Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

miércoles, 1 de abril de 2026

Peregrinación a Tierra Santa del Arzobispo Karol Wojtyla – carta a su Diócesis 1963 (4 de 4)


Ni bien entramos en esta Basílica (la del Santo Sepulcro ver post anterior) nos apresuramos a subir a la capilla del Gólgota. Besamos con profundo respeto el lugar donde había sido clavada la cruz. Sobre este lugar también colocamos nuestras insignias episcopales y todo lo que teníamos para llevar a nuestros seres queridos en Polonia. El altar, ubicado en el sitio de la Cruz, está bajo la custodia de la Iglesia ortodoxa griega y los de la Crucifixión y Nuestra Señora de los Dolores de los católicos. El "piso” del Calvario es de piedra y a través de una protección de vidrio se puede ver la rajadura en la roca que llega hasta la parte inferior de la basílica donde se encuentra la capilla de Santa Helena. Esta capilla es el lugar del descubrimiento de la Santa Cruz. Es la parte más baja de la Basílica del Santo Sepulcro y el sitio donde la madre del Emperador Constantino busco y encontró esta preciosa reliquia de la Santa Cruz de Cristo.


La parte central de la Basílica custodia bajo una gran rotonda la capilla de la Tumba del Señor Jesús. Al ir desde el Calvario hacia la Tumba se pasa por el lugar donde, según la tradición, fue colocado el cuerpo muerto de Jesús cuando fue bajado de la cruz y ungido con aceites para su entierro. Nos inclinamos ante la tumba misma, tanto la cámara interna como la externa, pues ambas son testigos directos de la resurrección del Señor Jesús. Este es el lugar más significativo para fortalecer nuestra vida espiritual en la fe y la esperanza. Cerca de la tumba se encuentra la capilla que conmemora el encuentro de Jesús resucitado con Maria Magdalena. Más adelante esta la Capilla del Santísimo Sacramento. Cerca del altar hay un fragmento de la columna de la flagelación (la otra parte está en la 
Iglesia de Santa Praxedes en Roma)
Salimos de la Basilica profundamente impresionados. El hecho de que las paredes están semi tapadas con andamios no disminuye esta impresión. Aquí también coexisten diferentes confesiones: la católica romana (franciscanos) la ortodoxo griega y los armenios que celebran sus liturgias en estos lugares. A primera vista esto no llama la atención pero reflexionando mas profundamente esto demuestra la división entre cristianos opuesto al deseo de Jesus “que todos sean uno”.

Siguiendo la cronología de la vida de Jesús nos quedaba otro lugar por ver, el sitio de la Ascensión que está en el Monte de los Olivos. Con veneración miramos estas piedras que fueron las ultimas en tocar los pies de nuestro Señor Jesús. Luego nuestra mirada sedirige a la vieja ciudad de Jerusalen ubicada en la otra parte del valle: la Jerusalén de este mundo, la ciudad de la muerte de Cristo pero también la de su resurrección. La Ascensión es el comienzo de la Jerusalén celestial – del templo de la gloria de Nuestro Salvador. Con cierta tristeza constatamos que el sitio de la Ascensión está en manos de los musulmanes quienes también custodian las llaves de la Basílica del Santo Sepulcro.

Para completar esta narración quiero mencionar dos Santos Lugares más, que según la tradición de Jerusalem (es bien sabido que hay una tradición de Efeso opuesta) referida a los últimos momentos en la vida de la Madre de Nuestro Señor. La dormición debiera haber tenido lugar en la casa de San Juan el Evangelista en el Monte Sion cerca del Cenáculo. Este santuario esta custodiado por los benedictinos. La tumba de la Madre de Dios, según la tradición de Jerusalén, se ubica en los alrededores del lugar de arresto cerca de Getsemaní. Si mencionamos los santuarios marianos no debemos olvidar el Convento de las carmelitas en el Monte Carmelo, en las afueras de esta hermosa ciudad de Haifa.


Con esto termina nuestra peregrinación a Tierra Santa. Si bien breve, nos introdujo en aquellos lugares que son los más sagrados de este mundo.


Solo debimos saltear algunos lugares mencionados en las Sagradas Escrituras. Tales como Naim., Arimatea y Megiddo. Algunos no figuraban en la ruta de nuestra peregrinación como Cesárea de Filipo donde el Señor Jesús anuncio la primacía de Pedro. Pero al final de nuestro viaje debemos mencionar dos lugares más.

Uno es Jaffa, donde está la Iglesia donde San Pedro tuvo la visión celestial y desde donde partió para bautizar el centurión romano Cornelio. En la Iglesia de Jaffa hay un altar dedicado a Nuestra Señora de Czestochowa. El otro lugar que quiero mencionar es el Aeropago de Atenas a corta distancia de la Acrópolis donde San Pablo les hablo a los atenienses. Ambos lugares nos aceran al mundo de los Evangelios tal como nos son presentados en los Hechos de los Apóstoles y en el comienzo de la Historia de la Iglesia.

Karol Wojtyla terminaba su narración con este comentario a los sacerdotes:

Queridos sacerdotes, la Iglesia hoy, por medio del Concilio Vaticano y estos Santos Lugares continua hablándonos acerca de la misma verdad: la verdad de la redención del mundo. Todos aquellos que han sido bendecidos por la gracia de vivir cerca de esta verdad deben testimoniar a Dios, quien en Estos SantosLugares, entro en contacto con la humanidad.

Karol Wojtyla Obispo, Cracovia, 10 de enero de 1964

(Quizás la narración paso por paso de esta peregrinación de Karol Wojtyla no sea diferente a ninguna otra de algún viajero o peregrino entusiasmado, lo que si tiene valor es su generosidad en querer hacer partícipes de ello a todos sus sacerdotes y a invitarlos a pensar y reflexionar mas en cada paso del Señor por esa Tierra Santa, que fue su patria terrena)


Recomiendo una vez mas no dejen de visitar el blog 
Un sacerdote en Tierra Santa. Quizás haya cosas que hayan cambiado desde la visita de Karol Wojtyla Obispo, sobre todo en cuanto se refiere a la custodia de los lugares.


