Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 7 de febrero de 2025

Juan Pablo II: Que es la libertad?

 


«La verdad os hará libres» (Jn 8, 32)

 

Estas palabras de Jesús constituyen el hilo conductor de la reciente encíclica Veritatis splendor, que ha querido ser un anuncio de verdad y un himno a la libertad: valor tan sentido por el hombre de nuestro tiempo y profundamente apreciado por la Iglesia. 

Pero, ¿qué es la libertad?

 La cultura contemporánea vive de modo dramático esa pregunta. En efecto, se halla muy difundida la tendencia a considerar la libertad algo absoluto, desligado de todo límite y sentido de responsabilidad. Ahora bien, una libertad así entendida seria evidentemente inauténtica y peligrosa. Por consiguiente, no es casualidad el hecho de que todas las sociedades sientan la necesidad de regular de alguna manera su ejercicio.

¿Dónde encuentra su legitimidad esa regulación? Si se tratara de una intervención puramente pragmática y convencional, sin un arraigo profundo, las sociedades quedarían radicalmente expuestas al triunfo del arbitrio, amenazadas siempre por el atropello y el dominio del más fuerte. La verdadera garantía de una libertad ordenada está en su fundamento moral, reconocido por los individuos y las comunidades en su conjunto.

Primera parte del ángelus del Domingo 17 de octubre de 1993sobre el tema de la libertad,   que Juan Pablo II aprovechaba para recordar también su  encíclica Veritatis Splendor

 


 


Etiquetas: EnciclicasLibertadVeritatis Splendor

 

miércoles, 26 de julio de 2023

Juan Pablo II: Para servir a la paz, respeta la libertad

 


 La paz debe realizarse en la verdad; debe construirse sobre la justicia; debe estar animada por el amor; debe hacerse en la libertad (cf. Pacem in terris). Sin un respeto profundo y generalizado de la libertad, la paz escapa al hombre. No tenemos más que mirar en derredor nuestro para convencernos. Porque el panorama que se abre ante nuestros ojos, en este principio de los años ochenta, no se presenta muy tranquilizador. En efecto, mientras muchos hombres y mujeres, simples ciudadanos o dirigentes responsables, se preocupan vivamente por la paz —a veces hasta llegar a la angustia—, sus aspiraciones no se concretizan en una paz verdadera a causa de la falta de libertad o de la violación de la misma, como también por la manera ambigua o errónea en la que es ejercida.

 

Porque ¿cuál puede ser la libertad de unas naciones cuya existencia, aspiraciones y reacciones están condicionadas por el miedo en vez de la confianza mutua, por la opresión en vez de la libre búsqueda del bien común? La libertad es herida, cuando las relaciones entre los pueblos se fundan no sobre el respeto de la dignidad igual de cada uno, sino sobre el derecho del más fuerte, sobre la actitud de bloques dominantes y sobre imperialismos militares o políticos. La libertad de las naciones es herida, cuando se obliga a las pequeñas naciones a alinearse con las grandes para ver asegurado su derecho a la existencia autónoma o su supervivencia. La libertad es herida, cuando el diálogo entre compañeros iguales no es posible a causa de las dominaciones económicas o financieras ejercidas por las naciones privilegiadas y fuertes.

 

Y dentro de una nación, a nivel político, ¿tiene la paz una suerte real, cuando no está garantizada la libre participación en las decisiones colectivas o el libre disfrute de las libertades individuales? No hay verdadera libertad —fundamento de la paz—, cuando todos los poderes están concentrados en manos de una sola clase social, de una sola raza, de un solo grupo; o cuando el bien común es confundido con los intereses de un solo partido que se identifica con el Estado. No hay verdadera libertad, cuando las libertades de los individuos son absorbidas por una colectividad «negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia personal y colectiva» (Carta Octogesima adveniens, n. 26). La verdadera libertad está igualmente ausente cuando formas diversas de anarquía erigida en teoría llevan a rechazar o contestar sistemáticamente toda autoridad, confinando, en el extremo, con terrorismos políticos o violencias obcecadas, espontáneas u organizadas. Tampoco existe ya verdadera libertad, cuando la seguridad interna es erigida en norma única y suprema de las relaciones entre la autoridad y los ciudadanos, como si ella fuera el único y principal medio de mantener la paz. No puede ignorarse, en este contexto, el problema de la represión sistemática o selectiva —acompañada de asesinatos y torturas, de desapariciones y exilios— de la cual son víctimas tantas personas, incluidos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos cristianos comprometidos en el servicio al prójimo.

 

(del Mensaje de Juan Pablo II para la XIV Jornada Mundial de la paz – 1 de enero de1981)

jueves, 9 de febrero de 2023

La libertad : medida de la dignidad y de la grandeza del hombre:

 “...La libertad es la medida de la dignidad y de la grandeza del hombre. Vivir la libertad que los individuos y los pueblos buscan es un gran desafío para el crecimiento espiritual del hombre y para la vitalidad moral de las naciones. La cuestión fundamental, que hoy todos debemos afrontar, es la del uso responsable de la libertad, tanto en su dimensión personal, como social. Es necesario, por tanto, que nuestra reflexión se centre sobre la cuestión de la estructura moral de la libertad, que es la arquitectura interior de la cultura de la libertad.



La libertad no es simplemente ausencia de tiranía o de opresión, ni es licencia para hacer todo lo que se quiera. La libertad posee una "lógica" interna que la cualifica y la ennoblece: está ordenada a la verdad y se realiza en la búsqueda y en el cumplimiento de la verdad. Separada de la verdad de la persona humana, la libertad decae en la vida individual en libertinaje y en la vida política, en la arbitrariedad de los más fuertes y en la arrogancia del poder. Por eso, lejos de ser una limitación o amenaza a la libertad, la referencia a la verdad sobre el hombre, - verdad que puede ser conocida universalmente gracias a la ley moral inscrita en el corazón de cada uno - es, en realidad, la garantía del futuro de la libertad.


Bajo esta perspectiva se entiende que el utilitarismo, doctrina que define la moralidad no en base a lo que es bueno sino en base a lo que aporta una ventaja, sea una amenaza a la libertad de los individuos y de las naciones, e impida la construcción de una verdadera cultura de la libertad...”

