Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

domingo, 11 de octubre de 2009

Fidei Depositum


El 11 de octubre de 1992, al celebrarse el trigésimo aniversario de la apertura del concilio ecuménico Vaticano II, “el «gran don de gracia» dispensada por el espíritu de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo.[7]” el Siervo de Dios Juan Pablo II daba a conocer su Constitución Apostólica Fidei Depositum para la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. Al principio del texto explica que:
“·Guardar el depósito de la fe es la misión que el Señor confió a su Iglesia y que ella realiza en todo tiempo. El concilio ecuménico Vaticano II, inaugurado solemnemente hace treinta años por nuestro predecesor Juan XXIII, de feliz memoria, tenía como intención y finalidad poner de manifiesto la misión apostólica y pastoral de la Iglesia, a fin de que el resplandor de la verdad evangélica llevara a todos los hombres a buscar y aceptar el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento (cf. Ef 3, 19).”

Detalla luego los pasos que llevaron a la concreción del proyecto, y las razones de su importancia, expone brevemente el contenido y resalta el valor doctrinal del texto con visión amplia y abierta “Está destinado a favorecer y ayudar la redacción de los nuevos catecismos de cada nación, teniendo en cuenta las diversas situaciones y culturas, pero conservando con esmero la unidad de la fe y la fidelidad a la doctrina católica”
Y reitera lo ya dicho en 1985: "Para mí, que tuve la gracia especial de participar y colaborar activamente en su desenvolvimiento, el Vaticano II ha sido siempre, y es de modo particular en estos años de mi pontificado, el punto de referencia constante de toda mi acción pastoral, con el compromiso responsable de traducir sus directrices en aplicación concreta y fiel, a nivel de cada Iglesia y de toda la Iglesia. Hay que acudir incesantemente a esa fuente" (3) 3) Juan Pablo II, Homilía del 25 de enero de 1985, cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de febrero de 1985, p. 12).

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