Y naturalmente la pagina de 
Custodia de Tierra Santa de los franciscanos con información completísima.



Peregrinación a Tierra Santa del Arzobispo Karol Wojtyla – carta a su Diócesis 1963 (3 de 4)

 


(Bóveda del Santo Sepulcro - fotografia de Wikipedia)

 

“Regresemos nuevamente  a Judea y acerquémonos a Jerusalén mientras tratamos de participar en la memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús allí en los Santos Lugares. Nos detenemos en la cima del Monte de los Olivos. Aquí llegamos a un lugar donde según la tradición nos indica es el lugar donde el Señor Jesús les enseño a quienes le escuchaban la oración del Padre Nuestro. Aquí está el Convento de las monjas carmelitas y las paredes que circundan el claustro del monasterio están cubiertas por placas sobre las cuales están inscritas las palabras de la oración en diversos idiomas del mundo..En la ladera del Monte de los Olivos esta el lugar llamado “Dominus Flevit”.


 (las fotos son del sitio Studium Biblicum Fransiscanum)

 


Desde aquí se puede apreciar la ciudad de Jerusalén que podemos ver sobre la colina oriental vecina. Es aquí donde el Señor lloro por la ciudad que no quiso recibirlo. Betania esta sobre la ladera este del Monte de los Olivos.  Aquí el Señor encontró refugio y amistad en la casa de Lazaro y sus hermanas.  Aquí esta el santuario franciscano y a poca distancia la tumba de Lazaro (no pudimos llegar hasta allí debido a las fuertes lluvias).




Sobre Betania, en el Monte de los Olivos está Betfagé, el lugar desde donde el Señor comenzó su solemne entrada a Jerusalen acompañado por cantos y vivas triunfales saludado por ramas y palmas.

 


Desde Betfagé el Domingo de Ramos parte todos los años la solemne procesión encabezada por el Patriarca de Jerusalen.

Para meditar sobre la Pasión de Nuestro Señor debemos ir primero al Monte Sion en Jerusalen,  donde esta ubicado el Cenáculo. Estamos en el lugar donde fue instituido el Sacramento de la Eucaristia, el lugar donde el Espiritu Santo descendió sobre los apóstoles mientras estaban reunidos con Maria y donde nació la Iglesia. Ese lugar aun no tiene un santuario apropiado que corresponda a su grandeza. Al menos esa fue mi impresión. Allí junto al Cenáculo que esta en el sector israelí de Jerusalen, los judíos veneran la tumba de David y de otros reyes del Antiguo Testamento.

Vovemos a centrar nuestra atención en el Monte de los Olivos. Sabemos que despues de la Ultima cena, el Señor Jesus fue al Jardín de los Olivos. Por ello debió cruzar el Valle de Kidron y a una distancia de unos 200 metros, llego al Jardin de Getsemani.  El sitio de la Agonía del Señor Jesus queda grabado en la memoria, no solamente porque es un Santuario sino también por los olivos que se ven allí. Algunos, según la opinión de los biólogos, tienen unos 2000 años de antigüedad o sea recuerdan la Agonía del Señor Jesus. El arresto del Señor Jesús no se conmemora en Getsemani ni en el sitio de la Agonía sino a alguna distancia de allí.

Despues de su arresto el Señor Jesus fue llevado a Anas y después a Caifás. No vimos esos dos lugares durante nuestra peregrinación. El santuario “in galli cantu”, que pudimos ver desde lejos, desde la ladera del Monte de los Olivos, esta frente a la casa de Caifás. Por otra parte nosdetuvimos un largo rato en el sitio donde tuvo lugar el proceso romano y donde fue emitida la sentencia de muerte de Nuestro Señor. Se trata de la fortaleza Antonia, ya mencionada cuando describi el area del Templo. Los romanos construyeron la fortaleza en un rincón de la explanada del templo para poder controlar a la gran cantidad de judíos que se reunían allí para sus festividades. También Poncio Pilato participaba para Pascuas.

En el sitio de la fortaleza Antonia se han establecido dos ordenes religiosas.: los franciscanos que tienen una Escuela bíblica (En Jerusalen tan bien esta la Escuela bíblica doinicana) y las Hermanas de Sion. Esta es una congregación femenina, fundada por los hermanos Ratisbona, que se habían convertido del judaísmo, para elevar oraciones por la conversión de los judíos. En la Iglesia contigua al convento franciscano visitamos “Lisotrotos” que según el Evangelio de San Juan es el lugar de la condena de Jesús  De la capilla de las hermans ade Sion descendemos a la parte inferior donde están los sitios de prisión, flagelación yu coronación con espinas. Estos sitios subterráneos dejan una impresión inolvidable. La misma impresión la obtenemos por la figura del Cristo flagelado, que las hermanas tienen en su capilla. En el altar principal de esta capilla hay un balcón desde donde Poncio Pilato mostró a Jesús flagelado y coronado a los judíos proclamando “Ecce homo”.  Cuando salimos al camino ya estamos en el Camino de la Cruz  Las primeras estaciones están en el área de la fortaleza Antonia.

Comenzamos a descender. El camino de la Cruz desciende hasta la 5ª estación.  La tercera (la primer caída de Jesús  y la curta estación (Jesus encuentra a su madre) merecen una atención especial porque fueron restauradas por soldados polacos después de la II Guerra mundial.  Siguiendo por el camino de la Cruz en la ciudad vieja de Jerusalen vemos que la mayoría de las capillas están abandonadas y cerradas, algunas estaciones no tienen capilla y tan solo una cruz grabada en la pared indica de que estación se trata. Las ultimas estaciones (X,XI, XII,XIII, XIV) están situadas dentro de la Basilica del Santo Sepulcro.” 

 

Invito visitar el sitio Studium Biblicum Fransiscanum con abundante información y fotografías ilustrativas.

