Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 3 de julio de 2026

Quien fue Marcel Lefebvre y la fundación de la Fraternidad San Pio X

 


Tal como leemos en Vida Nueva Digital la historia de este cisma y de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X está intrínsecamente ligada a la figura de un solo hombre: su fundador, el arzobispo Marcel Lefebvre. Lamento infinitamente por los fieles que lo han seguido de buena fe,  hay muchas razones para haberlo hecho. Lastima la desobediencia y la soberbia.

Quizás conociendo mejor su historia resulte más fácil aceptar y reflexionar sobre esta dolorosa y difícil etapa en nuestra Iglesia católica, con tantos documentos que van y vienen citando otros documentos que para nada ayudan a comprender a los fieles en general y quizás – lo que es mas lamentable – ni siquiera se interesen demasiado por lo complejo del caso, tanto de un lado como del otro.  La personalidad del arzobispo Lefebvre fue – por lo que leemos - desde siempre critica y controvertida, una búsqueda incesante de algo nuevo que, sorpresivamente quedo estancado en un periodo,  por otra parte de tanta magnitud y tan interesante de la Iglesia católica,  cuando  pastores de todo los continentes  se encontraron en lo que se llamo Concilio Vaticano II para conversar, discutir y reflexionar exhaustivamente – no sin desencuentros y “rencillas” sobre el estado y el futuro de la Iglesia. Y fue a partir de allí que nació la idea de la Fraternidad.

 Siempre es oportuno recordar las sencillas y profundas palabras llenas de optimismo del  Papa Juan XIII,  primer Padre del Concilio:    "El éxito de una obra tan grande exige la plena y concorde colaboración de todos los fieles: pero, por otra parte, no hay que olvidar que el Concilio Ecuménico es obra, sobre todo del Espíritu Santo, el cual es común al corazón de la Iglesia, y el perpetuo autor y dador de su floreciente primavera"

(Discorsi di Giovanni XXIII, V, pág. 274). En Wikipedia hay un informe  muy completo y actualizado (que supongo habrá elaborado la Fraternidad (o es IA?) , pero es cronológicamente muy completo y esclarecedor y merece la pena ser visto como base y guía) 

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Marcel Lefebvre nació en 1905 en el extremo noroeste de Francia. Su camino en la Iglesia comenzó como sacerdote diocesano: tras completar sus estudios en Roma, fue ordenado en Lille en el año 1924. Sin embargo, su vocación lo llevaría más lejos. En 1931, se unió a la congregación de los Padres del Espíritu Santo, los espiritanos, con el propósito de convertirse en misionero en África.

Su primer destino fue Gabón, donde ejerció como profesor en el seminario y, posteriormente, se convirtió en su rector. Tras un breve regreso a Francia para dedicarse a la formación de sacerdotes, Lefebvre fue nombrado Vicario Apostólico en Dakar, la capital del actual Senegal, en 1941. Su influencia en el continente africano siguió creciendo y, en 1948, fue designado Delegado Apostólico para las colonias francófonas de África. El culmen de esta etapa llegó en 1955, cuando el papa Pío XII elevó el Vicariato Apostólico de Dakar a la categoría de archidiócesis, nombrando a Lefebvre como su primer arzobispo.

El panorama empezó a cambiar con la llegada del papa Juan XXIII. Bajo su pontificado, Lefebvre perdió inicialmente su cargo como Delegado Apostólico. No obstante, en su calidad de presidente de la Conferencia Episcopal de África Occidental, fue convocado para formar parte de la comisión preparatoria del concilio Vaticano II. Simultáneamente, el Papa le otorgó el título honorífico de “Asistente al Solio Pontificio”, vinculándolo a la Familia Pontificia.

A petición del Papa, Lefebvre renunció a su cargo de arzobispo en Dakar para asumir como obispo de Tulle, en Francia –lo que supone claramente una degradación en la jerarquía episcopal–. Sin embargo, ocupó este puesto apenas siete meses, ya que renunció en favor de su elección como Superior General de la congregación de los espiritanos.

