Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

miércoles, 17 de junio de 2015

San Albert Chmielowski - breve biografia

Alberto, en su juventud, luchó por la libertad de su patria; luego se dedicó al estudio y al ejercicio de su vocación artística en el campo de la pintura; pero pronto centró su vida en el seguimiento de Cristo que atiende a los más pobres y necesitados; los "Albertinos" y "Albertinas", por él fundados en el seno de la Orden Tercera de San Francisco, han seguido y ampliado su obra y su estilo humilde y fraterno.
Alberto Chmielowski, nació en Igolomia, cerca de Cracovia (Polonia), el 20 de agosto de 1845, de padres nobles: Adalberto y Josefina Borzyslawska. Creció en un clima de ideales patrióticos, de una profunda fe en Dios y de amor cristiano hacia los pobres. Quedó huérfano muy pronto y sus familiares se hicieron cargo de él y de los demás hermanos, ocupándose de su formación.
A los 18 años se matriculó en el Instituto Politécnico de Pulawy. Tomó parte en la insurrección de Polonia en 1863. Cayó prisionero y se le amputó una pierna a causa de una herida. Al fracasar la insurrección, se trasladó al extranjero, huyendo de la represalia zarista. En Gante (Bélgica) inició estudios de ingeniería. Dotado de buenas cualidades artísticas, decidió estudiar pintura en París y en Munich. En 1874, maduro ya como artista, regresó a Polonia, decidido a dedicar «el arte, el talento y sus aspiraciones a la gloria de Dios». Comenzaron así a predominar en sus actividades artísticas los temas religiosos. Uno de los mejores cuadros, el «Ecce Homo», fue el resultado de una experiencia profunda del amor misericordioso de Cristo hacia el hombre, experiencia que llevó a Chmielowski a su transformación espiritual.
En 1880 entró en la Compañía de Jesús como hermano lego. Después de seis meses tuvo que dejar el noviciado por su mala salud. Superada una profunda crisis espiritual, comenzó una nueva vida, dedicada totalmente a Dios y a los hermanos. Acercándose a la miseria material y moral de quienes carecen de techo y a los desheredados en los dormitorios públicos de Cracovia, descubrió en la dignidad menospreciada de aquellos pobrecillos el rostro humillado de Cristo, y decidió por amor del Señor renunciar al arte y vivir al lado de los marginados una vida pobre, dedicándoles toda su persona.
El 25 de agosto de 1887 vistió el sayal gris y tomó el nombre de hermano Alberto. Pasado un año, pronunció los votos religiosos, iniciando la congregación de los Hermanos de la Orden Tercera de San Francisco, denominados Siervos de los Pobres o Albertinos. En 1891 fundó la rama femenina de la misma congregación (Albertinas) con la finalidad de socorrer a las mujeres necesitadas y a los niños. El hermano Alberto organizó asilos para pobres, casas para mutilados e incurables, envió a las hermanas a trabajar en hospitales militares y lazaretos, fundó comedores públicos para pobres, y asilos y orfanotrofios para niños y jóvenes sin techo. En los asilos para los pobres, los hambrientos recibían pan; los sin techo, alojamiento; los desnudos, vestidos; y los desocupados eran orientados a un trabajo. Todos contaban con su ayuda, sin distinción de religión o nacionalidad. En la medida en que satisfacía las necesidades elementales de los pobres, el hermano Alberto se ocupaba también paternalmente de sus almas, tratando de reavivar en ellos la dignidad humana, ayudándoles a reconciliarse con Dios.