Peregrinación a Tierra Santa del Arzobispo Karol Wojtyla – carta a su Diócesis 1963 (2 de 4)

 




Estas dos fotografías fueron tomadas del sitio franciscano. La carta fue publicada, según señala primera fotografía, en los anales de la Curia Metropolitana de Cracovia en 1964, Vol 1-2, 66-74) 

En la segunda fotografía se ve el grupo de los obispos viajeros; señalado con una flecha vemos a Karol Wojtyla)

Las demás fotografías son de Wikipedia.

 “Durante nuestra breve estada en Cairo, Egipto,  no pudimos visitar el lugar donde la Sagrada Familia permaneció hasta la muerte de Herodes, antes de regresar a Nazaret. Fue desde aquí que Jesús a los doce años, junto con Maria y Jose, fue al templo en Jerusalén donde se demoró mientras sus padres ya regresaban a su pueblo.  Es hasta el día de hoy que según la tradición se señala el lugar donde Maria y José se dieron cuenta que Jesús había quedado en el templo de Jerusalén para las fiestas. 

 

El templo en si dejo de existir el año 70 después de Cristo. Vemos esta gran plaza donde existió el magnífico templo desde los tiempos de Salomón rodeado de patios.  Desde las murallas que rodean la plaza sobre el flanco este con vista al Valle de Cedrón se aprecia una vista panorámica del Monte de los Olivos.  Una parte de esta muralla aun existe, se encuentra dentro de la ciudad y es conocida como el Muro de los Lamentos para los judíos que fueron privados de su templo. La Jerusalén de hoy está dividida entre judíos y árabes y los judíos no tienen acceso al muro de los Lamentos (*)

 


Todo el templo pertenece a los musulmanes. La famosa Mezquita de Omar no está construida exactamente en el lugar del templo pero lo cubre parcialmente.  Esta Mezquita, que es una pieza de arte árabe hoy es solamente un museo. Hay otra mezquita en la plaza que es utilizada como centro de oración. Está ubicada dentro de un edificio construido en el siglo VI como lugar de oración por los cristianos (la iglesia estaba dedicada a la Presentación de la Santísima Virgen Maria) y fue también utilizada como sede de los reyes de Jerusalén durante el reino de las cruzadas.

El área del Templo del Antiguo Testamento es un lugar sagrado para nosotros los cristianos, ante todo porque fue el templo del Dios verdadero, que nuestro Señor mismo llamó “la casa del Padre”. Y además porque nuestro Redentor visitó este templo muchas veces durante su vida: la presentación en el templo, su permanencia a los doce años, y hasta en su muerte se rasgó la cortina del Santo de los Santos. El templo de Jerusalén está siempre presente en la vida de Jesús.  Pero con la muerte y la resurrección del Señor Jesús, hay otro sitio de importancia: la fortaleza  Antonia que estaba situada al noroeste de la explanada del templo. Hablaremos de ello más adelante.

 

Visitemos ahora los sitios que conmemoran los hechos del ministerio público y las enseñanzas del Señor Jesús. Por ello debemos ir hasta el Rio Jordán próximo a Jericó. Al oeste de esta ciudad se eleva una cadena de montañas entre las cuales está el Monte de la Tentación.  Es desde esta montaña que el tentador “le mostro todos los reinos de esta tierra”.  Otra tentación tuvo lugar en el pináculo del Templo, en el sudeste del muro perimetral que rodeaba el templo de Jerusalén y donde el tentador le sugirió a Jesús  “échate de aquí abajo, pues está escrito….”     Los alrededores del Muro de la Tentación son desérticos y rocosos.  Esta fue la última gota del ayuno del Señor Jesus. 

 

El bautismo en el rio Jordán, según la tradición, tuvo lugar en un lugar al sudeste de Jericó.  No lejos de allí el rio fluye hacia el Mar Muerto. En realidad, el Mar Muerto se ubica en una gran depresión – alrededor de 400 mts bajo el nivel del mar. El  9 de diciembre no pudimos llegar hasta el lugar donde según la tradición tuvo lugar el bautismo de Jesús debido a una lluvia torrencial durante el día y toda la noche que había inundado la ultima parte del camino. Tampoco pudimos llegar hasta Qumram.   El guía que estaba con nosotros nos dijo que en Qumram no había mucho para ver porque lo más importante no era el lugar sino los manuscritos que fueron descubiertos allí.



Cana de Galilea, el lugar del primer milagro, pertenece a los primeros momentos del ministerio público del Señor Jesús.  Nos detuvimos en Cana y visitamos el santuario. Estábamos en nuestro viaje hacia Galilea saliendo de Nazaret. En Nazaret nos mostraron también el sitio de la sinagoga donde el Señor Jesús, refiriéndose al texto de Isaías, se presento al pueblo como el Mesías prometido. Ellos no lo aceptaron y debieron dejar Nazaret e irse hacia el Lago de Genesaret  hacia donde también fuimos nosotros.

 

Aun hoy el lago de Genesaret deja perplejo, es la misma perplejidad que se siente leyendo  los Evangelios.   Es un lago lleno de peces – y es por ello que se ven cantidades de botes y pescadores tendiendo sus redes como en los tiempos de Jesús.  Abundan allí las huellas del  Señor y la vista  nos recuerda los Evangelios. Mayormente los lugares están concentrados en la parte norte y parcialmente en las orillas occidentales del lago. Ante los restos de Cafarnaúm “el pueblo del Redentor” (los restos de la sinagoga tienen gran importancia) recordamos los esfuerzos del Señor Jesús en convertir esta ciudad y sus lamentaciones : “¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, hace tiempo que se habrían convertido…” (Lucas 10-13)

 

Cerca de allí esta Tabgha, con el santuario donde San Pedro recibe la primacía a orillas del lago que es donde Nuestro Señor le dijo a Pedro: «Apacienta mis corderos».  Nos detuvimos a orillas del lago y recogimos algunas piedras del agua para llevar de recuerdo. Cerca de allí vimos unos antiguos mosaicos que testimonian la multiplicación de los panes.  Seguramente habría mucho pasto allí donde la gente podia congregarse y sentarse.  El Evangelio de Juan nos habla como después del milagro de la multiplicación de los panes,  la multitud saciada se dirige hacia Cafarnaúm para proclamarlo rey.  En Cafarnaúm los apóstoles escucharon el discurso que les anticipaba la institución de la Eucaristía.

