Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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sábado, 27 de septiembre de 2025

Cardenal Paul Poupard : El Concilio Vaticano II (3 de 3)

 

 (publicado en el Nro 68 de la RevistaHumanitas, Chile al estar cumplindose los 50 años del Concilio Vaticano II) 

 El misterio de la Iglesia: en el mundo y su tiempo



En su carta apostólica Tertio Millennio Advenientedel 10 de noviembre de 1994, el Papa Juan Pablo II, que fue uno de los Padres más jóvenes y también uno de los más activos del Concilio, lo presenta así:

«El Concilio Vaticano II constituye un acontecimiento providencial gracias al cual la Iglesia ha iniciado la preparación próxima del Jubileo del segundo milenio. Se trata de un concilio semejante a los anteriores, aunque muy diferente: un concilio centrado en el misterio de Cristo y de su Iglesia, y al mismo tiempo abierto al mundo, contribución que marca la preparación de la nueva primavera de vida cristiana que deberá manifestar el Gran Jubileo si los cristianos son dóciles a la acción del Espíritu Santo».

De acuerdo con la orientación propuesta por el cardenal Montini a los Padres del Concilio —previamente presentada a Juan XXIII y aceptada por él— al terminar la primera sesión, se relee, reduce y reorienta el conjunto inconexo de los 70 esquemas preparatorios para presentar el misterio de la Iglesia a los hombres de nuestro tiempo a la luz de Jesús, Verbo de Dios, que resplandece sobre su rostro e ilumina en ella los elementos humanos y divinos, visibles e invisibles, como una realidad de fe, rica de vida, portadora de esperanza y desbordante de amor, ad intra y ad extra. No es la Iglesia la luz de las naciones, sino Cristo, del cual ella debe ser el reflejo y la mensajera, la Iglesia que los cristianos que viven en el mundo actual deben redescubrir en su misterio de fe, para presentarla a los hombres: son las dos grandes constituciones conciliares, la constitución dogmática Lumen gentium y la constitución pastoral Gaudium et spes.

(…)

La sorprendente actualidad del Concilio



El Concilio Vaticano II, nacido de una decisión de Juan XXIII, que maduró en el estudio y la oración, quiso rejuvenecer la Iglesia, lo cual para él significaba “aclarar el pensamiento, afianzar la unidad religiosa, avivar el fervor cristiano” (25 de enero de 1959).


Pero, acordándose tal vez de la vieja ley que recordaba Newman, el 7 de agosto de 1870, a una de las personas con las cuales se escribía: “Debemos recordar que rara vez ha habido un concilio al cual no haya seguido una gran confusión” (Cardenal John Henry Newman, Pensées sur l’Église, Cerf, col. Unam Sanctam, No. 30, p. 112), Juan XXIII agregaba, en la audiencia general del 5 de septiembre de 1959: “No debemos creer, sin embargo, que después del Concilio Ecuménico Vaticano II la paz será perfecta en el mundo. No debemos pensar que la vida en la tierra, a consecuencia de la renovación y el bienestar espiritual, será una especie de anticipación de la permanencia bienaventurada en el cielo. Desgraciadamente, en la existencia siempre estarán presentes las cargas y las angustias propias del peregrinaje terrenal. --- Sin embargo, habrá más claridad y las almas estarán mejor preparadas y dispuestas para recibir la ayuda del Señor”.

Newman tenía razón. Muchos concilios fueron seguidos de un largo período de debates, ciertamente de confusión en torno a los puntos de doctrina abordados, y también de falta de dedicación a la puesta en ejecución. En su carta del 6 de enero de 2001, Juan Pablo II se preguntaba cómo era realmente la situación cincuenta años después del Concilio Vaticano II. “¡Cuánta riqueza, queridos hermanos y hermanas, en las orientaciones que nos dio el Concilio Vaticano II! Por eso, en la preparación del Gran Jubileo, he pedido a la Iglesia que se interrogase sobre la acogida del Concilio. ¿Se ha hecho?” Al Concilio Vaticano II acompañó y sobre todo siguió una mutación sociocultural cuya amplitud, radicalidad, rapidez y carácter cósmico no tienen equivalente: el triunfo de los métodos críticos, la invasión de las ciencias humanas, la rebelión de parte de la juventud, la urbanización galopante, la secularización radical, la crisis del magisterio, el desinterés por todo cuanto proviene de una jerarquía, el acaparamiento de las cosas terrenales y la invasión de lo económico.

(…)

“A medida que pasan los años —declaraba Juan Pablo II el 6 de enero de 2001— los textos del Concilio no pierden nada de su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. Después de concluir el Jubileo siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” (Novo millennio ineunte, n. 57).

En cuanto a su sucesor Benedicto XVI, su preocupación principal es poner en ejecución todo el Concilio de manera orgánica, en la continuidad de la Iglesia. En una cultura que todo lo aplana, nos recuerda —y lo ha dicho con fuerza ante sus compatriotas alemanes— que nuestro Padre del Cielo nos llama a vivir como hermanos responsables en la tierra, en la salvaguardia de la creación, el respeto a nuestros hermanos de todas las culturas y religiones, y siendo consecuentes con nuestra identidad propia de cristianos, amigos y discípulos de Jesús.

Sobre el autor : Nacido en Angers, Francia, el 30 de agosto de 1930. Tras sus estudios fue ordenado sacerdote en 1954. Se doctoró en Teología e Historia en La Sorbona, con una tesis sobre la relación entre razón y fe y entre la Iglesia y el Estado. Entre 1959 y 1971, fue oficial de la Secretaría de Estado y capellán del Instituto de San Doménico en Roma. En este cargo, estuvo presente en la solemne apertura del Concilio Vaticano II y trabajó junto a Juan XXIII y Pablo VI. De vuelta a Francia, se desempeñó durante diez años como rector del Instituto Católico de París. En 1979 fue nombrado auxiliar del arzobispo de París y llamado a unirse al Colegio de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y al Secretariado para los No Cristianos. Ha recibido reconocimientos como Gran Premio Cardenal Grente de la Academia Francesa, Caballero de la Legión de Honor, entre otros. Creado cardenal el 27 de mayo de 1985, fue presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo con los No Creyentes hasta el 4 de abril de 1993, cuando este se fusionó con el Consejo Pontificio para la Cultura. Desde 1988 hasta 2007 fue presidente del Consejo Pontificio para la Cultura y presidente emérito del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. Ver mas   

Fuente Revista Humanitas, Chile

 

 

Cardenal Paul Poupard : El Concilio Vaticano II (2 de 3)

 

 (publicado en el Nro 68 de la Revista Humanitas, Chile al estar acumplindose los 50 años del Concilio Vaticano II) 

 


Benedicto XVI se preguntó con valentía y sencillez:«¿Cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha sido recibido de modo correcto? En la recepción del Concilio, ¿qué se ha hecho bien?, ¿qué ha sido insuficiente o equivocado?, ¿qué queda aún por hacer?Nadie puede negar que, en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil (...) Surge la pregunta: ¿Por qué? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos.Por una parte existe una interpretación que podría llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de un dector de la teología moderna. Por otra parte, está la “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.Cuarenta años después del concilio podemos constatar que lo positivo es más grande y más vivo de lo que pudiera parecer en la agitación de los años cercanos a 1968. Hoy vemos que la semilla buena, a pesar de desarrollarse lentamente, crece, y así crece también nuestra profunda gratitud por la obra realizada por el Concilio (...).

