Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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miércoles, 27 de noviembre de 2024

La metáfora de las “dos alas” Fides et ratio – Filippo Morlacchi

 


«La fe y la razón son como las dos alas con que el espíritu   humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Es Dios quien ha puesto en el corazón del hombre el dseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerlo a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar la verdad plena sobre el mismo.»

La metáfora de las “dos alas” con que comienza la Encíclica Fides et Ratio (1998)  se ha hecho famosa, y encierra en una imagen poética y sugerente la idea principal de este texto, que se encuentra ciertamente entre los documentos más relevantes del magisterio de Juan Pablo II. 

Hay que reencontrar – afirma con convicción el Pontífice – esa armoniosa colaboración entre la búsqueda racional de la verdad y su acogida por la fe, algo que caracterizó durante tantos siglos la historia de Occidente, y que, sin embargo, parece haberse diluido en el curso de los últimos siglos. Y ello  no para reivindicar un privilegio de la Iglesia, sino para el bien del hombre, que esta naturalmente abierto a la Verdad y al Bien.  «Ad te vivendum factus sumn; et nondum feci propter quod factus sum» - «fui creado para contemplarte, pero aún no he realizado aquello para lo que he sido creado», confiesa humildemente a Dios San Anselmo, citado en la Fides et Ratio n.42. Todas las personas llevan en su corazón la imagen de Dios y la nostalgia de El, y por lo tanto pueden llegar a realizarse sólo si se abren a la fe; tal encuentro, realizado en Cristo, revelará al hombre también su misterio.

Por ello la fe que acoge el misterio de Dios en la propia vida se “esposa”  perfectamente con la aspiración humanísima de la razón hacia la verdad, como dos alas que hacen volar juntas al espíritu humano. Para alcanzar ese objetivo de armonía reencontrada, la razón humana y, en particular, la filosofía, deben recuperar su dimensión sapiencial original, interrogándose sobre el sentido del ser en su totalidad y aprendiendo a reflejar el amor del Creador: «La palabra de Dios revela el fin último del hombre y da un sentido global a su actuar en el mundo. Es por ello que la palabra invita a la filosofía a ocuparse de la búsqueda del fundamento natural de este sentido, que es la religiosidad constitutiva de cada persona.

Una filosofía que quisiera negar la posibilidad de un sentido último y global sería no sólo inadecuada, sino también errónea» (n.81). En otras palabras, el hombre s invitado a no quedarse en la superficie de las cosas, sino a profundizar, a «dar el paso, tan necesario como urgente, del fenómeno al fundamento» (n.83) de la apariencia a la sustancia de las coas. Tanto la fe como la recta ratio revelan por tanto que el fundamento de todo lo que existe es amor sapiencial del Padre: el mundo no es un simple montón de objetos arrojados al escenario del universo, sino la señal de que existe una inteligencia amante que sólo desea ser reconocida y acogida.

Una antigua historia causídica cuenta que un niño jugaba al escondite; salió de su escondrijo y se dio cuenta de que se había quedado solo, sin que ningún amigo lo siguiese buscando. Fue a casa de su abuelo llorando, a desahogarse por aquel abandono inesperado e inmerecido. Los ojos del abuelo se llenaron de lágrimas y dijo:  «También dice Dios: Yo me escondo, pero nadie me quiere buscar». Juan pablo II ha querido inspirar al hombre del tercer milenio el deseo de buscar de nuevo a Dios, y la fe para poder encontrarlo.”

Filippo Morlacchi “El deseo de buscar y la confianza de encontrar” Totus Tuus, Nr 3 mayo/junio/julio 2010  edición “Alianza entre fe y razón”   


 

miércoles, 21 de septiembre de 2022

La vida es bella porque es un don de amor- Filippo Morlacchi

 


“La vida es bella” se titula una película famosa ambientada en el trágico marco de un campo nazi. Si, también en las condiciones más inhumanas, el hombre sabe – o quizás siente, percibe, de alguna manera intuye – que la vida es un bien precioso, si bien a menudo amasada entre dolor y lágrimas. Esta sana toma de conciencia – que la vida es en sí misma un bien – hoy parece nublarse en la conciencia de algunas personas. Existen fuertes presiones que conminan a pensar que solamente una vida “cualitativamente gratificante” puede ser considerada “bella” y por ende digna de ser vivida. El valor de la vida esta en riesgo de sufrir «una especie de “eclipse”, aun cuando la conciencia no deje de señalarlo como valor sagrado e intangible» (Evangelium vitae, n11)

 ¿Porque la vida humana siempre debe ser considerada un bien? La respuesta de la fe es clara y luminosa: porque viene de Dios y a Dios retorna. «La vida que Dios da al hombre es original y diversa de la de las demás criaturas vivientes, ya que el hombre, aunque proveniente del polvo de la tierra, es manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria» (EV, n34). De igual manera «el destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor» (EV, n38) o sea su vocación eterna, convierte toda vida humana en don para acoger con respeto y custodiar con amor. Y permanece por siempre, aun cuando su fragilidad es más tangible, y la tentación de apoderarse de ella desafiante.

