Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 3 de octubre de 2025

Henri de Lubac (1896-1991) – Nota bio-bibliográfica - Angel Santos Hernandez S.J. (2 de 2)

 


De entonces data su amistad con el entonces arzobispo de Cracovia, Monseñor Wojtyla, que le pidió un prólogo de presentación para su obra Amor y responsabilidad (1960), que tuvo luego un traducción francesa (1965) y otra española (1969). En 1969 lo nombraba Pablo VI miembro de la Comisión Teológica Internacional, con cuyo motivo asistía en Roma a sus diversas reuniones. Y Juan Pablo II, que en sus documentos oficiales raras veces cita a teólogos contemporáneos, hace excepción de esa norma más de una vez con las obras del P. De Lubac. Y durante su visita a Francia en 1980 le elogiaba públicaménte en un acto académico solemne en el Instituto· Católico de París. El mismo Juan Pablo II lo creaba finalmente cardenal, en febrero de 1983, con una designación que sorprendió a todos, tanto a sus más devotos defensores como a sus aferrados detractores, tanto de su persona como de -su doctrina. Era una rehabilitación total, y un premio a su labor incansable de defensor de la Iglesia. Tenía entonces ochenta y siete años. No se trataba ya, ni de que pudiera ejercer el gobierno de una diócesis determinada ni de que pudiera desempeñar cargo alguno directo en los dicasterios romanos. Era sencillamente un premio a su doctrina y a su persona. Desde 1974 vivía retirado en París, en el Centro Sevres, donde funcionaban las Facultades de Teología y Filosofía para los estudiantes de la Compañía de Jesús. No tenía encargo alguno de docencia, dada ya su edad, sino una mera incumbencia de escritor, con el cargo de consultor del Secretariado Romano para los no cristianos. Y en esa situación se hallaba cuando le alcanzaba la noticia· de su elevación al cardenalato, en el 1983. A continuación él mismo pedía, y obtenía, no recibir la consagración episcopal como los demás que habían sido creados cardenales sin ser antes obispos. Y en su calidad de cardenal, por así decirlo, «honorario», permanecería en el Centro  Sevres de París, dedicado a la oración y al estudio, hasta el día de su muerte, el 4 de septiembre de 1991, con noventa y cinco años.

Con ocasión de su creación cardenalicia le hacía una entrevista el P. Carlos Mielgo, que residía entonces también en París. Le preguntaba ante todo que le dijera cuál era el significado propio de aquel nombramiento, y le contestaba el P. De Lubac: “Creo sencillamente que el Santo Padre ha querido significar en mi persona el aprecio que tiene ·por la investigación teológica y para ello ha querido tener en el Sacro Colegio a un simple teólogo como yo, Por otra parte, pienso que al elegir a un jesuita ha querido también manifestar su estima y confianza en la Compañía de Jesús, a la que tanta importancia da en la vida de la Iglesia, como aparece en su discurso a los Provinciales reunidos el año pasado en Roma.»

Pero ¿no se trataría de una rehabilitación suya?, le preguntaba el entrevistador.

Y contestaba: «No lo creo de ninguna manera. A mí ciertamente, como teólogo, me ha tocado vivir en Francia una época difícil, que va desde el final de la segunda guerra mundial hasta desembocar en los hechos de mayo de 1968. Pero durante ese largo tiempo, yo estuve gran parte retirado de la enseñanza, y esto tuvo. para mí sus ventajas, ya que durante él pude escribir e investigar mucho. Por otra parte, a mí no se me ha pedido nunca una retractación de nada, y todos los Papas que he conocido, incluyendo Pío XII, han sido siempre sumamente benévolos conmigo» (Vida Nueva, 1983, 19 mayo, n. 1.375, 26-27).

Así interpretaba el P. De Lubac su anexión al Colegio Cardenalicio. Ya en 1953, y para evitar posibles malentendidos, escribía su libro Meditaciones sobre la Iglesia, que debería ser considerado como una confesión de fidelidad y amor a la Iglesia, cuando estaba precisamente retirado de toda labor de enseñanza; y no como una velada retractación de su pensamiento sobre lo que había escrito en 1956 sobre Lo Sobrenatural, que tendría una nueva edición en 1965, Le Mystere du Surnaturel, por lo que fuera en aquel tiempo severamente amonestado. Puede decirse que el P. De Lubac supo conectar con la sensibilidad de su época, y fue, sin duda alguna, un hijo ejemplar de la Compañía de Jesús y de la Iglesia.