Así hoy podemos volver con gratitud nuestra mirada al Concilio Vaticano II: si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».

(…)

Para llevar a cabo este exigente programa, el Concilio nos dejó un conjunto de textos impresionante. Al releerlos al cabo de veinte años, el Sínodo extraordinario de los Obispos convocado por Juan Pablo II en 1985 tuvo el mérito de poner de relieve con toda claridad los cuatro pilares fundamentales del Concilio a partir de las cuatro constituciones dedicadas a los mismos: la Revelación (Dei verbum), la Iglesia (Lumen gentium),la liturgia (Sacrosanctumconcilium)la misión de la Iglesia en el mundo (Gaudium et spes) 

He aquí, en resumen, lo esencial:


En primer lugar, como dice Juan Pablo II en su carta apostólica Novo Millennio Ineunte  al concluir el Gran Jubileo del año 2000, el redescubrimiento de la Iglesia como misterio, es decir, como “pueblo unido de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no podía no incluir también el redescubrimiento de su ‘santidad’, entendida en el sentido fundamental de ser propia de Aquel que es por excelencia el Santo, el ‘tres veces Santo’, con el ‘llamado universal a la santidad’, ese ‘alto grado’ de la vida cristiana común: toda la vida de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe conducir en esa dirección. La Iglesia es misterio de gracia. Cada bautizado es responsable en ella, en su lugar, no solo de su salvación personal, sino también de la fidelidad de la Iglesia a su misión, para la cual tiene el deber de hacer fructificar su don de gracia, recibido en el bautismo y alimentado por los sacramentos, en especial la Eucaristía, y por la Palabra de Dios. En la Iglesia, todos los ministerios, comenzando por el del Papa, están al servicio de esta comunión eclesial fortalecida por la educación cristiana, de la cual los padres son los primeros responsables” (Declaración Gravissimum educationis sobre la educación cristiana).  

(…)

2. La restauración de la liturgia es sin duda alguna el fruto más visible del Concilio y también el que ha provocado el mayor número de reacciones contrastantes y ampliamente mediatizadas. ¿Qué pretendió el Concilio? Lo cito en su Constitución Sacrosanctum concilium: 

 “Organizar los textos y los ritos de tal manera que expresen con mayor claridad las realidades simples que representan y que el pueblo cristiano, en la medida de lo posible, pueda comprenderlos fácilmente y participar en los mismos mediante una celebración plena, activa y comunitaria” para “hacer progresar la vida cristiana día a día entre los fieles”. A un cuarto de siglo de distancia de la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia, el 4 de diciembre de 1988, Juan Pablo II publica una carta apostólica en la cual hace suya la apreciación positiva del Sínodo extraordinario de los obispos reunido por su iniciativa en Roma, en 1985, para revivir el Concilio como experiencia espiritual, verificar lo que ha inspirado en la vida de la Iglesia, profundizar su mensaje y proseguir con su aplicación: “La renovación litúrgica es el fruto más claro de toda la obra conciliar. Al mismo tiempo, como reconoce el Papa, la implementación del Concilio ha tropezado con dificultades considerables. Ciertos fieles han retrocedido a las formas litúrgicas anteriores. Otros han promovido innovaciones fantasiosas, omisiones o añadidos ilícitos y confusiones entre el sacerdocio ministerial vinculado con la ordenación sacramental y el sacerdocio común de los fieles cuyo fundamento reside en el bautismo.

(…)

El Papa Benedicto XVI, como somos testigos, no deja de recurrir a todos los medios posibles para una reconciliación con la Fraternidad San Pío X de monseñor Lefebvre (ver Gérard Leclerc, Rome et les Lefebvristes, Le Dossier, Salvator, 2009), y al respecto ha liberalizado el uso de la liturgia vigente con anterioridad al Concilio Vaticano II, convertida en “forma extraordinaria” del rito romano, permaneciendo el Misal de Pablo VI como “la forma ordinaria”, mediante el Motu proprio “Summorum Pontificum” del 7 de julio de 2007, con el fin de ofrecer a todos los fieles el uso más antiguo de la liturgia romana, considerada un tesoro precioso que se debe conservar; garantizar y asegurar realmente a quienes lo solicitan el uso de la forma extraordinaria y favorecer la reconciliación en el seno de la Iglesia. La instrucción de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, del 30 de abril de 2011, titulada Universae Ecclesiae, señala las modalidades de aplicación (ver D.C. del 19 de junio de 2011, No. 2470, pp. 572-578)

3. La primacía de la Palabra de Dios: la Revelación es Cristo preparado en una historia, el Antiguo Testamento; manifestado en un tiempo histórico, los Evangelios; transmitido en la Iglesia ante todo por la palabra viva de los testigos, y fijado en la Escritura santa de la cual Dios mismo es el autor en la medida en que es Él quien la ha inspirado. Para que el Evangelio se conserve intacto y vivo en la Iglesia, los apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos, su propio ministerio de enseñanza. Y la Revelación divina se transmitió así en su integridad a través de la santa Tradición y la Sagrada Escritura auténticamente interpretada por el magisterio. La Tradición proveniente de los apóstoles no es una materia inerte, sino un cuerpo vivo que se desarrolla en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo.

4. La apertura hacia todos los que no son miembros de la Iglesia, catalogados hasta ese momento como “de afuera”. En una mirada de fe, la visión de la encíclica Ecclesiam suam de Pablo VI, del 6 de agosto de 1964, de los tres círculos concéntricos —no católicos, no cristianos y no creyentes— los abarca a todos en la voluntad universal de salvación de Dios, a través de Cristo, único Salvador, de una manera que solo Él conoce, ya que nadie es abandonado por la gracia y cada uno debe seguir a su conciencia, que tiene el deber de iluminar. A nadie se le puede impedir ni obligar a creer, señala la Declaración Dignitatis humanae  sobre la libertad religiosa. Se crean tres dicasterios para poner en ejecución los decretos conciliares: Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo y las relaciones de la Iglesia con las iglesias orientales ortodoxas —otro decreto, Orientalium ecclesiarum, está dedicado a las iglesias orientales católicas— y las iglesias y comunidades eclesiales separadas en Occidente; Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas —el hinduismo, el budismo, la religión musulmana y la religión judía—, y Gaudium et spessobre los ateos, agnósticos, indiferentes, no creyentes.

