensaba
pasado, presente y futuro: «El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de
Cristo, con su tradición, su historia, sus concilios, sus doctores, sus santos.
El presente, porque nos separamos para ir al mundo de hoy, con sus miserias,
sus dolores, sus pecados, pero también con sus prodigiosos éxitos, sus valores,
sus virtudes... El porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de
los pueblos para una mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed,
consciente o inconsciente, de una vida más elevada: la que precisamente la
Iglesia de Cristo puede y quiere darles» (S. Pablo VI, Mensaje a los Padres
conciliares, 8 de diciembre de 1965).
También es así
para nosotros. Acercándonos a los Documentos del Concilio Vaticano II y
redescubriendo la profecía y la actualidad, acogemos la rica tradición de la
vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el presente y
renovamos la alegría de correr al encuentro del mundo para llevar el Evangelio
del reino de Dios, reino de amor, de justicia y de paz.”


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