Me
permití “robar” un trozo del escrito de Giovanni Marchesi S.J. titulado La
ciencia de la cruz en Edith Stein, que cubre las diferentes etapas de su
conversión. El artículo es bastante más extenso y comienza con el anuncio del Papa Juan Pablo
II nombrándola a la santa Edith Stein como una de las tres nuevas patronas del
continente europeo y termina con la maduración de su convencimiento
que “Se llega a
poseer una scientia Crucis únicamente cuando se experimenta hasta el fondo la cruz.
Estaba convencida de esto desde el primer instante, porque he dicho de todo
corazón: ave, Crux, spes unica”
“El espacio no nos permite recorrer las etapas
principales de la vida y la maduración intelectual y espiritual de Edith Stein,
nacida el 12 de octubre de 1891 en Breslau/Breslavia (Silesia), actualmente
Polonia (con la denominación Wroclaw). Era la undécima hija de una familia
hebrea sumamente religiosa, filósofa eminente formada en la escuela de Edmund
Husserl. Del propio Husserl fue en primer lugar alumna en Gottinga y luego
ayudante en Friburgo hasta 1921. Desde los años de los estudios universitarios,
la joven Stein destacó por su larga y apasionada búsqueda de la verdad, pasando
de la fenomenología de Husserl (1859-1939) a la filosofía cristiana y por
consiguiente a la scientia crucis, es decir, a la consagración a
Cristo, en la Iglesia Católica, hasta el martirio. El mismo Husserl, en
Friburgo, después de leer la tesis doctoral de Edith Stein sobre El
problema de la empatía (Einfühlung) y reconociendo que
lo había precedido en el desarrollo de la segunda parte de sus Ideas,
la definió como “una pequeña muchacha con grandes dotes”, otorgándole además la
más alta calificación académica. En el verano de 1921, Edith Stein llega
definitivamente a la fe católica, que recibió el último sello con el “martirio”
en Auschwitz.
Precisamente
el ambiente de estudio de Gottinga, con las frecuentaciones intelectuales y las
amistades que Edith Stein pudo cultivar allí, le ofreció el primer contacto
directo con las temáticas de la fe cristiana, y específicamente de la Iglesia
Católica. Max Scheler y Anne Reinach, esposa del gran fenomenólogo Adolf
Reinach, fueron ocasión directa para dicho contacto. En esos años, Max Scheler,
que competía intelectualmente con Husserl en cuanto a la paternidad de la
fenomenología, ofrecía conferencias públicas en Gottinga, a las cuales asistía
Edith Stein con especial interés, además porque el filósofo abordaba el tema de
laEinfühlung, en la cual ella comenzaba a interesarse dada su tesis para
el doctorado. Scheler se presentaba como un puro “fenómeno de la genialidad”:
“De sus grandes ojos azules emanaba el esplendor de un mundo superior. (...)
Para mí, como para muchos otros, su influencia en esos años adquirió
importancia incluso más allá del ámbito filosófico”; él hablaba “con insistente
eficacia, con auténtica vivacidad dramática”. En ese período, Scheler
practicaba el catolicismo (también los esposos Husserl habían pasado del
hebraísmo al cristianismo). Escuchando las conferencias de Scheler, que
expresaba muchas ideas católicas y “sabía divulgarlas haciendo uso de su
brillante inteligencia y habilidad lingüística”, se abre un mundo desconocido
por primera vez en la vida para la joven Edith, cada vez más interesada en la
verdad. Si bien en ese momento no llegó a la fe, al procurar, como buena
fenomenóloga, reflexionar sobre cada cosa con una mirada libre de prejuicios y
sin “anteojeras”, comienza a interesarse en los asuntos religiosos: “Los
límites de los prejuicios racionalistas, en medio de los cuales había crecido
sin saberlo, cayeron, y el mundo de la fe apareció repentinamente ante mí”. La
joven estudiante de filosofía se siente “paulatinamente transformada”.
El
primer verdadero encuentro con la verdad cristiana, y específicamente con el
misterio de la Cruz, Edith Stein lo vive con ocasión de la muerte del profesor
Adolf Reinach, “el ángel bueno” que la había puesto a salvo de las dificultades
interiores cuando se devanaba los sesos con el problema de la Einfühlung y
que con sus consejos y reflexiones logró liberarla del tedio de la vida. En
noviembre de 1917, Reinach, brazo derecho de Husserl en Gottinga, muere en
Flandes, en el frente de batalla. Los amigos fenomenólogos están consternados.