 

Cardenal Paul Poupard : El Concilio Vaticano II (1 de 3)

 

 (publicado en el Nro 68 de la RevistaHumanitas, Chile al estar cumpliéndose los 50 años del Concilio Vaticano II) 

 


Al Concilio Vaticano II acompañó y sobre todo siguió una mutación sociocultural cuya amplitud, radicalidad, rapidez y carácter cósmico no tienen equivalente: el triunfo de los métodos críticos, la invasión de las ciencias humanas, la rebelión de parte de la juventud, la urbanización galopante, la secularización radical, la crisis del magisterio, el desinterés por todo cuanto proviene de una jerarquía, el acaparamiento de las cosas terrenales y la invasión de lo económico.

Lo recuerdo, era ayer, en ese otoño ya lejano de 1959. Angelo Giuseppe Roncalli había sucedido el año anterior al Papa Pío XII con el nombre de Juan XXIII. El viejo campesino lombardo, que en la sede de Pedro decían ser de transición, heredaba una Iglesia con tranquilas certezas en un mundo que, tras los crujidos de la Segunda Guerra Mundial, aspiraba a disfrutar la vida intensamente. Para asombro de todos, acababa de convocar un Concilio. Muchos no sabían ni siquiera de qué se trataba. Y prácticamente nadie lo esperaba. Mis profesores de la Facultad de Teología de Angers estaban convencidos de que a partir de la definición de la infalibilidad del Papa ya no era necesario un concilio.

Con su estilo pragmático, el buen Papa Juan, como lo llamaban —y también Juan extramuros—, desmentía la idea. Sería preciso por tanto aceptar la situación. Para algunos, eso era algo difícil. El Papa los ayudaba, sin grandes teorías, mediante numerosas confidencias en privado y en público. Todos mis visitantes en la Secretaría de Estado me decían que en cada audiencia Juan XXIII les hablaba del Concilio en su lenguaje familiar: “Una verdadera alegría para la Iglesia universal de Cristo, eso es lo que pretende ser el nuevo Concilio Ecuménico. En materia de concilio, somos todos novicios. El Espíritu Santo estará ahí cuando todos los obispos se reúnan. ¡Y se verá claramente! Será la flor espontánea de una primavera inesperada. El Concilio no es una asamblea especulativa; es un organismo vivo y vibrante, que abarca al mundo entero; una casa adornada para una fiesta, que resplandece con su decoración de primavera, donde la Iglesia llama a todos los hombres hacia ella”. “El Concilio —decía él, agregando el gesto a la palabra— es la ventana abierta, o también es sacar el polvo y barrer la casa, poner flores en ella y abrir la puerta diciendo a todos: ‘Vengan a ver. Aquí está la casa del Buen Dios’. El Concilio hará subir al Cielo un canto primaveral de juventud”. A los arquitectos les decía: “El Concilio quiere construir un edificio nuevo sobre los fundamentos colocados en el curso de la historia”. A una orquesta: “Será una poderosa sinfonía”. Y a todos: “Produce en todo el mundo una gran esperanza. ¿Qué puede ser un concilio sino la renovación del encuentro con el rostro de Jesús Resucitado? El Concilio es la Iglesia iluminando al mundo a través de los siglos. Sí, luz de Cristo, Iglesia de Cristo, luz de las naciones...” (Ver Documentación católica, T. LIX, 7 de octubre de 1962, No. 1385, El Concilio).


Luego tuvo lugar en la Plaza San Pedro la inolvidable procesión de los dos mil 860 padres, provenientes de 141 países; los obispos con mitra blanca, con el anciano Pontífice Papa en intenso recogimiento, como un bloque de oración; la interminable celebración —más de cinco horas en la Basílica de San Pedro— marcada por la extensa e impresionante homilía del viejo pontífice, con una voz sorprendentemente joven, firme y clara, fustigando a los profetas de desgracias y enunciando la famosa distinción entre el depósito de la fe y la forma del anuncio, debiendo este conservar no obstante el mismo sentido y el mismo alcance. La voz vigorosa resuena aún en mis oídos, marcada por un gesto resuelto: “Será preciso dar mucha importancia a esta forma y trabajar con paciencia, si es necesario, en esta elaboración. Y habrá que recurrir a una manera de presentar la enseñanza que tenga un carácter pastoral”.

Al clausurar esa primera sesión, el 8 de diciembre de 1962, Juan XXIII agregaba: “Será el nuevo Pentecostés tan esperado”; pero en privado añadía: “Mi parte será el sufrimiento”. Y moría, ofreciendo su vida por el Concilio.

Poco después de su muerte, su sucesor, Pablo VI, recogió ese legado con intrepidez, trayendo nuevamente a tierra, según la gráfica expresión de Jean Guitton, la carabela que quedaba en el cielo. Hierático y con recogimiento, abrió la segunda sesión el 29 de septiembre de 1963, manifestando de manera sorprendente la orientación que daba al Concilio: “Cristo es nuestro principio, nuestra vía y nuestro fin. De él venimos, en él caminamos, hacia él vamos”. La imagen, que empleó con audacia, se convirtió en un leitmotiv: el Concilio trabajará para tender un puente hacia el mundo contemporáneo. Estaban muy impresionados los observadores del patriarcado de Moscú con los cuales yo cenaba esa misma noche donde las Hermanas del Convento del Sagrado Corazón de Angers, en el Janículo.

 

El 7 de diciembre de 1965, presidiendo la sesión de clausura, Pablo VI destacaba la generosidad del Concilio en el encuentro con “el humanismo laico y profano, que se manifestó en su terrible estatura y en cierto sentido desafió al Concilio. ¿Qué sucedió? ¿Un choque, una lucha, un anatema? Eso podía ocurrir, pero no tuvo lugar. La vieja historia del samaritano fue el modelo de la espiritualidad del Concilio. Lo invadió enteramente una simpatía sin límites. El descubrimiento de las necesidades humanas —y son tanto mayores en la medida en que el hijo de la tierra va siendo más grande— absorbió la atención de nuestro Sínodo”. Y al día siguiente, en la Plaza San Pedro resplandeciente con el sol, en un gesto totalmente nuevo en la historia conciliar de los dos milenios, el Papa entregaba radiante los mensajes al mundo, a los gobiernos, a los hombres de pensamiento y de ciencia, a los artistas, a las mujeres, a los trabajadores, a los pobres, a los enfermos, a todos los que sufren, a los jóvenes, diciéndoles con calidez comunicativa: “Para la Iglesia Católica nadie es un extraño, nadie está excluido, nadie es lejano”. El Concilio terminaba en Roma y recién comenzaba a través del mundo.

