188. En
los tiempos que vivimos se está consolidando una cultura del poder, en la que
la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la
agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común de la humanidad a
un segundo plano y reduciendo el drama concreto de los pueblos en guerra a una
variable secundaria respecto a los intereses estratégicos. Esta cultura del
poder penetra en la sociedad, modifica las relaciones y los comportamientos, se
expande normalizando la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor,
aprovechándose de la crisis del multilateralismo y alimentando un falso
realismo, el cual repite que no existen alternativas.
189. En 1965 resonó con
fuerza el grito de san Pablo VI ante
la Asamblea de la ONU: «¡Nunca más la guerra, nunca más la guerra!». [180] Debemos reconocer que, a pesar de
los deseos y las proclamas de paz, los últimos sesenta años han estado marcados
por conflictos de una ferocidad impresionante, que a menudo han afectado
masivamente a las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de
refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración. Sin embargo,
en el discurso público prevalecía la convicción de que la guerra debía seguir
siendo una extrema ratio, sujeta a
rigurosos límites éticos y jurídicos y, en cualquier caso, a un horizonte
político orientado a la paz. A raíz de los acontecimientos ocurridos en el período
de entreguerras, tras la Segunda Guerra Mundial se produjo un giro: la paz se
situó en el centro del orden internacional, como lo atestigua en particular la Carta de las Naciones Unidas, que se propone
«preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra». [181] Muchas Constituciones nacionales,
en la misma línea, habían relegado el uso de las armas a casos extremos y
rigurosamente delimitados. Incluso durante la Guerra Fría, a pesar de la
presencia de conflictos graves, persistía la conciencia de que había que evitar
a toda costa un nuevo conflicto mundial.
190. Hoy, en cambio,
asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las
decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como
instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente
aquellos criterios éticos que habían limitado su uso. Los conflictos regionales
que se prolongan en el tiempo, la escalada de tensiones y las amenazas cruzadas
se vuelven casi habituales, y resurgen formas de conflicto por la expansión
territorial que se creían superadas. La opinión pública se orienta y acostumbra
progresivamente a narrativas mediáticas polarizadas, a menudo amplificadas por
algoritmos que valoran el enfrentamiento y la oposición.
191. También asistimos a una
preocupante pérdida de la memoria histórica. La desaparición gradual de los
testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales facilita la
reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las
noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones
aprendidas. Sin una memoria viva de los horrores de la guerra, las decisiones
políticas corren el riesgo de tomarse sobre la base de cálculos de fuerza,
carentes de una visión de las consecuencias a largo plazo.
192. A todo esto se suma un
elemento nuevo y decisivo: la dimensión mediática y digital. Las redes de
comunicación, los entornos informativos fragmentados y los algoritmos que
premian el enfrentamiento pueden amplificar la polarización y el resentimiento,
acelerar la propaganda y dificultar el discernimiento común. Así, la guerra no
sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas
simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo. Cuando se atenúa
la memoria histórica y se debilitan los criterios éticos que protegen a los
civiles y a los más frágiles, se vuelve más fácil presentar la violencia como
necesaria, inevitable o incluso “limpia”. Es en este clima donde la humanidad
está cayendo en la cultura violenta del poder, donde la paz ya no se presenta
como una tarea por asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos.
Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la
“guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier
guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el
sentido más estricto. [182] La humanidad cuenta con
instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para
afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón. El recurso
a la fuerza, a la violencia y a las armas testimonia una pobreza relacional que
siempre tiene consecuencias desastrosas para las poblaciones civiles.
.png)

No hay comentarios:
Publicar un comentario