Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
Mostrando entradas con la etiqueta Navidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Navidad. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de diciembre de 2025

El poder de llegar a ser hijos de Dios - Papa Leon XIV

 

Imagen de Wikipedia - Botticelli

«Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron […] les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,11-12). Este es el modo paradójico en el que la paz está ya entre nosotros: el don de Dios es fascinante, busca acogida y mueve a la entrega. Nos sorprende porque nos expone al rechazo, nos atrae porque nos arrebata de la indiferencia. Llegar a ser hijos de Dios es un verdadero poder; un poder que queda enterrado mientras permanecemos indiferentes al llanto de los niños y a la fragilidad de los ancianos, al silencio impotente de las víctimas y a la melancolía resignada del que hace el mal que no quiere.

(…)

Cuando la fragilidad de los demás nos atraviesa el corazón, cuando el dolor ajeno hace añicos nuestras sólidas certezas, entonces ya comienza la paz. La paz de Dios nace de un sollozo acogido, de un llanto escuchado; nace entre ruinas que claman una nueva solidaridad, nace de sueños y visiones que, como profecías, invierten el curso de la historia. Sí, todo esto existe, porque Jesús es el Logos, el sentido a partir del cual todo ha sido formado. «Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de lo que existe» (Jn 1,3). Este misterio nos interpela desde los pesebres que hemos construido, nos abre los ojos a un mundo donde la Palabra todavía resuena, «en muchas ocasiones y de diversas maneras» (cf. Hb 1,1), y nos sigue llamando a la conversión.

Ciertamente, el Evangelio no esconde la resistencia de las tinieblas a la luz, describe el camino de la Palabra de Dios como un trayecto escabroso, diseminado de obstáculos. Hasta hoy, los auténticos mensajeros de paz siguen al Verbo por este camino, que finalmente alcanza los corazones; corazones inquietos, que a menudo desean precisamente aquello a lo que se resisten. De ese modo, la Navidad vuelve a motivar a una Iglesia misionera, impulsándola sobre vías que la Palabra de Dios le ha trazado.

(…)

 Este es el camino de la misión: un camino hacia el otro. En Dios cada palabra es palabra pronunciada, es una invitación al diálogo, una palabra nunca igual a sí misma. Es la renovación que el Concilio Vaticano II ha promovido y que veremos florecer sólo si caminamos juntos con toda la humanidad, sin separarnos nunca de ella. Mundano es lo contrario: tener por centro a uno mismo. El movimiento de la Encarnación es un dinamismo de diálogo. Habrá paz cuando nuestros monólogos se interrumpan y, fecundados por la escucha, caigamos de rodillas ante la carne desnuda de los demás. La Virgen María es precisamente en esto la Madre de la Iglesia, la Estrella de la evangelización, la Reina de la paz. En ella comprendemos que nada nace del exhibicionismo de la fuerza y todo renace del silencioso poder de la vida acogida.

(De laHomilia del Santo Padre Leon XIV – 25 de diciembre 2025 – Solemnidad de laNatividad del Señor)

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Ser testigos de la luz que la Navidad irradia – Benedicto XVI

 


La Navidad es una oportunidad privilegiada para meditar en el sentido y en el valor de nuestra existencia. La proximidad de esta solemnidad nos ayuda a reflexionar, por una parte, en el dramatismo de la historia en la que los hombres, heridos por el pecado, buscan permanentemente la felicidad y el sentido pleno de la vida y de la muerte; y, por otra, nos exhorta a meditar en la bondad misericordiosa de Dios, que ha salido al encuentro del hombre para comunicarle directamente la Verdad que salva y para hacerlo partícipe de su amistad y de su vida.

Preparémonos, por tanto, para la Navidad con humildad y sencillez, disponiéndonos a recibir el don de la luz, la alegría y la paz que irradian de este misterio. Acojamos el Nacimiento de Cristo como un acontecimiento capaz de renovar hoy nuestra vida. Que el encuentro con el Niño Jesús nos haga personas que no piensen sólo en sí mismas, sino que se abran a las expectativas y necesidades de los hermanos. De esta forma nos convertiremos también nosotros en testigos de la luz que la Navidad irradia sobre la humanidad del tercer milenio.

Pidamos a María santísima, tabernáculo del Verbo encarnado, y a san José, testigo silencioso de los acontecimientos de la salvación, que nos comuniquen los sentimientos que ellos tenían mientras esperaban el nacimiento de Jesús, de modo que podamos prepararnos para celebrar santamente la próxima Navidad, en el gozo de la fe y animados por el compromiso de una conversión sincera.

(de laAudiencia General del Papa Benedicto XVI el 17 de diciembre de 2008)

martes, 23 de diciembre de 2025

Navidad – Esperando a Jesús - La espera, yo que espero?

 


La espera, el esperar, es una dimensión que atraviesa toda nuestra existencia personal, familiar y social. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y banales hasta las más importantes, que nos implican totalmente y en lo profundo. Pensemos, entre estas, en la espera de un hijo por parte de dos esposos; en la de un pariente o de un amigo que viene a visitarnos de lejos; pensemos, para un joven, en la espera del resultado de un examen decisivo, o de una entrevista de trabajo; en las relaciones afectivas, en la espera del encuentro con la persona amada, de la respuesta a una carta, o de la aceptación de un perdón... Se podría decir que el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y al hombre se lo reconoce por sus esperas: nuestra «estatura» moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos, por aquello en lo que esperamos.

