La imagen
de Jesucristo, Pastor de la
Iglesia, su grey, vuelve a proponer, con matices nuevos y más
sugestivos, los mismos contenidos de la imagen de Jesucristo, Cabeza y Siervo.
Verificándose el anuncio profético del Mesías Salvador, cantado gozosamente por
el salmista y por el profeta Ezequiel (cf. Sal 22-23; Ez 34, 11ss), Jesús se presenta a sí
mismo como «el buen Pastor» (Jn 10,
11.14), no sólo de Israel, sino de todos los hombres (cf. Jn 10, 16). Y su vida es una
manifestación ininterrumpida, es más, una realización diaria de su «caridad
pastoral». Él siente compasión de las gentes, porque están cansadas y abatidas,
como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36);
él busca las dispersas y las descarriadas (cf. Mt 18,
12-14) y hace fiesta al encontrarlas, las recoge y defiende, las conoce y llama
una a una (cf. Jn 10, 3), las
conduce a los pastos frescos y a las aguas tranquilas (cf. Sal 22-23), para ellas prepara una
mesa, alimentándolas con su propia vida. Esta vida la ofrece el buen Pastor con
su muerte y resurrección, como canta la liturgia romana de la Iglesia: «Ha
resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por
su grey. Aleluya»[48].
Pedro llama a
Jesús el «supremo Pastor» (1 Pe 5,
4), porque su obra y misión continúan en la Iglesia a través de los apóstoles
(cf. Jn 21, 15-17) y sus
sucesores (cf.1 Pe 5, 1ss), y a
través de los presbíteros. En virtud de su consagración, los presbíteros están
configurados con Jesús, buen Pastor, y llamados a imitar y revivir su misma
caridad pastoral.
(de la Exhortación
Apostólica Pastores Dabo Vobis de
Juan Pablo II – 25 de marzo de 1992)

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