 

Del discurso de Juan Pablo II a la Quincuagésima Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, el 5 de octubre de 1995

martes, 10 de enero de 2023

Karol Wojtyla: La sed de libertad de los pueblos

 

«El Espíritu del Señor esta sobre mí, porque me ha ungido para anun
ciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del señor
» (Lc 4, 18-19)

 Estas fueron las palabras de Jesus, el día en que, según san Lucas, a la edad de treinta años, afronto por primera vez, en la sinagoga de Nazaret, a sus compatriotas.

(…)

Tenemos una visión autentica del hombre de nuestro tiempo y hablamos sinceramente de él cuando, recordando a los millones de hermanos, hombres de todos los continentes, que sufren hambre, ponemos énfasis también en el hambre del alma humana, que no es menor que el deseo de verdadera libertad.

 Cada uno de nosotros, según su propia experiencia, puede saber hasta cierto punto que es esta libertad. Es la característica principal de la humanidad, es la fuente de la dignidad humana. En la constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II leemos: «Nuestros contemporáneos estiman mucho y buscan con entusiasmo la libertad, y ciertamente con razón (…) La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en le hombre. Pues quiso Dios “dejar al hombre en manos de su propia decisión” (Sir 15,24) de modo que busque sin coacciones a su Creador (…) La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa (n.17) »

La libertad se ofrece al hombre, pero, al mismo tiempo, se le impone como una tara. Es, ante todo, un atributo del ser humano y, en este sentido, es un don del Creador y una cualidad intrínseca de la naturaleza humana., Por esta razón constituye también un derecho legitimo del hombre. El hombre tiene derecho a la libertad, a la autodeterminación, a elegir su carrera, a actuar según sus propias convicciones. El Creador dio al hombre la libertad para que la utilice para el bien (cf. Ga 4, 31,5) porque por tristes experiencias sabemos bien que puede emplearla para el mal. El hombre puede hacer el mal precisamente porque es libre (cf I P 2,16)

Ahora bien, el Creador no dio al hombre la libertad para que cometiera accones malas s(cfr. Ga 5,13) sino para hacer el bien. Dios le otorgo también la inteligencia y la conciencia para mostrarle lo que esta bien y debe hacerse, y lo que esta mal, y debe evitarse. Los mandamientos de Dios muestran a nuestra inteligencia y a nuestra conciencia el camino recto. El mayor de los mandamientos – el del amor – lleva al camino del uso más completo de la libertad (I, Co 9, 19-22): 13, 1-13). Al hombre se le dio la libertad para que aprenda a amar, a amar el verdadero bien: amar a Dios, ante todo: y amar al hombre, como prójimo y hermano (cf. Mc 12, 30-33) Dt 6:5: Lv 19,18). Los que obedecen a eta verdad, a este Evangelio, son los verdaderos discípulos de la sabiduría eterna, y alcanzan, como dice el Concilio, un estado de « libertad regia porque «servir a ese Rey equivale a reinar» (Lumen Gentium 36,4)  

La libertad, por tanto, se le ofrece y se le concede al hombre como una misión. No debe solo poseerla, sino que también ha de saberla conquistar.  El hombre debe constituir su propia existencia orientándola al bien,  empleando su libertad cada vez más para el bien Esta es la verdadera esencia de la tarea fundamental de la que dependen el sentido y el valor de toda la vida del hombre.

(…)

Jesucristo revela, del modo más profundo, que existe en el alma humana una sed autentica de libertad y enseña en qué consiste esta libertad y cómo podemos saciar esa sed.  Cristo predico esto durante toda su vida: esta es la enseñanza perenne que brota de su persona. Y no deja de ofrecernos esta enseñanza, no solo por el motivo obvio de que en el Evangelio se nos han transmitido sus acciones, sino sobre todo porque se ha quedado con nosotros en la Eucaristía.

(…) La sed de libertad penetra el corazón de todo hombre y, cuando más rico es este corazón, tanto mayor es su sed. La Eucaristía es la primera fuente de la riqueza que un corazón humano puede contener. Dios, en este sacramento, se nos da totalmente a si mismo, a través de esta comunión espiritual enriquece al hombre del modo más espléndido y revela todos los tesoros que el Creador ha encerrado en lo más intimo del corazón del hombre.

De este modo la Eucaristía es la riqueza del pobre, incluso de las criaturas mas indigentes: es alimento para los que tienen hambre.

La sed de libertad impregna toda la historia de la humanidad, la historia de los pueblos y de las naciones, revelando su madurez espiritual  y, al mismo tiempo, poniéndoos a prueba.

(…) Quiero poner de relieve aquí, ante Jesus Eucaristía, que durante las antiguas batallas por la libertad en los últimos veinte siglos y en los últimos años de este siglo, Él fue nuestra inspiración y nuestra única esperanza. La fe en su resurrección, después de su pasión y muerte, nunca nos ha abandonado y a pesar de toda clase de angustias y persecuciones, ha suscitado continuamente el deseo de vivir y el de libertad.

(…) Y asi en nuestros días, en el trasfondo de una creciente toma de conciencia social y humana, el principio de la libertad religiosa de la libertad de religión, se ha vuelto mucho más evidente. El Concilio Vaticano II lo expreso en varios pasajes y especialmente en la declaración sobre la libertad religiosa.

(…) He aquí lo que dice al respecto la Declaración sobre la libertad religiosa: No faltan regímenes en los que, si bien se reconoce en su Constitución la libertad del culto religioso, sin embargo, los mismos poderes públicos intentan apartar a los ciudadanos de profesar la religión y hacer  extremadamente difícil e insegura la ida para las comunidades religiosas (Dignitatis humanae, 15)  

(..-) Hoy por lo tanto, llevamos a la gran comunidad de testigos de Cristo Eucaristía, aquí reunidos para le Congreso eucarístico de Filadelfia, toda la sed de libertad del hombre contemporáneo y de la humanidad entera. En el hombre de Jesucristo tenemos el derecho y el deber de pedir la verdadera libertad para el hombre y para los pueblos.

 (de la Homilia de Karol Wojtyla en el Congreso eucarístico internacional de Filadelfia, 3 de agosto de 1976)

 

 

 

viernes, 28 de octubre de 2022

No hay libertad verdadera si no se ama la vida


El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural consiste en la formación de la conciencia moral sobre el valor inconmensurable e inviolable de toda vida humana. Es de suma importancia redescubrir el nexo inseparable entre vida y libertad. Son bienes inseparables: donde se viola uno, el otro acaba también por ser violado. No hay libertad verdadera donde no se acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la libertad. Ambas realidades guardan además una relación innata y peculiar, que las vincula indisolublemente: la vocación al amor. Este amor, como don sincero de sí, 125 es el sentido más verdadero de la vida y de la libertad de la persona.