Tomado de esta fuente donde al final del articulo se incluye una extensisima bibliografia con  un listado de:

-Libros por orden cronológico

-Traducciones numerosas a diversas lenguas

-Bibliografía sobre Henri de Lubac

Invito ademas leer HENRI DE LUBAC (1896-1991): El teólogo del  «SOBRENATURAL» (Prof. Santiago Madrigal)

Henri de Lubac (1896-1991) – Nota bio-bibliográfica - Angel Santos Hernandez S.J. (1 de 2)


Nota bio-bibliográfica

 

 Jesuita ampliamente discutido y diversamente enfocado en las diversas etapas de su vida. Polifacético escritor de temas religiosos. Nacido en Cambray de Francia el 20 de febrero de 1896, en el seno de una familia católica y burguesa. Estudió las priméras letras con las Religiosas de San José de la Doctrina Cristiana, y luego Bachillerato en el colegio de los jesuitas de Mongré (Lyon). Hizo a continuación un curso de derecho. en la facultad católica de la capital del Ródano. Con diecisiete años iniciaba su noviciado en la Compañía de Jesús el 9 de octubre de 1913 en San Leonard (Sussex, Inglaterra), donde lo habían trasladado los jesuitas franceses desterrados por la política ánticlerical del gobierno. No había terminado aún el noviciado cuando estallaba la primera guerra mundial y quedaba movilizado, como tantos otros religiosos franceses, como soldado de infantería, y destinado al frente de guerra franco-alemán. Dos veces caería herido en acción de guerra. La segunda vez en la cabeza, y de suma gravedad, en noviembre de 1917. Seguiría casi un trienio de convalecencia y recuperación en el St. Mary's de Canterbury, tiempo que aprovecharía para leer especialmente Santos Padres y maestros de espiritualidad. Allí le sitúa el catálogo de la Provincia Lugdunense haciendo el juniorado entre 1919 y 1920. De 1920 a 1923 estudia filosofía en Jersey, y el curso 1923-1924 hacía el magisterio en Villefranche, donde aparece como ayudante del prefecto de estudios. En 1924 comienza su Teología en Hastings de Inglaterra, los dos primeros años, 1924-1926, y los dos últimos en Fourviere, de Lyon, 1926-1928. Allí recibía la ordenación sacerdotal el 22 de agosto de 1927. Tercera Probación en Paray -le-Monial el curso 1928-1929. Al terminarla era destinado a Lyon como profesor de Teología y de Historia de las Religiones, que él mismo inauguraría, y que desempeñó hasta 1974, durante cuarenta y tres años, salvo una interrupción de cuatro años, 1951-1954, en que se le prohibió temporalmente la función de la docencia, como veremos. En Lyon también hacía su Profesión Solemne el 2 de febrero de 1931.  

 

Cuando estallaba la segunda guerra mundial en 1939, pudo seguir en Lyon, adhiriéndose al movimiento de la Resistencia francesa, sobre todo a través de la revista Témoignage Chrétien, de la que fue uno de los fundadores. Ello le ocasionaría una serie de complicaciones con la Gestapo, después de la ocupación total de Francia por los alemanes. Pudo seguir, sin embargo, su actividad docente ordinaria, con sus cursos y conferencias, y con una serie de publicaciones que comenzaron a darle a conocer dentro de Francia, y más allá de sus fronteras. Junto a sus compañeros, PP. Fonnteynot y Daniélou, comenzaba la serie de Santos Padres y escritores eclesiásticos en la magnífica colección «Sources Chrétiennes», que sobrepasa ya los 300 títulos publicados. Fundó, como hemos dicho, en Lyon la cátedra de Historia de las Religiones, una de sus grandes preocupaciones, y base de no pocos de sus estudios y publicaciones sobre el ateísmo y la cultura de la reconciliación, temas que desarrolló en su obra Le Drame de l'Humanisme athée (1944).

Precisamente esta tarea de escritor, juntamente con la docencia, había de ser la función casi exclusiva de toda su vida. Era el problema del ateísmo lo que más le angustiaba y atenazaba, desde el análisis del ateísmo occidental en las tesis de Marx, Feuerbach y Postoiewski, hasta el oriental, plasmado en sus obras Aspects du Bouddhisme. Amida (1951 y 1955) y Rencontre du Boudhisme et l'Occident (1952). Su actitud innovadora en la metodología de la enseñanza de la Teología, y sus reflexiones en sus repetidas publicaciones, eran denunciadas a Roma como trayectorias desviadas en la enseñanza de la Teología. Al publicar Pío XII su encíclica Humani Generis, aludiendo a esa corriente de la Nueva Teología de Francia; el General de la Orden, P. Juan Bautista Janssens, lo retiraba de su cátedra de Lyon, prohibiéndole toda enseñanza. Más aún, ordenaba que fueran retiradas de las bibliotecas de la Compañía todas sus obras, para que no estuvieran al alcance de los alumnos y estudiantes. Se siguieron cuatro años de eclipse total docente, en los que no interrumpió su actividad y fecundidad publicitaria.