Para Edith Stein es un trauma, ya que con Reinach, más que un maestro, siente
que ha perdido un amigo y confidente. Le produce casi temor el encuentro con la
joven viuda tan duramente sometida a prueba, que le solicita poner orden en los
escritos filosóficos de su marido. Al leer los Apuntes sobre una
filosofía de la religión de Reinach, con hermosas páginas proyectadas
hacia el catolicismo, y al constatar, con asombro, la fuerza que la joven viuda
recibía de la fe cristiana, Edith Stein se siente perturbada y no está tan
segura de su ateísmo. Más tarde confía: “Ése fue mi primer encuentro con la
Cruz, mi primera experiencia de la fuerza divina que emana de la Cruz y se
comunica a quienes la adoptan. Por primera vez me fue dado contemplar en toda
su luminosa realidad la Iglesia nacida de la pasión salvadora de Cristo, en su
triunfo sobre el aguijón de la muerte. Fue el instante en que se derrumbó mi incredulidad,
palideció el hebraísmo y Cristo se irguió radiante ante mi mirada: ¡Cristo en
el misterio de su Cruz!”.
Anteriormente,
otro episodio ocasional la había impresionado especialmente. Al entrar con una
amiga a la catedral de Frankfurt, observó a una mujer del pueblo arrodillada en
un banco para pronunciar una breve oración, con la bolsa de las compras en las
manos. “Para mí era algo totalmente nuevo. En las sinagogas y las iglesias
protestantes que había visitado, la gente asistía a las funciones religiosas;
ahí, en cambio, alguien había entrado en la iglesia vacía en medio de sus
tareas cotidianas, como si fuera a un coloquio confidencial. Jamás pude
olvidarlo”. El encuentro con la fe se vuelve difícil y problemático. En el
artículo Causalidad psíquica, publicado en 1922, en el quinto
volumen de la revista dirigida por Husserl, Jahrbuch für Philosophie
und phänomenologische Forschung, hay señales de la lucha interior que
sostiene en esos años. Edith Stein parece centrada en su propia experiencia, al
enfrentar de pronto la temática religiosa, que altera sus planos, cuando
escribe: “Me niego por tanto aceptar la fe pura y simple y no le permito obrar
con eficacia”. Más adelante, en el mismo ensayo, extenso como un libro, anota:
“Existe un estado de reposo en Dios, de total aflojamiento de toda actividad
espiritual, en el cual no se hacen más planes, no se toman decisiones y además
de no actuar, uno entrega todo cuanto es propio del futuro a la voluntad divina
y se “abandona” totalmente al “destino”. Este estado lo he vivido en parte yo
misma, después de ocurrir un hecho que superó mis fuerzas absorbiendo
completamente las energías espirituales de mi vida y despojándome de toda
actividad. El reposo en Dios, en cuanto debilitamiento de la actividad por falta
de fuerza vital, es algo totalmente nuevo y especial. El debilitamiento se
caracterizaba por un silencio mortal, en cuyo lugar se presenta ahora una
sensación de seguridad” y “cuando uno se abandona a este sentimiento, comienza
a llenarse paulatinamente de nueva vida y siente un impulso hacia una nueva
actividad, pero sin esfuerzo alguno de la voluntad”. Por último, en la segunda
parte del mismo ensayo, titulada “Individuo y comunidad”, Stein parece
fotografiar el camino de profunda purificación que está viviendo su alma: si en
el plano interior “se produce una transformación, ésta no se considera
resultado de un desarrollo, sino más bien una conversión debida a una fuerza sobrenatural o
una fuerza situada fuera de la persona y fuera de todos los nexos con los
cuales la misma está ligada”.
La
circunstancia aparentemente casual de este repentino milagro de la gracia, que
redunda en una transformación de la persona de Edith Stein, es la lectura
ocasional de la Autobiografía de Santa Teresa de Avila en casa
de sus grandes amigos, los esposos Conrad-Martius (verano de 1921, en
Bergzabern): “Sin elegir, tomé el primer libro que cayó en mis manos. Era un
gran volumen titulado Vida de Santa Teresa de Ávila escrita por ella
misma. Comencé a leerlo y me absorbió de tal manera que no lo interrumpí
hasta llegar al final. Al cerrarlo, tuve que confesarme a mí misma: “Ésta es la
verdad”. Como dirá más tarde, desde los años intensos de estudio filosófico en
Gottinga, “mi anhelo de verdad era una plegaria única”; “quien busca la verdad
busca a Dios, sépalo o no”. Esa misma mañana, en Bergzabern, compra un
catecismo y un pequeño misal, casi intuyendo la necesidad de conjugar en
armonía la fe y la espiritualidad cristiana: la inseparabilidad entre fe y
vida, entre lex credendi y lex orandi.