Así, el Concilio, al terminar, recobraba la inspiración de su primer gesto, el mensaje dirigido al mundo el 20 de octubre de 1962, sobre el cual Pablo VI pudo decir: “Gesto insólito, pero admirable. ¡Es como si el carisma profético de la Iglesia hubiese explotado repentinamente! Como Pedro, que en el día de Pentecostés se sintió llamado a alzar de inmediato la voz y hablar al pueblo, habéis querido en primer lugar ocuparos no de vuestros asuntos, sino de aquellos propios de la familia humana, y entablar el diálogo no entre vosotros, sino con los hombres”.

 

lunes, 4 de julio de 2022

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI sobre el Concilio Vaticano II – Comentarios de Pablo Blanco Sarto (5 de 5)

 


En este enlacese puede leer una extensa reflexion (34 paginas) de Pablo Blanco Sarto,  profesor de teología sistemática en la Facultad de Teologia de la Universidad de Navarra titulado :   ¿Ruptura o reforma? La hermenéutica del Concilio Vaticano II en los escritos de Joseph Ratzinger. Si no funciona el enlace googlear el titulo

Pablo Blanco Sarto,  entre otros, también escribió sobre : Loscuatro puntos cardinales del Vaticano II según Joseph Ratzinger – ver enlace  - Si no funciona googlear titulo

 

En el resumen inicial Pablo Blanco Sarto comenta:

 

“Ratzinger participó de modo intenso en el debate conciliar. En los textos anteriores a 1965, se aprecian ya las ideas que defenderá más adelante. En estas líneas se ofrecen sus puntos de vista agrupados en torno a las cuatro grandes Constituciones. Respecto a la Liturgia el teólogo alemán aprecia la renovación litúrgica y la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia. Sobre la Escritura entró en el debate sobre la única fuente de la Revelación y la comprensión del cristianismo como historia de la salvación. Respecto a  la Iglesia intenta recuperar el modelo de la Iglesia primitiva:  sacramentalidad, eclesiología eucarística, primado y colegialidad. En cuanto a la Gaudium et Spes, el teólogo bávaro rechaza una politización de la misión de la Iglesia, así como una perspectiva que vería a la esposa de Cristo tan solo como una entidad  mundana. En fin, existe una clara idea de la dimensión misionera de toda la Iglesia, como «signo levantado entre las naciones» (cf. Is 11,12).”

 

Y ya mas adelante en el articulo mismo Pablo Blanco Sarto escribe:

“Fue un momento de extraordinaria expectación” recordaba en 2012 el joven perito conciliar ya convertido en papa.  En aquel entonces estaban flotando en el ambiente los precedentes movimientos bíblico y litúrgico, patrístico y ecuménico, mariano y misionero: la llamada cuestión social, la celebérrima palabra aggiornamento, el problema de la libertad religiosa y el encuentro del cristianismo con religiones no cristianas. Todo un volcán de ideas en plena erupcin que solidificaron después en una serie de documentos conciliares no siempre suficientemente conocidos. Juan Pablo II llamo al Vaticano II “brújula segura” para la Iglesia del tercer milenio. Podriamos continuar esta imagen cartográfica y situar los cuatro puntos cardinales del Concilio en las cuatro grandes constituciones: La Liturgia presentada en Sacrosantum concilium (1963) la Revelacion tal como aparece en la Dei Verbum (1965), la Iglesia descrita en la Lumen gentium (1964) y el mundo visto por la Gaudium et spes (1965). 

En medio de las cuatro se encontraría el mismo Cristo. Joseph Ratzinger fue uno de los protagonistas ocultos de aquel evento eclesial, y abordo con detenimiento todas estas cuestiones, una por una. Las afrontaremos pues ahora a lo largo de estas páginas, siguiendo estos cuatro grandes temas de la Liturgia, la Palabra, la Iglesia y el mundo, tal como aparecen en los textos anteriores a 1965…”

 

 

 

 

viernes, 1 de julio de 2022

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI sobre el Concilio Vaticano II - Notas sobre su actividad durante el Vaticano II (4 de 5)


 Se celebró el 22 de Mayo de 2014 en la Universidad Navarra de Pamplona el Acto académico sobre “Joseph Ratzinger, teólogo del Concilio Vaticano II” en ocasión de la presentación del libro IV en lengua española de la Opera omnia de Joseph Ratzinger.

En la misma Universidad, el cardenal Ratzinger había recibido el Doctorado honoris causa en el 1998. Este año, en el quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II, la Facultad de Teología y su decano, don Juan Chapa, han querido organizar un significativo Acto académico con las intervenciones de don Carlos Granados, director general de la BAC de Madrid, don Pablo Blanco, profesor de la Universidad, Christian Schaller, que recibió el Premio Ratzinger en el 2013 y el monseñor Giuseppe A. Scotti, Presidente de la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. Enseguida os ofrecemos todas las intervenciones.

 

Lee la intervención completa de don Carlos Granados

Lee la intervención completa de don Pablo Blanco

Lee la intervención completa de Christian Schaller

Lee la intervención completa de monseñor Giuseppe A. Scotti

(de la Fundacion Vaticana Joseph Ratzinger / Benedicto XVI con abundante información que comprende noticias, comentarios, congresos y reseñas varias 

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI y el Concilio Vaticano II (3 de 5)

 


Estamos en la víspera del día en que celebraremos los cincuenta años de la apertura del concilio ecuménico Vaticano II -  recordaba el Papa Benedicto en su Audiencia General del 10 de octubre de 2012 -. En la próxima Audiencia daría comienzo a las reflexiones sobre la fe y daba inicio al  Año de la fe.

Con esta Catequesis quiero comenzar a reflexionar —con algunos pensamientos breves— sobre el gran acontecimiento de Iglesia que fue el Concilio, acontecimiento del que fui testigo directo. El Concilio, por decirlo así, se nos presenta como un gran fresco, pintado en la gran multiplicidad y variedad de elementos, bajo la guía del Espíritu Santo. Y como ante un gran cuadro, de ese momento de gracia incluso hoy seguimos captando su extraordinaria riqueza, redescubriendo en él pasajes, fragmentos y teselas especiales.