 

Mirando estos sitios desde la ladera de la montaña hay otro santuario conmemorando el sermón descripto en el Evangelio de San Mateo (capítulos 5-7) en especial las ocho bienaventuranzas. Estas son la base de todas las virtudes del Nuevo Testamento orientado hacia el Reino de Dios.  Yendo hacia Tiberiades, a lo largo de la orilla del lago, pasamos por las ruinas de la ciudad de Magdala que nos recuerda a Maria Magdalena.  A cierta distancia a nuestra derecha se abre el valle hacia las montañas donde en 1191 fueron vencidos los cruzados bajo las ordenes de Ricardo Corazón de León. Tiberiades es una ciudad judía donde hay una pequeña iglesia dedicada a San Pedro que fue restaurada después de la II Guerra Mundial por soldados polacos. Ellos también levantaron allí una estatua a San Pedro,  similar a la que se ve en la Basílica Vaticana y un monumento a los polacos queriendo evidenciar su unión con su lejana patria polaca.

 

El 13 de diciembre nos quedamos durante horas  en el Lago Genesaret.  Nos detuvimos donde el lago desemboca en el Rio Jordan.  Las orillas están cubiertas por espesa vegetación  y arboles. La región de Galilea,  tierra natal de Nuestro Señor, difiere totalmente de la rocosa y desértica Judea.  Nos llamó la atención la belleza del lugar con suaves colinas y cadenas de montañas  en todas las direcciones. La tierra es fértil: la estamos observando en invierno, pero es más bonita en primavera  cuando todo reverdece y se cubre de flores. Observamos Galilea, la tierra natal de Nuestro Señor, mayormente desde el Monte Tabor adonde llegamos al atardecer y desde allí también pudimos disfrutar el amanecer y apreciar  esta tierra santificada una vez para siempre por la presencia del Hijo de Dios.  La noche del 12 de diciembre nos  hospedamos en el Convento franciscano y al amanecer celebramos la Eucaristía en el Santuario del Monte Tabor.   La montaña,  lugar de la Transfiguración de Cristo, posee una vista particular de la campiña y ofrece una vista hacia el norte donde se aprecian los picos nevados de Hermon (“Tabor et Hermon de nomine Tuo exultant”).

 

Entre las huellas y memorias del periodo de vida pública de Nuestro Señor  visitamos también el pozo de Jacob en Samaria que aun existe y sigue proveyendo de agua a los peregrinos. Es a esta agua que el Señor se refiere durante su encuentro con la mujer samaritana indicándole el “agua viva” (Juan 4,10) El pozo data de los tiempos de los patriarcas y hoy es un santuario al cuidado de los ortodoxos griegos. La región es montañosa y frente a este pozo se elevan  el Monte Ebal y el Monte Garizin, la montaña de la bendición y la maldición del Viejo Testamento. Hoy los samaritanos son solo un pequeño grupo que observan cuidadosamente las tradiciones religiosas del Viejo Testamento, distinguiéndose de los israelitas.”

 

(*) los judíos no tuvieron acceso entre los años 1948 y 1967)

 

 

Peregrinación a Tierra Santa del Arzobispo Karol Wojtyla – carta a su Diócesis 1963 (1 de 4)

 

Concluida la segunda sesión del Concilio Vaticano II entre los días 5 y 15 de diciembre de 1963 el Arzobispo Karol Wojtyla viajo a Tierra Santa, conjuntamente con un grupo de obispos. Karol Wojtyla,  dotado de una generosidad intelectual inusual iba informando  a los pastores polacos sobre todo lo que acontecía en el Concilio y para llevar el Concilio a todas las parroquias e instituciones de su arquidiócesis lanzo un sínodo diocesano que el mismo clausuro ya siendo Papa.  Tal como solía hacerlo también compartió con ellos la vivencia de esta peregrinación a Tierra Santa mediante una carta que se transcribe traducida para este blog en cuatro partes:

“Este año después de la clausura de la 2da sesión del Concilio Vaticano II me fue dado participar,  conjuntamente con un grupo de obispos de diferentes países, en una peregrinación a Tierra Santa. Creemos que al estar trabajando en la renovación de la Iglesia durante el Concilio, debemos dirigirnos directamente a Cristo mismo, cuya Iglesia es Su Cuerpo Místico.  De allí el deseo de visitar los lugares donde El nació, vivió, enseño, actuó y finalmente sufrió, murió en la cruz, resucitó de los muertos y ascendió a los cielos.  Este deseo fue expresado el día de la clausura de la segunda sesión del Concilio el 4 de diciembre por el Santo Padre mismo, el Papa Pablo VI.  El anunció que el mes próximo emprenderá una peregrinación a la tierra natal de Nuestro Señor.  El anuncio se hizo realidad estos días.

 

La peregrinación del Santo Padre le dio un significado aun mayor a las peregrinaciones realizadas por los padres del Concilio a la Tierra Santa. Me refiero también a aquella en la cual me fue dado participar entre el 5 y el 15 de diciembre de 1963 junto a un grupo de obispos de Polonia. No consideré esta participación como un privilegio personal o privado, sino una gracia que me fuera concedida por la Providencia para ser compartida con otros.  Y es por eso que,  a poco de regresar de la sesión del Concilio y de Tierra Santa, quisiera compartir mis recuerdos  aun frescos de esta peregrinación, primero con ustedes,  mis hermanos en el sacerdocio. Quizás este puñado de recuerdos les sea útil en vuestro trabajo pastoral, quizás puedan utilizarlos para preparar vuestras lecciones o sermones para Navidad, el tiempo de la Cuaresma o para Pascuas.  De cualquier manera quisiera que vuestros ojos pudieran al menos vislumbrar por medio de esta carta aquello que me fue dado ver a mi y es mi deseo que también ustedes puedan verlo con vuestros propios ojos un día. Es algo que fortalece nuestra fe….