 

Ya en 1954 reemprendía la docencia, temporalmente interrumpida. Como él habían sufrido idéntica oposición por parte de a lgunos sectores romanos, otros teólogos franceses, como los dominicos PP. Gongar y Chenu, y el jesuita, luego también cardenal, P. Jean Daniélou. Se impondría la realidad y la sensatez, y a todos ellos se les reconocía su importante valor teológico. Incluso sus obras habían de contribuir al desarrollo de la doctrina oficial eclesiástica del Concilio Vaticano II. Por lo que se refiere al P. De Lubac, se le achacaba otro reparo de talla: su apoyo incondicional a las tesis de su compañero de Orden, el P. Teilhard de Chardin, largamente puestas en entredicho por Roma. Sobre ·esas teorías y sobre la persona del mismo Teilhard de Chardin escribiría De Lubac varias de sus obras. Aparecerán en la lista bibliográfica. En general, fue el P. De Lubac un entusiasta estudioso de los grandes teóricos, filósofos y teólogos de los últimos años, quizá un tanto orillados, logrando recuperar algunos nombres, como los de Orígenes, Fenelon, Proudhon y Pico de la Mirándola. Presentando su personalidad en 1985, después de su creación como cardenal, decía de él el autor Brunnero Gherard:ini, que De Lubac podría ser co.nsiderado como el intérprete auténtico de nuestro tiempo, el intérprete entre los más autorizados de nuestro pasado, y el hombre de -la renovación teológica.

Después de varios años de ostracismo, o al menos de incomprensión por sus posiciones doctrinales, quedaría al fin plenamente rehabilitado con ocasión del Vaticano II. El propio Juan XXIII lo llamaba expresamente a participar en él, nombrándolo consultor teológico de la comisión central del recién anunciado Concilio, especialmente en el campo dedicado a las religiones no cristianas, de cuya comisión sería nombrado especial consultor. El nuevo Papa Pablo VI confirmaba ese nombramiento y reconocía que no pocas de sus ideas acerca de la Iglesia, de su apertura al mundo, y de sus relaciones con los ihcreyentes, se reflejaban en los documentos conciliares de forma llamativa. De hecho, intervino el P. De Lubac en varias comisiones y sub~ comisiones del Concilio.


sábado, 30 de julio de 2011

Henri de Lubac S.J. y Karol Wojtyla/Juan Pablo II (1 de 2)



Cuando Henri de Lubac fallecia en Paris en 1991 a los 95 años el Papa Juan Pablo II envio al Cardenal Paul Poupard, como representante pontificio a las exequias. En su carta Juan Pablo II expresaba su ultimo saludo al “inminente teólogo, amigo, buscador incansable, valioso y fructífero colaborador al Concilio Vaticano II”.


Ya habían pasado muchos años desde que aquella admiración se convirtiera en una profunda amistad, admiración esbozada, en cierta manera “originada”, quizás presentida , ya en aquellos primeros pasos de Karol Wojtyla en Roma, durante sus años de estudio, apenas ordenado sacerdote, durante los debates en el Colegio Belga, donde se hospedaba y de sus lecturas de Henri de Lubac traducido al polaco publicadas en Tygodnik Powsechny y en Znak.



Juan Pablo II lo recordaba en dos de sus libros:
En Cruzando el Umbral de la Esperanza (XXIV. La Iglesia a Concilio) reconoce : “Mucho debo en particular al padre Yves Congar y al padre Henri De Lubac. Recuerdo todavía hoy las palabras con que este
ultimo me animó a perseverar en la línea que había yo definido durante las
discusiones. Esto sucedía cuando las sesiones se desarrollaban ya en el
Vaticano. Desde aquel momento estreché una especial amistad con el padre
De Lubac.


Y vuelve a recordarlo en Levantaos Vamos (5ª parte Colegialidad Episcopal – Padres conciliares): “Otro francés con el que estreché lazos de amistad fue el teólogo Henri de Lubac, S. I. que yo mismo, años después, creé cardenal. El Concilio fue un período privilegiado para conocer a obispos y teólogos, especialmente en las comisiones. Cuando fue presentado el Esquema 13 (que después se convirtió en la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium et Spes) yo hablé del personalismo. El padre de Lubac se me acercó y me dijo: Así, así, en esa dirección. De este modo me dio ánimos y eso significó mucho para mí, que era relativamente joven”.