Tomaba fuerza del misterio de la Eucaristía y de la Cruz para su acción caritativa. A pesar de su invalidez, viajaba mucho para fundar nuevos asilos en otras ciudades de Polonia y para visitar las casas religiosas. Gracias a su espíritu emprendedor, cuando murió dejó fundadas 21 casas religiosas en las cuales prestaban su trabajo 40 hermanos y 120 religiosos.
Murió, de cáncer de estómago, el día de Navidad de 1916 en Cracovia, en el asilo por él fundado, pobre entre los pobres.
Antes de su muerte dijo a los hermanos y hermanas, señalando a la Virgen de Czestochowa: «Esta Virgen es vuestra fundadora, recordadlo». Y: «Ante todo, observad la pobreza». Su entera dedicación a Dios mediante el servicio a los más necesitados, su pobreza evangélica a imitación de San Francisco de Asís, su filial confianza en la divina Providencia, su espíritu de oración y su unión con Dios en el trabajo de cada día son la herencia que ha dejado el hermano Alberto a sus hijos e hijas espirituales. Enseñó a todos con el ejemplo de su vida que «es necesario ser buenos como el pan, que está en la mesa, y que cada cual puede tomar para satisfacer el hambre».
La herencia espiritual del hermano Alberto pervive en sus congregaciones, que extienden su acción misionera por tierras de Polonia, Italia, Estados Unidos y Argentina. Convencidos de la santidad del hermano Alberto, sus contemporáneos lo definieron como «el hombre más grande de su generación». Considerado el San Francisco polaco del siglo XX, el hermano Alberto fue beatificado en Cracovia el 22 de junio de 1983 por el Papa Juan Pablo II, quien también lo canonizó el 12 de noviembre de 1989 en Roma.

Textos de L'Osservatore Romano
Sus obras maestras en Albertynki

sábado, 13 de junio de 2015

Juan Pablo II : Naturaleza del culto mariano

“1. El concilio Vaticano II afirma que el culto a la santísima Virgen «tal como ha existido siempre en la Iglesia, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración, que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente» (Lumen gentium, 66).
Con estas palabras la constitución Lumen gentium reafirma las características del culto mariano. La veneración de los fieles a María, aun siendo superior al culto dirigido a los demás santos, es inferior al culto de adoración que se da a Dios, y es esencialmente diferente de éste. Con el término «adoración» se indica la forma de culto que el hombre rinde a Dios, reconociéndolo Creador y Señor del universo. El cristiano, iluminado por la revelación divina, adora al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23). Al igual que al Padre, adora a Cristo, Verbo encarnado, exclamando con el apóstol Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). Por último, en el mismo acto de adoración incluye al Espíritu Santo, que «con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria» (DS, 150), como recuerda el símbolo niceno-constantinopolitano.
Ahora bien, los fieles, cuando invocan a María como «Madre de Dios» y contemplan en ella la más elevada dignidad concedida a una criatura, no le rinden un culto igual al de las Personas divinas. Hay una distancia infinita entre el culto mariano y el que se da a la Trinidad y al Verbo encarnado.
Por consiguiente, incluso el lenguaje con el que la comunidad cristiana se dirige a la Virgen, aunque a veces utiliza términos tomados del culto a Dios, asume un significado y un valor totalmente diferentes. Así, el amor que los creyentes sienten hacia María difiere del que deben a Dios: mientras al Señor se le ha de amar sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente (cf. Mt 22, 37), el sentimiento que tienen los cristianos hacia la Virgen es, en un plano espiritual, el afecto que tienen los hijos hacia su madre.
2. Entre el culto mariano y el que se rinde a Dios existe, con todo, una continuidad, pues el honor tributado a María está ordenado y lleva a adorar a la santísima Trinidad.
El Concilio recuerda que la veneración de los cristianos a la Virgen «favorece muy poderosamente» el culto que se rinde al Verbo encarnado, al Padre y al Espíritu Santo. Asimismo, añade, en una perspectiva cristológica, que «las diversas formas de piedad mariana que la Iglesia ha aprobado dentro de los límites de la doctrina sana y ortodoxa, según las circunstancias de tiempo y lugar, y según el carácter y temperamento de los fieles, no sólo honran a la Madre. Hacen también que el Hijo, Creador de todo (cf. Col 1, 15-16), en quien "quiso el Padre eterno que residiera toda la plenitud" (Col 1, 19), sea debidamente conocido, amado, glorificado, y que se cumplan sus mandamientos» (Lumen gentium,66).
Ya desde los inicios de la Iglesia, el culto mariano está destinado a favorecer la adhesión fiel a Cristo. Venerar a la Madre de Dios significa afirmar la divinidad de Cristo, pues los padres del concilio de Éfeso, al proclamar a María Theotókos, «Madre de Dios», querían confirmar la fe en Cristo, verdadero Dios.
La misma conclusión del relato del primer milagro de Jesús, obtenido en Caná por intercesión de María, pone de manifiesto que su acción tiene como finalidad la glorificación de su Hijo. En efecto, dice el evangelista: «Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos» (Jn 2, 11).
3. El culto mariano, además, favorece, en quien lo practica según el espíritu de la Iglesia, la adoración al Padre y al Espíritu Santo. Efectivamente, al reconocer el valor de la maternidad de María, los creyentes descubren en ella una manifestación especial de la ternura de Dios Padre.
El misterio de la Virgen Madre pone de relieve la acción del Espíritu Santo, que realizó en su seno la concepción del niño y guió continuamente su vida.
Los títulos: Consuelo, Abogada, Auxiliadora, atribuidos a María por la piedad del pueblo cristiano, no oscurecen, sino que exaltan la acción del Espíritu Consolador y preparan a los creyentes a recibir sus dones.
4. Por último, el Concilio recuerda que el culto mariano es «del todo singular » y subraya su diferencia con respecto a la adoración tributada a Dios y con respecto a la veneración a los santos.
Posee una peculiaridad irrepetible, porque se refiere a una persona única por su perfección personal y por su misión.
En efecto, son excepcionales los dones que el amor divino otorgó a María, como la santidad inmaculada, la maternidad divina, la asociación a la obra redentora y, sobre todo, al sacrificio de la cruz.
El culto mariano expresa la alabanza y el reconocimiento de la Iglesia por esos dones extraordinarios. A ella, convertida en Madre de la Iglesia y Madre de la humanidad, recurre el pueblo cristiano, animado por una confianza filial, a fin de pedir su maternal intercesión y obtener los bienes necesarios para la vida terrena con vistas a la bienaventuranza eterna.”


