Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

sábado, 17 de diciembre de 2016

Henryk Kobierowski: Karol Wojtyla, valentía y dialogo


“Karol Wojtyla, como ustedes saben, perdió todos los miembros de su familia. Nacido en Wadowice, después vivió y estudió en Cracovia. Durante sus estudios empezó la Segunda Guerra Mundial, con la invasión brutal de los alemanes a Polonia. Los nazis de inmediato organizaron unos campos de concentración, en un programa de exterminio de naciones como la polaca,  la judía,  la gitana. Cerca, muy cerca, más o menos como a 50 kilómetros de Wadowice y a 60 kilómetros de Cracovia, ubicaron los campos de concentración conocidos aquí como Auschwitz-Birkenau –en polaco, Oświęcim-Brzezinka–, en donde centenas, miles, millones de personas perdieron la vida; no perdieron, los mataron. El joven Karol Wojtyla fue testigo de estos acontecimientos, de esta horrible guerra, de esta matanza, no solamente en los campos de concentración, sino también, en razón de algún capricho alemán; por ejemplo, algunos polacos fueron obligados a fijar un escudo encima de su ropa. Si un polaco, al decir “buenos días”, no lo hacía bien delante de un alemán, de un nazi, podían matarlo sin ninguna excusa, y de hecho mataron mucha gente. En este ambiente, Karol Wojtyla tenía que vivir, y vivía, observando esta vida cotidiana, estos acontecimientos, que se conservaron en su mente. 

Después de la liberación, después de la Segunda Guerra Mundial, la gente fue muy entusiasta con Polonia, pensando que por fin había llegado la libertad. Como en el siglo xix, cuando Polonia no existía –porque desde 1795 hasta 1918 Polonia fue ocupada por Rusia, Alemania y el Imperio Austro Húngaro–, todos los ocupantes tenían un objetivo: eliminar la nación polaca, eliminar la cultura polaca, eliminar el idioma polaco. Los únicos sitios en donde se podría practicar y usar el idioma polaco, cantar en polaco, enseñar la cultura polaca, y donde se conservó la cultura polaca, fueron las iglesias. Los ocupantes no tenían coraje de entrar a las iglesias. Lo mismo ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial: los alemanes destruyeron las iglesias, bombardearon las iglesias, pero nunca se atrevieron a entrar en ellas, en donde los polacos muchas veces se defendieron.

La Iglesia fue una red en la que se salvaron muchos polacos, mucha gente, muchos judíos, en especial los niños judíos, que fueron guardados por los sacerdotes, que también pagaron muchas veces con su vida, que fueron condenados a la muerte. Llegó entonces la liberación, la libertad, después de la Segunda Guerra Mundial. Pensamos que desde ahora podríamos vivir de una forma democrática y abierta. No. Como ustedes saben, Polonia entonces pasó a pertenecer al sistema socialista y a depender de Moscú. Los comunistas propusieron un régimen que iba dirigido sobre todo contra la Iglesia, y ocurrió lo mismo que durante el siglo xix, durante la Segunda Guerra Mundial: la gente se salvó en las iglesias, sitios donde los miembros de Solidaridad, por ejemplo, podían enseñar sus obras, hablar de forma libre, divulgar sus ideas de libertad, y fueron las iglesias, fueron los sacerdotes los que lo hicieron posible. Durante la ocupación, la gente que trabajaba en instituciones oficiales, en el gobierno, por ejemplo, para bautizar a sus hijos tenían que ir por la noche a las iglesias, y así profesar su religión de este modo un poco clandestino. Mis hijos, por ejemplo, fueron bautizados durante la noche en un pueblo cerca de Varsovia. Fui a donde el sacerdote con mi hijo para bautizarlo y él me dijo: “hijo no te preocupes, para mí la Segunda Guerra Mundial no ha terminado, durante la guerra trabajamos por la noche y ahora también lo hacemos, tráigalo a la una de la madrugada”. Ésta fue la época que vivió Juan Pablo II. Él, como yo recuerdo, en esta época fue más valiente, tenía más coraje. Yo recuerdo cuando él luchó para construir nuevas iglesias, junto a Katowice, y en otros sitios; claro que los comunistas tenían miedo de hacer algo, por eso lo respetaron. En esta época, la vida de Karol Wojtyla fue bien controlada. No se podía leer libremente, por ejemplo, las obras que él presentó en la universidad, no se publicó ninguna comunicación sobre su vida, sobre el desarrollo de su trabajo, etc.

Fue todo un acontecimiento cuando un grupo de obispos escribió una carta a los obispos de Alemania pidiendo perdón a propósito de la Segunda Guerra Mundial. En esta época, recuerdo que un duro político lanzó un comunicado condenándolo moralmente: ¿cómo es que un polaco perdona a los alemanes? Fue algo curioso. Pero ésta fue la consecuencia de su filosofía profunda. Él sabía que no se puede vivir guardando odio, por ejemplo, por los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial; que hay que buscar el diálogo, que hay que buscar las cosas que unen. Por eso empezó conectándose con la Iglesia alemana, para que esta idea de destrucción pasara. Y así, él también obtuvo mucha experiencia de cómo luchar contra los regímenes antihumanitarios, y así lo hizo después, cuando llegó el momento y lo eligieron Papa.

Primero el poder comunista se mantuvo en silencio, tres días sin comunicados, pero la gente pasó de inmediato esta información a Polonia. Yo me sorprendí, porque, sin ninguna información, fui al trabajo y escuchaba tocar todas las campanas de las iglesias, durante unas cinco horas. Pensé que alguien había muerto. Por la noche, escuchando la emisora Europa Libre, emitida en polaco desde Múnich, desde Alemania, comunicaron que Karol Wojtyla había sido elegido como el Papa. Eso fue una alegría para todos. Pero nadie sabía del cardenal, poco conocido en Polonia. Porque en Polonia, como he dicho, toda la información sobre Karol Wojtyla fue clandestina. Oficialmente no se hablaba de él. La gente estaba un poco preocupada: ¿cómo podría dirigir la Iglesia Universal un joven cardenal de una provincia como Cracovia? Y cuando él empezó su trabajo, fue una sorpresa…”