Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

jueves, 2 de febrero de 2017

«Arka Pana» El Arca del Señor - la iglesia de la Madre de Dios, Reina de Polonia - Esteban Fernandez–Cobián

«Arka Pana»: la iglesia de la Madre de Dios, Reina de Polonia
Wojciech Pietrzyk y Jan Grabacki, Nowa Huta (Polonia), 1967/77

«La construcción de iglesias nuevas en Polonia representa una silenciosa epopeya que algún día será necesario historiar para que conozcamos los cristianos de Occidente el nivel de valentía y tenacidad alcanzado por nuestros hermanos polacos» (José María Javierre Ortas, «Nowa Huta, el hermoso templo del cardenal Wojtyla», ARA, 58 (1978), pág. 105).

1. NOWA HUTA


Durante los primeros años de la ocupación soviética de Polonia, las autoridades comunistas decidieron construir una nueva ciudad industrial en el cinturón metropolitano de Cracovia. Se trataba de erigir la ciudad socialista perfecta, planificada como oficialmente atea: sería «la ciudad sin Dios». La actuación tenía un profundo significado: se trataba de humillar a Cracovia, y por lo tanto, a Polonia entera. Porque Cracovia era la capital histórica, culta y refinada, universitaria y religiosa donde, entre otras cosas, se encontraban los panteones de los Reyes y de los hombre ilustres de Polonia; la ciudad monumental que se había salvado de la destrucción en numerosas ocasiones gracias a la tutela que había ejercido sobre ella el Imperio Austrohúngaro tras el reparto de 1795. En Nowa Huta (que significa «Nueva Siderurgia»), se construyeron los altos hornos más importantes del país, donde llegaron a trabajar cuarenta mil obreros procedentes de todos los rincones de Polonia.

Tadeusz Ptaszycki coordinó el equipo de arquitectos que realizó las construcciones más significativas. Para la ideología del social-realismo soviético, el arte debía ser nacional en su forma y socialista en su contenido; por eso, como después de la guerra sólo se había conservado la Cracovia renacentista, se tomó el Renacimiento como estilo nacional polaco, y de esta forma se decidió edificar Nowa Huta. Las obras comenzaron el 23 de junio de 1949.

Pero no todo se pudo realizar como el «establishment» soviético pretendía. En 1960 comenzaron las manifestaciones de ciudadanos que demandaban la construcción de una iglesia para la ciudad; hubo muertos y heridos. ¿Qué estaba ocurriendo?



2. LA DEFENSA DE LA CRUZ

De todos los estados satélites de la antigua URSS, Polonia fue el único que pudo conservar una cierta continuidad en la arquitectura religiosa; no obstante, los proyectos de edificación tuvieron que superar innumerables obstáculos, y muchos sacerdotes pagaron con su vida la osadía de desafiar al sistema. La iglesia de Nowa Huta —el Arca del Señor o «Arka Pana», como se la denominaría popularmente— se convirtió en todo un símbolo de la resistencia de la llamada «Iglesia del silencio» contra la imposición del ateísmo marxista. Sus promotores fueron dos: Karol Wojtyla, que entonces era obispo de Cracovia y que luego accedería al papado con el nombre de Juan Pablo II, y Jozef Gorzelany, que en 1965 sería nombrado párroco de la ciudad.


Como ha señalado el cardenal Giovanni Battista Re en la presentación del libro «¡Levantáos! ¡Vamos!», un rasgo que caracterizó a Karol Wojtyla durante toda su vida fue la valentía; una valentía que le llevó a afrontar sin temores las situaciones más difíciles, haciéndolo por Dios y por el bien de los hombres. Y precisamente, uno de los episodios más significativos de su coraje fue éste. El padre Werenfried van Straaten, que a través de la organización «Ayuda a la Iglesia que Sufre» recaudaba medios para realizar lugares de culto en la Europa del éste, consideraba la construcción de esta iglesia —«un arca en medio del Mar Rojo», como le gustaba decir— como «una de las actividades más arriesgadas que jamás se han llevado a cabo en un país comunista» (Cf. www.ain-es.org [20 de junio de 2005]).