Nuestra peregrinación a la Tierra Santa no siguió la cronología de la vida de Cristo el Señor. Comenzamos en realidad en Jerusalén y terminamos en Galilea. En mi carta tratare de adaptar mi descripción a la cronología de la vida de Jesus partiendo de la secuencia de nuestra propia peregrinación.   Nuestro viaje a la tierra de Nuestro Señor comenzó en Egipto,  Así que comenzamos por la senda del Éxodo a la Tierra Prometida que el pueblo elegido  siguió en el Antiguo Testamento. En un precioso dia soleado pudimos simplemente ver este camino desde el aire: los desiertos de Egipto hasta las orillas del Mar Rojo, después las montañas de Sinaí y nuevamente el desierto, virtualmente sin señal alguna de vegetación. Nos acercamos a Jerusalén dibujando un amplio arco, y aterrizamos en el aeropuerto de Jerusalén (en el sector árabe)….


Al lado del Rio Jordan estaba el Monte Nebo, donde Moisés vio la Tierra prometida.  Seguramente en aquel tiempo se podía ver bien el oasis alrededor de Jericó.  Aun hoy esta ciudad es una excepción a la región desértica.  Casi todo el país desde Jerusalén hasta el Mar Muerto y el Jordán es tierra desolada y desértica. Jericó por otra parte es rica en vegetación.  Pudimos visitar y también ver las ruinas de la ciudad de los tiempos de la conquista por los judíos bajo la conducción de Josué.
Dejaremos por un momento esta parte de la peregrinación.

Llegamos a Nazaret en Galilea. Esta ciudad está situada sobre las márgenes de una montaña y esta predominantemente habitada por árabes  si bien dentro del estado de Israel. El destino de nuestra peregrinación era la Gruta de la Anunciación, donde bajo el altar principal dice: "Hic Verbum caro factum est". La gruta está ubicada en el lugar de la casa de la Virgen Maria. Cerca de allí, a unos 200 mts hacia el norte, hay un segundo santuario de Nazaret construido en la Casa de José. Esta es la casa donde Jesus vivió después del regreso de Egipto y aquí paso los 30 años de su vida oculta junto a Maria y su Protector. Sobre esta gruta (donde vivía la Sagrada Familia) hay una iglesia. Sobre la Gruta de la Anunciación se está construyendo una iglesia moderna con las contribuciones de católicos de todo el mundo.


Después de la Anunciación Maria fue a visitar a su prima Isabel,  esposa de Zacarías, que esperaba un hijo - El Precursor del Salvador. El lugar donde vivían Isabel y Zacarías, la casa de Juan el Bautista, está ubicada en Ain Karem, unos 20 kms al sur de Jerusalén.  Para llegar hasta la casa de Isabel después de la Anunciación  Maria debió recorrer una distancia de unos 100 kms.  Hoy en Aim Karem hay dos santuarios. Uno en la Casa de San Juan Bautista y el otro fue construido para conmemorar la Visitación.   En la pared frente a la Iglesia está escrito el Magnificat  en varios idiomas, también en polaco. La ciudad de Ain Karem está situada en la región montañosa. Ambos santuarios están construidos sobre la ladera. De la Iglesia de la Visitación hay una hermosa vista.  Al lado de la Iglesia de la Visitación hay un monasterio de monjas ortodoxas rusas.


Los Evangelios nos dicen que antes del nacimiento de Jesus, Maria y José fueron a Belén para obedecer el llamado al censo convocado por las autoridades. Si ellos siguieron el camino de Nazaret debieron recorrer más de 100 kms porque Belén esta en Judea, una región rocosa y montañosa,  a unos 15 kms de Jerusalén.

 Pasamos la noche del 8 al 9 de diciembre en la Basílica de la Natividad, celebrando Misas desde medianoche hasta las 05.30am. A las 5.30 comienzan sus oficios los ortodoxos. El altar que conmemora el momento del nacimiento de Cristo les pertenece a ellos, mientras que el altar contiguo conmemorando la puesta del recién nacido en el pesebre les pertenece a los católicos.  Adoramos el misterio de la Natividad de Dios y besamos el lugar donde Dios llego al mundo; celebramos misas en el altar del “Praesepe”.  Estuvimos en una cueva de piedra que en un tiempo dio refugio a la Santísima Virgen y a San José.  Sobre la gruta esta la iglesia que fue construida por el emperador Justiniano y que pertenece a los ortodoxos griegos. Los católicos han construido otra iglesia que hoy está custodiada por los franciscanos, tal como la mayoría de los santuarios en Tierra Santa. Los ortodoxos armenios tienen una capilla en la Iglesia superior.


Debo agregar que los obispos polacos cantaron algunos villancicos en la gruta a pedido del anciano sacerdote Borkowski – un franciscano polaco que ha estado trabajando en Tierra Santa por décadas.

 


 (Basilica de la Natividad)



A unos 3 kms del santuario de la Natividad esta la iglesia de los pastores -un santuario franciscano que conmemora el lugar donde los ángeles se le aparecieron a los pastores trayéndoles la buena nueva del nacimiento del Hijo de Dios.  En los alrededores de Belén, tal como en otros lugares de Judea, aun se puede ver pastoreo en una tierra pobre. Esta región es inhóspita y yerma.  No podíamos dejar de pensar que Dios había elegido una tierra pobre, en la cual "los suyos no le recibieron".  Hoy la mayoría de  los pobladores son musulmanes árabes y judíos. Los cristianos son minoría.


En Belén, a poca distancia del santuario de la Natividad, a unos 300 ms, esta la Gruta de los Magos - el lugar que conmemora la adoración de los tres Magos del Este. El sitio de la adoración no fue el mismo que el sitio donde tuvo lugar el nacimiento pues los Evangelios nos dicen que la Santísima Virgen Maria y San José, después del nacimiento, se mudaron a una casa. Los Evangelios dicen que los magos "entraron a la casa" (Mt, 2,11). Desde allí la Sagrada Familia debió huir a Egipto.. En los alrededores de Belén recordamos la matanza de los niños inocentes ordenada por Herodes.


