204.
Vivimos en una época de notable ceguera espiritual y cultural. Un falso
pragmatismo invita a cortar las raíces de la memoria, como si se pudiera
inaugurar una especie de “nueva creación” desvinculada del pasado; incluso
quienes invocan grandes principios morales pueden caer en este nihilismo
histórico, creyendo ilusoriamente que las atrocidades del siglo XX ya no pueden
repetirse. En realidad, las mismas dinámicas resurgen bajo nuevas formas.
Parece volver a imponerse la lógica del equilibrio armado y de la disuasión.
Pero, a diferencia del escenario bipolar de la Guerra Fría, hoy la
multiplicación de los actores y de los frentes de conflicto hace que esta
lógica sea cada vez más frágil. La conflictividad exacerbada empuja hacia
guerras asimétricas e “híbridas”, libradas también en el terreno económico,
financiero e informático, con el uso de la desinformación y campañas que
alimentan el miedo para influir en la opinión pública. En muchos países,
incluso en el Sur global, el aumento del gasto militar se presenta como la
única respuesta a un futuro incierto o a amenazas percibidas, mientras que el
costo real recae sobre los más pobres, que ven reducirse los recursos
destinados a la salud, a la educación y a los servicios sociales.
205. Detrás de todo esto se
esconde un falso “realismo”, basado no sólo en la lógica arraigada de la
fuerza, sino también en una convicción cultural y antropológica, como si la
guerra fuera inevitablemente parte de la naturaleza humana. Siempre ha sido así
—se dice— salvo breves paréntesis, ¡y así será siempre! Por lo tanto, el
problema ya no es la paz, perdida como referencia en el horizonte
internacional, sino cómo y cuándo actuar militarmente, mientras se sostiene que
sería irresponsable no prepararse para el enfrentamiento. En cambio, lo que es
verdaderamente irresponsable es la Realpolitik,
esta forma de “realismo” político, que siembra en las conciencias y en la
cultura la resignación ante una guerra ineludible, y califica la paz y el
diálogo como posiciones utópicas o irracionales, que ignoran los riesgos en
juego. Por el contrario, la paz no es una esperanza ingenua ni sólo una
ausencia de guerra: es fruto, siempre posible, de la justicia y la caridad.
206. En este clima, el
nihilismo y el pragmatismo terminan entrelazándose y normalizando errores
gravísimos: los extremismos religiosos y los fanatismos identitarios se alían
con un economicismo irracional, mientras que la política recurre con facilidad
a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción
sistemática de miedos y resentimientos. Así, la diversidad del otro se vive
cada vez más como una amenaza, alimentando el deseo de posesión, la voluntad de
dominio, las ambiciones hegemónicas, los abusos de poder y el miedo a la
diferencia, y preparando un terreno en el que pueden madurar nuevos conflictos
sin apenas darnos cuenta. [186]
207. Este es un terreno
fértil para nuevas guerras, tal vez aún más peligrosas que las anteriores, ya
que tienden a perder todo límite ético. Lo que antes se consideraba inaceptable
hoy puede llevarse a cabo casi sin vacilaciones, mientras que la reacción
internacional se adapta a la conveniencia de cada gobierno más que a la
gravedad objetiva de los hechos. Las decisiones ahora parecen ser guiadas casi
exclusivamente por cálculos económicos, defendidas a través de ilusiones
mediáticas, euforias artificiales y “sueños” que inevitablemente se desvanecen,
generando frustración y nueva violencia. Cuando uno se persuade de que nada es
verdaderamente real y de que los “principios” no son más que un envoltorio
vacío, la mecha de nuevas explosiones de intolerancia y agresividad se enciende
en el corazón mismo de las personas.
208. En este escenario, la
pregunta sobre las garantías reales contra nuevas violencias sigue abierta.
Cuando una cultura normaliza y justifica el conflicto, se abre una deriva
peligrosa: lo que hoy parece impensable puede volverse mañana aceptable en base
a cálculos de utilidad o de seguridad. En países marcados por graves tensiones
sociales, no podemos excluir que alguien termine considerando el conflicto
armado como una forma eficaz de desviar la atención de los problemas internos y
como un instrumento de gestión cínica de las dificultades.
209. Una responsabilidad
particular recae sobre quienes trabajan en el mundo de la investigación. Todos
los protagonistas de este ámbito —científicos, empresarios, inversionistas,
autoridades académicas, políticos, entre otros— están llamados a trabajar con
una lógica de transparencia y responsabilidad, manteniendo viva la conciencia
del amplio marco en el que se inscriben los avances tecnológicos a los que
contribuyen, incluidos los relacionados con la IA. Cuando uno se limita a mirar
sólo a su propio sector, se engaña a sí mismo creyendo que realiza una tarea
moralmente neutra y evita las preguntas sobre los fines últimos que orientan
determinados experimentos: así se corre el riesgo de cooperar, tal vez sin
quererlo, en proyectos oscuros que alimentan nuevas formas de violencia,
manipulación y dominio.
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