El Cardenal Rudolf Voderholzer en su libro Meet Henri de Lubac: His Life and Work recuerda que Juan Pablo II lo nombro cardenal a los 85 años en reconocimiento por sus servicios en el campo de la teología; honor que Henri de Lubac dedico a la Orden Jesuítica en su conjunto, honor que a su vez significaba el último peldaño en la rehabilitación de un hombre que fuera considerado sospechoso, aun dentro del ámbito mismo de la Iglesia y que entre 1950 y 1958 fuera separado de su puesto docente debido justamente a esas sospechas, habiéndosele prohibido además publicar libros sobre teología. Henri de Lubac, dice además el comentario sobre el libro de Voderholzer, se conocieron durante el Concilio Vaticano y cultivaron una estima mutua a partir de entonces. Habían trabajado conjuntamente en el Esquema 13 que luego se convirtió en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual. Y - agrega el comentario - que “ Quizás aún más que por su colaboración directa en los textos conciliares, de Lubac influencio el Concilio por medio de sus numerosos y ricos estudios teológicos contribuyendo con ellos a la renovación de la teología basada en las Fuentes, o sea en las Sagradas Escrituras y los textos de los padres de la Iglesia. “

lunes, 25 de julio de 2011

Henri de Lubac S.J. y Karol Wojtyla (2 de 2) : Prefacio a “Amor y Responsabilidad” de Karol Wojtyla