El beato Juan Pablo II, en el umbral del tercer milenio, escribió: «Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza» (Novo millennio ineunte, 57). Pienso que esta imagen es elocuente. Los documentos del concilio Vaticano II, a los que es necesario volver, liberándolos de una masa de publicaciones que a menudo en lugar de darlos a conocer los han ocultado, son, incluso para nuestro tiempo, una brújula que permite a la barca de la Iglesia avanzar mar adentro, en medio de tempestades o de ondas serenas y tranquilas, para navegar segura y llegar a la meta.

Recuerdo bien aquel periodo: era un joven profesor de teología fundamental en la Universidad de Bonn, y fue el arzobispo de Colonia, el cardenal Frings, para mí un punto de referencia humano y sacerdotal, quien me trajo a Roma con él como su teólogo consultor; luego fui nombrado también perito conciliar. Para mí fue una experiencia única: después de todo el fervor y el entusiasmo de la preparación, pude ver una Iglesia viva —casi tres mil padres conciliares de todas partes del mundo reunidos bajo la guía del Sucesor del Apóstol Pedro— que asiste a la escuela del Espíritu Santo, el verdadero motor del Concilio. Raras veces en la historia se pudo casi «tocar» concretamente, como entonces, la universalidad de la Iglesia en un momento de la gran realización de su misión de llevar el Evangelio a todos los tiempos y hasta los confines de la tierra. En estos días, si volvéis a ver las imágenes de la apertura de esta gran Asamblea, a través de la televisión y otros medios de comunicación, podréis percibir también vosotros la alegría, la esperanza y el aliento que nos ha dado a todos nosotros tomar parte en ese evento de luz, que se irradia hasta hoy.

(continuar leyendo en el Sitio de la Santa Sede

 

miércoles, 29 de junio de 2022

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI y el Concilio Vaticano II (2 de 5)

 


El segundo documento que luego resultaría importante para el encuentro de la Iglesia con la modernidad nació casi por casualidad, y creció en varios estratos. Me refiero a la Declaración  “Nostra aetate” sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Inicialmente se tenía la intención de preparar una declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y el judaísmo, texto que resultaba intrínsecamente necesario después de los horrores de la Shoah. Los padres conciliares de los países árabes no se opusieron a ese texto, pero explicaron que, si se quería hablar del judaísmo, también se debía hablar del islam. Hasta qué punto tenían razón al respecto, lo hemos ido comprendiendo en Occidente sólo poco a poco. Por último, creció la intuición de que era justo hablar también de otras dos grandes religiones — el hinduismo y el budismo —, así como del tema de la religión en general. A eso se añadió luego espontáneamente una breve instrucción sobre el diálogo y la colaboración con las religiones, cuyos valores espirituales, morales y socioculturales debían ser reconocidos, conservados y desarrollados (n. 2). Así, en un documento preciso y extraordinariamente denso, se inauguró un tema cuya importancia todavía no era previsible en aquel momento. La tarea que ello implica, el esfuerzo que es necesario hacer aún para distinguir, clarificar y comprender, resulta cada vez más patente. En el proceso de recepción activa poco a poco se  fue viendo también  una debilidad de este texto de por sí extraordinario: habla de las religiones sólo de un modo positivo, ignorando las formas enfermizas y distorsionadas de religión, que desde el punto de vista histórico y teológico tienen un gran alcance; por eso la fe cristiana ha sido muy crítica desde el principio respecto a la religión, tanto hacia el interior como hacia el exterior.

Mientras que al comienzo del concilio habían prevalecido los episcopados del centro de Europa con sus teólogos, en el curso de las fases conciliares se amplió cada vez más el radio del trabajo y de la responsabilidad común. Los obispos se consideraban aprendices en la escuela del Espíritu Santo y en la escuela de la colaboración recíproca, pero lo hacían como servidores de la Palabra de Dios, que vivían y actuaban en la fe. Los padres conciliares no podían y no querían crear una Iglesia nueva, diversa. No tenían ni el mandato ni el encargo de hacerlo. Eran padres del Concilio con una voz y un derecho de decisión sólo en cuanto obispos, es decir, en virtud del Sacramento y en la Iglesia del Sacramento. Por eso no podían y no querían crear una fe distinta o una Iglesia nueva, sino comprenderlas de modo más profundo y, por consiguiente, realmente “renovarlas”. Por eso una hermenéutica de la ruptura es absurda, contraria al espíritu y a la voluntad de los padres conciliares.

En el cardenal Frings tuve un “padre” que vivió de modo ejemplar este espíritu del Concilio. Era un hombre de gran apertura y amplitud de miras, pero sabía también que sólo la fe permite salir al aire libre, al espacio que queda vedado al espíritu positivista. Esta es la visión a la que quería servir con el mandato recibido a través del Sacramento de la ordenación episcopal. No puedo menos que estarle siempre agradecido por haberme llevado a mí  — el profesor más joven de la Facultad teológica católica de la universidad de Bonn — como su consultor a la gran asamblea de la Iglesia, permitiéndome frecuentar esa escuela y recorrer desde dentro el camino del concilio. En este volumen se han recogido varios escritos con los cuales, en esa escuela, he pedido la palabra. Peticiones de palabra totalmente fragmentarias, en las que se refleja también el proceso de aprendizaje que el concilio y su recepción han significado y significan aún para mí. Espero que estas diversas contribuciones, con todos sus límites, puedan ayudar en su conjunto a comprender mejor el concilio y a traducirlo en una justa vida eclesial. Agradezco de corazón al arzobispo Gerhard Ludwig Müller y a sus colaboradores del Institut Papst Benedikt XVI el extraordinario empeño que han puesto para la realización de este volumen.

(Papa Benedicto XVI  con ocasión del 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II ) 

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI y el Concilio Vaticano II (1 de 5)

 


Maravillado y emocionado recordaba el Papa Benedicto aquellos días:

Fue un día espléndido aquel  11 de octubre de 1962, (straordinaria attesa dice el texto en italiano)   en el que, con el ingreso solemne de más de dos mil padres conciliares en la basílica de San Pedro en Roma, se inauguró el concilio Vaticano II. En 1931 Pío XI había dedicado este día a la fiesta de la Divina Maternidad de María, para conmemorar que 1500 años antes, en 431, el concilio de Éfeso había reconocido solemnemente a María ese título, con el fin de expresar así la unión indisoluble de Dios y del hombre en Cristo. El Papa Juan XXIII había fijado para ese día el inicio del concilio con la intención de encomendar la gran asamblea eclesial que había convocado a la bondad maternal de María, y de anclar firmemente el trabajo del concilio en el misterio de Jesucristo. Fue emocionante ver entrar a los obispos procedentes de todo el mundo, de todos los pueblos y razas: era una imagen de la Iglesia de Jesucristo que abraza todo el mundo, en la que los pueblos de la tierra se saben unidos en su paz.