Fue con este doble título (Superior General de su orden y arzobispo titular) con el que Lefebvre participó en el Vaticano II. Desde los primeros compases del evento, Lefebvre mostró su insatisfacción. Su molestia inicial radicó en que, en lugar de utilizar los documentos redactados por la Curia romana como base para los debates, la mayoría de los Padres Conciliares —liderados por los cardenales Josef Frings y Achille Liénart— lograron cambiar la agenda oficialista –y continuista– con la elaboración de nuevos borradores.

Lefebvre pronto se convirtió en una figura destacada de una facción de aproximadamente 250 obispos conservadores que conformaron el “Coetus Internationalis Patrum” (*) -  fundado en 1963), grupo del cual asumió la presidencia. A través de numerosas intervenciones, Lefebvre se opuso rotundamente a las ideas de la “colegialidad” de los obispos y, muy especialmente, al concepto de libertad religiosa. Curiosamente, como recordaba en un reportaje katholisch.de, en esa etapa no se opuso a la constitución sobre la sagrada liturgia y, al concluir el Concilio, terminó aceptando inicialmente sus resultados.

A pesar de esa aceptación inicial, las tensiones posteriores al Concilio no hicieron más que aumentar. En 1968, Lefebvre dimitió de su cargo como Superior General de los espiritanos, ya que su propia congregación se negaba a seguir la línea sumamente crítica hacia el concilio que él intentaba marcar.

El punto de no retorno llegó en 1969, cuando el papa Pablo VI promulgó y puso en vigor la gran reforma litúrgica. Lefebvre se negó en rotundo a celebrar la misa en esta “nueva forma” (el ‘Novus Ordo’). Sus múltiples peticiones dirigidas al Papa para que se reconsiderara la reforma litúrgica cayeron en saco roto. Incluso el conocido “Breve examen crítico del Novus Ordo Missae” –un documento teológico redactado por iniciativa de Lefebvre y otros obispos, que contaba con el prominente respaldo del cardenal Alfredo Ottaviani, quien fuera prefecto del Santo Oficio– fue incapaz de hacer cambiar de opinión al pontífice.

 A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. Un grupo de seminaristas franceses de corte conservador, desconcertados por los cambios en la Iglesia, acudieron a Lefebvre pidiéndole amparo y una formación sacerdotal estrictamente tradicional. Para poder darles una respuesta institucional, Lefebvre buscó el apoyo del obispo de la diócesis suiza de Lausana-Ginebra-Friburgo, François Charrière.

Fue precisamente el obispo Charrière quien sugirió y autorizó (a nivel diocesano) la fundación de lo que hoy conocemos como la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Este sería el refugio institucional desde el cual los tradicionalistas consolidarían su resistencia a las reformas del Vaticano II, sentando las bases definitivas de un distanciamiento dogmático y litúrgico con Roma que perdura hasta el día de hoy.

El 1 de noviembre de 1970, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X fue erigida formalmente a nivel diocesano, con la aprobación de Charrière. Marcel Lefebvre estableció su principal seminario en la localidad suiza de Écône, un lugar que pronto se convertiría en el epicentro mundial de la resistencia tradicionalista.

Sin embargo, la convivencia pacífica con las autoridades eclesiásticas duró poco. Ante las persistentes críticas de Lefebvre al Concilio Vaticano II y su negativa a adoptar la nueva misa, la Santa Sede inició una visita canónica al seminario en 1974. El resultado de estas fricciones fue fulminante: en 1975, el nuevo obispo de Friburgo, Pierre Mamie, retiró la aprobación canónica a la FSSPX y ordenó su disolución.

Lefebvre se negó a acatar la orden y a cerrar Écône, argumentando que las reformas posconciliares estaban destruyendo la Iglesia desde dentro. El desafío directo alcanzó su primer gran clímax en el verano de 1976, cuando Lefebvre ordenó a un grupo de sacerdotes sin el permiso del obispo local ni las cartas dimisorias correspondientes. Como respuesta inmediata, Pablo VI lo suspendió a divinis’, prohibiéndole celebrar la misa y administrar los sacramentos. Lejos de someterse, el arzobispo continuó con su labor pastoral y formativa, operando ya en abierta rebeldía canónica.

 

Invito ver posts en este blog etiquetados Concilio Vaticano II  

Y continuar leyendo el artículo de Vida Nueva Digital sobre el desarrollo a partir de 1988 

Ver también la pagina del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (allí pueden leerse los últimos documentos referidos al tema.