La historia de la Natividad nos llevo desde Belén a Jerusalén…   Belén no está lejos de Jerusalén -  es posible hacer el viaje de ida y vuelta en el día. Solo Belén fue testigo – si bien desconocido – de los primeros días y semanas de la vida de Cristo.  Belén también fue testigo de los primeros días y semanas de la maternidad de Maria.   Estos momentos se recuerdan en la Grota Lactis. Según la tradición en este lugar la Santa Madre amamanto a Jesús con su leche y una gota de su leche maternal cayó sobre el suelo. La tradición sigue vigente desde tiempo inmemorial y las mujeres que sufren la falta de leche maternal hacen su peregrinación a este lugar – y lo hacen tanto las mujeres cristianas como las musulmanas – a pedirle a Maria su ayuda. Debemos recordar que los musulmanes veneran a Jesus como profeta que precedió a Mahoma. Es por ello que las mujeres musulmanas le profesar devoción a la Madre de Jesus”

sábado, 28 de marzo de 2026

Domingo de Ramos - El misterio de la cruz y los jóvenes - sentido pleno de la vida – JMJ 2004

 


Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!" (Lc 19, 38).

”Con estas palabras, la población de Jerusalén acogió a Jesús en su entrada en la ciudad santa, aclamándolo como rey de Israel. Sin embargo, algunos días más tarde, la misma multitud lo rechazará con gritos hostiles: "¡Que lo crucifiquen, que lo crucifiquen!" (Lc 23, 21). La liturgia del domingo de Ramos nos hace revivir estos dos momentos de la última semana de la vida terrena de Jesús. Nos sumerge en aquella multitud tan voluble, que en pocos días pasó del entusiasmo alegre al desprecio homicida.

En el clima de alegría, velado de tristeza, que caracteriza el domingo de Ramos, celebramos la XIX Jornada mundial de la juventud. Este año tiene por tema: "Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21), la petición que dirigieron a los Apóstoles "algunos griegos" (Jn 12, 20) que habían acudido a Jerusalén para la fiesta de Pascua. Ante la multitud que se había congregado para escucharlo, Cristo proclamó: "Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Así pues, esta es su respuesta: todos los que buscan al Hijo del hombre, lo verán, en la fiesta de Pascua, como verdadero Cordero inmolado por la salvación del mundo. En la cruz, Jesús muere por cada uno y cada una de nosotros. Por eso, la cruz es el signo más grande y elocuente de su amor misericordioso, el único signo de salvación para todas las generaciones y para la humanidad entera.

Hace veinte años, al concluir el Año santo de la redención, entregué a los jóvenes la gran cruz de aquel jubileo. En aquella ocasión, los exhorté a ser discípulos fieles de Cristo, Rey crucificado, que "se nos presenta como Aquel que (...) libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia" (Redemptor hominis,  Desde entonces, la cruz sigue recorriendo numerosos países, como preparación para las Jornadas mundiales de la juventud. Durante sus peregrinaciones, ha recorrido los continentes: como antorcha que pasa de mano en mano, ha sido transportada de un país a otro; se ha convertido en el signo luminoso de la confianza que impulsa a las jóvenes generaciones del tercer milenio.

Queridos jóvenes, celebrando el vigésimo aniversario del inicio de esta extraordinaria aventura espiritual, permitidme que os renueve la misma consigna de entonces: "Os confío la cruz de Cristo. Llevadla por el mundo como señal del amor de nuestro Señor Jesucristo a la humanidad, y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado está la salvación y la redención" (Clausura del Año jubilar de la Redención, 22 de abril de 1984: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de abril de 1984, p. 12). Ciertamente, el mensaje que la cruz comunica no es fácil de comprender en nuestra época, en la que se proponen y buscan como valores prioritarios el bienestar material y las comodidades. Pero vosotros, queridos jóvenes, ¡no tengáis miedo de proclamar en toda circunstancia el evangelio de la cruz! ¡No tengáis miedo de ir contra corriente!

"Cristo... se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó" (Flp 2, 6. 8-9). El admirable himno de la carta de san Pablo a los Filipenses acaba de recordarnos que la cruz tiene dos aspectos inseparables: es, al mismo tiempo, dolorosa y gloriosa. El sufrimiento y la humillación de la muerte de Jesús están íntimamente unidos a la exaltación y a la gloria de su resurrección. Queridos hermanos y hermanas; amadísimos jóvenes, tened siempre presente esta consoladora verdad. La pasión y la resurrección de Cristo constituyen el centro de nuestra fe y nuestro apoyo en las inevitables pruebas diarias. María, la Virgen de los Dolores y testigo silenciosa del gozo de la Resurrección, os ayude a seguir a Cristo crucificado y a descubrir en el misterio de la cruz el sentido pleno de la vida. ¡Alabado sea Jesucristo!”

 

 (Homilía del Santo Padre Juan Pablo II en la Misa del Domingo de Ramos – XI Jornada Mundial de la Juventud- Domingo 4 de abril de 2004


 

jueves, 26 de marzo de 2026

Juan Pablo II sobre el drama de la eutanasia

 



 (de la carta Encíclica Evangelium Vitae sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana) 

(…)

64. En el otro extremo de la existencia, el hombre se encuentra ante el misterio de la muerte. Hoy, debido a los progresos de la medicina y en un contexto cultural con frecuencia cerrado a la trascendencia, la experiencia de la muerte se presenta con algunas características nuevas.

(…)

 La muerte, considerada « absurda » cuando interrumpe por sorpresa una vida todavía abierta a un futuro rico de posibles experiencias interesantes, se convierte por el contrario en una « liberación reivindicada » cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior más agudo.

Además, el hombre, rechazando u olvidando su relación fundamental con Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo y piensa tener el derecho de pedir incluso a la sociedad que le garantice posibilidades y modos de decidir sobre la propia vida en plena y total autonomía. Es particularmente el hombre que vive en países desarrollados quien se comporta así: se siente también movido a ello por los continuos progresos de la medicina y por sus técnicas cada vez más avanzadas.

(…).