"No es lo normal que un simple sacerdote, al que, por añadidura, ningún particular amplitud recomienda, prologue el libro de un miembro del cuerpo episcopal. Serìa ello inmodesto, por lo menos, sin duda alguna, si no se tratase de presentar al público de lengua francesa la traducción de una obra aparecida ya en otra lengua (la polaca) y cuyo mérito no necesita recomendación ante aquellos que ya la conocen. Con todo, habríamos dudado mucho en trazar estas pocas líneas, de no habérnoslo rogado con tanta insistencia S.Ex. misma Mons. Karol Wojtyla y tan directamente. Así, pues, ya que había que obedecerle, no podemos negar que nos alegramos de que se nos haya ofrecido de este modo la ocasión de rendir públicamente homenaje a uno de los que han trabajado en la actual obra conciliar. Porque, desde hace algún tiempo, tenemos la oportunidad de contemplar de cerca – y semejante espectáculo nos es una fuente de inagotable aliento – el cristiano vigor junto con la clarividencia con que se dedica al examen de las importantes cuestiones que están todavía estudiándose.
El punto de que trata la presente obra es precisamente uno de los más importantes y de los más discutidos. Sobre los problemas que se refieren al amor, a la castidad, al matrimonio, a la procreación, a la familia, se ha escrito mucho en estos últimos años. No creemos ofender a nadie al asegurar que raramente se ha hecho con mucho cuidado en el análisis y con mucho rigor intelectual; con parigual preocupación por integrar estos problemas y sus aspectos, tan diversos, en una visión de conjunto de la realidad humana. Sucesivamente la psicología, la metafísica y la moral aportan en este libro su contribución. Las descripciones más finas, en verdad deliciosas, alternan con la más vigorosa dialéctica. El papel y el valor de la sexualidad están aquí plenamente reconocidos, y tanto más cuanto que nunca se separa del sujeto al que afecta y que es responsable de ella. De este modo, la eminente dignidad del hombre, tal como la Iglesia de Cristo la promueve y defiende está, admirablemente, puesta de relieve.
El autor, no obstante, no se dirige únicamente a los creyentes: por lo menos no apela inmediatamente a su fe. No toma pie de las enseñanzas bíblicas, sino que arranca de las vías de la argumentación racional. Así, por ejemplo, nada dice de la mística paulina. Sin pegarse excesivamente a las modas de lenguaje, ha asimilado lo mejor de la moderna reflexión, especialmente de la fenomenología, y sabe sacar partido tanto de la filosofía de Aristóteles como – aun más – de la de Santo Tomás de Aquino para hacer resaltar más el personalismo latente.
Un libro como éste, es de lo más a propósito para mostrar que la tradición, la más clásica, ofrece incomparablemente más recursos a la inteligencia, en éste como en otros terrenos, que una cierta actitud crítica, hoy día demasiado extendida, puede procurar. No habrá, en todo caso, nadie que, después de haber leído este libro, pueda ya dedicarse a esas fáciles diatribas, a esas caricaturas folletinescas contra las tesis tradicionales, que deshonran incluso a algunas de nuestras publicaciones católicas. Nadie podrá ya, para desembarazarse de ello, reducir a un orden biológico, modelado al gusto del individuo, lo que es en realidad el orden mismo de la existencia, sometido a las normas personalistas.
La doctrina expuesta por el arzobispo de Cracovia, podrá parecer austera. Con todo, es la de un hombre que se preocupa del hombre: así como la de un pastor de almas que no ignora ni las debilidades de la naturaleza humana, ni los medios de gracia que vienen en su ayuda. Es la de un realista tanto como la de un hombre de fe. No pretende resolver las cuestiones valiéndose tan sólo de algunos principios que aplica a toda la variedad de los innumerables casos especiales. No cabe duda de que sería imposible prever la aplicación espontánea que harían aquellos pueblos que nunca han sido alcanzados por la Buena Nueva o que se han hecho insensibles a ella. Por esto mismo, sin duda, es muy posible que las mil voces de la publicidad entonen pocos himnos en su loor. Es posible también que sea juzgada como demasiado dura por algunos estudiosos, incluso clérigos. Sin embargo, no nos cabe duda de que, por el contrario, convencerá plenamente a los espíritus serios, deseosos de fundamentar las relaciones de los cónyuges en una antropología completa, coherente y hondamente trabajada. Tampoco nos cabe duda de que será acogida gozosamente por muchos hogares cristianos, dichosos de encontrar en esta doctrina las justificaciones racionales y las aclaraciones de aquello que su buena salud moral y el instinto del Espíritu se lo habían ya hecho comprender en lo hondo de su corazón.
Si el aggiornameto conciliar, propuesto por Juan XXIII y tenazmente proseguido por Paulo VI, ha de ser a base, necesariamente, de una renovación interior según el espíritu evangélico, la obra de Mons. Karol Wojtyla habrá de contribuir a ello grandemente. Sirve para disipar algunas ilusiones que lo pondrían en peligro. En efecto, entre tantos signos que mantienen hoy día nuestra esperanza, los hay también algunos otros que suscitan inquietud. El Padre Santo aludía a ellos el mes pasado, al decir: “Todo aquel que viese en el Concilio un relajamiento de los internos compromisos de la Iglesia para con su fe, su tradición, su ascesis, su caridad, su espíritu de sacrificio y su adhesión a la Palabra y a la Cruz de Cristo, o tal vez una indulgente concesión a la frágil y versátil mentalidad relativista de un mundo sin principios y sin fin trascedente, o una especie de cristianismo más cómodo y menos exigente, este tal estaría en un error.” Contra uno de esos errores de interpretación es contra el que nos pone en guardia Mons. Wojtyla. Y lo hace de una manera enteramente positiva, sin entrar en ninguna controversia, con la simple exposición de una doctrina largamente madurada. Dará alientos a muchos Al revés de lo que sucedería fatalmente si los hombres de Iglesia se dejasen arrastrar, so color de apertura al mundo, a las facilidades de un cristianismo tibio y a los abandonos propios de una moral sin dignidad, nos mete por el camino que ha de hacer nuestra fe más “contagiosa”. Esta obra es capaz de hacer reflexionar seriamente y de guiar a las almas rectas hacia la luz del Evangelio.
Henri de Lubac SJ"





Amor y responsabilidad. Estudio de moral sexual.„Milosc a Odpowiezialnosc”, en Ateneum Kaplanskie, a. 51, vol. 59, n. 2, 1959: 163 ss.,Milosc i odpowiedzialnosc. Studium etyczne, Lublin, KUL, , 1960.


Esta primera edición en polaco fue publicada por la editorial de la KUL. En 1962 apareció la segunda edición polaca en la editorial Znak de Cracovia.


Amour et responsabilité. Etude de moralle sexuelle. París, Societé d’Editions Internationales, 1965. Preface de Henri de Lubac La edición francesa se publica después del Concilio, donde cultivó Wojtyla amistad con quien prologa esta obra.


La edición inglesa se publicó el mismo año que la francesa.


La edición italiana, tres años más tarde: Amore e responsabilitá. Roma, Marietti, 1968. Proemio di card. G. Colombo.


La edición castellana se traduce de la francesa: Amor y responsabilidad. Estudio de moral sexual, Madrid, Razón y Fe, 1969. Prefacio de Henri de Lubac. Traducción del francés por Juan Antonio Segarra.


(referencias del libro de Graciela Palau: La autorrealización, según el personalismo de Karol Wojtyla – ver posts etiquetados Palau)