"¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del
Señor!"
La alegría es un elemento fundamental del tiempo sagrado que comienza hoy. El
Adviento es tiempo de vigilancia, de oración, de conversión; y lo es, además,
de ferviente, gozosa espera. El motivo es claro: el Señor está cerca (cf. Flp
4, 5), el Señor está contigo o en medio de ti, como se le anunció a María (cf.
Lc 1, 28) y a la hija de Sión (cf. Sof 3, 15).
La primera palabra que se le dirige a María en el Nuevo testamento es una
invitación jubilosa: ¡Exulta, alégrate! Este saludo está vinculado a la venida
del Salvador. A María, antes que a nadie, se le anuncia una alegría que luego
se proclamará para todo el pueblo. María participa de esta alegría en manera y
medida extraordinarias.
En ella se concentra y alcanza plenitud la alegría del antiguo Israel y explota
incontenible la felicidad de los tiempos mesiánicos. La alegría de la Virgen
es, en particular, la del "resto" de Israel, de los pobres que
esperan la salvación de Dios y experimentan su fidelidad. Para participar en
esta fiesta es preciso esperar con humildad y acoger con confianza al Salvador.
"Los fieles, que viven con la liturgia el espíritu del Adviento, al
considerar el inefable amor con que la Virgen María esperó al Hijo, se sentirán
animados a tomarla como modelo y a prepararse 'vigilantes en la oración y
jubilosos en la alabanza' para salir al encuentro del Salvador que viene" (Marialis
cultus, 4).”


No hay comentarios:
Publicar un comentario