Cada uno de nosotros, por tanto, especialmente en este tiempo que nos prepara a la Navidad, puede preguntarse: ¿yo qué espero? En este momento de mi vida, ¿a qué tiende mi corazón? Y esta misma pregunta se puede formular a nivel de familia, de comunidad, de nación. ¿Qué es lo que esperamos juntos? ¿Qué une nuestras aspiraciones?, ¿qué tienen en común? En el tiempo anterior al nacimiento de Jesús, era muy fuerte en Israel la espera del Mesías, es decir, de un Consagrado, descendiente del rey David, que finalmente liberaría al pueblo de toda esclavitud moral y política e instauraría el reino de Dios. Pero nadie habría imaginado nunca que el Mesías pudiese nacer de una joven humilde como era María, prometida del justo José. Ni siquiera ella lo habría pensado nunca, pero en su corazón la espera del Salvador era tan grande, su fe y su esperanza eran tan ardientes, que él pudo encontrar en ella una madre digna. Por lo demás, Dios mismo la había preparado, antes de los siglos. Hay una misteriosa correspondencia entre la espera de Dios y la de María, la criatura «llena de gracia», totalmente transparente al designio de amor del Altísimo. Aprendamos de ella, Mujer del Adviento, a vivir los gestos cotidianos con un espíritu nuevo, con el sentimiento de una espera profunda, que sólo la venida de Dios puede colmar.

 

(Del Angelus del Papa Benedicto XVI del 28 de noviembre de2010)

lunes, 22 de diciembre de 2025

El Belen y el Arbol de Navidad, Arbol de la vida

 


¡Alegrémonos! El Señor está cerca y viene a salvarnos.

 “Sea pequeño o grande, sencillo o elaborado, el belén constituye una representación familiar y muy expresiva de la Navidad. Es un elemento de nuestra cultura y del arte, pero sobre todo un signo de fe en Dios, que en Belén "vino a habitar entre nosotros" (cf. Jn 1, 14).”

La fiesta de Navidad, quizá la más querida por la tradición popular, está llena de símbolos, vinculados a las diversas culturas. Entre todos, el más importante es ciertamente el belén.

 


Junto al belén, como en esta plaza de San Pedro, encontramos el tradicional "árbol de Navidad". Se trata de una costumbre igualmente antigua, que exalta el valor de la vida, porque en la estación invernal el abeto siempre verde se convierte en signo de la vida que no muere. Por lo general, en el árbol adornado y en su base se ponen los regalos navideños. Así, el símbolo se hace elocuente también en sentido típicamente cristiano: nos recuerda el "árbol de la vida" (cf. Gn 2, 9), figura de Cristo, don supremo de Dios a la humanidad.

 


Por tanto, el mensaje del árbol de Navidad es que la vida permanece "siempre verde" si se convierte en don: no tanto de cosas materiales, cuanto de sí mismos: en la amistad y en el afecto sincero, en la ayuda fraterna y en el perdón, en el tiempo compartido y en la escucha recíproca.

 

Que María nos ayude a vivir la Navidad como ocasión para gustar la alegría de entregarnos a nosotros mismos a los hermanos, especialmente a los más necesitados.”

 (Juan Pablo II Ángelus 12 de diciembre 2004 y 19 de diciembre 2004

 

FELIZ Y SANTA NAVIDAD A TODOS!!!

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Recuperar la verdad de la Navidad

 

La liturgia del Adviento nos va preparado espiritualmente a revivir el misterio que ha marcado un cambio en la historia humana… el nacimiento de un Niño, que es también el Hijo de Dios, el nacimiento del Salvador… que ha cambiado realmente el rostro del mundo. ¿Acaso no es un testimonio de ello la misma atmósfera jubilosa que se respira por las calles de las ciudades y de los pueblos… La fiesta de la Navidad ha entrado en las costumbres como celebración incontrastable de alegría y de bondad …. Esta floración de generosidad y de cortesía, de atención y delicadezas, coloca a la Navidad entre los momentos más bellos del año …. ¡qué carga de sentimientos o, a veces, de nostalgia, sabe suscitar!  …..

Pero detrás de este aspecto sugestivo, he aquí inmediatamente la manifestación de otros que alteran su limpidez… su autenticidad. Se trata de los aspectos puramente exteriores y consumísticos de la fiesta, que hacen correr el riesgo de vaciar a la solemnidad de su significado auténtico, cuando se toman no como expresión de la alegría interior que la caracteriza, sino como elementos principales de ella, o casi como su única razón de ser.

La Navidad pierde entonces su autenticidad, su sentido religioso, y se convierte en ocasión de disipación y derroche, cayendo en exterioridades inconvenientes y descomedidas, que suenan a ofensa para aquellos a quienes la pobreza condena a contentarse con las migajas.

Es necesario recuperar la verdad de la Navidad en la autenticidad del dato histórico y en la plenitud del significado que trae consigo. El dato histórico es que en un determinado momento de la historia y en una cierta región de la tierra, de una humilde mujer de la estirpe de David nació el Mesías, anunciado por los Profetas: Jesucristo Señor.

El significado es que, con la venida de Cristo, toda la historia humana ha encontrado su salida, su explicación, su dignidad. Dios nos ha salido al encuentro en Cristo, para que pudiéramos tener acceso a Él. Mirándolo bien, la historia humana es un anhelo ininterrumpido hacia la alegría, la belleza, la justicia, la paz. Se trata de realidades que sólo en Dios pueden encontrar su plenitud. Pues bien, la Navidad nos trae el anuncio de que Dios ha decidido superar las distancias, salvar los abismos inefables de su trascendencia, acercarse a nosotros, hasta hacer suya nuestra vida, hasta hacerse nuestro hermano.

