«El Espíritu del Señor esta sobre mí, porque
me ha ungido para anun
ciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a
proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la
libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del señor» (Lc 4,
18-19)
Estas
fueron las palabras de Jesus, el día en que, según san Lucas, a la edad de
treinta años, afronto por primera vez, en la sinagoga de Nazaret, a sus
compatriotas.
(…)
Tenemos
una visión autentica del hombre de nuestro tiempo y hablamos sinceramente de él
cuando, recordando a los millones de hermanos, hombres de todos los
continentes, que sufren hambre, ponemos énfasis también en el hambre del alma
humana, que no es menor que el deseo de verdadera libertad.
Cada
uno de nosotros, según su propia experiencia, puede saber hasta cierto punto
que es esta libertad. Es la característica principal de la humanidad, es la
fuente de la dignidad humana. En la constitución pastoral Gaudium et Spes del
Concilio Vaticano II leemos: «Nuestros contemporáneos estiman mucho y buscan
con entusiasmo la libertad, y ciertamente con razón (…) La verdadera libertad
es signo eminente de la imagen divina en le hombre. Pues quiso Dios “dejar al
hombre en manos de su propia decisión” (Sir 15,24) de modo que busque sin
coacciones a su Creador (…) La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe
según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente
desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción
externa (n.17) »
La
libertad se ofrece al hombre, pero, al mismo tiempo, se le impone como una
tara. Es, ante todo, un atributo del ser humano y, en este sentido, es un don
del Creador y una cualidad intrínseca de la naturaleza humana., Por esta razón constituye
también un derecho legitimo del hombre. El hombre tiene derecho a la libertad,
a la autodeterminación, a elegir su carrera, a actuar según sus propias
convicciones. El Creador dio al hombre la libertad para que la utilice para el
bien (cf. Ga 4, 31,5) porque por tristes experiencias sabemos bien que puede
emplearla para el mal. El hombre puede hacer el mal precisamente porque es libre
(cf I P 2,16)
Ahora
bien, el Creador no dio al hombre la libertad para que cometiera accones malas
s(cfr. Ga 5,13) sino para hacer el bien. Dios le otorgo también la inteligencia y la conciencia para mostrarle lo que esta bien y debe hacerse, y lo que esta
mal, y debe evitarse. Los mandamientos de Dios muestran a nuestra inteligencia
y a nuestra conciencia el camino recto. El mayor de los mandamientos – el del amor
– lleva al camino del uso más completo de la libertad (I, Co 9, 19-22): 13,
1-13). Al hombre se le dio la libertad para que aprenda a amar, a amar el verdadero
bien: amar a Dios, ante todo: y amar al hombre, como prójimo y hermano (cf. Mc
12, 30-33) Dt 6:5: Lv 19,18). Los que obedecen a eta verdad, a este Evangelio,
son los verdaderos discípulos de la sabiduría eterna, y alcanzan, como dice el Concilio,
un estado de « libertad regia porque «servir a ese Rey equivale a reinar»
(Lumen Gentium 36,4)
La
libertad, por tanto, se le ofrece y se le concede al hombre como una misión. No
debe solo poseerla, sino que también ha de saberla conquistar. El hombre debe constituir su propia existencia
orientándola al bien, empleando su
libertad cada vez más para el bien Esta es la verdadera esencia de la tarea
fundamental de la que dependen el sentido y el valor de toda la vida del
hombre.
(…)
Jesucristo
revela, del modo más profundo, que existe en el alma humana una sed autentica
de libertad y enseña en qué consiste esta libertad y cómo podemos saciar esa
sed. Cristo predico esto durante toda su
vida: esta es la enseñanza perenne que brota de su persona. Y no deja de
ofrecernos esta enseñanza, no solo por el motivo obvio de que en el Evangelio
se nos han transmitido sus acciones, sino sobre todo porque se ha quedado con
nosotros en la Eucaristía.
(…)
La sed de libertad penetra el corazón de todo hombre y, cuando más rico es este
corazón, tanto mayor es su sed. La Eucaristía es la primera fuente de la riqueza
que un corazón humano puede contener. Dios, en este sacramento, se nos da
totalmente a si mismo, a través de esta comunión espiritual enriquece al hombre
del modo más espléndido y revela todos los tesoros que el Creador ha encerrado
en lo más intimo del corazón del hombre.
De
este modo la Eucaristía es la riqueza del pobre, incluso de las criaturas mas
indigentes: es alimento para los que tienen hambre.
La
sed de libertad impregna toda la historia de la humanidad, la historia de los
pueblos y de las naciones, revelando su madurez espiritual y, al mismo tiempo, poniéndoos a prueba.
(…)
Quiero poner de relieve aquí, ante Jesus Eucaristía, que durante las antiguas
batallas por la libertad en los últimos veinte siglos y en los últimos años de
este siglo, Él fue nuestra inspiración y nuestra única esperanza. La fe en su resurrección,
después de su pasión y muerte, nunca nos ha abandonado y a pesar de toda clase
de angustias y persecuciones, ha suscitado continuamente el deseo de vivir y el
de libertad.
(…)
Y asi en nuestros días, en el trasfondo de una creciente toma de conciencia
social y humana, el principio de la libertad religiosa de la libertad de religión,
se ha vuelto mucho más evidente. El Concilio Vaticano II lo expreso en varios
pasajes y especialmente en la declaración sobre la libertad religiosa.
(…)
He aquí lo que dice al respecto la Declaración sobre la libertad religiosa: No
faltan regímenes en los que, si bien se reconoce en su Constitución la libertad
del culto religioso, sin embargo, los mismos poderes públicos intentan apartar
a los ciudadanos de profesar la religión y hacer extremadamente difícil e insegura la ida para
las comunidades religiosas (Dignitatis humanae, 15)
(..-)
Hoy por lo tanto, llevamos a la gran comunidad de testigos de Cristo Eucaristía,
aquí reunidos para le Congreso eucarístico de Filadelfia, toda la sed de
libertad del hombre contemporáneo y de la humanidad entera. En el hombre de Jesucristo
tenemos el derecho y el deber de pedir la verdadera libertad para el hombre y
para los pueblos.
(de
la Homilia de Karol Wojtyla en el Congreso eucarístico internacional de
Filadelfia, 3 de agosto de 1976)