21 pensando que con solo tocarle el manto se
curaría. 22 Jesús se
volvió y al verla le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado». (Matero
21,9)
El texto tomado de este Ángelus del
Papa Juan Pablo corresponde al periodo de Cuaresma de 1979. Sin embargo bien
vale recordarlo en estos momentos de crisis dentro de la Iglesia.
"¡Inclinad
vuestras cabezas ante Dios!"
(…)
La
inclinación de la cabeza puede ser interpretada como un gesto de humillación y
de resignación. La inclinación de la cabeza ante Dios es signo de humildad.
Pero la humildad no se identifica con la humillación o resignación. No es igual
que la pusilanimidad. Todo lo contrario. La humildad es sumisión creativa a la
fuerza de la verdad y del amor. La humildad es rechazo de las apariencias y de
la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es
condición de su grandeza.
Nos lo
recuerda también San Agustín que en un sermón dice así: "¿Quieres ser
grande? Comienza por lo más pequeño. ¿Piensas construir un gran edificio que se
eleve mucho? Piensa antes en el fundamento de la humildad" (San
Agustín, Serm. 64, 2; PL 38, 441).
Quizá esta
manera de pensar dista bastante de muchas manifestaciones de la mentalidad
contemporánea. Frecuentemente nos dejamos fascinar por valores aparentes, por
grandezas exteriores, por lo que es sensacional que agita la superficie de
nuestra psique. El hombre, arrancado de su propia profundidad, viene a ser, en
cierto sentido, unidimensional. Construye sus cimientos poco profundos. Y con
frecuencia sufre por la destrucción de lo que ha construido en sí mismo tan
superficialmente.
¡Inclinad
vuestras cabezas ante Dios!
Inclinemos
la cabeza: para que pueda abrazarnos la fuerza creativa de la verdad y del
amor. Es la fuerza de la liberación. La fuerza, mediante la cual, el hombre se
levanta, gracias a la cual, crece.
Que el
Señor asegure a todos los pueblos el don inestimable de la paz


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