Así, pues: ¿buscas a Dios? Encuéntralo en tu hermano, porque Cristo se ha como identificado ya en cada uno de los hombres. ¿Quieres amar a Cristo? Ámalo en tu hermano, porque todo lo que haces a uno cualquiera de tus semejantes, Cristo lo considera hecho a Él. Si te esfuerzas, pues, en abrirte con amor a tu prójimo, si tratas de establecer relaciones de paz con él, si quieres poner en común tus recursos con el prójimo, para que tu alegría, al comunicarse, se haga más verdadera, tendrás a tu lado a Cristo y con Él podrás alcanzar la meta que sueña tu corazón: un mundo más justo y, por lo tanto, más humano.

Que la Navidad nos encuentre a cada uno comprometidos a descubrir de nuevo su mensaje, que parte del pesebre de Belén. Hace falta un poco de valentía, pero vale la pena, porque sólo si sabemos abrirnos así a la venida de Cristo, podremos experimentar la paz anunciada por los ángeles en la noche santa. Que la Navidad constituya para todos vosotros un encuentro con Cristo, que se ha hecho hombre para dar a cada hombre la capacidad de hacer se hijo de Dios.

 

(PapaJuan Pablo II Audiencia General 23 de diciembre de 1981)

 

viernes, 19 de diciembre de 2025

La humanidad de nuestro tiempo, ¿espera todavía un Salvador?


"El Señor está cerca:  venid, adorémoslo"

(...)  Da la impresión de que muchos consideran que Dios es ajeno a sus intereses. Aparentemente no tienen necesidad de él, viven como si no existiera y, peor aún, como si fuera un "obstáculo" que hay que quitar para poder realizarse. Seguramente también entre los creyentes algunos se dejan atraer por seductoras quimeras y desviar por doctrinas engañosas que proponen atajos ilusorios para alcanzar la felicidad.

Sin embargo, a pesar de sus contradicciones, angustias y dramas, y quizá precisamente por ellos, la humanidad de hoy busca un camino de renovación, de salvación; busca un Salvador y espera, a veces sin saberlo, la venida del Señor que renueva el mundo y nuestra vida, la venida de Cristo, el único Redentor verdadero del hombre y de todo el hombre. Ciertamente, falsos profetas siguen proponiendo una salvación "barata", que acaba siempre por provocar fuertes decepciones.

Precisamente la historia de los últimos años demuestra esta búsqueda de un Salvador "barato" y pone de manifiesto todas las decepciones que se han derivado de ello. Los cristianos tenemos la misión de difundir, con el testimonio de la vida, la verdad de la Navidad, que Cristo trae a todo hombre y mujer de buena voluntad. Al nacer en la pobreza del pesebre, Jesús viene a ofrecer a todos la única alegría y la única paz que pueden colmar las expectativas del alma humana.

Pero, ¿cómo prepararnos para abrir el corazón al Señor que viene? La actitud espiritual de la espera vigilante y orante sigue siendo la característica fundamental del cristiano en este tiempo de Adviento. Es la actitud que adoptaron los protagonistas de entonces:  Zacarías e Isabel, los pastores, los Magos, el pueblo sencillo y humilde, pero, sobre todo, la espera de María y de José. Estos últimos, más que nadie, experimentaron personalmente la emoción y la trepidación por el Niño que debía nacer. No es difícil imaginar cómo pasaron los últimos días, esperando abrazar al recién nacido entre sus brazos. Hagamos nuestra su actitud, queridos hermanos y hermanas.

Escuchemos, a este respecto, la exhortación de san Máximo, obispo de Turín…:  "Mientras nos preparamos a acoger la Navidad del Señor, revistámonos con vestidos limpios, sin mancha. Hablo de la vestidura del alma, no del cuerpo. No tenemos que vestirnos con vestiduras de seda, sino con obras santas. Los vestidos lujosos pueden cubrir los miembros del cuerpo, pero no adornan la conciencia" (ib.).

Que el Niño Jesús, al nacer entre nosotros, no nos encuentre distraídos o dedicados simplemente a decorar con luces nuestra casa. Más bien, preparemos en nuestra alma y en nuestra familia una digna morada en la que él se sienta acogido con fe y amor. Que nos ayuden la Virgen y san José a vivir el misterio de la Navidad con nuevo asombro y serenidad tranquilizante.

(Papa Benedicto XVI de la Audiencia General el 20 de diciembre de 2006)


sábado, 28 de diciembre de 2024

La Navidad: tiempo de reflexión y de decisión

 



Y nos hemos arrodillado en adoración ante este Niño, que es el Verbo divino, hecho hombre por nuestra salvación: "En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios... Todo se hizo por Él... Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros" (Jn 1, 1-3. 14).


 

La Navidad es, por consiguiente, un tiempo de reflexión que no puede menos de tener impacto en toda la vida. En efecto, con la Navidad comienza la nueva historia de la humanidad, historia en la que la salvación divina sale al encuentro del pecado del hombre.

 

Nuestro mundo está distraído por muchos intereses y atractivos; se halla desconcertado, a menudo decepcionado, preocupado, e incluso a veces angustiado, porque persisten amenazas, enfrentamientos y sufrimientos. En Navidad se siente la necesidad de revisar el sentido auténtico de la propia vida y afloran al espíritu las más elevadas aspiraciones a la solidaridad y a la paz.

 

En muchas personas queda, sin embargo, una sensación de perplejidad y de malestar espiritual ante el misterio de la Encarnación. Estarían dispuestas a aceptarlo "como una dulce y profunda alegoría, pero no como una verdad desnuda y cruda". Ya lo notaba Romano Guardini (El Señor, parte I, cap. III), el cual observaba: Es preciso "rodear este misterio, que es el misterio central del cristianismo, de vigilancia sosegada, temblorosa y suplicante; entonces, por fin, se nos revelara también su sentido. Y, mientras tanto, valga como consigna: Estas cosas las hace el Amor".

Con la ayuda de la gracia es necesario ponerse en la perspectiva del misterio y del amor para llegar a la certeza de la verdadera identidad del Niño nacido en Belén.

