Tal como leemos en Vida Nueva Digital la historia de este cisma y de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X está intrínsecamente ligada a la figura de un solo hombre: su fundador, el arzobispo Marcel Lefebvre. Lamento infinitamente por los fieles que lo han seguido de buena fe, hay muchas razones para haberlo hecho. Lastima la desobediencia y la soberbia.
Quizás conociendo mejor su historia resulte más fácil aceptar y reflexionar sobre esta dolorosa y difícil etapa en nuestra Iglesia católica, con tantos documentos que van y vienen citando otros documentos que para nada ayudan a comprender a los fieles en general y quizás – lo que es mas lamentable – ni siquiera se interesen demasiado por lo complejo del caso, tanto de un lado como del otro. La personalidad del arzobispo Lefebvre fue – por lo que leemos - desde siempre critica y controvertida, una búsqueda incesante de algo nuevo que, sorpresivamente quedo estancado en un periodo, por otra parte de tanta magnitud y tan interesante de la Iglesia católica, cuando pastores de todo los continentes se encontraron en lo que se llamo Concilio Vaticano II para conversar, discutir y reflexionar exhaustivamente – no sin desencuentros y “rencillas” sobre el estado y el futuro de la Iglesia. Y fue a partir de allí que nació la idea de la Fraternidad.
Siempre es oportuno recordar las sencillas y
profundas palabras llenas de optimismo del
Papa Juan XIII, primer Padre del
Concilio: "El
éxito de una obra tan grande exige la plena y concorde colaboración de todos
los fieles: pero, por otra parte, no hay que olvidar que el Concilio Ecuménico
es obra, sobre todo del Espíritu Santo, el cual es común al corazón de la
Iglesia, y el perpetuo autor y dador de su floreciente primavera"
(Discorsi di Giovanni XXIII, V, pág. 274). En Wikipedia hay un informe muy completo y actualizado (que supongo habrá elaborado la Fraternidad (o es IA?) , pero es cronológicamente muy completo y esclarecedor y merece la pena ser visto como base y guía)
Marcel
Lefebvre nació en 1905 en el extremo noroeste de Francia. Su camino en la
Iglesia comenzó como sacerdote diocesano:
tras completar sus estudios en Roma, fue ordenado en Lille en el año 1924. Sin
embargo, su vocación lo llevaría más lejos. En 1931, se unió a la congregación
de los Padres del Espíritu Santo, los
espiritanos, con el propósito de convertirse en misionero en África.
Su
primer destino fue Gabón, donde
ejerció como profesor en el seminario y, posteriormente, se convirtió en su
rector. Tras un breve regreso a Francia para dedicarse a la formación de
sacerdotes, Lefebvre fue nombrado Vicario
Apostólico en Dakar, la capital del actual Senegal, en 1941. Su
influencia en el continente africano siguió creciendo y, en 1948, fue designado
Delegado Apostólico para las colonias francófonas de África. El culmen de esta
etapa llegó en 1955, cuando el papa Pío XII elevó el Vicariato Apostólico de
Dakar a la categoría de archidiócesis, nombrando a Lefebvre como su primer arzobispo.
El panorama empezó a cambiar con la llegada del papa Juan XXIII. Bajo su pontificado, Lefebvre perdió inicialmente su cargo como Delegado Apostólico. No obstante, en su calidad de presidente de la Conferencia Episcopal de África Occidental, fue convocado para formar parte de la comisión preparatoria del concilio Vaticano II. Simultáneamente, el Papa le otorgó el título honorífico de “Asistente al Solio Pontificio”, vinculándolo a la Familia Pontificia.
A petición del Papa, Lefebvre renunció a su cargo de arzobispo en Dakar para asumir como obispo de Tulle, en Francia –lo que supone claramente una degradación en la jerarquía episcopal–. Sin embargo, ocupó este puesto apenas siete meses, ya que renunció en favor de su elección como Superior General de la congregación de los espiritanos.
Fue con este doble título (Superior General de su orden y arzobispo titular) con el que Lefebvre participó en el Vaticano II. Desde los primeros compases del evento, Lefebvre mostró su insatisfacción. Su molestia inicial radicó en que, en lugar de utilizar los documentos redactados por la Curia romana como base para los debates, la mayoría de los Padres Conciliares —liderados por los cardenales Josef Frings y Achille Liénart— lograron cambiar la agenda oficialista –y continuista– con la elaboración de nuevos borradores.