 

(*) Coetus Internationalis Patrum  fue una minoria de “conservadores” o”tradicionalistas” que se dio a conocer oficialmente después del 2do periodo de sesiones del CVII,se dice que eran unos 250 participantes entre 2400 obispos y el Arzobispo Lefebvre fue uno de los organizadores y después  lider. Curiosamente se reunían en la Curia Generalicia de los agustinos., 

Con respeto a los obispos españoles comentaba El Arzobispo Montero :   "los obispos españoles -86 en la nómina de los Padres conciliares- suponían una presencia significativa entre los episcopados importantes del gran Sínodo. Se destacó entre ellos la unidad interna…Ninguno de ellos se inscribió en el Coetus internationalis patrum, al que perteneció un grupo… entre ellos Lefevre, muy a la defensiva de toda innovación, votando en ese sentido, pero sin llegar a romper la comunión. Entre los nuestros, las intervenciones colectivas, en nombre de la Conferencia, fueron siempre moderadamente abiertas·.

 

sábado, 6 de junio de 2015

Antonio Pelayo recuerda la visita de Juan Pablo II a Sarajevo (2 de 2)


Antonio Pelayo de Vida nueva recuerda uno de los momentos más dramáticos de los innumerables viajes de Juan Pablo II. Fue la visita a Sarajevo.

La mañana de ese domingo de Pascua amaneció fría, con un tibio sol que luchaba por abrirse paso entre las amenazantes nubes bajas. A pesar de la inclemencia del tiempo, unos 50.000 fieles habían llegado a la capital desde todos los confines del país balcánico para asistir a la misa presidida por el Papa. Ese era el único acto de masas en todo el viaje, y las fuerzas de seguridad habían desplegado todos sus recursos para cortar por lo sano cualquier incidente.

La misa iba a tener lugar en el estadio Kosevo, una antigua instalación deportiva remodelada para la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984. El estadio, rodeado de cementerios improvisados durante los años de la guerra, se encuentra en un valle rodeado de colinas, donde se escondían francotiradores serbios dotados de armas de alta precisión. Según nos confió uno de los militares italianos que formaba parte de la SFOR (fuerzas de la OTAN que garantizaban la estabilidad de la zona), era perfectamente posible abatir a tiros desde las alturas cualquier objetivo situado dentro del estadio.
El altar para la celebración eucarística había sido instalado frente a la tribuna principal. Apenas iniciada la misa, se desató una tempestad de agua mezclada con nieve y se registró una brusca bajada de la temperatura. Inmediatamente, se intentó proteger al Papa de la intemperie con un enorme paraguas blanco que resultaba a todas luces insuficiente.

La Lucha contra el Parkinson
Wojtyla llevaba ya algunos años luchando contra un Parkinson perceptible por los típicos temblores que produce dicha enfermedad. Esa mañana, tal vez por la emoción y desde luego por las ráfagas de la ventisca de nieve, la tembladera se hizo tan violenta que, en mitad de la celebración, el Papa se dirigió al maestro de Ceremonias, Piero Marini, diciéndole con voz angustiada: “No voy a poder acabar la Misa, no me siento capaz de proseguir, no puedo controlarme”. Sin perder los nervios, monseñor le sujetó con fuerza el antebrazo izquierdo y aceleró todo lo posible el rito, que concluyó sin más sobresaltos.
Los que nos encontrábamos cerca del altar, mientras nos protegíamos lo mejor posible contra la nevada, fuimos testigos de esos momentos tremendos en que el cuerpo de Juan Pablo II temblaba de los pies a la cabeza y su mirada reflejaba la angustia que le provocaba el miedo de verse obligado a abandonar el altar. No fue así, y el papa polaco leyó íntegra la larga homilía y pudo distribuir la comunión a un limitado número de fieles.

RECONCILIACION 
Esa mañana, sus palabras volvieron a repetir el leit-motiv del viaje: perdón y reconciliación
En siete de los nueve discursos que pronunció durante las 24 horas que permaneció en Sarajevo se refirió al tema del perdón; usó esta palabra veinte veces, y otras seis utilizó el verbo perdonar.

