Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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lunes, 23 de junio de 2025

Cuando Dios reina el hombre es liberado de todo mal – Papa Leon XIV



 (..) es hermoso estar con Jesús.

 La compasión de Jesús por quienes sufren manifiesta la amorosa cercanía de Dios, que viene al mundo para salvarnos. Cuando Dios reina, el hombre es liberado de todo mal. Sin embargo, incluso para aquellos que reciben la buena nueva de Jesús, llega la hora de la prueba. En aquel lugar desierto, donde las multitudes han escuchado al Maestro, cae la tarde y no hay nada para comer (cf. v. 12). El hambre del pueblo y la puesta del sol son signos de un límite que se cierne sobre el mundo, sobre cada criatura: el día termina, al igual que la vida de los hombres. Es en esta hora, en el tiempo de la indigencia y de las sombras, cuando Jesús permanece entre nosotros.

Justo cuando el sol se pone y el hambre crece, mientras los propios apóstoles piden despedir a la gente, Cristo nos sorprende con su misericordia. Él tiene compasión del pueblo hambriento e invita a sus discípulos a que se ocupen de él, porque el hambre no es una necesidad que no tenga que ver con el anuncio del Reino y el testimonio de la salvación. Al contrario, esta hambre está vinculada con nuestra relación con Dios. Sin embargo, cinco panes y dos peces no parecen suficientes para alimentar al pueblo, porque los cálculos de los discípulos, aparentemente razonables revelan, en cambio, su poca fe. Ya que, en realidad, con Jesús contamos con todo lo necesario para dar fuerza y sentido a nuestra vida.

En efecto, a la urgencia del hambre, Él responde con el signo del compartir: levanta los ojos, pronuncia la bendición, parte el pan y da de comer a todos los presentes (cf. v. 16).

 (…)

Para multiplicar los panes y los peces, Jesús divide los que hay: sólo así hay suficiente para todos, es más, sobran. Después de haber comido ―hasta saciarse―, con lo que sobró, llenaron doce canastos (cf. v. 17).

Esta es la lógica que salva al pueblo hambriento: Jesús actúa según el estilo de Dios, enseñando a hacer lo mismo.

Hoy, en lugar de las multitudes que aparecen en el Evangelio, hay pueblos enteros, humillados por la codicia ajena aún más que por el hambre misma. Ante la miseria de muchos, la acumulación de unos pocos es signo de una soberbia indiferente, que produce dolor e injusticia. En lugar de compartir, la opulencia desperdicia los frutos de la tierra y del trabajo del hombre.

Especialmente en este año jubilar, el ejemplo del Señor sigue siendo para nosotros un criterio urgente de acción y servicio: compartir el pan, para multiplicar la esperanza, proclama la venida del Reino de Dios

 (Del Ángelus del Papa León XIV 22 de junio 2025 - Leer completo en el sitio de la Santa Sede) 

viernes, 20 de junio de 2025

Corpus Christi – la profundidad del misterio de Cristo

 


"Tantum ergo sacramentum veneremur cernui":  "Adoremos, postrados, tan gran sacramento".

En la santa Eucaristía está realmente presente Cristo, muerto y resucitado por nosotros.

En el pan y en el vino consagrados permanece con nosotros el mismo Jesús de los evangelios, que los
discípulos encontraron y siguieron, que vieron crucificado y resucitado, y cuyas llagas tocó Tomás, postrándose en adoración y exclamando:  "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28; cf. 20, 17-20).

En el Sacramento del altar se ofrece a nuestra contemplación amorosa toda la profundidad del misterio de Cristo, el Verbo y la carne, la gloria divina y su tienda entre los hombres. Ante él no podemos dudar de que Dios está "con nosotros", que asumió en Jesucristo todas las dimensiones humanas, menos el pecado, despojándose de su gloria para revestirnos a nosotros de ella (cf. Jn 20, 21-23).

