Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

viernes, 30 de octubre de 2026

La solemnidad de Todos los Santos - todo cristiano está llamado a la santidad

 


El 1 de noviembre celebramos la solemnidad de Todos los Santos. En la luz de Dios recordamos a todos los que han dado testimonio de Cristo durante su vida terrena, esforzándose por poner en práctica sus enseñanzas. Nos alegramos con estos hermanos y hermanas nuestros que nos han precedido, recorriendo nuestro mismo camino, y que ahora, en la gloria del cielo, gozan del premio merecido. Estos son los que, según la expresión del Apocalipsis, "vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero" (Ap 7, 14). Han sabido ir contra corriente, acogiendo el "sermón de la montaña" como norma inspiradora de su vida: pobreza de espíritu y sencillez de vida; mansedumbre y no violencia; arrepentimiento de los pecados propios y expiación de los ajenos; hambre y sed de justicia; misericordia y compasión; pureza de corazón; compromiso en favor de la paz; y sacrificio por la justicia (cf. Mt 5, 3-10).

Todo cristiano está llamado a la santidad, es decir, a vivir las bienaventuranzas. Como ejemplo para todos, la Iglesia indica a los hermanos y hermanas que se han distinguido en las virtudes y han sido instrumentos de la gracia divina. Hoy los celebramos a todos juntos, para que con su ayuda crezcamos en el amor a Dios y seamos "sal de la tierra y luz del mundo" (Mt 5, 13-14).

2. La comunión de los santos supera el umbral de la muerte. Es una comunión que tiene su centro en Dios, el Dios de los vivos (cf. Mt 22, 32). "Dichosos los muertos que mueren en el Señor" (Ap 14, 13), leemos en el libro del Apocalipsis. Precisamente la fiesta de Todos los Santos ilumina el significado de la conmemoración de Todos los fieles difuntos, que celebraremos mañana. Esta es una jornada de oración y de profunda reflexión sobre el misterio de la vida y la muerte. "Dios no hizo la muerte" -afirma la Escritura-, sino que "todo lo creó para que subsistiera" (Sb 1, 13-14). "La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y la experimentan los que le pertenecen" (Sb 2, 24).El Evangelio revela cómo Jesucristo tenía un poder absoluto sobre la muerte física, que consideraba casi como un sueño (cf. Mt 9, 24-25; Lc 7, 14-15; Jn 11, 11). Jesús sugiere que hay que tener miedo de otra muerte: la del alma, que a causa del pecado pierde la vida divina de la gracia, quedando excluida definitivamente de la vida y de la felicidad.

3. Por el contrario, Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tm 2, 4). Por eso envió a la tierra a su Hijo (cf. Jn 3, 16), para que todos los hombres tengan vida "en abundancia" (cf. Jn 10, 10). El Padre celestial no se resigna a perder a ninguno de sus hijos, sino que quiere que todos estén con él, y sean santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1, 4).

Santos e inmaculados como la Virgen María, modelo eminente de la humanidad nueva. Su felicidad es plena, en la gloria de Dios. En ella resplandece la meta a la que todos tendemos. A ella le encomendamos a nuestros hermanos difuntos, en espera de encontrarnos con ellos, en la casa del Padre.

 

(PapaJuan Pablo II Ángelus Jueves 2 de noviembre de 2001) 

Historia de Karol Wojtyla sacerdote, sus primeros años - contado por el mismo



Habiendo sido ordenado sacerdote en la fiesta de Todos los Santos, celebré la "primera Misa" el día de los fieles difuntos, el 2 de noviembre de 1946. En este día cada sacerdote puede celebrar para provecho de los fieles tres Santas Misas. Mi "primera" Misa tuvo por tanto -por así decir- un carácter triple. Fue una experiencia de especial intensidad. Celebré las tres Santas Misas en la cripta de San Leonardo, que ocupa, en la catedral del Wawel, en Cracovia, la parte anterior de la llamada cátedra episcopal de Herman. […]  
Cripta san Leonardo, Catedral de Wawel

