Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

miércoles, 21 de enero de 2026

Concilio Vaticano II hoy - (7) Leon XIV Dei Verbum “Yo los llamo amigos”

 


 “Yo los llamo amigos”

Dios nos habla

Cultivar la escucha

Necesidad de la oración

Solo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él.

 

Tal como ya había anunciado y después de la catequesis introductoria del miércoles7 de enero,   la semana pasada el Papa Leon XIV comenzaba  su Audiencia  recordándonos  la catequesis pasada y ya entrndo a a “profundizar en la Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación. Se trata de uno de los documentos más bellos y más importantes de la asamblea conciliar; para introducirnos en él, puede sernos útil recordar las palabras de Jesús: «Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre» (Jn 15, 15). Este es un punto fundamental de la fe cristiana que nos recuerda la Dei Verbum: Jesucristo transforma radicalmente la relación del hombre con Dios; de ahora en adelante, será una relación de amistad. Por eso, la única condición de la nueva alianza es el amor.”

 (…)

Las palabras del Señor Jesús que hemos recordado – “Yo los llamo amigos” – son retomadas en la Constitución Dei Verbum, que afirma: «Por esta revelación, Dios invisible (cfr. Col 1,15; 1Tm 1,17) habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos (cfr. Bar 3,38), para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (n. 2). El Dios del Génesis ya se manifestó a nuestros primeros padres, dialogando con ellos (cfr. Dei Verbum, 3); y cuando este diálogo se interrumpió a causa del pecado, el Creador no dejó de procurar encontrarse con sus criaturas y establecer una alianza con ellas cada vez. En la Revelación cristiana, es decir, cuando Dios se hace carne en su Hijo para venir a buscarnos, el diálogo que se había interrumpido se restablece de manera definitiva: la Alianza es nueva y eterna, nada nos puede separar de su amor. La Revelación de Dios, por tanto, posee el carácter dialógico de la amistad y, como sucede en la experiencia de la amistad humana, no soporta el mutismo, sino que se alimenta del intercambio de palabras verdaderas.

La Constitución Dei Verbum nos recuerda también esto: Dios nos habla. Es importante comprender la diferencia entre la palabra y la charla: esta última se detiene en la superficie y no realiza una comunión entre las personas, mientras que en las relaciones auténticas, la palabra no solo sirve para intercambiar informaciones y noticias, sino también para revelar quiénes somos. La palabra posee una dimensión reveladora que crea una relación con el otro. Así, hablándonos, Dios se nos revela como Aliado que nos invita a la amistad con Él.

Desde esta perspectiva, la primera actitud que hemos de cultivar es la escucha, para que la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros corazones. Al mismo tiempo, estamos llamados a hablar con Dios, no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos.

De ahí la necesidad de la oración, en la que estamos llamados a vivir y a cultivar la amistad con el Señor. Esto se realiza, primeramente, en la oración litúrgica y comunitaria, en la que no somos nosotros quienes decidimos qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él mismo quien nos habla por medio de la Iglesia. Además, se cumple en la oración personal, que tiene lugar en el interior del corazón y de la mente. Durante la jornada y la semana del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a la reflexión. Solo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él.

martes, 20 de enero de 2026

Concilio Vaticano II hoy - breve reseña historica del CVII (6)

 




El 25 de enero de 1959 el Papa Juan XXIII en su discurso  en la Sala Capitular del Monasterio de San Pablo anunciaba el nombre y la propuesta de la doble celebración: un Sínodo Diocesano para la Ciudad y un Concilio Ecuménico para la Iglesia universal,   “ciertamente con un poco de emoción, pero al mismo tiempo con humilde resolución de propósito” y como “un toque inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración delConcilio. 

Los Papas que le sucedieron no dudaron en continuar con el legado.