No menos decisivo en la formación de la conciencia es eldescubrimiento del vínculo constitutivo entre la libertad y la verdad. Como he repetido otras veces, separar la libertad de la verdad objetiva hace imposible fundamentar los derechos de la persona sobre una sólida base racional y pone las premisas para que se afirme en la sociedad el arbitrio ingobernable de los individuos y el totalitarismo del poder público causante de la muerte. 126

Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia original de su condición de criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como don y tarea. Sólo admitiendo esta dependencia innata en su ser, el hombre puede desarrollar plenamente su libertad y su vida y, al mismo tiempo, respetar en profundidad la vida y libertad de las demás personas. Aquí se manifiesta ante todo que « el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios ».127 Cuando se niega a Dios y se vive como si no existiera, o no se toman en cuenta sus mandamientos, se acaba fácilmente por negar o comprometer también la dignidad de la persona humana y el carácter inviolable de su vida.

martes, 25 de octubre de 2022

Karol Wojtyla: El camino para encontrar a Dios

 


(de una homilía de Karol Wojtyla para la celebración de Reyes en 1976 que habla de  búsqueda y encuentro, mencionando con valentía los impedimentos por parte del Estado en momento críticos de régimen comunista, defendiendo los derechos de cada ser humano en ser respetado y no  discriminado por creencias religiosas.  De alguna manera muy actual en momentos en que se trata de imponer en el mundo entero ideologías que no coinciden con principios religiosos, éticos y morales de grandes  mayorías tratando de imponer y unificar ideologías ajenas a la esencia del ser humano que nada tienen que ver con la libertad de conciencia).   

 -o-

El hombre busca a Dios. Cuando lo encuentra, como los Reyes Magos, a través de la fe, lo busca en la fe, desea acercarse a él, a Aquel que ha encontrado, y alcanzar finalmente la Belén eterna

Y si aun no lo ha encontrado a través de la fe, busca la fe, busca la verdad, y así busca a Dios. Decía san Agustín. «No te buscaría, si antes no te hubiera ya encontrado » Todo hombre, antes de comenzar a buscar, de algún modo ya ha encontrado a Dios. Si no lo hubiera encontrado en un significado inicial, fundamental, no lo buscaría.

«O sabios del mundo,  oh Magos, ¿A dónde vais con tanta prisa?» He aquí el gran símbolo de este gran impulso interior del hombre, un impulso a través de la fe y hacia la fe. Un impulso que no significa caminar en el vacío, es lo que nos subraya también la celebración de hoy. (Reyes) Es un camino hacia un encuentro. El hecho de que el hombre tienda a Dios, lo busque, incluso cuando ya lo ha encontrado, constituye una verdad fundamental del hombre, una dimensión humana, una demostración de la grandeza del hombre.

Es verdad que hay hombres que dicen: «no encuentro, no sé cómo llegar, no logro encontrar». Hay hombres a los que se les ha concedido la Gracia y han encontrado, pero a menudo la desaprovechan por ligereza y la pierden. Todo ello forma parte de la verdad del alma humana, de la verdad histórica y de la verdad contemporánea sobre el hombre. Sin embargo, todo ello habla de algún modo de su grandeza. Nos dice que efectivamente ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y precisamente por esto anda en busca de Dios, pues lleva en si su imagen y semejanza, porque no halla en ninguna otra cosa su satisfacción, su fin último, sino solo en Aquel de quien es imagen y semejanza.

(…)

Así pues, si toda esta búsqueda de Dios en la que participamos los creyentes,  los que aun sin creer buscan con corazón sincero la verdad, y los que, como he dicho, no logran encontrar el camino a pesar de desearlo ardientemente: si todo esto es propio del hombre, de su verdad, de su grandeza, es difícil – desde un punto de vista de la dignidad humana, desde un punto de vista humanístico – aceptar el ateísmo como programa político. Porque se puede comprender que el hombre busque, pero no encuentre, se puede comprender que le hombre niegue, pero no se puede comprender que se imponga al hombre «se te prohíbe creer». Si quieres ocupar un cargo, alcanzar una posición determinada, se te prohíbe creer, o por lo menos no se te permite manifestar que crees. El ateísmo como fundamento de la vida nacional es un doloroso malentendido desde le punto de vista de las premisas humanísticas. Pues hay que respetar lo que es el hombre. Esta es la primera condición de toda convivencia social y de toda igualdad entre los ciudadanos de un mismo Estado.

Si os hablo de ello es porque siento las inquietudes que existen en toda nuestra sociedad, especialmente en la sociedad de los creyentes de nuestro país, donde es sabido que creyentes constituyen una inmensa mayoría. Y a todos estos creyentes,  con razón, les preocupa que el ateísmo no se convierta, abierta o indirectamente, en el fundamento de la vida nacional. Explicita o indirectamente, definiendo el carácter de nuestra unidad nacional de modo que incluya el ateísmo.

No podemos acallar las inquietudes que turban nuestros corazones, se trata fundamentalmente de un problema de ética social. Los obispos, los sacerdotes y todos los creyentes no podemos considerar esta cuestión con indiferencia. No puede subsistir una diferencia sustancial entre lo que somos, lo que sentimos ser, y la forma como se nos define y trata. Así, no puede admitirse que un grupo de hombres, un grupo social, por mas benemérito que sea, imponga a todo el pueblo una ideología, una opinión contraria a las convicciones de la mayoría. Todos, tanto creyentes como los no creyentes, constituimos este país.  Pero no puede admitirse que sobre todos decidan los  no creyentes contra la voluntad de los creyentes.

(…)

En esto están también incluidos todos mis buenos deseos para las familias, a fin de que puedan educar a sus hijos según sus convicciones cristianas. Nosotros no queremos inmiscuirnos en lo que atañe a las familias de los ateos. Es un asunto suyo, de su conciencia. Pero ¿qué más se puede decir a los millones de familias cristianas, sino que, cuando mandan a sus hijos a la escuela, tengan la seguridad de que la escuela no les imponga una visión materialista, una ideología atea?