Al elegirla como el lugar de mis primeras Misas quise expresar un vínculo espiritual particular con los que reposan en esa catedral que, por su misma historia, es un monumento sin igual. Está impregnada, más que cualquier otro templo de Polonia, de significado histórico y teológico. Reposan en ella los reyes polacos, empezando por Wladyslaw Lokietek. . […]   Había, en esa elección, una especial dimensión teológica. Como he dicho, fui ordenado el día anterior, en la Solemnidad de Todos los Santos, cuando la Iglesia expresa litúrgicamente la verdad de la Comunión de los Santos -Communio Sanctorum-. Los Santos son aquellos que, habiendo acogido en la fe el misterio pascual de Cristo, esperan ahora la resurrección final.  También las personas, cuyos restos reposan en los sarcófagos de la catedral del Wawel, esperan allí la resurrección. Toda la catedral parece repetir las palabras del Símbolo de los Apóstoles: "Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna''. Esta verdad de fe ilumina la historia de las Naciones. Aquellas personas son como "los grandes espíritus" que guían la Nación a través de los siglos. No se encuentran allí solamente soberanos junto con sus esposas, u obispos y cardenales; también hay poetas, grandes maestros de la palabra, que han tenido una importancia enorme para mi formación cristiana y patriótica. Fueron pocos los participantes en aquellas primeras Misas celebradas sobre la colina del Wawel. Recuerdo que, entre otros, estaba presente mi madrina Maria Wiadrowska, hermana mayor de mi madre. Me asistía en el altar Mieczyslaw Malinski, que hacía presente de algún modo el ambiente y la persona de Jan Tyranowski, ya entonces gravemente enfermo. Después, como sacerdote y como obispo, he visitado siempre con gran emoción la cripta de San Leonardo. ¡Cuánto hubiera deseado poder celebrar allí la Santa Misa con ocasión del quincuagésimo aniversario de mi Ordenación sacerdotal!  . […]  

 

Noviembre pasaba de prisa: era ya el tiempo de partir hacia Roma. Cuando llegó el día establecido, subí al tren con gran emoción. . […]  

 


No podré olvidar nunca la sensación de mis primeros días "romanos" cuando en 1946 empecé a conocer la Ciudad Eterna. Me inscribí en el "biennium ad lauream" en el Angelicum. . […]  El P. Karol Kozlowski, Rector del Seminario de Cracovia, me había dicho muchas veces que, para quien tiene la suerte de poderse formar en la capital del Cristianismo, más aún que los estudios (¡un doctorado en teología se puede conseguir también fuera!) es importante aprender Roma misma. Traté de seguir su consejo. Llegué a Roma con un vivo deseo de visitar la Ciudad Eterna, empezando por las Catacumbas. Y así fue. Con los amigos del Colegio Belga, donde habitaba, tuve la oportunidad de recorrer sistemáticamente la Ciudad con la guía de conocedores expertos de sus monumentos y de su historia. . […]   Cada día desde el Colegio Belga, en vía del Quirinale 26, iba al Angelicum para las clases, parándome durante el camino en la iglesia de los Jesuitas de San Andrés del Quirinale, donde se encuentran las reliquias de San Estanislao de Kostka, que vivió en el noviciado contiguo y allí terminó su vida. Recuerdo que entre los que visitaban la tumba había muchos seminaristas del Germanicum, que se reconocían fácilmente por sus características sotanas rojas. En el corazón del Cristianismo y a la luz de los santos, las nacionalidades también se encontraban, como prefigurando, más allá de la tragedia bélica que tanto nos había marcado, un mundo sin divisiones.  Mi sacerdocio y mi formación teológica y pastoral se enmarcaban así desde el comienzo en la experiencia romana. Los dos años de estudios, concluidos en 1948 con el doctorado, fueron años de intenso "aprender Roma''. El Colegio Belga contribuía a enraizar mi sacerdocio, día tras día, en la experiencia de la capital del Cristianismo. En efecto, me permitía entrar en contacto con ciertas formas de vanguardia del apostolado, que en aquella época iban desarrollándose en la Iglesia. . […]  

 

 En Roma tuve la posibilidad de descubrir más a fondo cómo el sacerdocio está vinculado a la pastoral y al apostolado de los laicos. Entre el servicio sacerdotal y el apostolado laical existe una estrecha relación, más aún, una coordinación recíproca. Reflexionando sobre estos planteamientos pastorales, descubría cada vez de forma más clara el sentido y el valor del sacerdocio ministerial mismo. 

 La experiencia vivida en el Colegio Belga se amplió, a continuación, gracias a un contacto directo no sólo con la nación belga, sino también con la francesa y la holandesa. Con el consentimiento del Cardenal Sapieha, durante las vacaciones veraniegas de 1947 el P. Stanislaw Starowieyski y yo pudimos visitar aquellos países. Me abría así a un horizonte europeo más amplio. En París, donde residí en el Seminario Polaco, pude conocer de cerca la experiencia de los sacerdotes obreros, la problemática tratada en el libro de los Padres Henri Godin e Yvan Daniel La France, pays de mission? y la pastoral de las misiones en la periferia de París, sobre todo en la parroquia dirigida por el P. Michonneau. Estas experiencias, en el primer y segundo año de sacerdocio, tuvieron para mí un enorme interés.