(…)

La reflexión que la Navidad suscita en los creyentes se convierte, por tanto también en momento de alegría íntima y profunda. Es la alegría que experimenta María por su maternidad divina (cf. Lc 1, 46-47); es la alegría que el ángel anuncia a los pastores de Belén en la noche santa; es la alegría de los Magos cuando vuelven a ver la estrella misteriosa de su viaje (cf. Mt 2, 10); y es, por último, la alegría que Jesús promete y da a los Apóstoles y a sus fieles, y que hará exclamar a san Pablo: "Estoy lleno de consuelo y sobreabundó de gozo en todas nuestras tribulaciones" (2 Co 7, 4).

En efecto, frente al misterio de la Encarnación se puede descubrir que la vida de cada persona y de todo el género humano tiene un significado que sobrepasa el tiempo y desemboca en la eternidad.

 Jesús el Verbo encarnado, al insertarse en la historia humana nos garantiza que en ella se hallan presentes Dios y su providencia su amor y su misericordia. Dios tiene un plan de salvación para todos y espera nuestra adhesión.

La Navidad, por lo tanto, se transforma también en momento de decisión…Con motivo de la crisis de la cultura moderna, los creyentes se encuentran ante tres grandes clases de personas en dificultad: "Quienes no creen todavía; quienes han nacido en el seno de pueblos cristianos considerados entre los más fieles, pero que hoy ya no creen; y quienes, aunque tienen el don de la fe, no son capaces de conformar su propia vida con el Evangelio" (Discurso en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, 24 de noviembre de 1994, n. 3; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de diciembre de 1994, p. 8). Quiera Dios que la solemnidad de la Navidad impulse a todo bautizado a ser testigo intrépido de la fe cristiana, mediante la palabra y el ejemplo, la oración asidua y la caridad generosa hacia todos los hermanos, especialmente hacia los más necesitados.

 

(Juan Pablo II Audiencia General 28 de diciembre de 1994)

 

Navidad “Fiesta de la Luz”

 

La Navidad se llama también la “Fiesta de la Luz”, porque Jesús es la Verdad que nace en Belén para ser la “Luz” del mundo. San Pablo dice que “Él es imagen de Dios invisible”, que nos “libró del poder de las tinieblas (cf. Col 1, 13-15). El Concilio Vaticano II, por su parte, después de haber puesto de relieve que el hombre con sus dramáticos interrogantes “resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta oscuridad”, afirma que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et spes, 21d y 22a).

Y es precisamente el mensaje de la Navidad el que arroja luz sobre el hecho temporal, pero también profundamente existencial, del final del año.

(…)

Nuestra vida se consume; nuestros años se van... Y ¿dónde? ¿Dónde va a parar este tiempo, que arrastra inexorablemente a la historia humana y la existencia personal de cada uno? Y aquí es donde la Navidad extiende ya su primera y maravillosa luz: La historia humana no es un laberinto absurdo y nuestra vida no va a parar a la muerte y a la nada. Jesús, con su divina e inefable Palabra, nos dice que Dios ha creado al hombre por amor y que espera de él, durante la existencia terrena, una respuesta de amor, para hacerlo partícipe después, más allá del tiempo, de su Amor eterno. Sabemos por la Sagrada Escritura que “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro” (Heb 13, 14). 

(…)

La luz de Belén ilumina también el paso al Año Nuevo. En efecto, a Belén ―como dice el Evangelista Juan― llegó “la luz verdadera que ilumina a todo hombre... Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia” (Jn 1, 9. 16). La Navidad nos exhorta y nos impele a tener confianza y valor para hacer el bien, para dar testimonio de la fe cristiana con la integridad de la doctrina y la coherencia de vida, para comprometernos en la labor de santificación personal, levantando siempre la mirada del tiempo hacia la eternidad: “¡Oh día luminosísimo de la eternidad ―exclama el autor de la Imitación de Cristo―, que la noche no puede oscurecer porque la suma Verdad lo hace siempre resplandecer: Día siempre alegre, siempre seguro y que nunca sufre cambios!” (L. III, cap. 48, n. 1).

¡Amadísimos! La luz de Navidad ilumine y acompañe a cada uno de vosotros en vuestro trabajo, en vuestros afanes, en la dedicación a vuestras familias, durante todo el Año Nuevo que vamos a comenzar,

 

(JuanPablo II Audiencia General 28 de diciembre de 1988)

viernes, 20 de diciembre de 2024

Última semana de Adviento: el tiempo de la invitación

 


“Todo el Adviento es un período de espera y preparación a la venida del Salvador. La última semana de Adviento podría llamarse el tiempo de la invitación. En estos días que preceden inmediatamente a Navidad, la Iglesia invita. Invita a través de toda su liturgia en la que ocupan puesto particular a lo largo de estos días, las llamadas "Antífonas mayores", unidas al canto del Magníficat durante las Vísperas. Son preciosas y, al mismo tiempo sencillas y profundas de contenido. La Antífona de hoy, última de este ciclo (en efecto mañana es la Vigilia), se dirige con estas palabras a Aquel que debe venir:


 "O Emmanuel, rex et Legifer noster, exspectatio gentium et salvator earum: veni ad salvandum nos, Domine Deus noster


".

"¡Oh Emmanuel, / nuestro Rey, Salvador de las naciones, / esperanza de los pueblos, / ven a libertarnos, Señor; no tardes ya! / Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!".

 

¡Emmanuel! Es la última invocación; la última palabra de estas Antífonas invitantes. Parece testimoniar que la invitación ha sido correspondida porque "Emmanuel" habla de que Dios está con nosotros. De modo que la última de estas grandes Antífonas de Adviento expresa la certeza de la venida del Señor. Habla ya de su presencia en medio de nosotros.