El principio de libertad de conciencia y de religión se debe interpretar con todas sus consecuencias. Esta verdad de la libertad de conciencia y de culto ha sido proclamada por todos: por el Concilio Vaticano II y por la Carta de los derechos humanos establecidos por la ONU, e incluso por el documento de Helsinki.  Es el derecho inviolable de la persona humana. Pero este derecho inviolable se debe considerar de modo inviolable. Toda condición de vida social, nacional, se ha de predisponer de modo que no viole este derecho, a fin de que la vida pública no cree privilegios desde arriba para unos – los no creyentes – y situaciones de inferioridad para otros – los creyentes – porque todos somos Polonia. Y todos queremos construirla, porque todos la amamos, porque es nuestra patria, porque es nuestra matriz. Y no es lícito tratar a estas inmensas multitudes de creyentes como ciudadanos de segunda clase, solo porque son creyentes.

(…)

 «O sabios del mundo, una amenaza cruel se cierne sobre el Niño,  Herodes trama contra el » Este canto litúrgico de Epifanía anuncia una gran verdad. Sabemos que la crueldad de Herodes ya ha pasado. ¡cuántos Herodes ha habido en la historia! Sabemos que le Niño perseguido es el Señor de nuestros corazones; que la persecución que sufren sus seguidores nos une aun más íntimamente a él, pues de este modo se demuestra que él es el camino, la verdad y la vida. Porque no vino a los hombres con el poder, con el do minio, sino en un pesebre y en una cruz, y asi conquistó de una vez para siempre a cada hombre que busca la verdad y cree en el amor


(Fuente: L'Osservatore Romano)

lunes, 12 de septiembre de 2022

Juan Pablo II: fidelidad a la vocación y libertad - esposos y sacerdotes

 

 La fidelidad a la vocación, o sea la perseverante disponibilidad  al «servicio real», tiene un significado particular en esta múltiple construcción, sobre todo en lo concerniente a las tareas más comprometidas, que tienen una mayor influencia en la vida de nuestro prójimo y de la sociedad entera.

En la fidelidad a la propia vocación deben distinguirse los esposos, como exige la naturaleza indisoluble de la institución sacramental del matrimonio.

En una línea de similar fidelidad a su propia vocación deben distinguirse los sacerdotes, dado el carácter indeleble que el sacramento del Orden imprime en sus almas. Recibiendo este sacramento, nosotros en la Iglesia Latina nos comprometemos consciente y libremente a vivir el celibato, y por lo tanto cada uno de nosotros debe hacer todo lo posible, con la gracia de Dios, para ser agradecido a este don y fiel al vínculo aceptado para siempre.

Esto, al igual que los esposos, que deben con todas sus fuerzas tratar de perseverar en la unión matrimonial, construyendo con el testimonio del amor la comunidad familiar y educando nuevas generaciones de hombres, capaces de consagrar también ellos toda su vida a la propia vocación, o sea, a aquel «servicio real», cuyo ejemplo más hermoso nos lo ha ofrecido Jesucristo.

Su Iglesia, que todos nosotros formamos, es «para los hombres» en el sentido que, basándonos en el ejemplo de Cristo186 y colaborando con la gracia que Él nos ha alcanzado, podamos conseguir aquel «reinar», o sea, realizar una humanidad madura en cada uno de nosotros. Humanidad madura significa pleno uso del don de la libertad, que hemos obtenido del Creador, en el momento en que Él ha llamado a la existencia al hombre hecho a su imagen y semejanza. Este don encuentra su plena realización en la donación sin reservas de toda la persona humana concreta, en espíritu de amor nupcial a Cristo y, a través de Cristo, a todos aquellos a los que Él envía, hombres o mujeres, que se han consagrado totalmente a Él según los consejos evangélicos. He aquí el ideal de la vida religiosa, aceptado por las Órdenes y Congregaciones, tanto antiguas como recientes, y por los Institutos de vida consagrada.

En nuestro tiempo se considera a veces erróneamente que la libertad es fin en sí misma, que todo hombre es libre cuando usa de ella como quiere, que a esto hay que tender en la vida de los individuos y de las sociedades. La libertad en cambio es un don grande sólo cuando sabemos usarla responsablemente para todo lo que es el verdadero bien. Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y en el servicio. Para tal «libertad nos ha liberado Cristo»187 y nos libera siempre. La Iglesia saca de aquí la inspiración constante, la invitación y el impulso para su misión y para su servicio a todos los hombres. La Iglesia sirve de veras a la humanidad, cuando tutela esta verdad con atención incansable, con amor ferviente, con empeño maduro y cuando en toda la propia comunidad, mediante la fidelidad de cada uno de los cristianos a la vocación, la transmite y la hace concreta en la vida humana. De este modo se confirma aquello, a lo que ya hicimos referencia anteriormente, es decir, que el hombre es y se hace siempre la «vía» de la vida cotidiana de la Iglesia.


 (Juan Pablo II: de la Carta Enciclica Redemptor Hominis, 21)

 

Juan Pablo II: Misión de la Iglesia y libertad del hombre

 


 (…) La actitud misionera comienza siempre con un sentimiento de profunda estima frente a lo que «en el hombre había»,75 por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes; se trata de respeto por todo lo que en él ha obrado el Espíritu, que «sopla donde quiere».76 La misión no es nunca una destrucción, sino una purificación y una nueva construcción por más que en la práctica no siempre haya habido una plena correspondencia con un ideal tan elevado. La conversión que de ella ha de tomar comienzo, sabemos bien que es obra de la gracia, en la que el hombre debe hallarse plenamente a sí mismo.

Por esto la Iglesia de nuestro tiempo da gran importancia a todo lo que el Concilio Vaticano II ha expuesto en la Declaración sobre la libertad religiosatanto en la primera como en la segunda parte del documento.77 Sentimos profundamente el carácter comprometedor de la verdad que Dios nos ha revelado. Advertimos en particular el gran sentido de responsabilidad ante esta verdad. La Iglesia, por institución de Cristo, es su custodia y maestra, estando precisamente dotada de una singular asistencia del Espíritu Santo para que pueda custodiarla fielmente y enseñarla en su más exacta integridad.78 Cumpliendo esta misión, miramos a Cristo mismo, que es el primer evangelizador79 y miramos también a los Apóstoles, Mártires y Confesores. La Declaración sobre la libertad religiosa nos muestra de manera convincente cómo Cristo y, después sus Apóstoles, al anunciar la verdad que no proviene de los hombres sino de Dios («mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado»,80 esto es, del Padre), incluso actuando con toda la fuerza del espíritu, conservan una profunda estima por el hombre, por su entendimiento, su voluntad, su conciencia y su libertad.81 De este modo, la misma dignidad de la persona humana se hace contenido de aquel anuncio, incluso sin palabras, a través del comportamiento respecto de ella. Tal comportamiento parece corresponder a las necesidades particulares de nuestro tiempo. Dado que no en todo aquello que los diversos sistemas, y también los hombres en particular, ven y propagan como libertad está la verdadera libertad del hombre, tanto más la Iglesia, en virtud de su misión divina, se hace custodia de esta libertad que es condición y base de la verdadera dignidad de la persona humana.

Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: «Conoceréis la verdad y la verdad os librará».82 Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece a nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia. ¡Qué confirmación tan estupenda de lo que han dado y no cesan de dar aquellos que, gracias a Cristo y en Cristo, han alcanzado la verdadera libertad y la han manifestado hasta en condiciones de constricción exterior!


(Juan Pablo II: de la Carta Enciclica Redemptor Hominis, 12)

 

miércoles, 13 de julio de 2022

Juan Pablo II : Asumir el riesgo de la libertad

 


Las dinámicas morales de la búsqueda universal de la libertad han aparecido claramente en Europa central y oriental con las revoluciones no violentas de 1989. Aquellos históricos acontecimientos, acaecidos en tiempos y lugares determinados, han ofrecido, no obstante, una lección que va más allá de los confines de un área geográfica específica. Las revoluciones no violentas de 1989 han demostrado que la búsqueda de la libertad es una exigencia ineludible que brota del reconocimiento de la inestimable dignidad y valor de la persona humana, y acompaña siempre el compromiso en su favor. El totalitarismo moderno ha sido, antes que nada, una agresión a la dignidad de la persona, una agresión que ha llegado incluso a la negación del valor inviolable de su vida. Las revoluciones de 1989 han sido posibles por el esfuerzo de hombres y mujeres valientes, que se inspiraban en una visión diversa y, en última instancia, más profunda y vigorosa: la visión del hombre como persona inteligente y libre, depositaria de un misterio que la transciende, dotada de la capacidad de reflexionar y de elegir y, por tanto, capaz de sabiduría y de virtud. Decisiva, para el éxito de aquellas revoluciones no violentas, fue la experiencia de la solidaridad social: Ante regímenes sostenidos por la fuerza de la propaganda y del terror, aquella solidaridad constituyó el núcleo moral del "poder de los no poderosos", fue una primicia de esperanza y es un aviso sobre la posibilidad que el hombre tiene de seguir, en su camino a lo largo de la historia, la vía de las más nobles aspiraciones del espíritu humano.

(…)

La búsqueda de la libertad en la segunda mitad del Siglo XX ha comprometido no sólo a los individuos, sino también a las naciones. A cincuenta años del final de la Segunda Guerra mundial es importante recordar que aquel conflicto tuvo su origen en violaciones de los derechos de las naciones. Muchas de ellas sufrieron tremendamente por la única razón de ser consideradas "otras". Crímenes terribles fueron cometidos en nombre de doctrinas nefastas, que predicaban la "inferioridad" de algunas naciones y culturas. En un cierto sentido se puede decir que la Organización de las Naciones Unidas nació de la convicción de que semejantes doctrinas eran incompatibles con la paz; y el esfuerzo de la Carta por "preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra" (Preámbulo) implicaba seguramente el compromiso moral de defender a cada nación y cultura de agresiones injustas y violentas.

Por desgracia, incluso después del final de la Segunda Guerra mundial los derechos de las naciones han continuado siendo violados. Por poner sólo algunos ejemplos, los Estados Bálticos y amplios territorios de Ucrania y Bielorrusia fueron absorbidos por la Unión Soviética, como había sucedido ya con Armenia, Azerbaiyán y Georgia en el Cáucaso. Contemporáneamente, las llamadas "democracias populares" de Europa central y oriental perdieron de hecho su soberanía y se les exigió someterse a la voluntad que dominaba el bloque entero. El resultado de esta división artificial de Europa fue la "guerra fría", es decir, una situación de tensión internacional en la que la amenaza del holocausto nuclear estaba suspendida sobre la cabeza de la humanidad. Sólo cuando se restableció la libertad para las naciones de Europa central y oriental, la promesa de paz, que debería haber llegado con el final de la guerra, comenzó a concretarse para muchas de las víctimas de aquel conflicto.

Del discurso del Beato Juan Pablo II a la Quincuagésima Asamblea General de las Naciones Unidas - Nueva York, 5 de octubre de 1995)

 

VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS

jueves, 19 de mayo de 2022

Benedicto XVI la libertad humana y la esperanza cristiana

 


Es verdad que las nuevas generaciones pueden construir a partir de los conocimientos y experiencias de quienes les han precedido, así como aprovecharse del tesoro moral de toda la humanidad. Pero también pueden rechazarlo, ya que éste no puede tener la misma evidencia que los inventos materiales. El tesoro moral de la humanidad no está disponible como lo están en cambio los instrumentos que se usan; existe como invitación a la libertad y como posibilidad para ella. Pero esto significa que:

a) El recto estado de las cosas humanas, el bienestar moral del mundo, nunca puede garantizarse solamente a través de estructuras, por muy válidas que éstas sean. Dichas estructuras no sólo son importantes, sino necesarias; sin embargo, no pueden ni deben dejar al margen la libertad del hombre. Incluso las mejores estructuras funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas convicciones vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre al ordenamiento comunitario. La libertad necesita una convicción; una convicción no existe por sí misma, sino que ha de ser conquistada comunitariamente siempre de nuevo.

b) Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez. La libre adhesión al bien nunca existe simplemente por sí misma. Si hubiera estructuras que establecieran de manera definitiva una determinada –buena– condición del mundo, se negaría la libertad del hombre, y por eso, a fin de cuentas, en modo alguno serían estructuras buenas. (Spe Salvi, 24)

Una consecuencia de lo dicho es que la búsqueda, siempre nueva y fatigosa, de rectos ordenamientos para las realidades humanas es una tarea de cada generación; nunca es una tarea que se pueda dar simplemente por concluida. No obstante, cada generación tiene que ofrecer también su propia aportación para establecer ordenamientos convincentes de libertad y de bien, que ayuden a la generación sucesiva, como orientación al recto uso de la libertad humana y den también así, siempre dentro de los límites humanos, una cierta garantía también para el futuro. Con otras palabras: las buenas estructuras ayudan, pero por sí solas no bastan. El hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior. Francis Bacon y los seguidores de la corriente de pensamiento de la edad moderna inspirada en él, se equivocaban al considerar que el hombre sería redimido por medio de la ciencia. Con semejante expectativa se pide demasiado a la ciencia; esta especie de esperanza es falaz. La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la humanidad. Pero también puede destruir al hombre y al mundo si no está orientada por fuerzas externas a ella misma. Por otra parte, debemos constatar también que el cristianismo moderno, ante los éxitos de la ciencia en la progresiva estructuración del mundo, se ha concentrado en gran parte sólo sobre el individuo y su salvación. Con esto ha reducido el horizonte de su esperanza y no ha reconocido tampoco suficientemente la grandeza de su cometido, si bien es importante lo que ha seguido haciendo para la formación del hombre y la atención de los débiles y de los que sufren.(Spe Salvi, 25)