En Holanda. […]   me impresionó la sólida organización de la Iglesia y de la pastoral en aquel País, con estructuras activas y comunidades eclesiales vivas. Descubría así cada vez mejor, desde puntos de vista diversos y complementarios, la Europa occidental, la Europa de la posguerra, la Europa de las maravillosas catedrales góticas y, al mismo tiempo, la Europa amenazada por el proceso de secularización. Percibía el desafío que todo ello representaba para la Iglesia, llamada a hacer frente al peligro que conllevaba mediante nuevas formas de pastoral, abiertas a una presencia más amplia del laicado. La mayor parte de aquellas vacaciones veraniegas las pasé, sin embargo, en Bélgica. Durante el mes de septiembre estuve al frente de la misión católica polaca, entre los mineros, en las cercanías de Charleroi. Fue una experiencia muy fructífera. Por primera vez visité una mina de carbón y pude conocer de cerca el pesado trabajo de los mineros. Visitaba las familias de los emigrantes polacos y me reunía con la juventud y los niños, acogido siempre con benevolencia y cordialidad, como cuando estaba en la Solvay.

En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba sus homilías. Fue para mí una experiencia inolvidable. . […]  Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba mas de diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario.  Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el confesionario, por medio de aquel voluntario "hacerse prisionero del confesionario". Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y después en Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia inolvidable. He procurado mantener siempre el vínculo con el confesionario tanto durante los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en la Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como ahora en Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro. . […]  

A principios de julio de 1948 defendí la tesis doctoral en el Angelicum e inmediatamente después me puse en camino de regreso a Polonia. . […]   

 Al regresar llevaba conmigo no sólo un mayor bagaje de cultura teológica, sino también. la consolidación de mi sacerdocio y la profundización de mi visión de la Iglesia. . […] gracias a Roma mi sacerdocio se había enriquecido con una dimensión europea y universal.

 

Juan Pablo II Don y Misterio (puede leerse completo en el sitio de la Santa Sede)


jueves, 29 de octubre de 2026

Mentorella: La ermita secreta de Karol Wojtyła (2 de 2)

 


Por qué Juan Pablo II se enamoró de este lugar?

Mentorella, en el período estivo o durante el fin de semana, está siempre lleno de peregrinos. Durante el otoño o el invierno e incluso durante la semana no hay nadie, se convierte en un eremitorio: muchas veces por la mañana dejamos la puerta de la iglesia entreabierta y por la tarde nos la encontramos como la dejamos, porque no ha venido nadie. EL Papa amaba este lugar, porque podía rezar tranquilamente. No hay ruido. Venìa cuando ya había terminado la estación de caza (en esta región se cazan jabalíes y pájaros) y entonces podía caminar tranquilamente por las montañas. Este era el único momento en que el Santo Padre podía descansar completamente. Por este motivo, el Santuario de la Mentorella se llama la ermita secreta de Juan Pablo II.

La característica particular del Santuario es esta: aquí no hay horario de apertura ni de cierre, este es el lugar donde el peregrino puede llamar siempre al timbre en cualquier momento y pedir confesión, o una conversación. Las visitas del Santo Padre a la Mentorella no estaban programadas, porque el sabía muy bien que aquí había siempre alguien para acoger al Pontífice. Aquí, el se sentía como en su casa.

Mentorella es un lugar difícil para quien no lo ama, porque aquí no es fácil trabajar. Pero de vez en cuando viene el Papa y esto compensa nuestros sacrificios y premia nuestra constancia.

 

Cuál es la particularidad de los santuarios construidos entre montañas?

El Papa venía aquí tras las huellas de Marìa para cantar su magníficat. Marìa fue a visitar a su prima Isabel atravesando las montañas – explica el padre Adam. Grandes hombres como Benito, Francisco y otros eligieron entre las montañas el lugar donde pudieron encontrar a Dios, lejos de la gente, pero al mismo tiempo cerca del mundo. En aquellas ermitas pudieron rezar y meditar para después volver al trabajo y poder transmitir a los demás todo lo que habían recibido de Dios. Precisamente por este motivo, aquí Juan Pablo II anunció su primer y trascendente mensaje como Papa, sobre la importancia de la oración en la vida cristiana. No olvidaremos nunca su visita oficial a la Mentorella, en octubre de 1978.