En su cuerpo y en su sangre se manifiesta el rostro invisible de Cristo, el Hijo de Dios, con la modalidad más sencilla y, al mismo tiempo, más elevada posible en este mundo. A los hombres de todos los tiempos, que piden perplejos:  "Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21), la comunidad eclesial responde repitiendo el gesto que el Señor mismo realizó para los discípulos de Emaús:  parte el pan. Al partir el pan se abren los ojos de quien lo busca con corazón sincero. En la Eucaristía la mirada del corazón reconoce a Jesús y su amor inconfundible, que se entrega "hasta el extremo" (Jn 13, 1). Y en él, en ese gesto suyo, reconoce el rostro de Dios.

(de la homilía delPapa Juan Pablo II en la solemnidad de Corpus Christi – Basilica San Juan deLetran 14 de junio 2001)

jueves, 7 de julio de 2022

Juan Pablo II: La Eucaristía , misterio de luz

 «Les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (Lc 24,27)




“ El relato de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús nos ayuda a enfocar un primer aspecto del misterio eucarístico que nunca debe faltar en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La Eucaristía misterio de luz! ¿En qué sentido puede decirse esto y qué implica para la espiritualidad y la vida cristiana?

Jesús se presentó a sí mismo como la «luz del mundo» (Jn 8,12), y esta característica resulta evidente en aquellos momentos de su vida, como la Transfiguración y la Resurrección, en los que resplandece claramente su gloria divina. En la Eucaristía, sin embargo, la gloria de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico es un «mysterium fidei» por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina. En una feliz intuición, el célebre icono de la Trinidad de Rublëv pone la Eucaristía de manera significativa en el centro de la vida trinitaria.

 (…)

La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos «mesas», la de la Palabra y la del Pan. Esta continuidad aparece en el discurso eucarístico del Evangelio de Juan, donde el anuncio de Jesús pasa de la presentación fundamental de su misterio a la declaración de la dimensión propiamente eucarística: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Sabemos que esto fue lo que puso en crisis a gran parte de los oyentes, llevando a Pedro a hacerse portavoz de la fe de los otros Apóstoles y de la Iglesia de todos los tiempos: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). En la narración de los discípulos de Emaús Cristo mismo interviene para enseñar, «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas», cómo «toda la Escritura» lleva al misterio de su persona (cf. Lc 24,27). Sus palabras hacen «arder» los corazones de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer con Él: «Quédate con nosotros, Señor» (cf. Lc24,29).




Los Padres del Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium
establecieron que la «mesa de la Palabra» abriera más ampliamente los tesoros de la Escritura a los fieles.[9] Por eso permitieron que la Celebración litúrgica, especialmente las lecturas bíblicas, se hiciera en una lengua conocida por todos. Es Cristo mismo quien habla cuando en la Iglesia se lee la Escritura.[10] Al mismo tiempo, recomendaron encarecidamente la homilía como parte de la Liturgia misma, destinada a ilustrar la Palabra de Dios y actualizarla para la vida cristiana.[11] Cuarenta años después del Concilio, el Año de la Eucaristía puede ser una buena ocasión para que las comunidades cristianas hagan una revisión sobre este punto. En efecto, no basta que los fragmentos bíblicos se proclamen en una lengua conocida si la proclamación no se hace con el cuidado, preparación previa, escucha devota y silencio meditativo, tan necesarios para que la Palabra de Dios toque la vida y la ilumine.”

 

(Juan Pablo II Carta Apostolica Mane Nobiscum Domine)

 


miércoles, 15 de junio de 2022

Karol Wojtyla - Cracovia, fiesta del Corpus Domini 1976

 


Palabras del Cardenal Karol Wojtyla, previas a la procesión de Corpus Christi en Cracovia, 1976 en plena época de comunismo en Polonia.

“Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra”. Palabras que pronuncio Jesucristo. Y con estas palabras hoy nosotros junto a Cristo en el Sacramento de la Eucaristía, bajo la especie del pan, salimos a las calles de Cracovia para proclamar a Dios. “Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra!”