 No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de « redención » que da un nuevo sentido a su existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: « Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro » (Rm 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre es « redimido », suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha « redimido ». Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana « causa primera » del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: « Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí » (Ga 2,20). (Spe Salvi,26)

 

(Benedicto XVI de la Carta Enciclica sobre la esperanza cristiana) 

 

jueves, 31 de marzo de 2022

Juan Pablo II : la libertad es la prerrogativa mas noble del hombre

 

(Juan Pablo II en Buenos Aires, JMJ  11 de abril 1987)

La libertad es la prerrogativa más noble del hombre. Desde las opciones más íntimas cada persona debe poder expresarse en un acto de determinación consciente, inspirado por su propia conciencia. Sin libertad, los actos humanos quedan vacíos de contenido y desprovistos de valor.

La libertad de la que el hombre fue dotado por el Creador es la capacidad que recibe permanentemente de buscar la verdad con la inteligencia y de seguir con el corazón el bien al que naturalmente aspira, sin ser sometido a ningún tipo de presiones, constricciones y violencias. Pertenece a la dignidad de la persona poder corresponder al imperativo moral de la propia conciencia en la búsqueda de la verdad. Y la verdad —como ha subrayado el Concilio Ecuménico Vaticano II— porque «debe buscarse de modo apropiado a la dignidad de la persona humana y a su naturaleza social» (Decl. Dignitatis humanae, 3), «no se impone de otra manera que por la fuerza de la misma verdad» (Ibid., 1).

La libertad del hombre en la búsqueda de la verdad y en la profesión de las propias convicciones religiosas que está relacionada con ella, para ser mantenida inmune de cualquier coacción de individuos, de grupos sociales y de cualquier potestad humana, debe encontrar una garantía precisa en el ordenamiento jurídico de la sociedad, es decir, debe ser reconocida y ratificada por la ley civil como derecho inalienable de la persona (cf. Ibid., 2).

(del Mensaje del PapaJuan Pablo II para la XXI Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1988)

martes, 22 de marzo de 2022

Juan Pablo II : Que es la libertad?

 


1. «La verdad os hará libres» (Jn 8, 32).

Estas palabras de Jesús constituyen el hilo conductor de la reciente encíclica Veritatis splendor, que ha querido ser un anuncio de verdad y un himno a la libertad: valor tan sentido por el hombre de nuestro tiempo y profundamente apreciado por la Iglesia.

Pero, ¿qué es la libertad?

La cultura contemporánea vive de modo dramático esa pregunta. En efecto, se halla muy difundida la tendencia a considerar la libertad algo absoluto, desligado de todo límite y sentido de responsabilidad. Ahora bien, una libertad así entendida seria evidentemente inauténtica y peligrosa. Por consiguiente, no es casualidad el hecho de que todas las sociedades sientan la necesidad de regular de alguna manera su ejercicio.

¿Dónde encuentra su legitimidad esa regulación? Si se tratara de una intervención puramente pragmática y convencional, sin un arraigo profundo, las sociedades quedarían radicalmente expuestas al triunfo del arbitrio, amenazadas siempre por el atropello y el dominio del más fuerte. La verdadera garantía de una libertad ordenada está en su fundamento moral, reconocido por los individuos y las comunidades en su conjunto.

2. «La verdad os hará libres».

Según el Evangelio, la libertad debe apoyarse sobre el cimiento granítico de la verdad. No todo lo que es posible materialmente resulta también lícito moralmente. La libertad moral no es la facultad de hacer lo que se quiera, sino la capacidad que tiene el ser humano de realizar, sin constricciones, lo que corresponde a su vocación de hijo de Dios, hecho a imagen de su Creador.

El hombre, por consiguiente, no es verdaderamente libre cuando se aparta de las exigencias profundas e inmutables de su naturaleza. Fuera de esta verdad, acabaría por ser prisionero de sus peores instintos, esclavo del pecado (cf. Jn 8, 34), y sus éxitos, tanto personales como sociales, no serían más que desastres, como por desgracia la experiencia demuestra ampliamente.

Pero ¿puede la persona conocer con certeza esa verdad suya? Ésta es, tal vez, la pregunta crucial de nuestro tiempo, tan imbuido de relativismo y escepticismo.

La Iglesia cree en la fuerza de la razón que, «aunque a consecuencia del pecado esté parcialmente oscurecida y debilitada» (Gaudium et spes, 15), nos hace de alguna manera, «partícipes de la luz de la inteligencia divina» (ib.) y, mediante la conciencia, nos orienta sin cesar a la verdad moral. Así pues, lejos de oponerse a la fe, la razón encuentra precisamente en ella un apoyo, una confirmación y una profundización, pues Jesús, el Verbo encarnado, no sólo revela Dios al hombre, sino que también manifiesta plenamente el hombre al propio hombre (cf. ib., 22). Cristo es el Redentor del hombre, el «libertador» de su libertad (Veritatis splendor, 86).