El propio Juan Pablo II relataba años más tarde: «El conflicto comenzó en un gran barrio residencial, en Bienczyce. Inicialmente, después de las primeras solicitudes, las autoridades comunistas concedieron permiso para construir la iglesia y asignaron también el terreno. La gente puso inmediatamente en él una cruz. Sin embargo, el permiso acordado en tiempos del arzobispo Baziak fue retirado y las autoridades decidieron que se quitara la cruz. La gente se opuso inmediatamente. Siguió incluso un enfrentamiento con la policía, con víctimas y heridos. El alcalde de la ciudad pedía que se ‘calmara a la gente’. Este fue uno de los primeros episodios de una larga batalla por la libertad y la dignidad de aquella población, que el destino había llevado a la parte nueva de Cracovia» («¡Levantáos! ¡Vamos!», Plaza y Janés, Barcelona, 2004, pág. 77-78).
En efecto, como obispo auxiliar, Karol Wojtyla mantuvo una larga correspondencia con las autoridades para obtener el permiso para levantar una iglesia. Una y otra vez la respuesta fue negativa, hasta que en 1958 el partido concedió, con reticencias, la licencia de obras. Se puso una cruz en el solar designado. La cruz era derribada por la noche, y una y otra vez, reaparecía semanas después. Mientras tanto, Wojtyla y otros sacerdotes celebraban la misa allí, a cielo abierto, en invierno y en verano, bajo la lluvia y la nieve o bajo un sol abrasador. Pacientemente, miles de personas hacían fila para comulgar, pero la tensión iba en aumento.
La situación estalló el 27 de abril de 1960, cuando las autoridades enviaron un bulldozer para retirar la cruz. Ese mismo día, el Ministro de Cultura y Artes, Lucjan Motyka, fue duramente increpado por los manifestantes que se concentraron frente al hospital donde se encontraba convaleciente; como él recordaría más tarde, Motyka estaba convencido de que las palabras de calma del obispo habían evitado un peligroso altercado.

El 25 de diciembre de 1960, Wojtyla celebró la primera Misa del Gallo al lado de la cruz de madera, con una temperatura que rondaba los diez grados bajo cero. Le acompañó muchísima gente. Este gesto, repetido año tras año, constituyó un fuerte argumento en las negociaciones con las autoridades: los ciudadanos tenían derecho a participar en las celebraciones religiosas en condiciones más humanas que aquellas.

Sin embargo, en 1962 el gobierno retiró definitivamente el permiso de construcción. Entonces comenzó el enfrentamiento directo entre el obispo y las autoridades comunistas. Fue una agotadora guerra de nervios, sobre todo con el jefe de la Oficina Provincial encargada de las cuestiones religiosas, un hombre «comedido durante las conversaciones, pero muy duro e intransigente en las decisiones que tomaba después y que denotaban un ánimo desconfiado y malévolo» (Ibídem). Wojtyla, tenaz y a la vez prudente, evitó choques sangrientos, pero mantuvo la protesta y la presión hasta que en 1967 las autoridades permitieron a los obreros erigir la nueva iglesia; eso sí, la tendrían que levantar con sus propias manos.



El 14 de octubre de 1967, el recién creado cardenal Wojtyla celebró la misa que dio comienzo a la construcción de la iglesia. Se usó maquinaria muy rudimentaria, ya que ninguna empresa constructora pudo trabajar en el edificio. Don Karol acudió a la obra a trabajar de peón albañil codo con codo con tantos voluntarios. Para que se sintieran involucrados en la construcción del templo, el párroco Gorzelany tuvo la feliz idea de pedir a cada uno de los fieles que llevara una piedra. El 18 de mayo de 1969 se colocó la primera, que provenía de los restos de la basílica constantiniana de San Pedro y que había sido expresamente bendecida por el papa Pablo VI. La construcción del Arka Pana se convertía en un símbolo de la Iglesia universal.



Durante los diez años que duraron las obras, cada domingo se celebraban diez o doce misas al aire libre, alrededor de la cruz. A cada una de ellas asistía una media de cinco mil personas. Lo único que estaba cubierto era el altar. Según testigos presenciales, el ambiente que se respiraba era impresionante (Cf. M.A. de R.G., «Nowa Huta-Polonia», ARA, 41 (1974), pág. 108). Para mayor dolor de los mandos políticos, la iglesia de Nowa Huta se estaba haciendo con un coste económico nulo: todos los gastos y la mano de obra los aportaban los obreros que trabajaban en las fábricas comunistas. El pueblo polaco había ganado esa batalla. Cuando en 1977, un año antes de ser elegido Papa, el cardenal Wojtyla consagró la iglesia de la Madre de Dios, dijo: «¡En Polonia no se puede luchar contra la religión en nombre de los trabajadores porque para el trabajador polaco, la religión es riqueza, luz, verdad y vida!»

3. EL ARCA DEL SEÑOR

El enorme y magnífico edificio concebido por Wojciech Pietrzyk, en realidad alberga tres iglesias superpuestas; cada una de ellas posee una entrada a distinto nivel y numerosas obras de arte enviadas de todo el mundo; cada objeto, cada detalle, es un símbolo de la historia polaca y del mundo cristiano. Así, por ejemplo, el cardenal Franz Köenig (que luego resultaría decisivo en el cónclave que eligió a Wojtyla como sucesor de Pedro), envió desde Viena el material que se utilizó para construir la gran cruz exterior. Por su parte, los cristianos holandeses regalaron siete campanas, que más tarde se colgaron de un largo soporte dispuesto sobre la escalinata de acceso al templo.
Pietrzyk había propuesto una iglesia de formas blandas, que además de contrastar con la retícula uniforme de la ciudad, recordaba al Arca de Noé, metáfora perfectamente comprensible para la gente que, como había ocurrido con el diluvio, quería sobrevivir a la opresión del comunismo. El ingeniero Jan Grabacki se encargó de calcular la estructura.