 

Después de la muerte de Juan Pablo, se ha notado un aumento de peregrinos a este santuario?

Si, al día siguiente a su muerte, la Mentorella se llenó de peregrinos, como atestigua el libro de recuerdos, que recoge millares de firmas:  agradecimientos, súplicas, pensamientos. Los peregrinos unen la visita a la tumba de Juan Pablo II a la visita a la Mentorella. Caminan sobre las huellas de Karol Wojtyła. Vienen para poder rezar por él pero también para poder vivir sus mismas emociones y preguntan por los lugares que más le gustaban. A menudo no tengo nada que explicar…

El 29 de octubre de 2005 vino el Papa Benedicto VI. Este es el inicio de la continuación de las visitas de los Papas a la Mentorella.


Paso las hojas amarillentas de los libros de recuerdos del Santuario de la Mentorella. Delicadamente me encuentro con la firma de Karol Wojtyła y leo su dedicatoria: “Vengo aquí todos los años y cada vez con más gusto. Santuario de la Virgen y maravilla de aquel lugar atraen…”

Sobre la Mentorella cae la sombra al atardecer, mientras sopla un viento fresco Con la mirada hacia las cimas de las montañas, les sonrío, como hacía Karol Wojtyla. Ligeramente abierta, la puerta del Santuario me invita a la oración ates de irme. Me arrodillo ante la imagen de la Virgen de las Gracias: “Dale, Señor, el descanso eterno”.

 En su primera peregrinación fuera de Roma, el 29 de octubre de 1978 Karol Wojtyla, ya como Juan Pablo II, se trasladaba al Santuario de la Mentorella de las Gracias, a 35 kms Roma. Salía de su escoltado “encierro vaticano” y volvía a aquellos montes Prenestinos - con un cierto aire a su querida Polonia, pues el Santuario esta a cargo de los Padres Resurreccionistas polacos, orden fundada en el siglo XIX .

 No le era un lugar extraño, había estado alli en numerosas oportunidades cuando era cardenal, buscando la paz y el sosiego de este rincón escondido tan cerca de Roma. Ahora regresaba, ya como pastor del rebaño universal, volvía a esa atmósfera de recogimiento a caminar tranquilamente, a orar y comunicarse con su Madre Maria, cantar el Magnificat y renovar ante Ella su “Todo tuyo”.

Estaba nuevamente allí, en esa ermita secreta adonde queria regresar ahora que era romano porque “la primera tarea del Papa es la oración…. ‘Este lugar me ha ayudado mucho a orar. Y por esto he querido también venir hoy. La oración, que es expresión de la relación del hombre con Dios vivo, es también la primera tarea y como el primer anuncio del Papa, del mismo modo que es el primer requisito de su servicio a la Iglesia y al mundo’..


Comenta el padre Adam Otrebski “el Papa transcurría la mayor parte del tiempo aquí, rezando en la iglesia. Tenía el breviario, su libro y algo para escribir. Se sentaba ante la Virgen, y cuando podía no dejaba de arrodllarse. Aquí pasaba su tiempo”… “…el papa amaba este lugar….no hay ruido….era el único momento que el Santo Padre podía descansar completamente… “el Papa venia aquí tras las huellas de María para cantar su magnificat. .. Maria fue visitar a su prima Isabel atravesando las montañas – explica el padre Adam. Grandes hombres… eligieron entre las montañas como el lugar donde pudieron encontrar a Dios, lejos de la gente, pero al mismo tiempo cerca del mundo. …donde pudieron rezar y meditar para después volver al trabajo y poder transmitir a los demás todo lo que habian recibido de Dios”

  (Totus Tuus, septiembre 2006)

(ElSantuario también fue visitado recientemente por el  Papa Leon XIV)



Mentorella: La ermita secreta de Karol Wojtyła (1 de 2 – Alexandra Zapotocny)

 


Vino aquí, y seguramente se enamoró enseguida del lugar, porque encontró un lugar lleno de un maravilloso amor, un lugar que se puede definir la Casa de María. Por eso volvía aquí a menudo, volvía a pie, subiendo por los senderos de la montaña después de haber dejado el coche a algunos km de distancia de Santuario. Volvía para estar con nuestra comunidad. Volvió aquí poco antes del Cónclave para pedir la protección y la bendición de la Virgen, para poder hacer una justa elección. Y cuando fue elegido Papa, enseguida, lo antes posible, solamente trece días después de la elección, vino para dar gracias y repetir: “Todo tuyo”.

