"¡Tu
nacimiento, Virgen Madre de Dios, ha anunciado la alegría a todo el mundo!"
"De ti nació el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que borrando la maldición, nos trajo la bendición y, triunfando de la muerte, nos dio la vida eterna" (Ant. Benedictus).
Mañana
la Iglesia celebra ese “dia de gozo” y “Así, pues, la gran alegría de
la Iglesia pasa del Hijo a la Madre. El día de su nacimiento es
verdaderamente un preanuncio y el comienzo del mundo mejor (origo
mundi melioris)” como proclamó de modo estupendo el Papa Pablo VI.
Hacia ya un año que cumplía su misión como Obispo de Roma pero no quería pasar por alto que muy cerca de la “casa de Maria” descansan muchos queridos compatriotas soldados polacos, cuyo recuerdo guardaba en su corazón y que “durante la segunda guerra mundial cayeron en combate sobre esta tierra, luchando por "nuestra y vuestra libertad", como dice el antiguo lema polaco. Cayeron aquí, y pueden descansar cerca del santuario de la Virgen María, el misterio de cuyo nacimiento difunde su luz en la Iglesia en tierra polaca y en tierra italiana. También ellos participan, de modo invisible, en esta peregrinación.”
Gran parte de su homilía se baso en el significado de la casa, de la casa de Nazaret, la casa de la Sagrada Familia, la casa individual de cada uno y de la importancia del techo, de ese techo que no tuvo el Hijo de Dios al venir al mundo, y de la importancia de una patria, la “gran casa familiar”.
“ El culto de la Madre de Dios en esta tierra está vinculado, según la antigua y viva tradición, a la casa de Nazaret. La casa en la que, como recuerda el Evangelio de hoy, María habitó después de los desposorios con José. La casa de la Sagrada Familia. Toda casa es sobre todo santuario de la madre. Y ella lo crea, de modo especial, con su maternidad. Es necesario que los hijos de la familia humana, al venir al mundo, tengan un techo sobre la cabeza; que tengan una casa. Sin embargo la casa de Nazaret, como sabemos, no fue el lugar del nacimiento del Hijo de María e Hijo de Dios. Probablemente todos los antepasados de Cristo, de los que habla la genealogía del Evangelio de hoy según San Mateo, venían al mundo bajo el techo de una casa. Esto no se le concedió a El. Nació como un extraño en Belén, en un establo. Y no pudo volver a la casa de Nazaret, porque obligado a huir desde Belén a Egipto por la crueldad de Herodes, sólo después de morir el rey, José se atrevió a llevar a María con el Niño a la casa de Nazaret.
Y desde entonces en adelante esa casa fue el lugar
de la vida cotidiana, el lugar de la vida oculta del Mesías; la casa
de la Sagrada Familia. Fue el primer templo, la primera iglesia, en la que la
Madre de Dios irradió su luz con su Maternidad. La irradió con su luz
procedente del gran misterio de la encarnación; del misterio de su Hijo.
(…)
En el rayo de esta luz crecen, en todo vuestro país
de sol, las casas familiares...Muchas, tantas casas; las casas familiares. Y
muchas, tantas familias; y cada una de ellas permanece, mediante la
tradición cristiana y mariana de vuestra patria, en un cierto vínculo
espiritual con esa luz, que procede de la casa de
Nazaret, especialmente hoy: en el día del nacimiento de la Madre de
Cristo.
(…)
La gran casa habitada por una comunidad
grande.... Efectivamente, la presencia de la Madre de Dios en medio
de los hijos de la familia humana y en medio de cada una de las naciones de la
tierra en particular, nos dice mucho de las naciones y de las comunidades
mismas.
Efectivamente, se trata de trabajar y colaborar
para que en la tierra, que la Providencia ha destinado a ser la morada de los
hombres, la casa de la familia, símbolo de la unidad y del
amor, venza a todo lo que amenaza esta unidad y amor entre los
hombres: el odio, la crueldad, la destrucción, la guerra. Para que esta casa
familiar se convierta en la expresión de las aspiraciones de los hombres, de
los pueblos, de las naciones, de la humanidad, a pesar de todo lo que le es
contrario, que la elimina de la vida de los hombres, de las naciones y de la
humanidad, que sacude sus fundamentos, sean socio-económicos o éticos; porque
sobre unos y otros se basa toda casa; tanto la que se construye cada familia,
como también la que, con el esfuerzo de todas las generaciones, se construyen
los pueblos y las naciones: la casa de la propia cultura, de la propia historia;
la casa de todos y la casa de cada uno.
Esta es la inspiración que encuentro aquí, en
Loreto. Este el imperativo moral que de aquí deseo sacar. Este es, al mismo
tiempo, el problema que precisamente ante la tradición de la casa de Nazaret y
ante el rostro de la Madre de Cristo en Loreto, deseo encomendar y
confiar, de modo especial, a su corazón materno, a su omnipotencia de
intercesión ("omnipotentia suplex") .


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