243. El
cuarto punto de este programa de vida cristiana —después de la fe que contempla
el designio de amor del Padre, la caridad que nos une en un único cuerpo
eclesial y la esperanza que sostiene nuestra acción en el mundo— es la oración.
El cántico de María acompaña nuestro compromiso. Ante Isabel, que le anuncia
que se ha convertido en la madre del Señor, María prorrumpe en un himno de
alabanza y de alegría: su alma proclama la grandeza del Señor y su espíritu
exulta en Dios su Salvador, porque Él eligió a una joven pobre y pequeña para
su plan de salvación. De repente, María ve toda la historia con los ojos de
este descubrimiento. Nada ha cambiado a su alrededor: la situación
sociopolítica de su época sigue siendo la misma, con los romanos que dominan su
tierra y su pueblo dividido y humillado. Sin embargo, todo ha cambiado dentro
de ella, y eso le permite ver lo invisible. Dios ya ha hecho
proezas con el poder de su brazo, ya ha dispersado a los
soberbios, ha derrotado a los poderosos, ha elevado a los humildes, ha colmado
de bienes a los hambrientos y ha despedido a los ricos con las manos vacías.
Él ya ha auxiliado a Israel, su siervo. Dios «se pone de parte
de los últimos. Su proyecto a menudo está oculto bajo el terreno opaco de las
vicisitudes humanas, en las que triunfan “los soberbios, los poderosos y los
ricos”. Con todo, está previsto que su fuerza secreta se revele al
final». [222]
244. La Virgen María no sólo nos enseña a ver la obra
invisible de Dios, sino que dirige también nuestra mirada «a los puntos de
fractura de la humanidad, allí donde se produce la distorsión del mundo, en el
contraste entre humildes y poderosos, entre pobres y ricos, entre sacios y
hambrientos», enseñándonos «a adquirir un punto de vista diferente para mirar
el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la óptica de los
potentes; para ver la historia con la mirada de los pequeños y no con la
perspectiva de los poderosos; para interpretar los acontecimientos de la
historia desde el punto de vista de la viuda, del huérfano, del extranjero, del
niño herido, del exiliado, del fugitivo». [223] De
esta manera, la Virgen se convierte en «poetisa y profetisa de la redención»,
porque de sus labios brota «el himno más fuerte e innovador que jamás se haya
pronunciado, el Magníficat; es ella quien revela el diseño transformador de la
economía cristiana, el resultado histórico y social, que aún hoy deriva del
cristianismo su origen y su fuerza». [224]
245. Con la misma fe de María, convirtámonos en tejedores
de esperanza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo que tenemos, para
que la presencia de Jesús crezca entre nosotros y su Reino tome forma. En la
fidelidad humilde de cada día, también el tiempo de la IA puede ser un paso en
el que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas; el
Señor sigue haciendo nuevas todas las cosas y mantiene abierta para cada época
la posibilidad de convertirse en historia de salvación a la luz de la
Encarnación. Encomiendo este deseo a la Madre de Cristo, a la mujer del Magníficat,
para que acompañe nuestros pasos en el presente que cambia y custodie en cada
uno de nosotros la confianza en el Evangelio, de modo que podamos testimoniar
la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios.
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