(del  Ángelus de Juan Pablo II 17 de octubre de 1993)

miércoles, 12 de febrero de 2020

Veritatis Splendor – El esplendor de la Verdad


Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 3 29)


La encíclica Veritatis Splendor fue dada a conocer por el Santo Padre Juan Pablo II el 6 de agosto –fiesta de la transfiguración del Señor- del año 1993.
Dirigida eminentemente a los Obispos de la Iglesia contiene valiosa información para todo su pueblo, a todos aquellos que nos preguntamos (o debiéramos preguntarnos) “¿Qué debo hacer? Como puedo discernir el bien del mal?” “La respuesta – dice Juan Pablo II en la encíclica- es posible sólo gracias al esplendor de la verdad que brilla en lo más íntimo del espíritu humano, como dice el salmista: “Muchos dicen: ¿Quien nos hará ver la dicha?” “Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!” (Sal, 4,7) La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, “imagen de Dios invisible” (Col I, 15), “resplandor de su gloria” (Heb I, 3) “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14) :
Él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6)…..Jesucristo, “luz de los pueblos”, ilumina el rostro de su Iglesia, la cual es enviada por Él para anunciar el Evangelio a toda criatura (cf Mc 16,15)”

En el Congreso Internacional sobre la Enciclica Veritatis Splendor, en noviembre 2005, organizado por la Cátedra Juan Pablo II de la UCA  y texto publicado por la Pontificia Universidad Católica Argentina Cátedra Juan Pablo II, con el titulo LA VERDAD LOS HARA LIBRES ,  en noviembre 2005)
explicó el cardenal Javier Lozano Barragán
que la Encíclica se compone de tres partes (que son los tres capítulos)
- en la primera CAPITULO I - "MAESTRO, ¿QUÉ HE DE HACER DE BUENO .....?" (Mt 19,16) “se asienta la base plena de la moralidad";
- en la segunda CAPITULO II - "NO OS CONFORMEIS A LA MENTALIDAD DE ESTE MUNDO" (Rom 12,2) “se tratan problemas fundamentales acerca de la libertad, la ley, la verdad, la conciencia, la opción fundamental y el acto moral”
- en la tercera CAPITULO III - "PARA NO DESVIRTUAR LA CRUZ DE CRISTO" (1 Cor 1,17) “ sus consecuencias para la vida de la Iglesia y del mundo, el martirio, la universalidad de la norma, la vida social y política, la gracia, la nueva Evangelización y el servicio de los teólogos y los pastores”
A su vez - exponía el cardenal Lozano Barragán - La encíclica tiene cinco líneas maestras: l. el criterio ético no puede ser ni el consecuencialismo ni el proporcionalismo moral; 2. “Ens, Verum et Bonum conventuntur” por lo tanto el Bien es objetivo; 3. las reglas éticas no son meras prohibiciones, sino caminos hacia el ens (ente); 4. la bondad o maldad de una acción no depende del consenso; 5. el fundamento de la acción ética es el valor-dignidad de la persona” y agrega que “en la encíclica se abunda en el concepto de la ley natural, que significa que el seguimiento de Cristo se hace desde la intimidad de la conciencia de cada uno; la conciencia es iluminada por la Sabiduría divina, esta iluminación es la ley natural. Esta iluminación desemboca en último término en el seguimiento de Cristo”
La Encíclica Veritatis Splendor es un valioso documento en defensa de la verdad, la libertad y la vida que emitió Juan Pablo II como parte de su “extenso programa en implementar el Concilio Vaticano II” (Weigel) donde ratifica su riqueza hasta en términos que fueron duramente criticados por sectores dentro de la Iglesia y sin embargo aceptados con apertura por otras religiones p.ej. “Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna”. Y prosigue: “Dios, en su providencia, tampoco niega la ayuda necesaria a los que, sin culpa, todavía no han llegado a conocer claramente a Dios, pero se esfuerzan con su gracia en vivir con honradez…” términos complejos que, que sin embargo, debemos comprender en todo su sentido, como explicaba el Cardenal Georges Cottier en el Congreso de la UCA (A) “las personas tienen derecho a ser respetadas en su propio camino de búsqueda de la verdad, pero antes existe la obligación moral de buscar la verdad, y una vez, conocida adherir a ella”
Dice George Weigel en Testigo de Esperanza que la Encíclica ya había sido anunciada por Juan Pablo II en 1987 en su carta apostólica Spiritus Domini publicada en el 200 aniversario de San Alfonso Maria de Ligorio, concluyendo que estuvo en preparación durante seis largos años.
Juan Pablo II creyó conveniente – lo menciona en la Encíclica – que le precediera en su publicación el Catecismo de la Iglesia Católica, que presenta la vida moral de los creyentes en sus fundamentos y en sus múltiples contenidos como vida de “los hijos de Dios”…..por lo tanto la Encíclica se limitaría a “afrontar algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia, bajo la forma de un necesario discernimiento sobre problemas controvertidos entre los estudiosos de la ética y de la teología moral. Este es el objeto especifico de la presente encíclica” expresa Juan Pablo II en la Introducción.
En la preparación de la Encíclica participaron y colaboraron varias comisiones papales y fueron consultados obispos y teólogos de todo el mundo. Opina Weigel que Veritatis Splendor fue un marco para el futuro desarrollo de la teología moral católica que continuara dándole forma a la vida católica bien avanzado el siglo XXI y probablemente más allá aún.
En este momento político de la Argentina quizás debiéramos releer todos no solo la Encíclica sino también la presentación del Prof. Jaroslav Merecki en el ya mencionado Congreso  “La verdad como problema político” donde expresa “Mi tesis es que no podemos, ni comprender ni practicar la política en un mundo auténticamente humano, sin hacer referencia a la verdad…en el contexto de la cultura moderna, hablar de la verdad en la política es provocativo, o incluso peligroso. Provocativo porque la visión moderna de la política se desarrolla justamente a partir del abandono de este concepto en la comprensión de la vida publica” O cuando cita Centesimus Annus “una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo visible o encubierto como lo demuestra la historia…”



viernes, 27 de diciembre de 2019

Javier Lozano Barragán: Las tres partes de Veritatis Splendor



Como es sabido VeritatisSplendor tiene tres partes:
En la primera se asienta la base plena de moralidad;  en la segunda se tratan problemas fundamentales acerca de la libertad, la ley, la verdad, la conciencia, la opción fundamental y el acto moral y en la tercera;  sus consecuencias para la vida de la Iglesia y del mundo, el martirio, la universalidad de la norma, la vida social  y política, la gracia, la nueva Evangelización y el servicio de los teólogos y los pastores.
Especificando más:
En el primer capítulo el Papa nos dice que la norma moral cristiana es el seguimiento de Cristo. Cristo se lo propone al joven rico: Dios es el único bueno, por tanto la única normal. El camino son los 10 mandamientos. Se perfeccionan por el seguimiento pleno de Cristo en un amor total a Él y a los demás.
En el capitulo segundo afirma que se han relativizado hoy las normas éticas. Se quisiera tener solo una certeza matemática. Como en moral los hombres piensan diferente en cuanto a las normas estiman que no existe así ninguna valida y hay que contentarse con la sabiduría de cada uno Aun entre algunos teólogos se suele decir que hay que tener una norma suprema que es el amor a Dios y a los demás, esa es la opción fundamental, de aquí se deducirán algunas leyes que siempre habrá que cumplir. Pero hay otras que se llaman “premorales” y son las que se refieren al cuerpo, como la salud, a la integridad vital, la reproducción, etc. Estas se miden de acuerdo a la opción fundamental descrita y a los principios prácticos del teleologismo, consciencialismo y proporcionalismo. De manera que no hay acciones buenas o malas en si sino que todo depende de la intención con la que se hagan. Lo bueno es lo mejor en este caso concreto. El Papa reacciona contra esta manera de pensar y afirma que contra este maniqueísmo hay que afirmar fuertemente la unidad cuerpo y alma y la moralidad como un todo. Verdad y libertad es otro de los puntos básicos que considera aquí el Santo Padre; la libertad no es fuente de verdad ni por tanto, puede ser autónoma.
En el tercer capítulo se reconoce la dificultad de actuar bien, que solo se logra con la gracia de Dios, por la fuerza del Espíritu Santo, los santos son el ejemplo de superación a esta dificultad, en especial los mártires. El Magisterio ayuda a encontrar la verdad moral, asi se propicia el dialogo con los teólogos moralistas.