Un mástil de sesenta metros de alto, donde se colocó una corona real, sostiene la malla tridimensional de acero que conforma la cubierta; una cubierta que flota ingrávida, aparentemente sostenida por la luz rasante que penetra en el templo a través de las ranuras que existen entre ella y los paramentos de cierre. Las fachadas del edificio son láminas curvas de hormigón armado que se recubrieron con miles de cantos rodados, colocados uno a uno sobre una capa de mortero dispuesta sobre el hormigón.


La iglesia se pensó para que pudiera acoger cuatro parroquias distintas. «Los equipos parroquiales funcionan bajo una coordinación programada, y están ensayando una fórmula pastoral de convivencia en la misma única iglesia. También desde este punto de vista, ‘la iglesia del cardenal Wojtyla’ ofrece sugestivo interés» (Javierre Ortas, J.M., cit., pág. 107).

En la entrada de la cripta se alinean distintos grupos escultóricos realizados en madera por Antoni Rzasa: la Piedad, la Piedad de la Westerplatte, la Piedad del réquiem, la Piedad de la Tierra Polaca, la Piedad de Auschwitz, la Piedad de Varsovia agonizante, así como el Cristo crucificado y María Magdalena, San Maximiliano Kolbe, y una imagen de la Virgen realizada con balas de cañón procedentes del campo de batalla de Montecassino (Italia). (Sobre Antoni Rzasa puede verse: Thibaudat, J-P., «La forêt de Christ d’Antoni Rzasa», Liberation, 02/10/2004, crónica de a la exposición realizada en el Centro Cultural de la Abadía Real de Fontevraud, Francia, 2004.)

Ya en el interior, la nave principal está presidida por un impresionante Crucificado de ocho metros de alto, obra de Bronislaw Chromy, que lleva en el pecho el escudo de Polonia. Fue fundido con la metralla de las heridas de los soldados polacos, recogida y enviada desde todas las partes del país. El resto del equipamiento litúrgico también es interesante. Bajo el altar, realizado con un gran bloque de mármol de Carrara, se guardan las reliquias de San Estanislao, procedentes de la catedral del Wawel. Detrás, se encuentra el tabernáculo, una piedra que simboliza el cosmos como morada de Dios, donde está encastrado el pequeño cristal de rutilo que trajo desde la Luna el equipo de astronautas del Apolo XI (Armstrong, Aldrin y Collins).


Asimismo, el techo de la nave se revistió con infinidad de tablillas de madera, que le dan al espacio un carácter cálido y acogedor. No deja de resultar sorprendente cómo se ha conseguido integrar en un mismo espacio piezas de vanguardia, el icono de Jasna Gora o la imagen de la Virgen de Fátima, y a la vez, lograr una amplia aceptación popular.

En los años siguientes a su consagración, esta iglesia siguió siendo uno de los principales símbolos de la resistencia de Polonia. Durante el estado de excepción que se decretó en 1981, en los alrededores del Arka Pana se desarrollaron enfrentamientos entre la Milicja y la gente de Nowa Huta. Estos altercados tenían lugar habitualmente después de las concentraciones que se celebraban para rezar por la liberación de la patria del yugo del totalitarismo. Para recordar estos hechos se erigió un pequeño monumento dedicado a las víctimas del estado de excepción, que se encuentra exactamente en el lugar donde mataron al obrero Boguslaw Wlosik


Durante la misa que celebró en la vecina abadía cisterciense de Mogila, en su primera peregrinación a Polonia (1979), Juan Pablo II se refirió varias veces a la historia de la construcción del Arka Pana. Y es que, como decía un antiguo embajador de España ante la Santa Sede, tal vez allí esté la mejor imagen, hecha templo, de la ilusión pastoral del sacerdote, obispo y Papa, Karol Wojtyla.
Esteban Fernández Cobián
Publicado originariamente en Ars Sacra (Madrid), 34 (2005), pág. 95-101

ARKA PANA






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El Dr. Esteban Fernández-Cobián es docente de la Universidad da Coruña, España. Quien desee investigar acerca de su fructífera labor puede consultarlo aqui 
Se ha publicado este estudio con su permiso. Desde aquí agradezco sinceramente su gentileza en otorgarlo. Todas las fotografías son de su publicación en el blog; sus publicaciones posteriores pueden verse en este sitio  
Personalmente para mí el tema Nowa Huta/Arka Pana es fascinante por lo que la construcción de este templo significó para el pueblo polaco y sus incansables pastores en aquellas épocas tan difíciles del comunismo.