Fue un momento de extraordinaria expectación. Grandes cosas debían suceder. Los concilios anteriores habían sido convocados casi siempre para una cuestión concreta a la que debían responder. Esta vez no había un problema particular que resolver. Pero precisamente por esto aleteaba en el aire un sentido de expectativa general: el cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza creativa. Se le veía cansado y daba la impresión de que el futuro era decidido por otros poderes espirituales. El sentido de esta pérdida del presente por parte del cristianismo, y de la tarea que ello comportaba, se compendiaba bien en la palabra “aggiornamento” (actualización). El cristianismo debe estar en el presente para poder forjar el futuro. Para que pudiera volver a ser una fuerza que moldeara el futuro, Juan XXIII había convocado el concilio sin indicarle problemas o programas concretos. Esta fue la grandeza y al mismo tiempo la dificultad del cometido que se presentaba a la asamblea eclesial.

Los distintos episcopados se presentaron  sin duda al gran evento con ideas diversas. Algunos llegaron más bien con una actitud de espera ante el programa que se debía desarrollar. Fue el episcopado del centro de Europa —Bélgica, Francia y Alemania— el que llegó con las ideas más claras. En general, el énfasis se ponía en aspectos completamente diferentes, pero había algunas prioridades comunes. Un tema fundamental era la eclesiología, que debía profundizarse desde el punto de vista de la historia de la salvación, trinitario y sacramental; a este se añadía la exigencia de completar la doctrina del primado del concilio Vaticano I a través de una revalorización del ministerio episcopal. Un tema importante para los episcopados del centro de Europa era la renovación litúrgica, que Pío XII ya había comenzado a poner en marcha. Otro aspecto central, especialmente para el episcopado alemán, era el ecumenismo:  haber sufrido juntos la persecución del nazismo había acercado mucho a los cristianos protestantes y a los católicos; ahora, esto se debía comprender y llevar adelante también en el ámbito de toda la Iglesia. A eso se añadía el ciclo temático Revelación – Escritura – Tradición – Magisterio. Los franceses destacaban cada vez más el tema de la relación entre la Iglesia y el mundo moderno, es decir, el trabajo en el llamado Esquema XIII, del que luego nació la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Aquí se tocaba el punto de la verdadera expectativa del Concilio. La Iglesia, que todavía en época barroca había plasmado el mundo, en un sentido lato, a partir del siglo XIX había entrado de manera cada vez más visible en una relación negativa con la edad moderna, sólo entonces plenamente iniciada. ¿Debían permanecer así las cosas? ¿Podía dar la Iglesia un paso positivo en la nueva era? Detrás de la vaga expresión “mundo de hoy” está la cuestión de la relación con la edad moderna. Para clarificarla era necesario definir con mayor precisión lo que era esencial y constitutivo de la era moderna. El “Esquema XIII” no lo consiguió. Aunque esta Constitución pastoral afirma muchas cosas importantes para comprender el “mundo” y da contribuciones notables a la cuestión de la ética cristiana, en este punto no logró ofrecer una aclaración sustancial.

Contrariamente a lo que cabría esperar, el encuentro con los grandes temas de la época moderna no se produjo en la gran Constitución pastoral, sino en dos documentos menores cuya importancia sólo se puso de relieve poco a poco con la recepción del concilio. El primero es la Declaración sobre la libertad religiosa, solicitada y preparada con gran esmero especialmente por el episcopado americano. La doctrina sobre la tolerancia, tal como había sido elaborada en sus detalles por Pío XII, no resultaba suficiente ante la evolución del pensamiento filosófico y la autocomprensión del Estado moderno. Se trataba de la libertad de elegir y de practicar la religión, y de la libertad de cambiarla, como derechos a las libertades fundamentales del hombre. Dadas sus razones más íntimas, esa concepción no podía ser ajena a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no pudiera decidir sobre la verdad y no pudiera exigir ningún tipo de culto. La fe cristiana reivindicaba la libertad a la convicción religiosa y a practicarla en el culto, sin que se violara con ello el derecho del Estado en su propio ordenamiento: los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo veneraban. Desde este punto de vista, se puede afirmar que el cristianismo trajo al mundo con su nacimiento el principio de la libertad de religión. Sin embargo, la interpretación de este derecho a la libertad en el contexto del pensamiento moderno en cualquier caso era difícil, pues podía parecer que la versión moderna de la libertad de religión presuponía la imposibilidad de que el hombre accediera a la verdad, y desplazaba así la religión de su propio fundamento hacia el ámbito de lo subjetivo. Fue ciertamente providencial que, trece años después de la conclusión del concilio, el Papa Juan Pablo II llegara de un país en el que la libertad de religión era rechazada a causa del marxismo, es decir, de una forma particular de filosofía estatal moderna. El Papa procedía también de una situación parecida a la de la Iglesia antigua, de modo que resultó nuevamente visible el íntimo ordenamiento de la fe al tema de la libertad, sobre todo a la libertad de religión y de culto.

miércoles, 2 de enero de 2013

El Año de la fe: Las reflexiones del Santo Padre Benedicto XVI para el Año de la Fe.



El Año de la fe va de la mano del Concilio Vaticano II y del Santo Padre Benedicto XVI, quien con la experiencia de haber participado personalmente del Concilio nos va guiando en sus reflexiones de audiencia en audiencia.   
Tal como entonces – decía el Santo Padre Benedicto XVI en su audiencia “inaugural” del año de la Fe “Lo importante hoy, precisamente como era el deseo de los padres conciliares, es que se vea —de nuevo, con claridad— que Dios está presente, nos cuida, nos responde.”
El día de aquella primera audiencia en vísperas de la celebración de los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II y el inicio del Año de la Fe, decía el Santo Padre Benedicto XVI:

 “Con esta Catequesis quiero comenzar a reflexionar —con algunos pensamientos breves— sobre el gran acontecimiento de Iglesia que fue el Concilio, acontecimiento del que fui testigo directo. El Concilio, por decirlo así, se nos presenta como un gran fresco, pintado en la gran multiplicidad y variedad de elementos, bajo la guía del Espíritu Santo. Y como ante un gran cuadro, de ese momento de gracia incluso hoy seguimos captando su extraordinaria riqueza, redescubriendo en él pasajes, fragmentos y teselas.
El beato Juan Pablo II, en el umbral del tercer milenio, escribió: «Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza» (Novo millennio ineunte, 57). Pienso que esta imagen es elocuente. Los documentos del concilio Vaticano II, a los que es necesario volver, liberándolos de una masa de publicaciones que a menudo en lugar de darlos a conocer los han ocultado, son, incluso para nuestro tiempo, una brújula que permite a la barca de la Iglesia avanzar mar adentro, en medio de tempestades o de ondas serenas y tranquilas, para navegar segura y llegar a la meta.”

