Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

sábado, 14 de enero de 2017

Polonia 1979 Después del viaje del Juan Pablo II ya nada sería igual…


La visita del Papa a Polonia en junio de 1979 era esperada con una creciente mezcla de ansiedad y cierto recelo. Ningún polaco, católico o comunista, podía ocultar el orgullo ante el hecho que uno de sus compatriotas alcanzara el trono de San Pedro.  Después de décadas de humillaciones nacionales, este sentido de orgullo derribaba cualquier creencia, a tal punto que impedía  al ideólogo más empedernido dejar de aceptar al huésped más subversivo en la historia del partido.   Pero al mismo tiempo las autoridades del partido debían preocuparse que la ocasión no se prestase a que elementos hostiles provocasen desordenes y por lo tanto llevaran al régimen a una respuesta violenta.
De hecho, la visita del Papa se convirtió en una de las manifestaciones más exultantes jamás vivida.  Millones de polacos independientemente de edad o convicción, se lanzaron con un fervor libre de ataduras a las calles de Varsovia y Cracovia para darle la bienvenida a un verdadero líder espiritual. A aquellos que nunca han vivido cautivos bajo regímenes totalitarios les cuesta comprender  como puede darse una explosión de tanta emoción.  Pero para una nación que jamás había visto un programa televisivo sin previa censura, que nunca se les había permitido participar en demostraciones públicas y espontáneas de sus sentimientos, que había visto manipular y dominar sus opiniones genuinas, el momento de realización deslumbrante había llegado. El Papa por su parte fue la discreción encarnada. No pronunció palabra alguna de  crítica encubierta o reproche. Solo hablo de amor, perdón, fe y hermandad.  Pero su sola presencia fue electrizante.  En un segundo les enseño a sus compatriotas la diferencia entre la autoridad genuina,  que podían sentir en sus corazones, y los falsos reclamos del partido gobernante  que les había sido impuesto. Estas cosas ocurren.  Primero debido a la duración de la visita, más de treinta millones de hombres, mujeres y niños se maravillaban ante las misas papales y el progreso deslumbraba sus hogares.  Por otra parte, la Iglesia se ocupo de organizar auxiliares que mantuvieran a la muchedumbre bajo control,  opacando así al mismísimo control policial y militar, cuyo rol de mantenimiento de de la ley y el orden resulto superfluo.  Además, Edward Gierek y sus camaradas  de repente eran vistos como una pandilla de inútiles.  En un repentino influjo de realidad se derrumbo su talla.  Dejaban de ser el Politburó (máximo órgano ejecutivo del partido)  todopoderoso polacopra ser vistos como meros títeres pretensiosos de un poder extranjero; sin embargo trataban de mantener el mejor rostro posible. Todo el mundo era consciente de esto.
Después que el Papa partió, el régimen trato por todos los medios de restaurar el status quo ante.  La enorme cruz, que había sido erigida y permaneció durante una semana en la Plaza de la Victoria de Varsovia, fue desmantelada. Los pabellones, que albergaban las masas papales fueron quitados.  Los programas televisivos volvieron a ignorar la religión.     Los presentadores pretendían que todo había vuelto a la normalidad, o sea a lo anormal. En realidad, el clima del país había cambiado radicalmente. Ya nada volvería a ser como había sido.


Norman Davies: God´s playground, a History of Poland, Columbia University Press. 

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