 

Si tenemos en cuenta las circunstancias del nacimiento de Dios, si recordamos que "no había sitio para ellos en el mesón" (Lc 2, 7), comprenderemos todavía mejor la invitación de la liturgia de Adviento y la expresaremos con paz interior muy profunda. Y con amor muy grande a Aquel que está a punto de llegar.”

 

(Juan Pablo II –Ángelus 23 de diciembre de 1979

 

jueves, 19 de diciembre de 2024

La fe de María a partir del gran misterio de la Anunciación.

 


«Chaîre kecharitomene, ho Kyrios meta sou»

 «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28)…

(…)  Pero, ¿por qué se invita a María a alegrarse de este modo? La respuesta se encuentra en la segunda parte del saludo: «El Señor está contigo». También aquí para comprender bien el sentido de la expresión, debemos recurrir al Antiguo Testamento. En el Libro de Sofonías encontramos esta expresión «Alégrate, hija de Sión... El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti... El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador» (3, 14-17). En estas palabras hay una doble promesa hecha a Israel, a la hija de Sión: Dios vendrá como salvador y establecerá su morada precisamente en medio de su pueblo, en el seno de la hija de Sión. En el diálogo entre el ángel y María se realiza exactamente esta promesa: María se identifica con el pueblo al que Dios tomó como esposa, es realmente la Hija de Sión en persona; en ella se cumple la espera de la venida definitiva de Dios, en ella establece su morada el Dios viviente.

En el saludo del ángel, se llama a María «llena de gracia»; en griego el término «gracia», charis, tiene la misma raíz lingüística de la palabra «alegría». También en esta expresión se clarifica ulteriormente la fuente de la alegría de María: la alegría proviene de la gracia; es decir, proviene de la comunión con Dios, del tener una conexión vital con Él, del ser morada del Espíritu Santo, totalmente plasmada por la acción de Dios. María es la criatura que de modo único ha abierto de par en par la puerta a su Creador, se puso en sus manos, sin límites. Ella vive totalmente de la y en relación con el Señor; está en actitud de escucha, atenta a captar los signos de Dios en el camino de su pueblo; está inserta en una historia de fe y de esperanza en las promesas de Dios, que constituye el tejido de su existencia. Y se somete libremente a la palabra recibida, a la voluntad divina en la obediencia de la fe.

El evangelista Lucas narra la vicisitud de María a través de un fino paralelismo con la vicisitud de Abrahán. Como el gran Patriarca es el padre de los creyentes, que ha respondido a la llamada de Dios para que saliera de la tierra donde vivía, de sus seguridades, a fin de comenzar el camino hacia una tierra desconocida y que poseía sólo en la promesa divina, igual María se abandona con plena confianza en la palabra que le anuncia el mensajero de Dios y se convierte en modelo y madre de todos los creyentes.

 (De la Audiencia General del Papa Benedicto XVI del 19 de diciembre de 2012)

viernes, 22 de diciembre de 2023

Papa Francisco : El belén de Greccio, escuela de sobriedad y de alegría

 


En esta Navidad de 2023 se cumplen 800 años del pesebre viviente que san Francisco de Asís realizó en la localidad italiana de Greccio. Su intención fue representar la escena del nacimiento de Jesús, pudiendo revivir así, por medio de los sentidos, la sencillez evangélica, la pobreza y la humildad de la Sagrada Familia en la gruta de Belén. Y aquí nacieron los pesebres vivientes.

Durante estos días, cercanos a las fiestas navideñas, podemos correr el riesgo de descuidar lo esencial, distraídos por las numerosas ofertas del consumismo y el bienestar mundano. En este contexto, los personajes del belén nos muestran cómo celebrar verdaderamente la Navidad: con sobriedad y alegría evangélica. Contemplemos el pesebre, y eso, hagámoslo en familia, en comunidad, esto nos ayuda a centrarnos en lo más importante de nuestra vida: la relación con Dios, con los demás y con la creación; y así, cultivemos en nuestros ambientes un clima de armonía, de gozo y de paz.

(Papa Francisco:Audiencia General 20 de diciembre 2023)

- 0 -

(El Belén de Greccio es la trigésima escena de las veintiocho que componen el conjunto de frescos sobre la historia de San Francisco. Los frescos se encuentran cojiendo en la Basílica Mayor de Asís, y son atribuidos a Giotto. Posiblemente, fue pintado entre el 1295 y el 1299, y sus medidas son 230 x 270cm. - Wikipedia) 

Invito visitar la página del Directorio franciscano titulada : La Navidad de Greccio celebrada por San Francisco (1223) con relatos de Tomas de Celano,  San Buenaventura,   el P. Cuthbert (Vida de san Francisco de Asis), Leonhard Lehmann  (El salmo navideño de San Francisco),   una audiencia del Papa Benedicto XVI (23 de diciembre de 2009) y su Homilía de la Misa de Nochebuena 24/12/2011


La Navidad del Señor – búsqueda y encuentro

 

(Imagen de Wikipedia)

 (…) En la fiesta de Navidad leemos que los pastores de Belén fueron convocados los primeros al pesebre a ver al recién nacido: “Fueron con presteza y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre” (Lc 2, 16).

Detengámonos en ese “encontraron”. Esta palabra indica búsqueda. En efecto, los pastores de Belén, cuando se pusieron a descansar con su rebaño, no sabían que había llegado el tiempo en que iba a acontecer lo que habían anunciado desde hacía siglos los Profetas del pueblo al que ellos mismos pertenecían; y que iba a tener cumplimiento precisamente aquella noche; y que se realizaría en las proximidades del lugar donde se hallaban. Incluso después de despertarse del sueño en que estaban sumidos, no sabían ni qué había ocurrido ni dónde había ocurrido. Su llegada a la gruta de la Natividad era el resultado de una búsqueda. Pero al mismo tiempo habían sido llevados y conducidos —según leemos— por la voz y la luz. Y si nos remontamos más en el pasado, los vemos guiados por la tradición de su pueblo, por su espera. Sabemos que Israel habla recibido la promesa del Mesías.