 

Así recuerda el Padre Adam Otrebski de la Congregación de los Resurreccionistas – encargada desde 1997 de la custodia del Santuario de la Mentorella de las Gracias, a 35 kms de Roma – las muchas visitas de Juan Pablo II al Santuario.   Mentorella es un lugar estupendo y especial, donde el hombre se siente más cerca de Dios, de la naturaleza, de su prójimo y de si mismo.

 

Karol Wojtyla vino aquí más de 30 veces como cardenal – continúa el padre Adam – pero a la Mentorella vino también siendo obispo – consultor del Concilio Vaticano II. El Car. Stanislaw Dziwisz, su ex secretario, cuenta que cada vez que el Papa sentía la necesidad de una oración particular, por una intención especial, deseaba ir a rezar fuera del Vaticano, y venía precisamente aquí, a la Mentorella. Durante el cargo del padre Adam como custodio del Santuario, tuvieron lugar dos visitas privadas de Juan Pablo II a la Mentorella.

Siempre sin avisar previamente, sólo al último momento: “Padre Rector, tiene 45 minutos de tiempo? Porque el Papa está llegando al Santuario desde la montaña”, así ocurrió en 1997, cuando un policía anunció la excepcional visita al padre Adam, el cual había sido nombrado superior de la comunidad religiosa polaca de la Mentorella hacía solo un mes y medio.

 


Juan Pablo II venía al santuario después de  haber paseado por las montañas. Cuando era Cardenal, venía desde Capránica Prenestina, a doce km de distancia, o bien desde Pisoniano, recorriendo aquellos senderos de montaña, que hoy llevan su nombre. La visita a la Iglesia, un saludo a Jesús y María,y el encuentro con la Comunidad, pero después de haberse puesto otra vez sus zapatos, pues para recorrer las montañas llevaba calzado apropiado.

 En qué momentos del día venía aquí el Papa?

Siempre durante la comida – esta hora es la mejor para un sacerdote – bromea el padre Adam – pero Karol Wojtyla no tenía ningún momento especial, porque aquí se sentía como un peregrino y como se sabe, un peregrino no necesita muchas coas. Acepta saciar el hambre con lo que encuentra en la mesa. La única vez que vino siendo cardenal y se quedó a dormir aquí era su onomástico, y comió una tortilla. Aquí hay siempre huevos, porque en los conventos es frecuente tener gallinas…..obviamente en el gallinero, no en el convento – precisa el padre Adam.

 El Papa, divertido, al final de la cena añadió: “Hasta ahora nunca había festejado mi santo en un modo tan solemne….”

 Con emoción observo la llave en la puerta, el padre Adam está abriendo la habitación donde se alojó Karol Wojtyla. Las fotos confirman el relato del padre Adam. Los mismos muebles, la ventana. Hay una preciosa imagen de Karol Wojtyla que está mirando desde la ventana, hacia las magníficas montañas a las que envía una sonrisa.

El padre Adam continúa su relato: obviamente el Papa transcurría la mayor parte del tiempo aquí, rezando en la Iglesia. Tenía el breviario, su libro y algo para escribir. Se sentaba ante la Virgen, y cuando podía no dejaba de arrodillarse. Aquí pasaba su tiempo. En esos momentos la iglesia permanecía cerrada a todos y nadie podría molestar la meditación del Pontífice.

  (Totus Tuus, septiembre 2006)

Santuario de la Mentorella

 


En su primera peregrinación fuera de Roma, el 29 de octubre de 1978 Karol Wojtyla, ya como Juan Pablo II, se trasladaba al Santuario de la Mentorella de las Gracias, a 35 kms Roma. Salía de su escoltado “encierro vaticano” y volvía a aquellos montes Prenestinos - con un cierto aire a su querida Polonia, pues el Santuario esta a cargo de los Padres Resurreccionistas polacos, orden fundada en el siglo XIX .

No le era un lugar extraño, había estado alli en numerosas oportunidades cuando era cardenal, buscando la paz y el sosiego de este rincón escondido tan cerca de Roma. Ahora regresaba, ya como pastor del rebaño universal, volvía a esa atmósfera de recogimiento a caminar tranquilamente, a orar y comunicarse con su Madre Maria, cantar el Magnificat y renovar ante Ella su “Todo tuyo”.