martes, 9 de junio de 2015

Haced un mundo explícitamente más divino

Aunque la visita del Papa Juan Pablo II a la Republica Dominicana durase tan solo 22 horas los dominicanos se sintieron sumamente orgullosos al transmitir su recibimiento vía satélite en lo que fuera la primera transmisión de este tipo en la nación y la ceremonia pudiera ser vista por unos 500 millones de personas.
El 25 de enero de 1979 desde la Catedral de Santo Domingo el Papa saludo a todos los fieles y pidió un momento de oración por intercesión de Nuestra Señora de Altagracia.

En la homilía de la Misa celebrada más tarde en la Plaza de la Independencia invitó a los “ cristianos a comprometerse en la construcción de un mundo más justo, humano y habitable, que no se cierra en sí mismo, sino que se abre a Dios.
Hacer ese mundo más justo significa, entre otras cosas, - decía - esforzarse porque no haya niños sin nutrición suficiente, sin educación, sin instrucción; que no haya jóvenes sin la preparación conveniente; que no haya campesinos sin tierra para vivir y desenvolverse dignamente; que no haya trabajadores maltratados ni disminuidos en sus derechos; que no haya sistemas que permitan la explotación del hombre por el hombre o por el Estado; que no haya corrupción; que no haya a quien le sobra mucho, mientras a otros inculpablemente les falte todo; que no haya tanta familia mal constituida, rota, desunida, insuficientemente atendida; que no haya injusticia y desigualdad en el impartir la justicia; que no haya nadie sin amparo de la ley y que la ley ampare a todos por igual; que no prevalezca la fuerza sobre la verdad y el derecho, sino la verdad y el derecho sobre la fuerza; y que no prevalezca jamás lo económico ni lo político sobre lo humano.

Y agregaba : “Pero no os contentéis con ese mundo más humano. Haced un mundo explícitamente más divino, más según Dios, regido por la fe y en el que ésta inspire el progreso moral, religioso y social del hombre. No perdáis de vista la orientación vertical de la evangelización. Ella tiene fuerza para liberar al hombre, porque es la revelación del amor. El amor del Padre por los hombres, por todos y cada uno de los hombres, amor revelado en Jesucristo.“Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3, 16).”