En diciembre de 1965 el concilio Vaticano II llegaba al fin de las deliberaciones ya durante el pontificado de su sucesor el Papa Pablo VI y comenzaba el nuevo andar de la Iglesia : el “aggiornamento” de Juan XXIII y el Papa Pablo VI  saludaba asi a los Padres Conciliares:

La hora de la partida y de la dispersión ha sonado. Dentro de unos instantes vais a abandonar la asamblea conciliar para ir al encuentro de la humanidad y llevarle la buena nueva del Evangelio de Cristo y de la renovación de su Iglesia, en la que hemos trabajado juntos desde hace cuatro años.” Y en esa misma fecha dirigía mensajes especiales a los gobernantes, a los hombres del pensamiento y la ciencia, a los artistas, a las mujeres, a los trabajadores, a los pobres y enfermos y a los jóvenes.  Y además como acto de clausura entregaba a la Iglesia el Resumen de los documentos del Consejo. : las cuatro constituciones conciliares, los nueve decretos conciliares y las tres declaraciones conciliares, y el 17 de diciembre de 1965 hacia llegar su agradecimiento final al Consejo ecuménico.

En este blog hay abundante información  de las reflexiones de entonces del Obispo/Arzobispo Karol Wojtyla y de los trabajos realizados post Concilio en Polonia y del compromiso del Papa Juan Pablo II con el Concilio Vaticano II.    Y una serie de posts etiquetados Los Papas delConcilio, como asi también sobre las actuaciones de Joseph Ratzinger, ya desde antes que fuera Obispo. Aquí .  

Y aquí:

Agregamos tan solo una parte del  discurso delPapa Benedicto XVI a los participantes en la Asamblea Plenaria de la PotificiaComision Biblica que se refiere a la Constitucion Dei Verbum.  En particular, la constitución conciliar Dei Verbum sigue iluminando hoy la obra de los exegetas católicos, invitando a pastores y fieles a alimentarse más asiduamente en la mesa de la Palabra de Dios. Al respecto, el Concilio recuerda ante todo que Dios es el Autor de la Sagrada Escritura: "La revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece fue puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. La santa madre Iglesia, fiel a la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia" (Dei Verbum, 11). (…)   La misma constitución Dei Verbum, tras haber afirmado que Dios es el autor de la Biblia, nos recuerda que en la Sagrada Escritura Dios habla al hombre a la manera humana. (…)

Ser fieles a la Iglesia significa, de hecho, insertarse en la corriente de la gran Tradición que, bajo la guía del Magisterio, ha reconocido los escritos canónicos como Palabra dirigida por Dios a su pueblo y nunca ha dejado de meditarlos y de descubrir sus inagotables riquezas. El concilio Vaticano II lo reafirmó con gran claridad: "Todo lo que concierne a la interpretación de la Escritura queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la Palabra de Dios" (Dei Verbum12)..

Y recordamos la Exhortaciòn Apostólica Postsinodal Verbum Domini  sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia publicada en otro post.

Y a su vez tambien su discurso al  Congreso Internacional en el 40 aniversario de la Dei Verbum (16 septiembre 2005) donde decia . 

La constitución dogmática Dei Verbum, de cuya elaboración fui testigo, participando personalmente como joven teólogo en los intensos debates que la acompañaron, empieza con una frase de profundo significado:  "Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans, Sacrosancta Synodus...". Son palabras con las que el Concilio indica un aspecto que distingue a la Iglesia:  es una comunidad que escucha y anuncia la palabra de Dios. La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio, y en el Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para su camino. Es una consideración que todo cristiano debe hacer y aplicarse  a sí mismo:  sólo quien se pone primero a la escucha de la Palabra, puede convertirse después en su heraldo. En efecto, el cristiano no debe enseñar su  propia  sabiduría, sino la sabiduría de Dios, que a menudo se presenta como escándalo a los ojos del mundo (cf. 1 Co 1, 23).La Iglesia sabe bien que Cristo vive en las sagradas Escrituras. Precisamente por eso, como subraya la Constitución, ha tributado siempre a las divinas Escrituras una veneración semejante a la que reserva al Cuerpo mismo del Señor (cf. Dei Verbum, 21). Por ello, san Jerónimo, citado por el documento conciliar, afirmaba  con razón que desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo (cf. ib., 25).