Estaba nuevamente allí, en esa ermita secreta adonde queria regresar ahora que era romano porque “la primera tarea del Papa es la oración…. ‘Este lugar me ha ayudado mucho a orar. Y por esto he querido también venir hoy. La oración, que es expresión de la relación del hombre con Dios vivo, es también la primera tarea y como el primer anuncio del Papa, del mismo modo que es el primer requisito de su servicio a la Iglesia y al mundo’..


Comenta el padre Adam Otrebski “el Papa transcurría la mayor parte del tiempo aquí, rezando en la iglesia. Tenía el breviario, su libro y algo para escribir. Se sentaba ante la Virgen, y cuando podía no dejaba de arrodllarse. Aquí pasaba su tiempo”… “…el papa amaba este lugar….no hay ruido….era el único momento que el Santo Padre podía descansar completamente… “el Papa venia aquí tras las huellas de María para cantar su magnificat. .. Maria fue visitar a su prima Isabel atravesando las montañas – explica el padre Adam. Grandes hombres… eligieron entre las montañas como el lugar donde pudieron encontrar a Dios, lejos de la gente, pero al mismo tiempo cerca del mundo. …donde pudieron rezar y meditar para después volver al trabajo y poder transmitir a los demás todo lo que habian recibido de Dios”

 

 (Totus Tuus, septiembre 2006)

 


 

 

Mentorella Santuario Mariano escondido entre los montes prenestinos

 


“Desde la inauguración del Concilio Vaticano II he tenido posibilidad de residir en Roma varias veces, sea por los trabajos conciliares, sea por otras tareas qua me encomendaba el Papa Pablo VI.


En estas ocasiones de mi estancia en Roma he visitado con frecuencia el santuario de la Virgen de la Mentorella. Este lugar escondido entre los montes me atraía de modo especial. Desde él se puede abarcar y admirar la vista magnífica del paisaje italiano. Incluso unos días antes del último Cónclave estuve aquí. Y si hoy he deseado volver otra vez es por varias razones que ahora explicaré.

Antes quiero pedir disculpas a mis colaboradores, a las autoridades locales y a quienes se han ocupado de organizar y realizar este vuelo, porque mi venida les ha ocasionado una molestia más. Al mismo tiempo saludo cordialmente a los habitantes del vecino pueblo de Guadagnolo y a cuantos han acudido aquí de otras localidades cercanas. Saludo a los custodios de este santuario, los padres polacos de la Resurrección. y también al clero del contorno, con su obispo mons. Guglielmo Giaquinta.

En el Evangelio de San Lucas leemos que María, después de la anunciación, fue a la montaña para visitar a su parienta Isabel. Al llegar a Ain-Karim puso toda su alma en las palabras del cántico que la Iglesia recuerda cada día en Vísperas: «Magnificat anima mea Dominum, Mi alma glorifica al Señor». He deseado venir aquí, a estas montañas, a cantar el Magnificat siguiendo las huellas de María.

Este es un lugar donde el hombre se abre a Dios de forma especial. Un lugar donde —lejos de todo y al mismo tiempo cerca de la naturaleza— se habla confidencialmente con Dios mismo. Se siente en lo más hondo algo que es la llamada personal del hombre. Y el hombre debe dar gloria a Dios Creador y Redentor; en cierto modo debe convertirse en voz de toda la creación para decir en su nombre Magnificat. Debe anunciar las magnalia Dei, las grandes obras de Dios y, a la vez, expresarse a sí mismo en esta relación sublime con Dios, porque en el mundo visible sólo él puede hacerlo.

En las temporadas de mi estancia en Roma, este lugar me ha ayudado mucho a orar. Y por esto he querido venir también hoy. La oración, que es expresión en distintos modos de la relación del hombre con el Dios vivo, es también la primera tarea y como el primer anuncio del Papa, del mismo modo que es el primer requisito de su servicio a la Iglesia y al mundo.

En los pocos días transcurridos desde el 16 de octubre, he tenido la suerte de oír de labios de personas autorizadas, palabras que confirman el despertar espiritual del hombre moderno. Estas palabras —y ello es significativo— las han pronunciado sobre todo seglares que desempeñan altos cargos en la vida política de varias naciones y pueblos. Han hablado muchas veces de las necesidades del espíritu humano, que no son inferiores a las del cuerpo. Y al mismo tiempo han señalado en primer lugar a la Iglesia como capaz de satisfacer esas ansias.