Republica Dominicana puerta de entrada a “este pedazo de tierra americana”


A las 13.45 del 25 de enero de 1979 el Papa Juan Pablo II besa por primera vez estas tierras y lo hacia en la Republica Dominicana, su puerta de entrada a “este pedazo de tierra americana”, con ocasión de la Visita pastoral a este país, México y Bahamas.

Transcribo un trozo del discurso que el Papa Juan Pablo II ofreciera durante la ceremonia de bienvenida al Presidente de la República Dominicana a su llegada :

“Me trae a estas tierras un acontecimiento de grandísima importancia eclesial. Llego a un continente donde la Iglesia ha ido dejando huellas profundas, que penetran muy adentro en la historia y carácter de cada pueblo. Vengo a esta porción viva eclesial, la más numerosa, parte vital para el futuro de la Iglesia católica, que entre hermosas realizaciones no exentas de sombras, entre dificultades y sacrificios, da testimonio de Cristo y quiere hoy responder al reto del momento actual, proponiendo una luz de esperanza, para el aquí y para el más allá, a través de su obra de anuncio de la Buena Nueva, que se concreta en el Cristo Salvador, Hijo de Dios y Hermano mayor de los hombres.
[…]
Y puesto que la visita del Papa quiere ser una empresa de evangelización, he deseado llegar aquí siguiendo la ruta que, al momento del descubrimiento del continente, trazaron los primeros evangelizadores. Aquellos religiosos que vinieron a anunciar a Cristo Salvador, a defender la dignidad de los indígenas, a proclamar sus derechos inviolables, a favorecer su promoción integral, a enseñar la hermandad como hombres y como hijos del mismo Señor y Padre, Dios.”

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sábado, 6 de junio de 2015

Antonio Pelayo recuerda la visita de Juan Pablo II a Sarajevo (2 de 2)


Antonio Pelayo de Vida nueva recuerda uno de los momentos más dramáticos de los innumerables viajes de Juan Pablo II. Fue la visita a Sarajevo.

La mañana de ese domingo de Pascua amaneció fría, con un tibio sol que luchaba por abrirse paso entre las amenazantes nubes bajas. A pesar de la inclemencia del tiempo, unos 50.000 fieles habían llegado a la capital desde todos los confines del país balcánico para asistir a la misa presidida por el Papa. Ese era el único acto de masas en todo el viaje, y las fuerzas de seguridad habían desplegado todos sus recursos para cortar por lo sano cualquier incidente.

La misa iba a tener lugar en el estadio Kosevo, una antigua instalación deportiva remodelada para la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984. El estadio, rodeado de cementerios improvisados durante los años de la guerra, se encuentra en un valle rodeado de colinas, donde se escondían francotiradores serbios dotados de armas de alta precisión. Según nos confió uno de los militares italianos que formaba parte de la SFOR (fuerzas de la OTAN que garantizaban la estabilidad de la zona), era perfectamente posible abatir a tiros desde las alturas cualquier objetivo situado dentro del estadio.
El altar para la celebración eucarística había sido instalado frente a la tribuna principal. Apenas iniciada la misa, se desató una tempestad de agua mezclada con nieve y se registró una brusca bajada de la temperatura. Inmediatamente, se intentó proteger al Papa de la intemperie con un enorme paraguas blanco que resultaba a todas luces insuficiente.

La Lucha contra el Parkinson
Wojtyla llevaba ya algunos años luchando contra un Parkinson perceptible por los típicos temblores que produce dicha enfermedad. Esa mañana, tal vez por la emoción y desde luego por las ráfagas de la ventisca de nieve, la tembladera se hizo tan violenta que, en mitad de la celebración, el Papa se dirigió al maestro de Ceremonias, Piero Marini, diciéndole con voz angustiada: “No voy a poder acabar la Misa, no me siento capaz de proseguir, no puedo controlarme”. Sin perder los nervios, monseñor le sujetó con fuerza el antebrazo izquierdo y aceleró todo lo posible el rito, que concluyó sin más sobresaltos.
Los que nos encontrábamos cerca del altar, mientras nos protegíamos lo mejor posible contra la nevada, fuimos testigos de esos momentos tremendos en que el cuerpo de Juan Pablo II temblaba de los pies a la cabeza y su mirada reflejaba la angustia que le provocaba el miedo de verse obligado a abandonar el altar. No fue así, y el papa polaco leyó íntegra la larga homilía y pudo distribuir la comunión a un limitado número de fieles.