Esta proclamación es un deber nuestro particular, pero también es una necesidad particular de nuestro espíritu. Vivimos en tiempos en que se olvida a Dios, en tiempos que no se lo reconoce, que se le quita lugar en publicaciones, libros y vida pública. Un mundo privado de Dios, privado de principio y de fin: un mundo que ha extirpado a su Creador, es esta la imagen, esta la ideología que se busca inculcar de diferentes maneras al hombre de hoy: un mundo sin Dios.


Y precisamente debido a estos proyectos nace la necesidad de nuestro encuentro con Cristo que dice “Te reconozco, Padre, Señor del cielo y de la tierra!”. La necesidad de proclamar a Dios es un signo peculiar de los tiempos que vivimos, de estos tiempos en que se intenta borrar el nombre de Dios en lo más profundo del alma humana. Y esto es algo terrible desde el punto de vista de nuestro sentido cristiano de la realidad. Dios de hecho significa Creador y Padre. Arrancarse del Creador, anular a Dios: que le queda a la criatura? Que queda del hombre?


Y es precisamente en el ámbito de esta lucha por la presencia de Dios en nuestra vida que adquiere particular significado que nosotros salgamos junto a Cristo por las calles de Cracovia y junto a El digamos “Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra!”. Reconozco! Cristo es el primer testimonio del Dios vivo y Cristo es también el Maestro de todos sus discípulos. El llama al hombre a ser discípulo. No puede ser un hombre tibio, neutro: debe ser confesor, porque en la profesión de fe se expresa la relación plena con la verdad, con Dios que es la verdad.


Nuestros tiempos tienen especial necesidad de confesores y crean confesores. Citare un ejemplo que ha llegado a mis manos en estas últimas semanas y que se encuentra entre las actas de la Curia Metropolitana. Se trata de un hecho doloroso pero por otro lado extremadamente constructivo.


Un joven que asistía a la escuela profesional llevaba como la mayoría de los cristianos, jóvenes o ancianos, una cruz sobre el pecho. Le fue ordenado quitarse la cruz y no asistir mas a la escuela con aquella cruz, no presentarse a las clases con ella. El joven respondió que no. Fue expulsado de la escuela y se convoco a la madre. Al presentarse la madre se trato de convencerla que el comportamiento de su hijo era inapropiado y ella respondió: estoy orgullosa de mi hijo!


Recordamos también el caso de los niños polacos en Wrzesnia que eran perseguidos y expulsados de la escuela porque rezaban en polaco!
Hace falta poner un freno. Estamos en presencia de una clase de personas que buscan construir su propia carrera violando la libertad de conciencia y de religión. Hace falta poner un freno. Tenemos una constitución que hoy como en el pasado se expresa sobre este tema de manera inequívoca y que prevé sanciones para aquellos que ofenden los sentimientos religiosos y buscan impedir la practica religiosa. Portar una cruz es una práctica religiosa y nadie puede prohibirla.


Si por un lado este episodio suscita pensamientos dolorosos, por el otro sin embargo es edificante. No vivimos solamente en una época de oportunistas, vivimos también una época de confesores, madres e hijos, padres e hijos.


Al hablar de esto querido hermanos y hermanas, pienso en todos los niños que al fin del año escolar se irán de vacaciones, a una colonia, a un campamento. Pensamos con angustia si también le arrancaran las cruces del pecho. Si les prohibirán ir a la iglesia. Es necesario que madres y padres apoyen a sus hijos, como aquella madre que exclamo: Estoy orgullosa de mi hijo!


Y otro ejemplo: en una gran ciudad fuera de Cracovia, se construyo un nuevo barrio. Junto al barrio se sintió la necesidad de contar con un espacio para catequesis. Obviamente la Curia metropolitana, los párrocos, en estos casos hacemos lo imposible para conseguir un lugar para el servicio divino, para el catecismo, para la iglesia. Estad seguros que siempre lo hacemos siguiendo los caminos legítimos. Pero nuestros esfuerzos quedan sin respuesta.