Lo que ahora digo sea una primera respuesta, humilde, a todo lo que he oído: la Iglesia ora, la Iglesia quiere orar, desea estar al servicio del don más sencillo y, a la vez, más espléndido del espíritu humano, que se realiza en la oración. En efecto, la oración es la expresión principal de la verdad interior del hombre, la primera condición de la auténtica libertad del espíritu.

La Iglesia ora y quiere orar para escuchar la voz interior del Espíritu divino, a fin de que El mismo pueda hablar en nosotros y con nosotros, con los mismos gemidos inenarrables de toda la creación.

La Iglesia ora y quiere orar para responder a las necesidades que nacen de lo más profundo del hombre, que a veces está sumamente agobiado y acosado por las condiciones contingentes de la vida diaria, por todo lo que es temporal, la debilidad, el pecado, el abatimiento, y una vida que parece no tener sentido. La oración da sentido a toda la vida en cada momento y en cualquier circunstancia.

Por ello el Papa, en cuanto Vicario de Cristo en la tierra, desea antes que nada unirse a cuantos tienden a la unión con Cristo en la oración, en cualquier sitio en que estén o se encuentren: como el beduino en la estepa, las carmelitas o los cistercienses en la clausura profunda, o el enfermo en la cama de un hospital en medio de los sufrimientos de la agonía, o un hombre en actividad, en la plenitud de la vida, o las personas oprimidas y humilladas... en todos los sitios.

La Madre de Cristo fue a la montaña a decir su Magnificat. Que el Padre. el Hijo y el Espíritu Santo acojan la oración del Papa en este santuario y conceda los dones del Espíritu a todos los que oran."

(Juan Pablo II - Peregrinacion al Santuario Mariano de la Mentorella - 29 de octubre de 1978)

 

 

martes, 27 de octubre de 2026

¿Matar en nombre de Dios? (Stanislaw Dziwisz/Gian Franco Svidercoschi – 2 de 2

 



(Svidercoschi)

Era el 11 de septiembre de 2001.

Entre las 8.45 y las 9.45 (hora local), tres aviones, con docenas de pasajeros a bordo, se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York, y, en Washington, contra el ala oeste del Pentágono.

 El nuevo terrorismo, encabezado por Al Qaeda (la Base) y Osama bin Laden, el terrorismo invisible, el de las armas sofisticadas y homicidas, el multimillonario, alimentado por el fundamentalismo islámico, le declaraba la guerra a Estados Unidos, a Occidente. Y era una guerra manipulada por la religión, llevaba la muerte y la destrucción en nombre de Dios


…

(Dziwisz)

El Santo Padre se encontraba en Castelgandolfo. Sonò el teléfono y, al otro lado de la línea  se escucho la voz asustada del cardenal Sodano, el secretario de Estado. El Papa pidió que se pusiera la televisión y vio  aquellas imágenes dramáticas, el derrumbe de las Torres Gemelas con tantas pobres victimas aprisionadas dentro. Pasó el resto de la tarde entre la capilla y la televisión, arrastrando consigo todo su sufrimiento.

A la mañana siguiente, el Papa celebró misa. Luego, en la plaza de San Pedro, concedió una audiencia general con carácter extraordinario. Recuerdo sus palabras: «Un dia negro en la historia de la humanidad». Y recuerdo también que, antes de la oración, se les pidió a los fieles que no aplaudiesen, que no cantasen. Era un día de luto.

Estaba preocupado, muy preocupado; se temía que aquello no acabase ahí, que el atentado pudiese desencadenar una espiral de violencia sin fin. También porque, según su opinión, la plaga del terrorismo se estaba extendiendo, entre otros motivos, por el grave estado de pobreza, por la escasez de medios para la educación, y el desarrollo cultural que padecían muchos países árabes. Y, por lo tanto, para derrotar el terrorismo era necesario eliminar las enormes desigualdades sociales y económicas entre norte y sur.

Una vez más, Juan Pablo II juzgó correctamente. Afganistán había sido liberado del yugo del régimen de los talibanes, pero para acabar con las bases terroristas fueron asesinadas muchas personas inocentes. Y no tuvo que pasar mucho tiempo  para que estuviese claro que la máquina de la guerra no se iba a detener o, más exactamente, que los hombres no querían detenerla.