Y he aquí que el Evangelio habla de los sencillos, los modestos, los pobres de Israel: de los pastores que fueron los primeros en encontrarle. Además, habla con toda sencillez, como si se tratara de un acontecimiento “exterior”; han buscado dónde podría estar y finalmente lo han encontrado. A la vez, este “encontraron” de Lucas, indica una dimensión interior, lo que se verificó en los hombres la noche de Navidad, en aquellos sencillos pastores de Belén: “Encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre”, y después “...se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según se les había dicho” (Lc 2, 16. 20).

 “Encontraron” indica “búsqueda”.

El hombre es un ser que busca. Toda su historia lo confirma. También la vida de cada uno de nosotros lo atestigua. Muchos son los campos en que el hombre busca e investiga y luego encuentra, y a veces, después de haber encontrado, comienza de nuevo a buscar. Entre todos estos campos en que el hombre se revela como un ser que busca, hay uno, el más profundo. Es el que entra más íntimamente en la humanidad misma del ser humano. Y es el más vinculado al sentido de toda la vida humana.

El hombre es el ser que busca a Dios.

Varios son los senderos de esta búsqueda. Múltiples son las historias del alma humana precisamente en esos caminos. A veces las vías parecen muy sencillas y próximas. Otras veces son difíciles, complicadas, alejadas. Unas veces el hombre llega fácilmente a su “¡eureka!”, ¡he encontrado! Otras veces lucha con dificultades como si no pudiera penetrar en sí mismo ni en el mundo y, sobre todo, como si no pudiese comprender el mal que hay en el mundo. Es sabido que incluso en el contexto de la Navidad este mal ha hecho ver su rostro amenazador.

No son pocos los hombres que han descrito su búsqueda de Dios por los caminos de la propia vida. Son aún más numerosos los que callan considerando como su misterio más profundo y más íntimo todo lo que han vivido en esos caminos: lo que han experimentado, cómo han buscado, cómo han perdido la orientación y cómo la han encontrado de nuevo.

El hombre es el ser que busca a Dios.

Y hasta después de haberlo encontrado, sigue buscándolo. Y si lo busca sinceramente, lo ha encontrado ya; como dice Jesús al hombre en un célebre paso de Pascal: “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado” (B. Pascal, Pensées, 553: Le mystère de Jésus).

Esta es la verdad sobre el hombre.

No se la puede falsificar. Tampoco se la puede destruir. Se la debe dejar al hombre, porque lo define.

 (…)

(de la Audiencia Generalde Juan Pablo II del 27 de diciembre de 1978)




El arbol de Navidad, el arbol de la vida

 


Antes del pontificado de Juan Pablo II nunca se había visto el árbol de Navidad en la Plaza San Pedro: el primero aparece en la Navidad de 1982

 “Que significa este árbol?” – preguntaba Juan Pablo II  y agregaba – “Yo creo que es el símbolo del árbol de la vida, aquel árbol del que se habla en el libro del Génesis y que ha sido plantado en la tierra de la humanidad junto a Cristo.   Hace tiempo el pecado cortó el enlace del hombre con este árbol. Después, en el momento que Cristo vino al mundo, el árbol de la vida fue vuelto a plantar a través de El, y ahora crece con Él y madura en la cruz.   Hay una relación entre el árbol de Navidad y el árbol de la Cruz del viernes Santo.  El misterio pascual. Es una tradición hermosa y significativa, sobre todo porque estos árboles nos santifican. Son símbolos de vida y de luz. Cristo es Vida y Luz.   Debo decirles – confesaba – que yo personalmente, a pesar de tener unos cuantos años, espero impacientemente la llegada de la Navidad momento en el cual, es traído a mis habitaciones este pequeño árbol. Todo ello lleva un enorme significado que trasciende las edades,  tanto ancianos como niños reaccionan de la misma manera, si bien en distintos niveles de comprensión”….

 De Totus Tuus noviembre-diciembre 2007

El árbol de Navidad – como lo veìa Juan Pablo II

 


La fiesta de Navidad, quizá la más querida por la tradición popular, está llena de símbolos, vinculados a las diversas culturas. Entre todos, el más importante es ciertamente el belén…


Junto al belén, como en esta plaza de San Pedro, encontramos el tradicional "árbol de Navidad".

Se trata de una costumbre igualmente antigua, que exalta el valor de la vida, porque en la estación invernal el abeto siempre verde se convierte en signo de la vida que no muere. Por lo general, en el árbol adornado y en su base se ponen los regalos navideños. Así, el símbolo se hace elocuente también en sentido típicamente cristiano: nos recuerda el "árbol de la vida" (cf. Gn 2, 9), figura de Cristo, don supremo de Dios a la humanidad.

