Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

viernes, 7 de junio de 2019

40 años de la primera visita de Juan Pablo II como Papa a Auswtitz


Se cumplen 40 años desde que Juan Pablo II visito,  por primera vez como Papa,  ese lugar tan venerado por él,  el campo de exterminio de Auschitz-Birkenau en su Polonia natal.
Alli donde “fue pisoteada de modo tan horrendo la humanidad, la dignidad humana” decia, entre otros:
“¿Puede todavía extrañarse alguien de que el Papa, nacido y educado en esta tierra; el Papa que ha ido a la Sede de San Pedro desde la diócesis en cuyo territorio se halla el campo de Auschwitz, haya comenzado su primera Encíclica con las palabras Redemptor hominis y que la haya dedicado en conjunto a la causa del hombre, a la dignidad del hombre, a las amenazas contra él y, en fin, a sus derechos? ¡Derechos inalienables que tan fácilmente pueden ser pisoteados y aniquilados por... el ser humano! Es suficiente revestir al hombre de un uniforme diverso, armarlo con instrumentos de violencia, basta imponerle la ideología en la que los derechos del hombre quedan sometidos a las exigencias del sistema... completamente sometidos, de modo que, de hecho, dejan de existir.
Vengo aquí hoy como peregrino. Se sabe que he estado aquí muchas veces... ¡Cuántas veces!
(…)
Vengo para mirar, junto con vosotros, independientemente de vuestra fe, una vez más a los ojos de la causa del ser humano
(…)
Ciertamente, vengo para orar junto con todos vosotros que habéis llegado aquí —y al mismo tiempo con toda Polonia— y con toda Europa. Cristo quiere que yo, Sucesor de Pedro, dé testimonio ante el mundo de lo que constituye la grandeza del hombre de nuestros tiempos y de su miseria. De lo que constituye su derrota y su victoria.
Vengo pues y me arrodillo en este Gólgota del mundo contemporáneo, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas de Birkenau, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Auschwitz en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano.
En particular, me detengo junto con vosotros, queridos participantes de este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abrahán, que es padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de "no matar", ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia.
Quiero detenerme, además, delante de otra lápida: la que está en lengua rusa. No añado ningún comentario. Sabemos de qué nación habla. Sabemos qué parte ha tenido esta nación, durante la última guerra por la libertad de los pueblos. Tampoco ante esta lápida se puede pasar con indiferencia.
Finalmente, la última lapida: la que está en lengua polaca. Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial: la quinta parte de la nación. Una etapa más de las luchas seculares de esta nación, de mi nación, por sus derechos fundamentales entre los pueblos de Europa. Un nuevo alto grito por el derecho a un puesto propio en el mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad.
He elegido tres lápidas. Sería necesario detenerse ante cada una de ellas, y así lo haremos.
 Auschwitz es una cuenta con la conciencia de la humanidad mediante estas lápidas que dan testimonio de las víctimas que habían perdido las naciones. Auschwitz es un lugar que no basta solo visitarlo. Durante la visita hay que pensar con temor dónde están las fronteras del odio.
Auschwitz es un testimonio de la guerra. La guerra lleva consigo un desmedido crecimiento del odio, de la destrucción, de la crueldad. Y si no se puede negar que manifiesta también nuevas posibilidades de la valentía humana, del heroísmo, del patriotismo, queda sin embargo el hecho de que en ella prevalece la cuenta de las pérdidas. Prevalece tanto más, cuanto más la guerra se convierte en el juego de la bien calculada técnica de la destrucción. De la guerra son responsables no sólo los que la causan directamente, sino también aquellos que no hacen todo lo posible por impedirla.”
(…)
hablo no solo por los cuatro millones que murieron en este enorme campo. Hablo en nombre de todas las naciones, cuyos derechos son violados y olvidados. Hablo porque me obliga a ello, nos obliga a todos nosotros la verdad. Hablo porque me obliga a ello, nos obliga a todos nosotros la solicitud por el hombre.
Y por eso pido a todos los que me escuchan que centren todos sus esfuerzos sobre la solicitud por el hombre. En cambio, a los que me escuchan creyendo en Jesucristo les pido que se centren en la oración por la paz y la reconciliación.
Mis queridos hermanos y hermanos, no me queda nada más que decir.
Solo me vienen a la mente las palabras de la suplicación:
¡Santo Dios, Santo Fuerte Santo Inmortal!
De la peste, del hambre, del fuego y de la guerra
...y de la guerra, líbranos, Señor. Amén.


(de la Homilia de Juan Pablo II durante la Misa en el Campo de Concentracion de Auschwitz-Birkenau el 7 d junio de 1979)

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