Entonces en la ciudad que mencionaba, había una pequeña casa particular que contaba con una habitación libre porque los jóvenes de la familia residían en otra parte. Por lo tanto la dueña de casa, de acuerdo con el esposo, la ofreció como espacio para catequesis. Y al ser convocada y amenazada con ser castigada declaró: El Señor Dios no me abandonara. Si me suspenden iré a limpiar. Y la habitación finalmente tuvo su uso. Tenemos necesidad de este testimonio de fe viva, de la fe valiente de esta mujer intrépida y de su marido y de sus hijos porque en aquel lugar en aquel nuevo barrio y recordémoslo, en todo nuestro país nacen nuevos barrios con la intención de ser lugares sin Dios y que no existan lugares para la catequesis donde los niños junto a su sacerdote y por su intermedio junto a Cristo puedan decir “Te reconozco, Padre, Señor del cielo y de la tierra!”.


“…estas palabras fueron reveladas a los humildes…”


Y quizás en este ultimo caso se confirma otro paso de las palabras de Cristo “Haz revelado estas palabras a los humildes”. Una mujer humilde, una mujer pequeña ha tenido una visión esplendida, digna de los grandes genios, de la verdad sobre Dios! Y lo ha testimoniado tal como lo habían hecho el niño y su madre.


Hermanos y hermanas, vivimos en una época de confesores. En otras épocas la Iglesia registraba estos hechos en el libro de los mártires, Acta Martyrum. Mártir es una palabra que nos viene del griego y significa testimonio, confesor delante de todos. También hoy es necesario escribir estas Actas Martyrum contemporáneas, documentos de confesores, para alentarnos mutuamente, para saber unos de otros, para que una repentina injusticia hacia alguien debido a sus convicciones, o por motivos de su fe o de su conciencia se convierta también en un asunto nuestro. A veces se enfadan conmigo porque digo estas cosas. Pero como podría no hablar? Como podría no escribir? Y como podría no intervenir? Cada caso, de cada niño, de cada madre, de cada uno de nosotros, modesto o culto, profesor universitario o estudiante, cada caso es algo que atañe a todos nosotros. Y yo obispo debo ser el primero en ponerme al servicio de esta causa! De esta gran causa del hombre! Porque la causa de la libertad espiritual del hombre, la causa de la libertad de conciencia, de la libertad de religión, es la gran causa del hombre! Del hombre de todos los tiempos, del hombre de nuestros tiempos!


Hermanos y hermanas, mientras permanecemos aquí por la gracia de Dios reunidos alrededor de Cristo, en torno a la Eucaristía, mientras junto a el nos congregamos en la unidad de la profesión de fe, pensemos en todos nuestros hermanos y hermanas en cualquier parte del mundo que comparten nuestra comunión de fe pero no tienen la posibilidad de confesarla públicamente y son perseguidos y maltratados por este motivo. Pensemos en toda la humanidad, en todo el mundo, porque Cristo esta en el centro de la entera familia humana y en nombre de toda la familia humana le dice a Dios ”Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra”.

La confesión de fe necesidad de este momento


La confesión de la fe es una necesidad peculiar de nuestros tiempos. El reconocimiento de Dios es la fuente de la libertad del hombre. Satanás, el príncipe de las tinieblas ha tratado desde el comienzo mismo de erradicar a Dios del hombre. Desde el principio el príncipe de las tinieblas se ha empeñado en satisfacer al hombre con el espíritu de este mundo como si este mundo pudiese bastarle al hombre. El corazón del hombre no tiene paz hasta que no descansa en Ti exclamo San Agustín. Esta es la gran verdad sobre el hombre. Este es el gran fundamento de la libertad cuya fuente se halla en Dios.
Queridos hermanas y hermanos, no permitamos que nos quiten a Dios! No permitamos que a ningún costo se le quite Dios a nuestros niños, a nuestros jóvenes cualquiera fuese el precio. Seamos testimonios de Jesucristo. Sea El nuestro alimento..