RECONCILIACION 
Esa mañana, sus palabras volvieron a repetir el leit-motiv del viaje: perdón y reconciliación
En siete de los nueve discursos que pronunció durante las 24 horas que permaneció en Sarajevo se refirió al tema del perdón; usó esta palabra veinte veces, y otras seis utilizó el verbo perdonar.

“Perdonemos y pidamos perdón –dijo a los que le escuchaban ateridos por el frío y el temor a un posible atentado–, no podemos no emprender la difícil pero necesaria peregrinación del perdón que lleva a una profunda reconciliación

Antonio Pelayo recuerda la visita de Juan Pablo II a Sarajevo (1 de 2)


Con ocasión de la visita del Papa Francisco a Sarajevo, AntonioPelayo de Vida Nueva quiso recordar en un impresionante racconto aquella peligrosa visita de Juan Pablo II a Sarajevo en 1997.

“Creo que los que tuvimos la suerte de acompañar a Juan Pablo II en su viaje a Sarajevo (12-13 de abril de 1997) no lo olvidaremos nunca. Yo al menos conservo de ese viaje recuerdos imborrables.
En aquel 1997, llegábamos a una ciudad que había sufrido un feroz asedio durante años, que sangraba todavía por las heridas abiertas por la guerra y que, sobre todo, no había superado el terror de lo vivido.
Eran las 17:30 h. cuando el avión papal aterrizó en el aeropuerto de la capital de Bosnia-Herzegovina. El aeropuerto estaba bajo el control de la SFOR (fuerzas de estabilización de la OTAN) y fueron soldados franceses los que nos acogieron y nos sometieron a un discreto pero enérgico chequeo.
Después de la ceremonia oficial de bienvenida en el aeropuerto, estaba previsto un encuentro con el clero, los religiosos, religiosas y seminaristas en la catedral de Sarajevo. Una distancia de diez kilómetros. Horas antes de que aterrizara el aéreo de Alitalia con Juan Pablo II y su séquito a bordo, las fuerzas de seguridad descubrieron, bajo un puente muy cercano a la carretera que iba recorrer la caravana papal, un ingente arsenal de minas anticarro con sus respectivos detonadores, explosivos y mandos a distancia. La explosión habría tenido efectos devastadores en un radio de decenas de metros.
Las autoridades transmitieron al entonces responsable de la seguridad del Papa, el comandante Camillo Cibin, la información, y le propusieron trasladar a Wojtyla y a todos sus acompañantes hasta el centro de la ciudad en helicópteros para evitar la posibilidad de un atentado. Pero la respuesta fue tajante: seguiríamos el camino trazado, donde se habían concentrado numerosas personas para saludar al Papa.

EL HORROR DE LA GUERRA
Lo que vimos durante ese trayecto quedó para siempre grabado en mi retina: edificios reventados, deshechos hasta los cimientos, restos de coches y autobuses carbonizados, árboles calcinados y, en ese escenario dantesco, gentes que nos sonreían y saludaban el paso del cortejo.
Cuando llegamos al hotel, uno de los pocos reconstruidos a toda marcha y donde se alojaban los funcionarios de la ONU, se nos entregó un folio con instrucciones muy concretas: no asomarse nunca a las ventanas, al encender las luces de la habitación bajar las persianas y cerrar las cortinas, no salir nunca de noche e informar siempre a la recepción de nuestras salidas… Los francotiradores seguían haciendo de las suyas.
Pese a todo, una multitud bastante numerosa se había reunido en torno a la catedral del Sagrado Corazón para dar la bienvenida al papa polaco. Una vez dentro del templo –donde se habían congregado medio millar de personas–, el anciano Wojtyla abrazó a todos cuantos pudieron acercarse a él. Querría abrazar a todos los habitantes de esta región tan probada –había dicho en el aeropuerto–, especialmente a los que han perdido prematuramente una persona querida, a cuantos llevan en su carne los estigmas provocados por la guerra y a los que han tenido que abandonar sus propias casas en estos largos años de violencia.
En el curso de la ceremonia, el Papa entregó al cardenal Vinko Puljic la lámpara votiva que había encendido en la Basílica de San Pedro el 23 de enero de 1994 para implorar la protección sobre Sarajevo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, ante cuyo icono había permanecido todos esos años.