 

Por tanto, el mensaje del árbol de Navidad es que la vida permanece "siempre verde" si se convierte en don: no tanto de cosas materiales, cuanto de sí mismos: en la amistad y en el afecto sincero, en la ayuda fraterna y en el perdón, en el tiempo compartido y en la escucha recíproca. Que María nos ayude a vivir la Navidad como ocasión para gustar la alegría de entregarnos a nosotros mismos a los hermanos, especialmente a los más necesitados.

 del Santo Padre Juan Pablo II en el Angelus del domingo 19 de diciembre de 2004

jueves, 22 de diciembre de 2022

Aquel que nació en Belén: nuestro todo ayer, hoy y siempre

 



                                                    Foto del blog  Un sacerdote en Tierra Santa, que invito visitar (discontinuado en 2018, pero que contiene valiosa informacion) 

Desde antes de su pontificado Juan Pablo II se sintió invadido por la mística de aquel lugar real, ubicable en el mapa y en la historia, Belén,   tesoro compartido entre pueblos de diferentes culturas y religiones.  Ya en Roma nos invitó a sumergirnos en la “atmosfera prodigiosa” (1)  de  Aquel que nos indico el camino con su sencillo  «Sígueme» (Mateo 8,22).  Fruto de su primer viaje a los Santos Lugares durante el Concilio Vaticano II fue la carta que quiso compartir con los sacerdotes de su diócesis. 

  En 1965 volcó en lenguaje poético los  momentos vividos en aquella inolvidable peregrinación  (2)

Oh tierra del encuentro, única! Tierra en la que se ha hecho todo lo que debe existencia a Aquel que Es”.

“Siglos ha que elegiste este lugar. En él te das a mí, en él me aceptas”.

 

En el Ángelus del  10 de diciembre de 1978 recordaba “ el gozo inmenso con que los obispos, reunidos en la II sesión del Concilio Vaticano II, acogieron las palabras del Papa Pablo VI que en el discurso de clausura de aquella sesión les había anunciado que iría —por vez primera—  como peregrino a Tierra Santa.” 

Hubiese querido iniciar su pontificado en Belén pero no pudo ser y en su primera Navidad como Pontífice invitaba a todos a estar más presentes allí que aquí (en Roma) 

 Belén es el centro de mi peregrinación jubilar – decía en su homilía en el lugar mismo del nacimiento del Señor el el 22 de marzo del 2000   “ Los senderos que he seguido me han traído a este lugar y al misterio que proclama:  la Natividad.”

 “La liturgia de la noche de Navidad es rica en un realismo particular: realismo de aquel momento que nosotros renovamos y también realismo de los corazones que reviven aquel momento. Todos, en efecto, nos sentimos profundamente emocionados y conmovidos, por más que lo que celebramos haya ocurrido hace casi dos mil años” porque “ “La alegría que anunció el ángel no es algo del pasado. Es una alegría actual, del hoy eterno de la salvación de Dios, que abarca todos los tiempos:  el pasado, el presente y el futuro……. Dado que en Belén siempre es Navidad, cada día es Navidad en el corazón de los cristianos. Cada día estamos llamados a proclamar el mensaje de Belén al mundo, "la buena nueva que produce una gran alegría":  el Verbo eterno, "Dios de Dios, luz de luz", se hizo hombre y vino a habitar en medio de nosotros (cf. Jn 1, 14). (Misa de Nochebuena  1978) 

 (1)   Memoria e Identidad

(2)   Poesías “Peregrinación a los Santos Lugares”

 

¡Oh Niño ilumina la noche del mundo!

 


“ ¡Oh Niño, que has querido tener como cuna un pesebre; oh Creador del universo, que te has despojado de la gloria divina; oh Redentor nuestro, que has ofrecido tu cuerpo inerme como sacrificio para la salvación de la humanidad!

Que el fulgor de tu nacimiento ilumine la noche del mundo. Que la fuerza de tu mensaje de amor destruya las asechanzas arrogantes del maligno. Que el don de tu vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano.”

(Juan Pablo II Homilía enla Misa de Nochebuena 24 de diciembre de 2003)

Con todo cariño a lectores y amigos del blog 

MUY FELIZ Y SANTA NAVIDAD A TODOS!


lunes, 20 de diciembre de 2021

La “nostalgia” de Juan Pablo II por las Navidades polacas

La entrevistadora Brygida Gryslak le pregunta al Arzobispo Mieczyslaw Mokrzycki en el libro-entrevista (foto arriba) 

Extrañaba el Papa las festividades polacas, como por ejemplo la Vigilia de Navidad? 

 El antiguo segundo secretario de Juan Pablo II (ahora Arzobispo de Lviv) responde: Estoy seguro que sí. Pero nosotros hacíamos todo lo posible para presentarle ese mismo ambiente tan particular en el Vaticano. Es por eso que siempre había huéspedes polacos, aquellos más cercanos al Santo Padre. En una de sus habitaciones, en el dormitorio o en el estudio, siempre había un verdadero árbol de Navidad traído especialmente de Zakopane. Lo decoraban las religiosas. Imagino que el santo Padre hubiese querido adornarlo el mismo, pero nunca tenía tiempo suficiente para hacerlo. Le gustaba mucho admirarlo. El aroma era especial. Además había otros árboles de Navidad en el salón comedor y en el pasillo. 

 Y sigue preguntando la entrevistadora: Parece que también había un Pesebre.

 Era infaltable. Los Pesebres le gustaban mucho al Santo Padre. El personal del Vaticano se lo preparaba todos los años. Se colocaba en el pasillo y siempre era hermoso y original. Quienes lo preparaban siempre aparecían con alguna nueva idea que el Santo Padre apreciaba mucho. 