Hasta ahora el Santo Padre Benedicto XVI nos ha regalado  nueve reflexiones:

Audiencia general 24 de octubre 2012: El Año de la fe. ¿Qué es la fe? 
Audiencia general  31 de octubre 2012 El Año de la fe. La fe de la Iglesia 
AudienciaGeneral 7 de noviembre 2012:    El Año de la fe. El deseo de Dios 
AudienciaGeneral 14 de noviembre 2012: El Año de la fe. Los caminos que conducen al conocimiento de Dios  
Audiencia general 21 de noviembre 2012: El Año de la fe. La razonabilidad de la fe en Dios   
Audienciageneral 28 de noviembre 2012: El Año de la fe. ¿Cómo hablar de Dios? 
Audienciageneral 5 de diciembre de 2012: El Año de la fe. Dios revela su «designio de benevolencia»  Audiencia general 12 de diciembre 2012 : El Año de la fe. Las etapas de la Revelación 

Para seguir las demás audiencias invito visitar el sitio de la Santa Sede Papa Benedicto XVI Audiencias generales. 

martes, 30 de octubre de 2012

Mons. Castagna reflexiona sobre el Concilio Vaticano II




En una reflexión relativamente extensa pero muy completa y que seguramente interesará a quien quiera profundizar en la vida de la Iglesia durante el Año de la Fe,  Mons. Domingo Salvador Castagna, Obispo emérito de Corrientes, Argentina nos invita a reflexionar sobre el Concilio Vaticano II a los 50 años de su inicio.

Mons. Castagna comienza su reflexión con una experiencia personal: Fui ordenado sacerdote casi seis años antes de inaugurarse el Concilio Vaticano II. Durante aquellos primeros años de sacerdocio me preguntaba, con mucha frecuencia, si la Iglesia estaba dispuesta a una renovación, cuya necesidad ya entonces se vislumbraba con cierta urgencia. No dudaba de que, en la tarea de renovarse, la Iglesia debía mantener fidelidad absoluta a su naturaleza y a su Tradición. Con pesar, advertía a diario, que la mayoría de los bautizados no frecuentaban los sacramentos, no cultivaban la lectura piadosa de la Sagrada Escritura y no experimentaban la mínima inquietud por la evangelización del mundo. En mi caso, y en el de muchos hermanos presbíteros de la época, pasaba largas horas en el confesionario atendiendo a un número selecto de cristianos mientras muchísimos otros transitaban caminos ajenos a la fe, sin inquietarse por superarlos mediante la gracia de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.”

Luego nos recuerda la importancia del Sínodo de 1985,  durante el pontificado de Juan Pablo II a los 20 años del Concilio,  en el cual el Cardenal John Krol, presidente delegado subrayaba en su saludo inaugural que : “El Papa no nos ha llamado a celebrar un mini-concilio o a cambiar o corregir el Vaticano II, sino a revivir la extraordinaria experiencia de comunión eclesial, que caracterizó al Vaticano II”  
En su reflexión Mons. Castagna invita ahora  “a toda la Iglesia a revivir aquella experiencia.”
Mons Castagna enumera  los documentos surgidos del vaticano II :  4 Constituciones, 9 Decretos y 3 Declaraciones, en total 16 y nos invita “con urgencia a una relectura”. Habla también de la tan necesaria colegialidad, tema tan caro a Juan Pablo II.

En el último párrafo de su exposición  Mons. Castagna transcribe la sucesión histórica delos Concilios de la Iglesia Católica: “en total  21 Concilios Ecuménicos, sin contar el de los Apóstoles en Jerusalén.”
 Y concluye su exposición, entre otros, con estas palabras:

“ El Concilio Vaticano Segundo no ha pasado de moda. Es un momento de la historia de la Iglesia en el que se concentra, en una síntesis admirable, todo el acontecimiento - aún inconcluso - que ha provocado un viraje de 180 grados en la marcha de la humanidad hacia su destino propio: el que Dios le señala desde su eternidad.  Cristo conduce ese momento. Mejor dicho: Dios mismo, que valora de tal modo al hombre, se sumerge en su historia para recuperarlo (para salvarlo). Ese empeño divino por salvar a los hombres es transmitido a su Iglesia mediante el ministerio ejercido por los Apóstoles y sus sucesores, como también por quienes reciben un grado de participación en él. El Concilio constituye una Asamblea de los mencionados Pastores (Obispos) cuya finalidad es orientar la acción pastoral hacia el cumplimiento de su misión evangelizadora.”

sábado, 13 de octubre de 2012

Los 50 años del Concilio Vaticano II en la UCA de Buenos Aires - Una fiesta ecuménica (2)


El primer orador entre los invitados fue el pastor metodista Nestor Miguez  que decía estaba allí por cuestiones genéticas “porque este lugar debería ocuparlo mi padre que fue observador directo en el Concilio Vaticano II . 

Fue un evento histórico - decia el pastor - para el mundo en general y para el cristianismo en particular, porque asume en el decreto sobre el ecumenismo de una manera muy calificada de lo que estaba ya en marcha, destacar la significación para las iglesias de tradición evangélica, las que participan del movimiento ecuménico.  Es histórico porque - rescato el pastor -  dio cauce a muchas inquietudes que ya estaban dentro de la iglesia católica y agregaba que continua la necesidad de seguir avanzando y tiene que darse también el dialogo con los pueblos originarios,  tal como ya lo hiciera Juan Pablo II. El Concilio no ha terminado decía el pastor. Hay temas que siguen en debate.   Señalaba que el documento sobre ecumenismo desde su punto de vista  resulto una grata novedad y a la vez  un límite. Grata novedad porque abre el camino a un dialogo, pero limite porque establece un camino para ese reencuentro que lleva necesariamente a un retorno a la unidad (palabra que según el pastor molestó a muchos), en torno de la sede romana. Esa idea de que somos hermanos separados, ese hijo prodigo que se fue y que debe retornar a la casa del padre por un lado fue una amorosa invitación por otro lado tiene un sesgo de “ustedes se fueron de la verdad y ahora deben volver a la misma.”  Decía que la Iglesia debe transformarse ella misma para que este retorno sea valioso. Básicamente existe la necesidad de seguir avanzando a la manera de Juan Pablo II en Brasil que mostró que este dialogo era posible,  visitando lugares de cultos afrobrasileños.   Estamos en un Concilio abierto, una apertura que fue el motivo del Concilio porque como nos recordaba la frase de Juan XXIII hay que abrir las ventanas…”

A continuación el Dr Víctor Manuel Fernandez introdujo al rabino Skorka,  rabino de la Comunidad "Benei Tikva",  creador de la cátedra de Derecho Hebreo en la UBA y la Universidad del Salvador y rector del seminario rabínico latinoamericano, antes de otorgarle el Doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad Pontificia Argentina. “Porque – planteaba el Dr. Fernandez -  la UCA quiere otorgarle  un doctorado a un rabino de la comunidad judía argentina puesto que hasta ahora solo había sido conferido a católicos?  Otorgar este doctorado – explicaba - requiere que la persona haya tenido una acción sobresaliente en pro del desarrollo de la cultura.  Este doctorado  se justifica no solo por su curriculum sino por la hondura y riqueza de pensamiento que el  rabino Skorka ha aportado a nuestro país. El rabino Skorka  es  un hombre de opinión capaz de detenerse en un reposado y responsable pensamiento acerca de cualquier asunto de la realidad que pueda afectar al ser humano y a la sociedad.”


