82. En la
Encíclica Populorum progressio,
san Pablo VI afirma que el
desarrollo es auténtico sólo si es “integral”, es decir, dirigido a «promover a
todos los hombres y a todo el hombre». [110] En los decenios sucesivos, la
Doctrina social de la Iglesia ha retomado y profundizado esta expresión para
indicar el modo concreto en el cual los grandes principios —dignidad, bien
común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia
social— se aplican en la historia. Por “desarrollo humano integral” entendemos
un proceso en el cual el crecimiento de las personas y de los pueblos abarca
todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las
generaciones venideras.
83. El desarrollo, tanto para
las personas como para las naciones, es una tarea y al mismo tiempo un derecho;
requiere condiciones mínimas que hagan posible a cada persona y a cada pueblo
madurar según la propia dignidad, sin ser mantenidos en dependencia o excluidos
del acceso a los bienes necesarios. El desarrollo es humano cuando pone en el
centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere
también a los pueblos, no sólo a los individuos. La justicia exige el
reconocimiento de los derechos sociales y de los derechos de los pueblos, e
incluye la responsabilidad hacia los que vendrán después de nosotros. Por eso
no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de algunos a expensas de
costos y heridas en otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados
impidiéndoles expresar sus propias potencialidades. [111] El desarrollo es integral cuando no
se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus
dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a
la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir. [112]
84. La idea de desarrollo
humano integral encuentra hoy un criterio decisivo de verificación en la
ecología integral, convertida en una dimensión imprescindible de la Doctrina
social de la Iglesia. La calidad del desarrollo, de hecho, se mide por su
capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la
custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los
bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y
atención a las generaciones futuras. De ahí se sigue que no es verdadero
progreso aquello que aumenta el bienestar de algunos degradando los
ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o
comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de
nosotros.
85. Así comprendido, el
desarrollo humano integral es el horizonte en el cual se han de leer las
transformaciones de nuestro tiempo, incluyendo las de la revolución digital.
Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son
neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las
desigualdades, el control y la exclusión. Por eso, han de ser examinadas con
una pregunta decisiva: ¿contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a
los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las
generaciones futuras? Es aquí donde los principios de la Doctrina social se
vuelven criterios concretos de discernimiento en los ámbitos que afrontaremos
en los próximos capítulos.
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