El sale en procesión con nosotros bajo la especie del pan para decirnos ante todo que es nuestro alimento. Quiere ser el alimento de cada hombre envuelto en la tempestad, en las vicisitudes del mundo, que no logra encontrar a Dios, que lo ha perdido de vista, que piensa que el mundo le puede bastar, que pueden satisfacerle autos y construcciones, fabricas y grandes empresas industriales, conquistas espaciales y otros adelantos: que piensa que todo esto le basta….


Cristo es el alimento de nuestras almas, para que seamos confesores de Dios, testimonios de Dios y de El mismo. Es el quien ha dicho: “Al que me reconozca ante los hombres, Yo lo reconoceré ante mi Padre” También ha dicho “cualquiera que me negare delante de los hombres, le negaré yo también delante de mi Padre”.
Durante esta procesión oremos para que crezca una generación de confesores, que no se llegue a renegar de Dios y de Cristro en nuestra nacion que desde hace siglos esta unida al Verbo de la Vida, a la Luz del mundo, a Jesucristo, a nuestro maestro y pan eucarístico. Amen.”


Cracovia, fiesta del Corpus Domini, 1976


 

jueves, 30 de mayo de 2013

Juan Pablo II: La Eucaristía , misterio de luz

«Les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (Lc 24,27)



“ El relato de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús nos ayuda a enfocar un primer aspecto del misterio eucarístico que nunca debe faltar en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La Eucaristía misterio de luz! ¿En qué sentido puede decirse esto y qué implica para la espiritualidad y la vida cristiana?

Jesús se presentó a sí mismo como la «luz del mundo» (Jn 8,12), y esta característica resulta evidente en aquellos momentos de su vida, como la Transfiguración y la Resurrección, en los que resplandece claramente su gloria divina. En la Eucaristía, sin embargo, la gloria de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico es un «mysterium fidei» por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina. En una feliz intuición, el célebre icono de la Trinidad de Rublëv pone la Eucaristía de manera significativa en el centro de la vida trinitaria.

La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos «mesas», la de la Palabra y la del Pan. Esta continuidad aparece en el discurso eucarístico del Evangelio de Juan, donde el anuncio de Jesús pasa de la presentación fundamental de su misterio a la declaración de la dimensión propiamente eucarística: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Sabemos que esto fue lo que puso en crisis a gran parte de los oyentes, llevando a Pedro a hacerse portavoz de la fe de los otros Apóstoles y de la Iglesia de todos los tiempos: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). En la narración de los discípulos de Emaús Cristo mismo interviene para enseñar, «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas», cómo «toda la Escritura» lleva al misterio de su persona (cf. Lc 24,27). Sus palabras hacen «arder» los corazones de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer con Él: «Quédate con nosotros, Señor» (cf. Lc24,29).

Los Padres del Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, establecieron que la «mesa de la Palabra» abriera más ampliamente los tesoros de la Escritura a los fieles.[9] Por eso permitieron que la Celebración litúrgica, especialmente las lecturas bíblicas, se hiciera en una lengua conocida por todos. Es Cristo mismo quien habla cuando en la Iglesia se lee la Escritura.[10] Al mismo tiempo, recomendaron encarecidamente la homilía como parte de la Liturgia misma, destinada a ilustrar la Palabra de Dios y actualizarla para la vida cristiana.[11] Cuarenta años después del Concilio, el Año de la Eucaristía puede ser una buena ocasión para que las comunidades cristianas hagan una revisión sobre este punto. En efecto, no basta que los fragmentos bíblicos se proclamen en una lengua conocida si la proclamación no se hace con el cuidado, preparación previa, escucha devota y silencio meditativo, tan necesarios para que la Palabra de Dios toque la vida y la ilumine.”


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