En semejante contexto es cada vez más fuerte la tentación de la eutanasia, esto es, adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin « dulcemente » a la propia vida o a la de otros. En realidad, lo que podría parecer lógico y humano, al considerarlo en profundidad se presenta absurdo e inhumano. Estamos aquí ante uno de los síntomas más alarmantes de la « cultura de la muerte », que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable. Muy a menudo, éstas se ven aisladas por la familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida irremediablemente inhábil no tiene ya valor alguno.

65. Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es necesario ante todo definirla con claridad. Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. « La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados ».76

De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado « ensañamiento terapéutico », o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia « renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares ».77 Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte. 78

En la medicina moderna van teniendo auge los llamados « cuidados paliativos », destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida. En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento « heroico » no debe considerarse obligatorio para todos. Ya Pío XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, « si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales ».79 En efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin embargo, « no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo »: 80 acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.

Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores  y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. 

Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio.

66. Ahora bien, el suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala.  Aunque determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general.  En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo sabio de Israel: « Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir » (Sb 16, 13; cf. Tb 13, 2).

Compartir la intención suicida de otro y ayudarle a realizarla mediante el llamado « suicidio asistido » significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada. « No es lícito —escribe con sorprendente actualidad san Agustín— matar a otro, aunque éste lo pida y lo quiera y no pueda ya vivir... para librar, con un golpe, el alma de aquellos dolores, que luchaba con las ligaduras del cuerpo y quería desasirse ».85 La eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante « perversión » de la misma. En efecto, la verdadera « compasión » hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes —como los familiares— deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos —como los médicos—, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas.

La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién debe vivir o morir. Así, se presenta de nuevo la tentación del Edén: ser como Dios « conocedores del bien y del mal » (Gn 3, 5). Sin embargo, sólo Dios tiene el poder sobre el morir y el vivir: « Yo doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39; cf. 2 R 5, 7; 1 S 2, 6). El ejerce su poder siempre y sólo según su designio de sabiduría y de amor. Cuando el hombre usurpa este poder, dominado por una lógica de necedad y de egoísmo, lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda relación auténtica entre las personas.

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No pocas veces se considera que la vida de quien aún no ha nacido o está gravemente debilitado es un bien sólo relativo: según una lógica proporcionalista o de puro cálculo, deberá ser cotejada y sopesada con otros bienes. Y se piensa también que solamente quien se encuentra en esa situación concreta y está personalmente afectado puede hacer una ponderación justa de los bienes en juego; en consecuencia, sólo él podría juzgar la moralidad de su decisión. El Estado, por tanto, en interés de la convivencia civil y de la armonía social, debería respetar esta decisión, llegando incluso a admitir el aborto y la eutanasia.

Otras veces se cree que la ley civil no puede exigir que todos los ciudadanos vivan de acuerdo con un nivel de moralidad más elevado que el que ellos mismos aceptan y comparten. Por esto, la ley debería siempre manifestar la opinión y la voluntad de la mayoría de los ciudadanos y reconcerles también, al menos en ciertos casos extremos, el derecho al aborto y a la eutanasia. Por otra parte, la prohibición y el castigo del aborto y de la eutanasia en estos casos llevaría inevitablemente —así se dice— a un aumento de prácticas ilegales, que, sin embargo, no estarían sujetas al necesario control social y se efectuarían sin la debida seguridad médica. Se plantea, además, si sostener una ley no aplicable concretamente no significaría, al final, minar también la autoridad de las demás leyes.

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Así, las leyes que, como el aborto y la eutanasia, legitiman la eliminación directa de seres humanos inocentes están en total e insuperable contradicción con el derecho inviolable a la vida inherente a todos los hombres, y niegan, por tanto, la igualdad de todos ante la ley. Se podría objetar que éste no es el caso de la eutanasia, cuando es pedida por el sujeto interesado con plena conciencia. Pero un Estado que legitimase una petición de este tipo y autorizase a llevarla a cabo, estaría legalizando un caso de suicidio-homicidio, contra los principios fundamentales de que no se puede disponer de la vida y de la tutela de toda vida inocente. De este modo se favorece una disminución del respeto a la vida y se abre camino a comportamientos destructivos de la confianza en las relaciones sociales.

Por tanto, las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia se oponen radicalmente no sólo al bien del individuo, sino también al bien común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica validez jurídica. En efecto, la negación del derecho a la vida, precisamente porque lleva a eliminar la persona en cuyo servicio tiene la sociedad su razón de existir, es lo que se contrapone más directa e irreparablemente a la posibilidad de realizar el bien común. De esto se sigue que, cuando una ley civil legitima el aborto o la eutanasia deja de ser, por ello mismo, una verdadera ley civil moralmente vinculante.

73. Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cf. Rm 13, 1-7, 1 P 2, 13-14), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que « hay que obedecer a Dios antes que a los hombres » (Hch 5, 29). Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas « no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños » (Ex 1, 17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: « Las parteras temían a Dios » (ivi). Es precisamente de la obediencia a Dios —a quien sólo se debe aquel temor que es reconocimiento de su absoluta soberanía— de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está dispuesto incluso a ir a prisión o a morir a espada, en la certeza de que « aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos » (Ap 13, 10).

En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, « ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto ».

Invito leer la Declaración  de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, titulada “Iura et Bona” sobre la eutanasia,  fechada 5 de mayo de 1980, firmada por  el cardenal Franjo Seper, Prefecto y aprobada por el Papa Juan Pablo II


miércoles, 25 de marzo de 2026

Maria, la esclava obediente del Señor

 


“ Las palabras de María en la Anunciación: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), ponen de manifiesto una actitud característica de la religiosidad hebrea. Moisés, al comienzo de la antigua alianza, como respuesta a la llamada del Señor, se había declarado su siervo (cf. Ex 4,10; 14,31). Al llegar la nueva alianza, también María responde a Dios con un acto de libre sumisión y de consciente abandono a su voluntad, manifestando plena disponibilidad a ser «la esclava del Señor».