Después de haber sido galardonado con el doctorado Honoris Causa expreso unas palabras el rabino Skorka, a quien se veía muy emocionado,  identificándose como amigo de todos en el verdadero sentido que la palabra amigo tiene en hebreo y agradeció a los embajadores de Israel y Alemania por su presencia. Nos hizo sentir profundamente el dolor de ambas naciones por lo ocurrido y resalto las visitas de Juan Pablo II y sus documentos, la audacia superlativa  de Juan Pablo II  que le dio un espíritu muy fuerte a las relaciones entre judíos y cristianos. 

Y llegaba el turno del padre Cantalamessa (invitoescuchar el video completo en el sitio de la UCA)   quien antes de venir a la Argentina como invitado había agradecido esta invitación diciendo:  “agradezco la invitación para venir a Buenos Aires, Argentina, en octubre para compartir nuestra fe, nuestro gozo en el Señor Jesucristo. Yo pienso que en Buenos Aires se esta haciendo algo nuevo, algo importante para el ecumenismo, es decir promover el ecumenismo espiritual, encontrarnos los cristianos de diferentes denominaciones para orar  juntos,  escuchar la palabra de Dios y pienso que esto hace mucha alegría al Señor Resucitado.”  


Personalmente debo admitir que dudaba que el padre Cantalamessa estuviese verdaderamente en Buenos Aires en una ocasión tan especial y debo reconocer lo equivocada que estaba y agradecer este privilegio que hemos tenido de tenerlo aquí entre nosotros con ocasión del 50 aniversario del inicio del Concilio Vaticano II y el inicio del Año de la Fe convocado por el Santo Padre Benedicto XVI. Naturalmente agradecer también a la UCA por habernos brindado esta oportunidad. Si bien este encuentro en la UCA fue solo una parte de la visita del padre Cantalamessa,  pues ya había tenido un retiro espiritual para sacerdotes y pastores desde el martes 9 por la mañana hasta el mediodía del jueves, o sea 9,10 y 11 de octubre. 

Como decía antes invito escuchar el video completo del acto en la UCA. Aquí cito solo una mínima parte de lo expresado por el padre Cantalamessa.  “Yo me libere de los prejuicios sobre los judíos y los protestantes por haber hecho la experiencia del Nuevo Pentecostés. Fue una conversión. Primero a los judíos regresando de Israel en el avión me di cuenta que Jesús era judío y no amar a los judíos era no amar a Jesús que ama a la gente de su pueblo. Después me convertí a la unidad de los cristianos. Mi presencia aquí es un signo. Llego de un lugar de retiro – decía - donde tuvimos un retiro unos 80 sacerdotes y 10 pastores evangélicos en el cual había tanta unidad que al final no sabía quién era quien. Una unidad maravillosa!” 
 Continuaba el padre Cantalamessa: “El poeta  T.S: Elliot escribió algunos versos que nos pueden iluminar en el sentido de las celebraciones de  los 50 años del Concilio Vaticano II. “ We shall not cease from exploration and the end of all our exploring will be to arrive where we started and know the place for the first time” (No debemos detenernos en nuestra exploracion y el fin de nuestra exploración será llegar allí desde donde hemos partido y conocer el lugar por primera vez).” 
“Después de muchas exploraciones y controversias somos reconducidos también nosotros allí desde donde hemos partido es decir al acontecimiento del Concilio Vaticano II, pero todo el trabajo alrededor de él no ha sido en vano porque en el sentido  más profundo solo ahora estamos en condición de conocer el lugar por primera vez,  es decir de valorar su verdadero significado,  desconocido para los mismos Padres del Concilio. Esto permite decir que el  árbol crecido desde el Concilio es coherente con la semilla de la cual ha nacido.  En efecto de que ha nacido el acontecimiento del  Vaticano II?  Las palabras con las que Juan XXIII describe la conmoción que acompaño - dice el - «el repentino florecer en mi corazón y en mis labios de la simple palabra concilio,  la emoción tiene todos los signos de una inspiración profética, una inspiración de lo alto.»  En el discurso de clausura de la primera sesión hablo del Concilio como de «un nuevo y deseado Pentecostés que enriquecerá abundantemente  a la Iglesia de energías espirituales.»
Al comienzo de la 2da sesión del Vaticano II Pablo VI encargo al cardenal Suenens  que conmemorara oficialmente a Juan XXIII.  El orador,  que había estado entre los más cercanos al difunto pontífice en la preparación del Concilio describió así lo que esto era en las intenciones del papa: para él el Concilio no era ante todo una reunión de obispos con el Papa,  un encontrarse juntos en el plano horizontal era ante todo un encuentro colectivo de todo el colegio episcopal con el Espíritu Santo,  un encuentro vertical,  la apertura total a una inmensa infusión del Espíritu Santo,  una especie de nuevo Pentecostés. A 50 años de distancia solo podemos constatar el pleno cumplimiento por parte de Dios de la promesa hecha a la Iglesia por boca de su humilde servidor el Beato Juan XXIII. Sí  hablar de un Nuevo Pentecostés nos parece que es por lo menos exagerado vistos todos los problemas y  controversias surgidos en la Iglesia después y a causa del Concilio no debemos hacer otra cosa que ir a releer los hechos de los apóstoles y constatar cómo no faltaron problemas y controversias ni siquiera después del Primer Pentecostés y no menos encendidos que los de hoy.”

(Hoy sábado sigue la fiesta espiritual  en el VI encuentro de católicos y evangélicos de todo el dia en el Luna Park. Seguramente en el sitio de  la Renovación carismática católica de la Arquidiócesisde Buenos Aires podremos leer detalles de este encuentro y de toda la visita del padre Cantalamessa a la Argentina.)