El
21 de enero de 1922, Edith Stein recibe el bautismo, siendo Hedwig
Conrad-Martius su madrina. Era difícil comunicar en ese momento a la madre que
se había convertido al catolicismo. Algunos días después, yendo a visitar a su
familia, la atea convertida a la fe cristiana le dice con dulzura: “Mamá, soy
católica”. En vez del esperado reproche, se produce un silencio sepulcral, que
sólo se rompe con el llanto de ambas. Las dos pasan la noche en vela.
Inmediatamente después de la conversión, Edith Stein aspira a entrar en el
Carmelo, abandonando de inmediato la investigación científica, la carrera
académica y los sueños de gloria. El vicario general de Spira, donde el 2 de
febrero recibe el sacramento de la confirmación, y el sacerdote jesuita Erich
Przywara, el gran filósofo de la Analogia entis, la convencen de
que en ese momento no tome semejante decisión. Edith Stein entrará después al
Carmelo de Lindenthal (Colonia), el 14 de octubre de 1933. En ese mismo
monasterio, es bautizada en la Navidad de 1936 la hermana Rosa, católica desde
hace ya algún tiempo en su disposición de ánimo. También en esa circunstancia
se presentó el problema de dar a conocer el hecho a la madre, por la cual
siempre conservó un tierno afecto.
“El
último día que estuve en casa fue el 12 de octubre (1933), día de mi cumpleaños
-escribirá Edith Stein el 18 de diciembre de 1938-, y también era una fiesta
hebrea, la clausura de la fiesta de los Tabernáculos. Mi madre participó en el
servicio, en la sinagoga de la escuela de los rabinos, y la acompañé porque
ambas deseábamos estar juntas todo ese día”. Al regresar a pie, la madre
anciana (84 años) preguntó a la hija: “¿No era hermosa la prédica?”. “Sí”. “¿Se
puede entonces ser religiosos también como hebreos?”. “Por supuesto, si no se
ha conocido otra cosa”. Entonces respondió desesperada: “¿Y tú porque la
conociste? Nada digo en tu contra. Ciertamente habrá sido un hombre muy bueno,
¿pero por qué se hizo Dios?”. En cartas escritas en los días o meses siguientes
a su entrada al Carmelo, Edith Stein señala con gran dolor la reacción negativa
de la madre ante su opción de vida: “Las últimas semanas en casa y el momento
de la separación fueron muy dolorosos. Fue imposible hacer que la mamá fuera un
poco comprensiva. Se mantuvo en su rigidez e incomprensión y yo partí
únicamente con la fe en la gracia de Dios y en la fuerza de nuestra oración”“;
“Mi madre se opone aun con todas sus fuerzas a la decisión que estoy a punto de
tomar. Es dura tarea presenciar el dolor y el conflicto de conciencia de una
madre sin poderla ayudar con medios humanos”.
Contrariamente
a lo que pensaba su madre, al convertirse a la fe católica, Edith Stein
redescubrió en lo más profundo de sí misma sus raíces hebraicas, teniendo ahora
conciencia de pertenecer enteramente a la estirpe de Cristo en el espíritu y la
sangre. Se regocijaba interiormente al pensar que en sus venas corría la misma
sangre de Jesús y María: “Usted no puede entender lo que significa para mí el
hecho de que María, la Madre de Dios, haya sido hebrea”, dijo un día a otra
religiosa de Echt. Sor Teresa Benedicta confiaba reflexiones análogas al
sacerdote jesuita Peter Hirschmann:”No puede usted imaginar lo que significa
para mí ir a la capilla en la mañana y al ver el tabernáculo y la imagen de
María, decir en mi interior “Eran de nuestra sangre” “; “Usted no puede creer
lo que significa para mí ser hija del pueblo elegido y pertenecer a Cristo no
sólo espiritualmente, sino también por el parentesco de sangre”. San Ignacio de
Loyola, en su arrojo místico, hubiera deseado nacer “judío” para poder estar
más cerca del Señor o “parecerse” más a El. Ese deseo no satisfecho de Ignacio
fue para Edith un don de la naturaleza y la gracia.”
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