“Los grandes Concilios cristológicos de Nicea y Constantinopla formularon la verdad fundamental de nuestra fe, fijada también en el Símbolo: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, consubstancial al Padre en lo que concierne a la divinidad, de nuestra misma naturaleza en lo que concierne a la humanidad.” Juan Pablo II
En el año 325 se celebró en Nicea un sínodo que aparece, en
parte, como punto final de un proceso, pero que revistió también una forma
excepcional, por su alcance ecuménico. Convocado por el emperador para resolver
un conflicto local que se había extendido a todas las Iglesias del imperio
romano de Oriente y a muchas Iglesias occidentales, reunió a obispos de
diversas regiones de Oriente y a los delegados del obispo de Roma. Por lo
tanto, por primera vez, los obispos de toda la Oikoumenē se
reúnen en un sínodo. Su profesión de fe y sus decisiones canónicas se promulgan
como normativas para toda la Iglesia. La admirable comunión y unidad suscitadas
en la Iglesia por el acontecimiento de Jesucristo se hacen visibles y eficaces
de un modo nuevo, mediante una estructura de alcance universal, y el anuncio de
la Buena Nueva de Cristo en toda su inmensidad recibe también un instrumento de
autoridad y alcance sin precedentes:
En el Concilio de Nicea, por primera vez, a través del ejercicio sinodal del ministerio de los obispos, se expresa institucionalmente a nivel universal la ἐξουσία del Señor resucitado que guía y dirige en el Espíritu Santo el camino del Pueblo de Dios. Una experiencia similar tuvo lugar en los sucesivos concilios ecuménicos del primer milenio, a través de los cuales emergió de manera normativa la identidad de la Iglesia una y católica[158]…… El Concilio de Nicea fue el primer concilio llamado “ecuménico”, porque por primera vez fueron invitados los obispos de toda la Oikoumenē[4]. Por tanto, sus resoluciones debían tener un alcance ecuménico, es decir universal: así fueron recibidas por los creyentes y por la tradición cristiana, mediante un largo y laborioso proceso. (Comisión Teológica Internacional Jesucristo, Hijo de Dios Salvador – 1700 años del Concilio Ecuménico de Nicea 325-2025)
Es difícil comparar los viajes de los últimos
Papas porque difieren los tiempos, las
circunstancias, sus orígenes y su propia línea, sin embargo los hechos
históricos permanecen y los Papas tratan de respetar las tareas inconclusas de
sus antecesores. Seguir este viaje del
Papa Leon XIV es muy emotivo porque lleva la carga, deseos y sueños de unión de todos
ellos, incluido su inmediato predecesor el Papa Francisco.
Dias atrás decia el vaticanista Andrea Tornielli Tornielli que “el primer viaje apostólico de un Papa está destinado a marcar su pontificado: así lo fue para Pablo VI quien no solo heredo sino que continuo y concluyo el ConcilioVaticano II y en enero de 1964 realizó una histórica peregrinación a Tierra Santa, abrazando al patriarca de Constantinopla, Atenágoras, siguiendo los pasos de su predecesor Juan XXIII, que había sido delegado apostolico en Turquia (1935-1944) y amaba a los turcos.
“Grande es nuestra emoción, profundo nuestro gozo en esta hora verdaderamente histórica en que después de siglos y de espera, las Iglesias católica y ortodoxa se hacen nuevamente presentes en la persona de sus representantes más aptos. Grande y profundo es también nuestro reconocimiento hacia vuestra beatitud, que ha querido dejar un instante su sede patriarcal para venir aquí a nuestro encuentro…” expresaba el Papa Pablo VI en su encuentro con el Patriarca Ecumenico de Constantinopla en 1964.