“Perdonemos y pidamos perdón –dijo a los que le escuchaban ateridos por el frío y el temor a un posible atentado–, no podemos no emprender la difícil pero necesaria peregrinación del perdón que lleva a una profunda reconciliación”

Antonio Pelayo recuerda la visita de Juan Pablo II a Sarajevo (1 de 2)


Con ocasión de la visita del Papa Francisco a Sarajevo, AntonioPelayo de Vida Nueva quiso recordar en un impresionante racconto aquella peligrosa visita de Juan Pablo II a Sarajevo en 1997.

“Creo que los que tuvimos la suerte de acompañar a Juan Pablo II en su viaje a Sarajevo (12-13 de abril de 1997) no lo olvidaremos nunca. Yo al menos conservo de ese viaje recuerdos imborrables.
En aquel 1997, llegábamos a una ciudad que había sufrido un feroz asedio durante años, que sangraba todavía por las heridas abiertas por la guerra y que, sobre todo, no había superado el terror de lo vivido.
Eran las 17:30 h. cuando el avión papal aterrizó en el aeropuerto de la capital de Bosnia-Herzegovina. El aeropuerto estaba bajo el control de la SFOR (fuerzas de estabilización de la OTAN) y fueron soldados franceses los que nos acogieron y nos sometieron a un discreto pero enérgico chequeo.
Después de la ceremonia oficial de bienvenida en el aeropuerto, estaba previsto un encuentro con el clero, los religiosos, religiosas y seminaristas en la catedral de Sarajevo. Una distancia de diez kilómetros. Horas antes de que aterrizara el aéreo de Alitalia con Juan Pablo II y su séquito a bordo, las fuerzas de seguridad descubrieron, bajo un puente muy cercano a la carretera que iba recorrer la caravana papal, un ingente arsenal de minas anticarro con sus respectivos detonadores, explosivos y mandos a distancia. La explosión habría tenido efectos devastadores en un radio de decenas de metros.
Las autoridades transmitieron al entonces responsable de la seguridad del Papa, el comandante Camillo Cibin, la información, y le propusieron trasladar a Wojtyla y a todos sus acompañantes hasta el centro de la ciudad en helicópteros para evitar la posibilidad de un atentado. Pero la respuesta fue tajante: seguiríamos el camino trazado, donde se habían concentrado numerosas personas para saludar al Papa.

EL HORROR DE LA GUERRA
Lo que vimos durante ese trayecto quedó para siempre grabado en mi retina: edificios reventados, deshechos hasta los cimientos, restos de coches y autobuses carbonizados, árboles calcinados y, en ese escenario dantesco, gentes que nos sonreían y saludaban el paso del cortejo.
Cuando llegamos al hotel, uno de los pocos reconstruidos a toda marcha y donde se alojaban los funcionarios de la ONU, se nos entregó un folio con instrucciones muy concretas: no asomarse nunca a las ventanas, al encender las luces de la habitación bajar las persianas y cerrar las cortinas, no salir nunca de noche e informar siempre a la recepción de nuestras salidas… Los francotiradores seguían haciendo de las suyas.
Pese a todo, una multitud bastante numerosa se había reunido en torno a la catedral del Sagrado Corazón para dar la bienvenida al papa polaco. Una vez dentro del templo –donde se habían congregado medio millar de personas–, el anciano Wojtyla abrazó a todos cuantos pudieron acercarse a él. “Querría abrazar a todos los habitantes de esta región tan probada –había dicho en el aeropuerto–, especialmente a los que han perdido prematuramente una persona querida, a cuantos llevan en su carne los estigmas provocados por la guerra y a los que han tenido que abandonar sus propias casas en estos largos años de violencia.
En el curso de la ceremonia, el Papa entregó al cardenal Vinko Puljic la lámpara votiva que había encendido en la Basílica de San Pedro el 23 de enero de 1994 para implorar la protección sobre Sarajevo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, ante cuyo icono había permanecido todos esos años.

Cuando Juan Pablo II abandonó la catedral para dirigirse al Seminario y después a la residencia del arzobispo, donde iba a pernoctar, ya había caído la noche y el silencio se había apoderado de la ciudad. Silencio impresionante solo interrumpido por el continuo fragor de los helicópteros de la OTAN, que no cesaron de sobrevolar la ciudad, impidiendo el sueño de quienes no estábamos acostumbrados a tan sonora compañía.”