Al Papa Francisco le toco vivir el aniversario del Jubileo por los 50 años del fin del Concilio Vaticano II haciendolo coincidir con el Jubileo Extraodinario de la Misericordia, que anunciaba en la Bula de convocación Misericordiae Vultus  fechada 11 de abril de 2015  como “tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes y declaraba que el “Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción. He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible.”. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.”

En la Bula de convocacion al JubileoOrdinario del año 2025 el Papa Francisco decia con respecto al Concilio Vaticano II    "Como afirma el Concilio Vaticano II, «es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas». [4] Por ello, es necesario poner atención a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considernos superados por el mal y la violencia. En este sentido, los signos de los tiempos, que contienen el anhelo del corazón humano, necesitado de la presencia salvífica de Dios, requieren ser transformados en signos de esperanza."

Con vistas al Jubileo agregaba  "Prepararse para el Jubileo del 2025 retomando en vuestras manos los textos fundamentales del Concilio Ecuménico Vaticano II es un compromiso que pido a todos asumir como un momento de crecimiento en la fe. Han pasado sesenta años desde el inicio de aquel acontecimiento, que permitió a la Iglesia rejuvenecer su rostro y volver a presentarse al mundo como portadora de un Mensaje que traspasa todas las fronteras. El Evangelio de Jesucristo, en efecto, es un anuncio tan universal que no puede tener límites."

En sus cuatro constituciones, el Concilio Vaticano II ha marcado un nuevo desarrollo en la enseñanza bimilenaria de la Iglesia, permitiendo que el futuro pudiera ser iluminado con la profundidad e intensidad de este magisterioEs tiempo de redescubrir la belleza de esta enseñanza, que aún hoy estimula la fe de los cristianos y los llama a ser más responsables y presentes en ofrecer su propia contribución al crecimiento de la humanidad entera.

«¡La Iglesia vive! Aquí está la prueba; aquí está su aliento; la voz, el canto. ¡La Iglesia vive! […] La Iglesia piensa, la Iglesia habla, ora, la Iglesia crece, la Iglesia se construye. […] De Cristo viene la Iglesia, a Cristo va; y estos son sus pasos, es decir, los actos con los que se perfecciona, se confirma, se desarrolla, se renueva, se santifica. Y todo este esfuerzo de perfección de la Iglesia, visto con atención, no es más que una expresión de amor a Cristo Señor». Estas palabras de san Pablo VI en la homilía de la séptima sesión del Concilio nos impulsan hoy a considerar la importancia de la enseñanza conciliar. Tomar de nuevo en vuestras manos esos textos es signo de la vitalidad y fecundidad de la Iglesia; la renovación de las comunidades y el compromiso de conversión pastoral pasan necesariamente por hacer nuestra la lección del Vaticano II.

En su Carta  a Mons. Fino Fisichella para el Jubileo 2025 el Papa Francisco declaraba:  que «las cuatro Constituciones del Concilio Ecuménico Vaticano II, junto con el magisterio de estas décadas, seguirán orientando y guiando al pueblo santo de Dios, para que progrese en la misión de llevar a todos el gozoso anuncio del Evangelio».

A la luz de esta petición, la Santa Sede ha impulsado la iniciativa «Cuadernos del Concilio», una serie de pequeños volúmenes,  para dar a conocer a las generaciones más jóvenes, algunos de los principales contenidos del Concilio. En el sitio de laConferencia Episcopal Española  puede accederse al comentario sobre las Cuatro constituciones: Dei Verbum, Constitución dogmática sobre la Divina revelación,Sacrosanctum Concilium, Constitución sobre la Sagrada Liturgia,Lumen gentium, Constitución dogmática sobre la Iglesia,Gaudium et spes, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual y también una breve historia del Concilio. Todo el material puede consultarse en la web.    Alli también se publica una breve historia de los preparativos y desarrollo del Concilio y a su vez incluye una gran cantidad de artículos de varios autores sobre las Cuatro constituiciones. 

