Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

martes, 13 de enero de 2026

El Concilio Vaticano II hoy. Papa Leon XIV

 


Han pasado  mas de 60 años desde aquel 11 de octubre de 1962 cuando el Papa Juan XXIII inauguraba la asamblea conciliar,  un Papa que iba a ser un Papa  de transición. Vaya transición! Tan sencillo y tan intenso y firme fue su actuar que su sucesor el Papa Pablo VI no dudo en continuar los trabajos iniciados

Ahora vemos con inmensa alegría que el Papa Leon XIV ha decidido dedicar sus próximas audiencias a esta parte fascinante  de la historia reciente de nuestra Iglesia anunciando “un nuevo ciclo de catequesis que se dedicará al Concilio Vaticano II y a la relectura de sus Documentos. Se trata de una ocasión valiosa para redescubrir la belleza y la importancia de este evento eclesial. San Juan Pablo II, al final del Jubileo del 2000, afirmaba así: «Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX» (Cart. ap. Novo millennio ineunte, 57).”

En este blog no se ha ocultado la admiración por el monumental acontecimiento que fue el Concilio Vaticano II en cuanto a su organización y participación de eminentes teólogos de la época,  verdaderos maestros que dejaron huella en los  documentos y publicaron reflexiones y análisis de las sesiones.

Y aqui hay una gran cantidad de  información sobre el Concilio publicada en este blog justamente porque fue un acontecimiento que marco de manera muy directa a Karol Wojtyla y a la iglesia polaca toda.

Decia el Papa Leon XIV en su Catequesis introductoria El Concilio Vatiacano II a travésde sus documentos, el 7 de enero pasado;   

“Cuando el Papa san Juan XXIII abrió la asamblea conciliarel 11 de octubre de 1962, habló de ello como de la aurora de un día de luz para toda la Iglesia. El trabajo de los numerosos Padres convocados, procedentes de las Iglesias de todos los continentes, en efecto allanó el camino para una nueva época eclesial. Después de una rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, el Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos; ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo; ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios. Al mismo tiempo, nos ha ayudado a abrirnos al mundo y a acoger los cambios y los desafíos de la época moderna en el diálogo y en la corresponsabilidad, como una Iglesia que desea abrir los brazos hacia la humanidad, hacerse eco de las esperanzas y de las angustias de los pueblos y colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna.

Gracias al Concilio Vaticano II, «la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio» (S. Pablo VI, Cart. enc. Ecclesiam suam, 34), comprometiéndose a buscar la verdad a través del camino del ecumenismo, del diálogo interreligioso y del diálogo con las personas de buena voluntad.

Hermanos y hermanas, lo que dijo san Pablo VI a los Padres conciliares al final de los trabajos, permanece también para nosotros, hoy, un criterio de orientación; él afirmó que había llegado la hora de la salida, de dejar la asamblea conciliar para ir al encuentro de la humanidad y llevarle la buena noticia del Evangelio, en la conciencia de haber vivido un tiempo de gracia en el que se condensaba pasado, presente y futuro: «El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su historia, sus concilios, sus doctores, sus santos. El presente, porque nos separamos para ir al mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados, pero también con sus prodigiosos éxitos, sus valores, sus virtudes... El porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de los pueblos para una mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed, consciente o inconsciente, de una vida más elevada: la que precisamente la Iglesia de Cristo puede y quiere darles» (S. Pablo VI, Mensaje a los Padres conciliares, 8 de diciembre de 1965).

También es así para nosotros. Acercándonos a los Documentos del Concilio Vaticano II y redescubriendo la profecía y la actualidad, acogemos la rica tradición de la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el presente y renovamos la alegría de correr al encuentro del mundo para llevar el Evangelio del reino de Dios, reino de amor, de justicia y de paz.”





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