Lefebvre pronto se convirtió en una figura destacada de una facción de aproximadamente 250 obispos conservadores que conformaron el “Coetus Internationalis Patrum” (*) - fundado en 1963), grupo del cual asumió la presidencia. A través de numerosas intervenciones, Lefebvre se opuso rotundamente a las ideas de la “colegialidad” de los obispos y, muy especialmente, al concepto de libertad religiosa. Curiosamente, como recordaba en un reportaje katholisch.de, en esa etapa no se opuso a la constitución sobre la sagrada liturgia y, al concluir el Concilio, terminó aceptando inicialmente sus resultados.
A pesar de esa aceptación inicial, las tensiones posteriores al Concilio no hicieron más que aumentar. En 1968, Lefebvre dimitió de su cargo como Superior General de los espiritanos, ya que su propia congregación se negaba a seguir la línea sumamente crítica hacia el concilio que él intentaba marcar.
El punto de no retorno llegó en 1969, cuando el papa Pablo VI promulgó y puso en vigor la gran reforma litúrgica. Lefebvre se negó en rotundo a celebrar la misa en esta “nueva forma” (el ‘Novus Ordo’). Sus múltiples peticiones dirigidas al Papa para que se reconsiderara la reforma litúrgica cayeron en saco roto. Incluso el conocido “Breve examen crítico del Novus Ordo Missae” –un documento teológico redactado por iniciativa de Lefebvre y otros obispos, que contaba con el prominente respaldo del cardenal Alfredo Ottaviani, quien fuera prefecto del Santo Oficio– fue incapaz de hacer cambiar de opinión al pontífice.
Fue
precisamente el obispo Charrière quien sugirió y autorizó (a nivel diocesano)
la fundación de lo que hoy conocemos como la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Este sería el refugio institucional
desde el cual los tradicionalistas consolidarían su resistencia a las reformas
del Vaticano II, sentando las bases definitivas de un distanciamiento dogmático
y litúrgico con Roma que perdura hasta el día de hoy.
El 1 de noviembre de 1970, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X fue erigida formalmente a nivel diocesano, con la aprobación de Charrière. Marcel Lefebvre estableció su principal seminario en la localidad suiza de Écône, un lugar que pronto se convertiría en el epicentro mundial de la resistencia tradicionalista.
Sin
embargo, la convivencia pacífica con las autoridades eclesiásticas duró poco.
Ante las persistentes críticas de Lefebvre al Concilio Vaticano II y su
negativa a adoptar la nueva misa, la Santa Sede inició una visita canónica al
seminario en 1974. El resultado de estas fricciones fue fulminante: en 1975, el
nuevo obispo de Friburgo, Pierre Mamie, retiró la aprobación canónica a la
FSSPX y ordenó su disolución.
Lefebvre
se negó a acatar la orden y a cerrar Écône, argumentando que las reformas
posconciliares estaban destruyendo la Iglesia desde dentro. El desafío directo
alcanzó su primer gran clímax en el verano de 1976, cuando Lefebvre ordenó a un grupo de
sacerdotes sin el permiso del obispo local ni las
cartas dimisorias correspondientes. Como respuesta inmediata, Pablo VI lo
suspendió a divinis’, prohibiéndole celebrar la misa y administrar los
sacramentos. Lejos de someterse, el arzobispo continuó con su labor pastoral y
formativa, operando ya en abierta rebeldía canónica.
Invito ver posts en este blog etiquetados Concilio Vaticano II
Y continuar leyendo el artículo de Vida Nueva Digital sobre el desarrollo a partir de 1988
Ver
también la pagina del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (allí pueden leerse
los últimos documentos referidos al tema.
(*) Coetus Internationalis
Patrum fue una minoria de “conservadores”
o”tradicionalistas” que se dio a conocer oficialmente después del 2do periodo
de sesiones del CVII,se dice que eran unos 250 participantes entre 2400 obispos
y el Arzobispo Lefebvre fue uno de los organizadores y después lider. Curiosamente se reunían en la Curia Generalicia de los agustinos.,
Con respeto a los obispos españoles comentaba
El Arzobispo Montero : "los
obispos españoles -86 en la nómina de los Padres conciliares- suponían una
presencia significativa entre los episcopados importantes del gran Sínodo. Se
destacó entre ellos la unidad interna…Ninguno de ellos se inscribió en el
Coetus internationalis patrum, al que perteneció un grupo… entre ellos Lefevre,
muy a la defensiva de toda innovación, votando en ese sentido, pero sin llegar
a romper la comunión. Entre los nuestros, las intervenciones colectivas, en
nombre de la Conferencia, fueron siempre moderadamente abiertas·.
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