Una llama es quizás la imagen
que mejor refleja lo esencial de la inspiración de Francisco. “Nosotros
jesuitas”, escribía el padre Jorge Mario Bergoglio de joven, “sabemos bien que
el fuego de la mayor gloria de Dios nos invade y nos envuelve en una llama
interior que nos centra y a la vez nos expande, nos engrandece y nos
empequeñece.” A veces, su propio cuerpo, cuando podía, experimentaba una
sacudida que le hacía salir de sí, dirigirse hacia afuera, hacía lo que para él
siempre había sido “el pueblo de Dios en marcha”. Por esa razón Francisco se
sumergía en la historia, en los acontecimientos del mundo, se forzaba a sí
mismo, se encendía, haciendo desesperar en ocasiones a quienes pretendían
encajarlo en la normalidad. Hay una llama que siempre lo ha movido muy desde
dentro: la “paz en el ajetreo”, oxímoron por excelencia de los jesuitas, fruto
del “discernimiento”. Contraseña ignaciana por excelencia, que significa captar
interiormente la voz de Dios, reconocer instintivamente su presencia en el
mundo, incluso allí donde todo nos dice que debería estar en otra parte. Es
típico de todo jesuita considerar que nada humano es ajeno a lo divino: “buscar
y encontrar a Dios en todas las cosas” era el lema de San Ignacio. Esto ha dado
como resultado un Francisco abierto, curioso, dialéctico.
Francisco
no es que haya simplemente abierto las puertas de la Iglesia, es que las ha
dejado abiertas de par en par para todos,
todos, todos. No con el fin de que nos quedáramos dentro, como ha repetido
en más de una ocasión, sino para que el Señor pudiera salir y recorrer nuestros
caminos. Y los caminos – otra imagen muy jesuítica, dicha por el mismo Ignacio,
que se definía a sí mismo como “el peregrino” – para Bergoglio han solido ser
accidentados. Nunca ha contemplado ante sí un camino llano. Para él era mejor
caer y hacerse daño que permanecer quieto y a salvo, que balconear, mirando la vida desde el balcón.
En
este sentido, ha tenido siempre una visión “apostólica” más que sencillamente
“pastoral”. El jesuita sabe que su tarea no es pastorear el rebaño, esquilar
sus ovejas y peinar su lana, sino salir en busca de la oveja perdida.
Precisando realistamente, como Bergoglio, que ahora queda una sola oveja en el
redil y parece que las otras noventa y nueve se hayan escapado. La suya, por
tanto, siempre ha sido una Iglesia en salida.
Por esa razón ha predicado una Iglesia inclusiva; era más
comunicativo con los periodistas de la prensa laica que con los de los medios
religiosos; por eso ha querido hablar con todo el mundo, incluso con personas y
líderes que otros mantenían siempre a distancia. Políticos y religiosos: desde
Min Aung Hlaing, jefe del ejército de Myanmar, responsable de las operaciones
contra sus queridos rohingya, hasta el patriarca ruso Kirill, al que no ha
ahorrado duras críticas, pero para el que siempre ha mantenido la puerta
abierta. Por eso Bergoglio postulaba siempre un pensamiento abierto, aunque
fuera “incompleto”. Hay que salir de los esquemas (consideraba que Yalta era
uno más), de los estrictos razonamientos lógicos. Hay que desbordar, salir de los límites,
“rebosar”, impulsados por el genio del espíritu más que por el rigor de la
idea. De joven jesuita escribió que no debemos mirar la historia “con aquella
distancia científica que nace de la curiosidad por los hechos del pasado, ni
con el deseo de imponer una ideología predeterminada”. Hablaba de la historia
de la Compañía, pero lo mismo vale para la historia en general.
