Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

viernes, 31 de mayo de 2019

40 años desde el primer viaje de Juan Pablo II a su tierra natal


Se cumplen 40 años desde aquel viaje tan deseado por el propio Papa y tan esperado por sus compatriotas.  El 2 de junio de 1979 llegaba a su tierra natal un Papa polaco.
Karol Wojtyla fue recibido en el aeropuerto de Varsovia  por el jefe de Estado polaco, Henryk Jablonski, el cardenal primado de Polonia su amigo, maestro y consejero  (por más que muchos dijeran lo contrario) Stefan Wysznski y los obispos de las diócesis de Polonia. Cuando descendió del avión todas las campanas de las iglesias de Varsovia comenzaron a repicar al mismo tiempo.  Si bien todos los movimientos se llevaron a cabo en perfecto orden  y el Papa le dijera al número uno del régimen comunista polaco, Edward Gierek que la visita debía servir para la paz y el conocimiento entre los pueblos,  flotaba una creciente tensión,  entusiasmo y ansias de liberación entre la multitud. A lo largo del recorrido millares de personas vitoreaban al Papa tirándole pétalos de flores.
El cardenal Stanislaw Dziwisz, su fiel secretario, comentaba recientemente que aquel viaje fue como una inspiración para la liberación de toda la región de Europa central y Oriental. Su elección había sido un shock para el mundo y más aun para toda la parte que estaba bajo el dominio del sistema comunista.

El arzobispo Mokrzycki comenta acerca de sus viajes que el no lo demostraba, pero regresaba a casa….eran contactos con la tierra, los amigos y lugares de su juventud que había tenido que dejar años atrás.  Y después del primero cada viaje se hacía más sereno y gozoso. Estaba entre su gente…
Y los encuentros en la calle Franciszkanska en Cracovia hicieron historia como las visitas más cordiales y espontaneas. Mantenía charlas vespertinas con quienes después ni lo dejaban dormir. …cantaban, rezaban y seguían esperando. Nunca los defraudo. Aparecía, hacia bromas y también el cantaba.

Encendiendo la chispa de una revolución moral entre el 2 y el 10 de junio de 1979 Juan Pablo II entrego en manos de su pueblo la llave de su propia liberación; la clave del despertar de las conciencias. Y lo pudo hacer porque logró captar la esencia del drama moderno polaco, que conocía desde adentro.   En su homilía en la Plaza de la Victoria recordó a sus compatriotas el heroísmo épico y la fe inquebrantable sustentada durante la insurrección de Varsovia en 1944 cuando Polonia fue abandonada por sus aliados occidentales y el ejército rojo se instalo a orillas del rio sin actuar. Y sin embargo, no obstante la destrucción de Varsovia después del alzamiento los polacos encontraron la figura de Cristo  cargando la cruz, hallada en la destruida iglesia de la Santa Cruz.  Y esa figura recordaba a Polonia lo que Juan Pablo II llamo “un solo criterio” – Jesucristo, la verdadera medida del hombre, de la libertad, de la historia.

En uno de los comentarios personales más emocionantes, mas sentidos y mas realistas Gian Franco Svidercoschi, amigo y admirador del Papa lo recuerda asi en su libro Un Papa que no mere, la herencia de Juan Pablo II (Ediciones San Pablo, 2011)
“Principios de junio de 1979. El primer regreso de Juan Pablo II a su patria. Un papa, es más, un papa polaco, entraba por primera vez en el corazón del imperio soviético. La Misa, justo después de su llegada, en la plaza de la Victoria, donde tenían lugar las grandiosas manifestaciones del régimen. Y una homilía llena de «palabras» que esa gente no oía públicamente desde hacía años. «Sin Cristo no es posible entender la historia de Polonia». Los aplausos duraron más de diez minutos, una eternidad. Y también los dirigentes comunistas los habían oído en la televisión, incrédulos, atónitos
El día después, por la mañana temprano, tuvo lugar el encuentro con los universitarios. A esa hora Varsovia era de una belleza impresionante, fantástica. Por una parte, la iglesia de Santa Ana, una de las más activas en el apoyo a las familias de los perseguidos; y por otra parte, el sol que estaba saliendo sobre el Vístula. Todos tenían un nudo en la garganta: el Papa y los jóvenes. Y al final, como si hubiera estado preparado, aunque en absoluto fue así, los jóvenes todos juntos levantaron hacia el Papa las pequeñas cruces de madera que llevaban en la mano
Desde entonces esa imagen se me quedó grabada en la memora, en el corazón. Cuando unos meses después tuve ocasión de hablar con Juan Pablo II y él me preguntó qué era lo que más me había impresionado de ese viaje, respondí enseguida: «¿El encuentro con los universitarios!». Me miró sorprendido: «Y no la Misa en la plaza de la Victoria? ¿El discurso de Gniezno? ¿Czestochowa? ¿Y la visita a Oswiecim, al campo de Auschwitz, o al menos a Cracovia?» Y yo cada vez respondía: «No!, los universitarios». «Pero porqué?» «Yo estaba en medio de los jóvenes, vi cómo lloraban. Vi con qué ímpetu, un ímpetu que venía de dentro, levantaron sus pequeñas cruces hacia usted». El Papa sonrió. Quizás no estaba de acuerdo, pero había entendido mi punto de vista.
Realmente del encuentro con los universitarios me quedé con la que podían ser, por así decir, sus implicaciones políticas. Ese día intuí como las nuevas generaciones polacas estaban ya completamente vacunadas del comunismo, de sus seducciones propagandísticas, y consecuentemente, que era previsible que en Polonia en algún momento ocurriría algo.
Me había quedado en la superficie. No había comprendido que la respuesta de esos jóvenes no sólo iba dirigida a un Papa hijo de su misma tierra que, volviendo allí para encontrarse con ellos, para animarlos, los habría sostenido así en sus batallas futuras por la libertad, por la democracia. Por el contrario, esa respuesta era ante todo de agradecimiento a quien, probablemente por primera vez en su vida, les había hablado de Dios, más aun, les había revelado el rostro de Dios Padre.  Un Dios misericordioso, compasivo, humilde, un Dios que está siempre dispuesto a abrir los brazos del perdón, un Dios que es portador de esperanza, de alegría. Y de la verdadera libertad. Entonces en ese mar de las cruces de los universitarios en Varsovia, había signos de un «misterio» que descubriría veintisiete años después, en el momento de la muerte de Juan Pablo II. Porque creo que en esa increíble multitud que había llegado a la plaza de San Pedro se podía finalmente captar el significado real, profundo, del «misterio Wojtyla»: un Papa que, por su fe, por cómo había llevado a cabo su misión, por sus dotes humanas, por su carisma, fue intérprete e instrumento de la paternidad divina, y supo así mostrar al hombre de hoy el rostro de Dios, el rostro humano de Dios.

En realidad, el clima del país había cambiado raedicalmente. Ya nada volvaria a ser como había sido…(Norman Davies)

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1 comentario:

Sebastian Z. dijo...

Gracias. Estos días releo los discursos de nuestro querido Juan Pablo II en ese viaje - tal vez uno de los más especiales viajes en 27 años de pontificado - y me emociono. A medida que pasan los años, la grandeza de San Juan Pablo II brilla con más claridad todavía.