La expresión «siervo» de Dios se aplica en el Antiguo Testamento a todos los que son llamados a ejercer una misión en favor del pueblo elegido: Abraham (Gn 26,24), Isaac (Gn 24,14) Jacob (Ex 32,13; Ez 37,25), Josué (Jos 24,29), David (2 Sm 7,8) etc. Son siervos también los profetas y los sacerdotes, a quienes se encomienda la misión de formar al pueblo para el servicio fiel del Señor. El libro del profeta Isaías exalta en la docilidad del «Siervo sufriente» un modelo de fidelidad a Dios con la esperanza de rescate por los pecados del pueblo (cf, Is 42-53). También algunas mujeres brindan ejemplos de fidelidad, como la reina Ester, que, antes de interceder por la salvación de los hebreos, dirige una oración a Dios, llamándose varias veces «tu sierva» (Est 4,17).

María, la «llena de gracia», al proclamarse «esclava del Señor», desea comprometerse a realizar personalmente de modo perfecto el servicio que Dios espera de todo su pueblo. Las palabras: «He aquí la esclava del Señor» anuncian a Aquel que dirá de sí mismo: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45; cf. Mt 20,28). Así, el Espíritu Santo realiza entre la Madre y el Hijo una armonía de disposiciones íntimas, que permitirá a María asumir plenamente su función materna con respecto a Jesús, acompañándolo en su misión de Siervo.”

(De la Catequesis del Papa Juan Pablo II 4-IX-96)

Invito visitar el sitio del Directorio Franciscano con un completísimo detalle de enlaces marianos


 

martes, 24 de marzo de 2026

Quo vadis Europa?

 

Reflexiones siempre - y cada dia mas - actuales :

 



“¿Cómo es la Europa de nuestros días? ¿Cuáles son sus rasgos característicos? La Europa de hoy presenta caras diferentes y bajo algunos aspectos contradictorias. Está la Europa de las grandes ilusiones y las grandes esperanzas de progreso, de libertad y democracia, de bienestar, de solidaridad y de paz. En una palabra, la Europa soñada por sus fundadores como casa común de los pueblos europeos desde el Atlántico hasta los Urales.

Y está la otra Europa, la que engendra preocupación y fuerte perplejidad[1]. Es la Europa de los nuevos muros divisorios, de democracias cada vez más frágiles, tocadas por una profunda crisis de valores y amenazadas por antiguas y nuevas ideologías, entre las que destaca la ideología del “políticamente correcto”. Basada sobre el relativismo nihilista, esta ideología genera una cultura hostil al hombre desde diversos puntos de vista, especialmente en el ámbito del respeto de la dignidad de la persona humana, del derecho a la vida, de la institución familiar, de la libertad educativa. Es la Europa opulenta que está perdiendo su alma; el continente de la “apostasía silenciosa” de una humanidad harta que vive como si Dios no existiese[2] , y en el que la secularización asume forma institucional, convertida en un neopaganismo combatiente con dogmas propios y misioneros aguerridos. La cultura dominante de nuestro tiempo ha infiltrado en las mismas instituciones europeas un fuerte prejuicio anticristiano. Lo reconocen incluso observadores que se autodefinen “laicos”, uno de los cuales escribe al respecto: «El prejuicio anticristiano es el pórtico de la secularización ya profusamente consumada en Europa. En el espacio público de la Europa secularizada, los cristianos pueden ser tolerados sólo si son “transigentes” con las ideologías dominantes»[3]. Tenemos aquí la Europa del pluralismo sin límites y sin brújula, que renegando sus raíces cristianas pierde cada vez más su identidad.


Entonces: ¿Adónde vas Europa? Quo vadis Europa? Esta pregunta se la ponen hoy , con profunda inquietud, muchos ciudadanos europeos. Nos la ponemos también nosotros al final de este Congreso. Y la ponemos aquí, en España, de dónde en el ya lejano 1982 partió aquel grito profético de Juan Pablo II:


«Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «lo puedo».

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Si Europa abre nuevamente las puertas a Cristo y no tiene miedo de abrir a su poder salvífico los confines de los estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo (Cfr. Homilía en el inicio de pontificado, su futuro no estará dominado por la incertidumbre y el temor, antes bien se abrirá a un nuevo período de vida, tanto interior como exterior, benéfico y determinante para el mundo, amenazado constantemente por las nubes de la guerra y por un posible ciclón de holocausto atómico.

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Jesucristo, el Señor de la historia, tiene abierto el futuro a las decisiones generosas y libres de todos aquellos que, acogiendo la gracia de las buenas inspiraciones, se comprometen a una acción decidida por la justicia y la caridad, en el marco del pleno respeto a la verdad y la libertad.»

El papa añade un consejo para el futuro europeo –que incluye tanto amonestación como advertencia–: Europa no debe enorgullecerse por «sus conquistas» –políticas, económicas y científicas–, pero tampoco deprimirse por la «pérdida cuantitativa» –así la llama– de su influencia en el mundo y/o por sus crisis sociales y culturales que la están afectando. Todavía «puede ser faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo»

¿Y, veinte años después, concluido el proceso de cambios radicales desencadenados en Europa por el derrumbamiento de los regímenes comunistas, el Papa —gran profeta de esperanza— no se cansa de repetir: «Europa, que estás comenzando el tercer milenio, “vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces [...] ¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino a tu favor [...]. ¡Ten confianza! En el Evangelio, que es Jesús, encontrarás la esperanza firme y duradera a la que aspiras [...]. ¡Ten seguridad! ¡El Evangelio de la esperanza no defrauda!»[5]. Nace de aquí el motivo que tanto preocupa al Papa y a toda la Iglesia por la omisión de esa referencia a las raíces cristianas en el Tratado constitucional europeo, firmado en Roma el 29 de octubre pasado, porque: «¡Una sociedad que olvida su pasado está expuesta al riesgo de no ser capaz de afrontar su presente y, peor aún, de llegar a ser víctima de su futuro!»[6].

Fuentes: Acto Europeo en Santiago de Compostela, discurso del Papa Juan Pablo II 9 de noviembrede 1982

Y también

Mons. Stanislaw Rylko "El laicado europeo, situación y perspectivas” en el Congreso de Apostolado seglar testigos de la esperanza (12-14 de noviembre de 2004) en Madrid