En la Bula de Convocacion del Jubileo Ordinario del año 2025 Spes non confundit notaba el Papa Francisco los 1700 años de la celebracion del primer gran Concilio ecuménico de Nicea: “Conviene recordar que, desde los tiempos apostólicos, los pastores se han reunido en asambleas en diversas ocasiones con el fin de tratar temáticas doctrinales y cuestiones disciplinares. En los primeros siglos de la fe los sínodos se multiplicaron tanto en el Oriente como en el Occidente cristianos, mostrando cuánto fuese importante custodiar la unidad del Pueblo de Dios y el anuncio fiel del Evangelio….El Concilio de Nicea tuvo la tarea de preservar la unidad, seriamente amenazada por la negación de la plena divinidad de Jesucristo y de su misma naturaleza con el Padre. Estuvieron presentes alrededor de trescientos obispos, que se reunieron en el palacio imperial el 20 de mayo del año 325, convocados por iniciativa del emperador Constantino. Después de diversos debates, todos ellos, movidos por la gracia del Espíritu, se identificaron en el Símbolo de la fe que todavía hoy profesamos en la Celebración eucarística dominical. Los padres conciliares quisieron comenzar ese Símbolo utilizando por primera vez la expresión «Creemos» [10], como testimonio de que en ese “nosotros” todas las Iglesias se reconocían en comunión, y todos los cristianos profesaban la misma fe.
El Concilio de
Nicea marcó un hito en la historia de la Iglesia. La conmemoración de esa fecha
invita a los cristianos a unirse en la alabanza y el agradecimiento a la
Santísima Trinidad y en particular a Jesucristo, el Hijo de Dios, «de la misma
naturaleza del Padre» [11], que nos ha revelado
semejante misterio de amor. Pero Nicea también representa una invitación a
todas las Iglesias y comunidades eclesiales a seguir avanzando en el camino
hacia la unidad visible, a no cansarse de buscar formas adecuadas para
corresponder plenamente a la oración de Jesús: «Que todos sean uno: como tú,
Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que
el mundo crea que tú me enviaste» ( Jn 17,21).”
Es ahora el Papa Leon XIV quien hereda realizar la 2da parte de la celebración de este aniversario: el viaje al lugar del tan deseado “encuentro” “a la Iglesia hermana de Constantinopla”, a esta iglesia, que en su historia bimilenaria, que se ha desarrollado desde su cuna primitiva a través de dos distintas, grandes tradiciones: las orientales y la occidental. Durante muchos siglos estas dos tradiciones manifestaron la riqueza común del Cuerpo de Cristo, completándose recíprocamente en el corazón del Pueblo de Dios y también en las instituciones jerárquicas, en los ritos litúrgicos, en la doctrina de los Padres y de los teólogos. (Juan Pablo II Ángelus 2 de diciembre de 1979)·
En su Carta Apostólica In Unitate Fidei expresaba el Papa Leon “Mientras me dispongo a realizar el Viaje Apostólico a Turquía, con esta carta deseo alentar en toda la Iglesia un renovado impulso en la profesión de la fe, cuya verdad, que desde hace siglos constituye el patrimonio compartido entre los cristianos, merece ser confesada y profundizada de manera siempre nueva y actual. Al respecto, ha sido aprobado un rico documento de la Comisión Teológica Internacional: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. El 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea. A él remito, porque ofrece útiles perspectivas para profundizar en la importancia y actualidad no sólo teológica y eclesial, sino también cultural y social del Concilio de Nicea…el Concilio de Nicea es actual por su altísimo valor ecuménico. A este propósito, la consecución de la unidad de todos los cristianos fue uno de los objetivos principales del último Concilio, el Vaticano II. [16] Treinta años atrás exactamente, san Juan Pablo II prosiguió y promovió el mensaje conciliar en la Encíclica Ut unum sint (25 de mayo de 1995). Así, con la gran conmemoración del primer Concilio de Nicea, celebramos también el aniversario de la primera encíclica ecuménica. Ella puede considerarse como un manifiesto que ha actualizado aquellas mismas bases ecuménicas puestas por el Concilio de Nicea.” (Papa Leon XIV Carta Apostólica In Unitate Fidei en el 1700 aniversariao del Concilio de Nicea)
En el ángelus del 2 de diciembre de 1979, recordaba el Papa Juan Pablo II a “la Iglesia hermana de Constantinopla” teniendo siempre presente “los dos pulmones” oriente y occidente: “La Iglesia, en su
historia bimilenaria, se ha desarrollado desde su cuna primitiva a través de
dos istintas, grandes tradiciones: las orientales y la
occidental. Durante muchos siglos estas dos tradiciones manifestaron la riqueza
común del Cuerpo de Cristo, completándose recíprocamente en el corazón del
Pueblo de Dios y también en las instituciones jerárquicas, en los ritos
litúrgicos, en la doctrina de los Padres y de los teólogos.
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Conciliode Nicea, fuente y dirección de la unidad
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