Francisco no ha querido nunca
diseñar planes quinquenales que se inspirasen en ideas o ideologías, ni
entregarse a utopía alguna. Claro que se comprometía desde el punto de vista
organizativo, pero se mantenía siempre dispuesto a improvisar, movido por la oración
y por la “consolación”, es decir, por la percepción de la voluntad de Dios que
infunde paz en el alma. Como en aquella ocasión, por ejemplo, en que se inclinó
para besar los zapatos de los líderes de Sudán del Sur, llegados al Vaticano en
un intento de paz. Me dijo que, nada más entrar en la sala donde se
encontraban, sintió un fortísimo impulso interior que le empujaba a hacerlo. Es
solo un ejemplo, pero muy revelador de su forma de actuar. Su modelo era Pedro
Fabro, uno de los primeros compañeros de Ignacio de Loyola, que permaneció
beato durante siglos y al que Bergoglio canonizó. Hombre muy querido para
Michel de Certeau, gran jesuita “anómalo” a su manera.
La anomalía ha sido para
Francisco otra forma de ser jesuita. En el pasado su relación con la orden
había sido complicada, anómala. Sus escritos, que contenían básicamente lo que
luego diría en su pontificado, fueron incluso llevados a la hoguera. Su estilo
pastoral fue malinterpretado y hostigado. La profunda reconexión entre
Bergoglio y su orden se la debemos a la sabiduría de un Padre General como
Adolfo Nicolás. La Civiltà Cattolicaha
desempeñado, en este particular, una función muy clara a lo largo de varios
años. Durante la Congregación General de la orden, tras la dimisión de Nicolás,
se percibió en la Compañía cierto desconcierto ante la profecía bergogliana,
pero también un deseo por buscar la actitud correcta, acorde con el espíritu de
sus Constituciones. Bergoglio siempre ha constituido, de una forma u otra, una patata caliente. Y él nunca ha perdido la
oportunidad de declararse hijo de la Compañía de Jesús y de mantener un
profundo diálogo con los jesuitas, algo que lograba singular expresión en
conversaciones privadas durante sus viajes apostólicos. Su transcripción – que
el Papa me ha permitido publicar en cada ocasión – constituye una especie de
acción entre bastidores del pontificado.
Los caminos de Francisco han
atravesado el mundo entero. Francisco, a quien nunca gustó viajar, lo ha
recorrido a todo lo largo y lo ancho. Pero sintió que debía hacerlo para
confirmar la fe del pueblo católico, y, no menos, para palpar las heridas
abiertas de este mundo. Basta pensar en la República Centroafricana y en Irak,
por citar solo dos ejemplos. No se palpa con el pensamiento, sino con la mano. La
Iglesia es “un hospital de campaña después de la batalla”, me dijo en la
primera entrevista que le hice en 2013, apenas tres meses después de su
elección. Como una madre, no quiso nunca acercarse a sus hijos en una “caja de
cristal”, y se impuso cuando lo querían forzar a subir a un papamóvil cerrado o
incluso blindado. Viajó al modo del jesuita, que proverbialmente considera el
billete de avión o de tren como la verdadera llave de su casa.
Todavía
joven escribía Bergoglio que la mirada del jesuita “se posa sobre patios, pero
vislumbra praderas, ve fragmentos, pero contempla formas”. Desde su pequeño
estudio de Santa Marta abarcaba con la vista el mundo entero, y desde allí
observaba continuamente fragmentos, para conectarlos y comprender las formas,
como en el caso de la “guerra mundial por partes”, amargamente profetizada ya
en 2014. Detestó siempre el término “geopolítica”, que le recordaba el tablero
del Risk, pero amó siempre la “diplomacia”. Y añadía: “la diplomacia de las
rodillas”. Porque consideraba que el diálogo político (y sobre todo el
multilateral) era necesario y, para un creyente, una especie de lugar sagrado
de oración y contemplación. Para este aspecto se inspiraba en el lema de los
jesuitas: contemplativus in actione.
Así era el Papa Francisco: de hecho, un contemplativo en la acción.
Fuente: Jesuitas, publicado el 2 de mayo de 2025


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