El deber primordial de caridad del cristiano, en medio de la confusión de nuestro tiempo, es hablar con claridad, aun a costo de ser impopulares. «Se requiere,  más que nunca,  el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño». (EV 58)  Ninguna formula políticamente correcta, ningún juego de palabras, ninguna perífrasis “sanitaria” podrán convertir jamás la supresión deliberada de una vida humana en un acto irrelevante, o – peor aun – en un derecho adquirido. Ninguna supuesta “buena intención” por ejemplo, la de suprimir el sufrimiento – ninguna legitimación burocrática, ningún artículo de ley estará jamás en condiciones de convertir en moralmente bueno un acto intrínsecamente malo.

Esta forma de “resistencia cultural” si bien necesaria, no es suficiente, sin embargo, para promover en dirección positiva una nueva “cultura de la vida”. Hace falta también un testimonio concreto de amor. El Señor nos ha dado el ejemplo, anticipando voluntariamente en la Eucaristía el ofrecimiento de su vida por el mundo, ofrecimiento realizado después en modo definitivo en la cruz.  Solamente si también nosotros sabremos hacer de nuestra vida un don consciente de amor lograremos hacer comprender a nuestros contemporáneos que la vida – toda vida – viene del amor, que lleva el sello y la esencia, y es en si misma don de amor, y como tal es siempre acogida y custodiada.  La celebración del Evangelio de la vida debe realizarse sobre todo en la existencia cotidiana, vivida en el amor por los demás y en la entrega de uno mismo.  Así, toda nuestra existencia se hará acogida autentica y responsable del don de la vida y alabanza sincera y reconocida a Dios que nos ha hecho este don.

En este contexto, rico en humanidad y amor, es donde surgen también los gestos heroicos. Estos son la celebración más solemne del Evangelio de la vida, porque lo proclaman con la entrega total de si mismos. Son la elocuente manifestación del grado más elevado del amor que es dar la vida por la persona amada (Jn, 15,13), son la participación en el misterio de la Cruz, en la que Jesus revela cuánto vale para El la vida de cada hombre y como esta se realiza plenamente en la entrega sincera de si mismo. Mas allá de casos clamorosos, está el heroísmo cotidiano, hecho de pequeños o grandes gestos de solidaridad que alimentan una autentica cultura de la vida. (EV, 86)  Aquí estamos comprometidos todos. EL anuncio del “Evangelio de la vida” comprende también nuestras decisiones.

 

(publicado en Totus Tuus, revista de la Postulación, Nr 1 Ene/Feb 2010)  

 

sábado, 27 de febrero de 2016

El valor del testimonio


«La verdadera elevación del hombre  [ …] no se alcanza explotando solamente la abundancia de bienes y servicios, o disponiendo de infraestructuras perfectas […]. Lo dice claramente el Señor en el Evangelio, llamando la atención de todos sobre la verdadera jerarquía de valores: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mt 16,26)» (Soll, rei socialis. N.33) Nuestro compromiso debe moverse en esta  dirección.

 

Se trata de una lucha ardua; pero «quien quisiera renunciar a la tarea, difícil pero exultante, de elevar la suerte de todo el hombre y de todos los hombres, bajo el pretexto del peso de la lucha y del esfuerzo incesante de superación, o incluso por la experiencia de la derrota y del retorno al punto de partida, faltaría a la voluntad de Dios Creador» (Soll. Rei socialis, n. 30)

 

La doctrina social de la Iglesia no puede limitarse a ser “doctrina”: pide convertirse en práctica cotidiana. Juan Pablo II el Papa “trabajador” y obrero, el Papa que padeció en su propia carne la injusticia social y los resultados nefastos de las «estructuras del pecado», ha escrito en sus encíclicas sociales páginas ardientes sobre la urgencia de convertir las enseñanzas de la Iglesia acerca de la vida social en elección concreta de vida.

 

Ciertamente, el cristiano, al ver las injusticias  del mundo, no puede sustraerse a la denuncia profética del mal; pero no debe olvidar que «el anuncio es siempre más importante que la denuncia» (Soll, rei socialis, n.41) Y el mejor anuncio es, sin lugar a dudas, el testimonio.”

(Filippo Morlacchi Totus Tuus Nr 2 marzo/abril 2009)