Fue entonces cuando el Papa Wojtyla, ya muy anciano muy cansado y muy enfermo, se lanzó a la que iba a ser, probablemente, la fase más dolorosa y agotadora de toda su labor en pro de la paz. Fue por todo el mundo, hasta a Azerbaiyán, para pronunciarse en contra de la violencia, en contra de la guerra emprendida «en el nombre de Dios». Mandó a sus enviados a Irak y a Estados Unidos, se reunió con jefes de Estado y políticos, para conjurar le peligro de aquella guerra absurda. Una guerra para la que se había acuñado la etiqueta de preventiva, pero que, en realidad, conducida de ese modo iba a ser unilateral y, por lo tanto, ilegal e inmoral.

El 15 de marzo de 2003, sábado. En compañía del cardenal Sodano y monseñor Tauran, el Santo Padre recibió al cardenal Pio Laghi, de regreso de su misión a Estados Unidos. Y Laghi, sin darlo aún todo por perdido, refirió cuanto le había dicho el presidente americano. Bush comprendía perfectamente las razones morales del Papa, pero ya no podía echarse atrás. Le había dado un ultimátum de veinticuatro horas a Sadam Husein.

Mientras tanto, el cardenal Etchegaray ya había traído la respuesta, no demasiado negativa pero sin duda ambigua, de los gobernantes iraquíes: estaban dispuestos a colaborar con los inspectores de las Naciones Unidas, pero se mostraban reticentes acerca de las denominadas armas de destrucción masiva.

Ya se sabía todo lo que había que saber. De aquella reunión del 15 de marzo surgió el texto del Ángelus del día siguiente, que contenía un acongojado pero, al  mismo tiempo, decidido llamamiento tanto a Sadam Husein como a los países que integraban el Consejo de Seguridad de la ONU. Y, al leerlo desde la ventana, el Santo Padre casi quiso irse en compañía de aquella última  esperanza que salía hacia los caminos del mundo.  Repitió tres veces «Aún hay tiempo! Nunca es demasiado tarde!»

Pero todo esto, evidentemente, no le pareció suficiente. Había intuido, más allá de los indicios, que la situación estaba a punto de precipitarse, que se estaba yendo hacia la guerra, con el riesgo añadido de que ésta pudiese transformarse en una guerra de civilizaciones o, peor, en una« guerra santa».

Entonces sintió la necesidad de decir aquello que llevaba dentro de su corazón, de aportar su testimonio personal. Quiso recordar que él pertenecía a la generación de los que habían vivido la guerra y que, también por eso, sentía que era su deber afirmar: «Nunca más la guerra».

Desde el lugr del estudio en el que me encontraba sólo lo veìa de perfil, pero lo veìa. Veia su rostro que se tensaba cada vez más, y su mano derecha que parecía querer imprimirle más fuerza a las palabras.

En la noche del 20 de marzo comenzaron a caer las primeras bombas sobre Bagdad. Se había iniciado  la segunda guerra contra Sadam Husein. Por la mañana temprano, Juan Pablo I fue informado por la Secretaria de Estado.

Durante los días siguientes, vi al Santo Padre lleno de dolor; sufría por la enormidad de aquella nueva tragedia. Pero me pareció que también tenía una serenidad toda suya, una serenidad interior, quiero decir. En ningún momento, ni siquiera al final, se había resignado a la sola idea de la guerra. Consideraba que había hecho todo lo posible para evitarla. Había defendido la paz, como en otras ocasiones.

Antes de cada prueba, nunca se preguntaba si saldría derrotado o no. No se planteaba en absoluto ese problema. Asì ocurrió también aquella vez. Había intentado cumplieron su deber para con Dios, la Iglesia y los hombres. Y lo había hecho como el hombre libre que era, sin dejarse condicionar ni por Occidente ni por Oriente. Quizá por eso había conseguido, con su autoridad moral, con su credibilidad, mantener fuera del conflicto las relaciones entre islam y cristianismo.

En un momento en el que el mundo parecía estallar bajo el peso de tantas trágicas contradicciones, sólo él, el testigo de la paz, recordaba que el camino de la historia, la evolución del pensamiento y, sobre todo, las religiones, presentan, pese a todo, un movimiento irresistible hacia la  unidad. Y aquella frase que Juan Pablo II había repetido a lo largo de todo su pontificado. – «El mundo puede cambiar» – ha sido quizá, la herencia más preciosa que les podía dejar a los hombres del siglo XXI.

 (Dziwisz Estanislao /  Svidercoschi Gian Franco 2008 UNA VIDA CON KAROL capitulo 11, «Abrid las puertas a Cristo» páginas 238/242, La Esfera de los Libros)