Cuando Juan Pablo II abandonó la catedral para dirigirse al Seminario y después a la residencia del arzobispo, donde iba a pernoctar, ya había caído la noche y el silencio se había apoderado de la ciudad. Silencio impresionante solo interrumpido por el continuo fragor de los helicópteros de la OTAN, que no cesaron de sobrevolar la ciudad, impidiendo el sueño de quienes no estábamos acostumbrados a tan sonora compañía.”

miércoles, 3 de junio de 2015

Los viajes de Juan Pablo II a Polonia s/su secretario Mokrzycki (4 de 4)

Franciszkanska 3, el lago de Wigry y que más?
Y Zakopane. El encuentro con los montañeses a los pies del Gran Krokiew (Wielka Krokiew)  en 1997. Existia una unión especial entre el y los montañeses. Recordaba a menudo el juramento leído por el Intendente de la ciudad sobre sus rodillas en nombre de los montañeses.

Porque los quería tanto el Papa?
Creo que era debido a su perseverancia y fidelidad, su fortaleza y su coraje. A el le gustaba ese tipo de gente y los admiraba. Ademas, el también era asi. Era fuerte, valiente, integro.

En aquella oportunidad el El Santo Padre tuvo bastante tiempo para disfrutar la naturaleza en los Tatras, tal como solia hacerlo en el pasado….
Es verdad. Dormimos en Ksiezowka (residencia para sacerdotes en Zakopane) que el conocía tan bien. Visitamos el Lago Morskie Oko. Y antes de eso, el Santo Padre sobrevoló en helicóptero la región de Orawa, las montañas Gorce, los Pieniny Gorge, y vio el Lago de Czorstyn. Despues camino alrededor del Lago Morskie Oko durante tres cuartos de hora.  Tambien hablo con el guardian de un refugio en la montaña y con el guardaparque del Parque Nacional de Tatra. Y les dijo “protejan esta tierra y esta naturaleza”!  Estos encuntros eran con una cantidad limitada de gente.  Los miembros del sequito papal también hicieron un crucero organizado para ellos por el rio Dunajec.


Y también se dio la excursión a las montañas de Kasprowy Wierch….
Eso ocurrió al dia siguiente. Despues de la Misa en Gran Krokiew, el Santo Padre hizo un viaje en góndola por la tarde a la montaña Kasprowy Wierch. El tiempo no se mostró muy favorable, pero al menos las nubes no cubrían todos los picos.

Juan Pablo II conocía todos aquellos picos de montaña porque los había vencido a todos. Los señalaba con su baston y los nombraba. En la cima de la Kasprowy Wierch se le sirvió una taza de té en taza metálica y le causó gracia.    En su viaje de vuelta, visito la ermita del Santo Hno Alberto en Kalatowki.

Decía algo el Santo Padre en esas excursiones?
No, solo admiraba la naturaleza.

Y rezaba?
Si claro, como de costumbre.


Los viajes a Polonia eran cada vez mas serenos y gozosos y mejor que los anterioes. Así lo ve su segundo secretario.  Estábamos entre nuestra gente. Conocíamos bien sus reacciones, que nos eran familiares.  El Santo Padre enseñando a la gente en polaco, tenia un efecto emocional especial para ellos. Habia menos estrés y más calma y gozo. Al igual que en Lagiewniki, en los suburbios de Cracovia,  durante su última peregrinación, el lugar de realización del gran sueño de Juan Pablo II. El tenia gran devoción a la Divina Misericordia y quería confiar al mundo a la Divina Misericordia; y lo hizo justamente en Lagiewniki, donde solia vivir la Hermana Faustina.  El santo Padre se sentía feliz consagrando el santuario y que tantos compatriotas lo acompañaran ese momento.” 

Arzobispo Mieczyslaw Mokrzycki: He liked Tuesdays best / Wydawnictzvo M Krakow2011