viernes, 1 de noviembre de 2019

El precioso don de la verdad y la libertad



Juan Pablo II nunca dejo de recordar que cuando los hombres  se olvidan de la verdad y su conciencia, “se olvida” en ellos la libertad y,  en consecuencia,  se pierde la capacidad de distinguir el bien del mal.    La distinguen solo los hombres responsables, o sea aquellos que responden al Amor.  En Persona y acto Karol Wojtyla habla de la verdad del hombre y de su libertad,  o sea poseerse a sí mismo, que quiere decir poseer la idoneidad de darse a sí mismo a los demás, cuando su amor los llama a ser amor.  La dramática belleza de la verdad y la libertad la canta en el poema Cuando yo pienso: Patria. El deseo de la verdad del bien y lo bello conduce al acto de la creación, en el cual Dios ve que todo aquello que sus ojos encendieron a su existencia es muy bello y muy bueno, y conduce al Juicio Final, en el cual se rendirá cuenta si el hombre ha cumplido la justicia del Amor. En la comunión con el Rostro (theos) de Dios Karol Wojtyla hacia de su propia vida una obra de arte, buscando que fuera digna respuesta al Amor con el cual la belleza de Su Palabra lo llamaba a la labor,   para resurgir. En toda bella obra de arte, pero ante todo en aquella cuando el hombre es hombre, la invisible belleza eterna de Dios se convierte de alguna manera en algo visible en el tiempo, se refleja en ello en la historia del hombre que se extiende entre el Principio y el Fin, como el cielo estrellado se refleja en las aguas del lago.  Al final veremos hasta qué punto ha sido enturbiado el reflejo del cielo estrellado en nuestras aguas.   

La libertad no se posee como se poseen los objetos comprados. Todos los días hay que luchar por la libertad. Es así que hay que luchar por el amor y su belleza, es así que hay que luchar por la verdad y el bien. Es fácil perderlos y con ellos perderse a si mismo.  «La libertad, la pagas con todo tu ser – por eso llamaras libertad  a aquella, que mientras la pagas, te ayuda a poseerte a ti mismo siempre de nuevo»  El antiguo epigrama que demanda de la libertad- quid sit veritas? Debería también extenderse a la pregunta sobre la libertad – quid sit libertas?  La respuesta debería sonar veritas atque libertas sunt vir qui adest. La verdad y la libertad se producen en el profético ad-sum! De  persona a persona, en su parusía.  De allí la parousia de Dios para todos los hombres. Por medio de la comunión en la presencia reciproca de los hombres se desanuda el camino que conduce a la Comunión con el Padre y con su Palabra filial, o sea al Principio de la verdad y la libertad, que ocurren en la historia, y al Final en la cual encontraran su consumación.

«La libertad es una conquista continua, no basta solo con poseerla?  Nos viene como un regalo. Pero se la mantiene luchando. Regalo y lucha se inscriben en nuestros mapas secretos, y sin embargo, evidentes.» 

Todos hemos recibido el don impagable de la vida, por eso es aun más apreciado el don de la verdad y el de la libertad.  El drama de cada hombre se desanuda en la tensión entre el don de la vida y el don de la verdad y de la libertad. Pero el don de la verdad y de la libertad es necesario pagarlo con el don de la vida. Con ninguna otra cosa,  porque cualquiera que fuese tiene un precio bien determinado. Por eso la vida por la verdad y la libertad es inseparable del heroísmo. En ello se revela la belleza del hombre – de aquel “sacerdote aun no consciente”. De modo particular se revela en el heroísmo del sacerdote de la Eucaristía.

« La verdad es una forma de amor» dice Juan Pablo II a los jóvenes durante uno de los encuentros mundiales de la juventud. La verdad de hecho es la belleza del amor.  Asi como el amor, también la verdad se expresa con el trabajo real, o sea con el servicio a los demás, y con el silencio real más que con las palabras. No debemos maravillarnos que los hombres que viven de una manera tan real, quiere decir aquellos que aman a los demás y les sirven en silencio real, no se arrodillan ni delante a la política ni a la economía. Todo aquello que tiene un precio lo ceden a cambio de la verdad, de la libertad, de la belleza,  que solo pueden consolar al hombre despertando en él la esperanza de no perder al final nada de aquello pagado para conquistarla.  Todo le rendirá ciento por ciento (Mt 19,29).

La belleza de la verdad y del bien que surgen del amor se confía a los hombres sencillos. A los hombres doctos se le confía solo cuando ellos “olvidan” sus construcciones eruditas y se convierten a la sencillez de aquello que no tiene precio. Una vez, en la oscuridad de un atardecer tardío, mi madre, una campesina sencilla,  escuchaba conmigo los Nocturnos de Chopin.  Cuando el piano se silencia me dice sólo esto. «Esta música es tan triste que puede llegar a consolar también a un hombre triste».  En esos momentos el hombre dirige la evolución del universo según las leyes pensadas en el misterio del Principio. Son momentos en los cuales Dios nos revela a los ojos de los hombres un fragmento de Su belleza que le da a la vida el sentido y el valor que no tiene precio. Para esos momentos pascuales de la belleza Juan Pablo II ha escrito su correspondiente antropología. La ha escrito como hombre y como sacerdote  y ante todo con la vida, y solo en segundo término con las palabras.

Stanislaw Gryegel : Dialogando con Juan Pablo II, Cantagalli, 2013