Luego la entrevistadora hace un comentario: El Arzobispo Mokrzycki dice que la cena de la vigilia tradicionalmente comenzaba con la lectura de la Sagrada Escritura, que leía alguno de los huéspedes: Mons. Stanisław Ryłko o el padre Styczeń.. Después se compartía el oplatek. Emocionante, igual que en sus casas en Polonia. El deseo para ellos del Santo Padre era que encuentren al Cristo recién nacido y que El colme de gozo y paz sus corazones. Y se cantaban villancicos, era una parte de la vigilia que el Santo Padre gustaba mucho: : cantábamos villancicos al comienzo y después de la cena. Era una tradición importante en la casa de Juan Pablo II: en Cracovia y en el Vaticano. Al Santo Padre le gustaba mucho cantar, especialmente villancicos. El cantaba a viva voz y podíamos ver que esto lo hacía feliz. El canto de los villancicos no duraba mucho tiempo, alrededor de media hora quizás algo más. Pero la Vigilia era para nosotros solo el comienzo de esas veladas de canto de villancicos pues los seguiríamos cantando hasta el 6 de enero todos los días. En esas veladas familiares con villancicos invitábamos también a dos o tres sacerdotes polacos, a menos que hubiese otros invitados. Y después de la cena, durante media hora o 40 minutos se cantaban villancicos: desde Duérmete pequeño Jesús (Lulajże Jezuniu) hasta Dios ha nacido (Bóg sie rodzi) 

 Cuál era el villancico que más le gustaba a Juan Pablo II? 

 Creo que Oh mi pequeño Niño (Oj, maluśki, maluśki) Todo lo relacionado con las montañas lo llevaba en el corazón. 

Disfrutaban los secretarios de aquellas veladas de villancicos? O se llegaban a cansar del canto?

No, no nos cansábamos. Todo lo contrario, era fuente de alegría para nosotros. Además, el Santo Padre tenía el don de contagiar su entusiasmo sobre todo lo que hacía: la buena energía, la humilde oración, cantando O mi pequeño Niño…. 

Se comía en base a 12 platos?

Si siempre. De eso se ocupaban las religiosas. Siempre había sopa de remolacha, ravioles polacos, carpa, ensaladas y por supuesto dulces. Aquellas veladas eran hermosas, excepcionales. Sentarse a la mesa con Juan Pablo II - en la vigilia Navidad de manera especial – sentíamos la presencia de Cristo. Nos acompañaban en la Vigilia amigos del Santo Padre de Cracovia. Con su presencia el Santo Padre se sentía más alegre que de costumbre. Reía más a menudo porque se sentía más en casa, mas en familia.
Recuerda usted la ultima Vigilia de Navidad juntos? Se notaba alguna diferencia con las anteriores? 

 No ninguna. Todo era como siempre. El Santo Padre aun se sentía bastante bien. Había invitados con nosotros, cantamos villancicos y se servían 12 platos. Después la Misa de Medianoche. La basílica de San Pedro se llenaba a tope. No había entradas para todos. La multitud en la Plaza San Pedro podía ver y escuchar en las pantallas gigantes como la voz del Santo Padre, ya avanzado en edad, se iba volviendo más débil. En realidad sus secretarios no podían comprender: de donde emanaba tanta fuerza! Juan Pablo II se preparaba para la Misa de Medianoche en su capilla privada. Rezaba como lo hacía antes de toda Eucaristía. Fortalecido por Dios salía a las multitudes y les hablaba del Cristo recién nacido. Después de la Misa de medianoche simbólicamente colocaba al Niño en el pesebre cerca de la Basílica de San Pedro. Para los católicos y en especial para los polacos, la Navidad es una solemnidad muy emotiva. Viene al mundo el Salvador y trae esperanza y alegría para todos. Tiene significado religioso. Y además existe la tradición que el Santo Padre gustaba tanto: el árbol de Navidad, el pesebre, los villancicos. Todo esto lo llenaba paz interior al igual que a nosotros. El Santo Padre le gustaba celebrar la Vigilia de Navidad en medio de un círculo numeroso, pero la vigilia del Año Nuevo (en San Silvestre) la celebraba solamente en compañía de sus estrechos colaboradores. Así quería el que fuese. El 31 de diciembre a medianoche, solamente los secretarios y las religiosas que se ocupaban del apartamento del papa participaban en la Misa de acción de gracias. A veces también alguien de la Curia, dice el Arzobispo Mokrzycki. Ellos no sabían porque era así y nunca preguntaron. Parecía que Juan pablo II quería vivir los últimos momentos del año que terminaba en silencio y recogimiento. Vivía esta noche de acción de gracias muy intensamente porque tenía mucho para agradecer: por otro año siempre difícil, si bien buen año de su pontificado. Y tenía algo para pedir: fuerza para los próximos 365 días. Nadie sabe porque oraba durante la medianoche del 2005. Aparentemente todo era como de costumbre, al menos así lo veían y sentían sus más estrechos colaboradores. Cuando salía de la capilla el papa expresaba su deseo, tal como lo hacía cada año, que puedan continuar juntos y que todo vaya bien. Ellos esperaban y rezaban apara que así fuera. Después de la Misa el Santo Padre se retiraba a sus habitaciones.

lunes, 21 de diciembre de 2020

O Noche Santa y tan esperada

 


Puer natus est nobis, filius datus est nobis!

¡Qué misterio inescrutable esconde la humildad de este Niño! Quisiéramos como tocarlo; quisiéramos abrazarlo.

Tú, María, que velas sobre tu Hijo omnipotente, danos tus ojos para contemplarlo con fe: danos tu corazón para adorarlo con amor.

En su sencillez, el Niño de Belén nos enseña a descubrir el sentido auténtico de nuestra existencia; nos enseña a "llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa" (Tt 2,12).

¡Oh Noche Santa y tan esperada, que has unido a Dios y al hombre para siempre! Tú enciendes de nuevo la esperanza en nosotros. Tú nos llenas de extasiado asombro. Tú nos aseguras el triunfo del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. Por eso permanecemos absortos y rezamos.

En el silencio esplendoroso de tu Navidad, tú, Emmanuel, sigues hablándonos. Y nosotros estamos dispuestos a escucharte. Amén.

Permanezcamos en silencio y adorémosle!

FELIZ Y SANTA NAVIDAD A TODOS!!