 

Concilio Vaticano II hoy (5) - De la «Dei Verbum» al Sínodo sobre la Palabra de Dios Papa Benedicto XVI

 


Con la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios, somos conscientes de haber tocado en cierto sentido el corazón mismo de la vida cristiana, en continuidad con la anterior Asamblea sinodal sobre la Eucaristía como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia. En efecto, la Iglesia se funda sobre la Palabra de Dios, nace y vive de ella.[2] A lo largo de toda su historia, el Pueblo de Dios ha encontrado siempre en ella su fuerza, y la comunidad eclesial crece también hoy en la escucha, en la celebración y en el estudio de la Palabra de Dios. Hay que reconocer que en los últimos decenios ha aumentado en la vida eclesial la sensibilidad sobre este tema, de modo especial con relación a la Revelación cristiana, a la Tradición viva y a la Sagrada Escritura. A partir del pontificado del Papa León XIII, podemos decir que ha ido creciendo el número de intervenciones destinadas a aumentar en la vida de la Iglesia la conciencia sobre la importancia de la Palabra de Dios y de los estudios bíblicos,[3] culminando en el Concilio Vaticano II, especialmente con la promulgación de la Constitución dogmática Dei Verbum, sobre la divina Revelación. Ella representa un hito en el camino eclesial: «Los Padres sinodales... reconocen con ánimo agradecido los grandes beneficios aportados por este documento a la vida de la Iglesia, en el ámbito exegético, teológico, espiritual, pastoral y ecuménico».[4] En particular, ha crecido en estos años la conciencia del «horizonte trinitario e histórico salvífico de la Revelación»,[5] en el que se reconoce a Jesucristo como «mediador y plenitud de toda la revelación».[6] La Iglesia confiesa incesantemente a todas las generaciones que Él, «con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación».[7]

De todos es conocido el gran impulso que la Constitución dogmática Dei Verbum ha dado a la revalorización de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, a la reflexión teológica sobre la divina revelación y al estudio de la Sagrada Escritura. En los últimos cuarenta años, el Magisterio eclesial se ha pronunciado en muchas ocasiones sobre estas materias.[8] Con la celebración de este Sínodo, la Iglesia, consciente de la continuidad de su propio camino bajo la guía del Espíritu Santo, se ha sentido llamada a profundizar nuevamente sobre el tema de la Palabra divina, ya sea para verificar la puesta en práctica de las indicaciones conciliares, como para hacer frente a los nuevos desafíos que la actualidad plantea a los creyentes en Cristo.

(de la Exhortaciòn Apostólica Postsinodal Verbum Domini del Santo Padre Benedicto XVI, sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia.


Invito leer: Benedicto XVI y la Biblia - Miren Junkal Guevara Llaguno

Concilio Vaticano II hoy - ( 4 ) La redacción del capítulo V de Dei Verbum

 


En noviembre de 1965 fue promulgada la Constitución dogmática Dei Verbum, sobre la divina Revelación, uno de los documentos más logrados del Concilio Vaticano II. El capítulo quinto, dedicado al Nuevo Testamento, abordó, entre otras cuestiones, uno de los temas nucleares de todo el documento: la historicidad de los Evangelios (n. 19). La compleja arquitectura de los cuatro números que componen dicho capítulo quinto (nn. 17-20) puede comprenderse mucho mejor cuando se estudia su iter redaccional, que va desde el Esquema propuesto al comenzar el Concilio, hasta el texto finalmente aprobado, pasando por tres Esquemas intermedios. Cincuenta años después de la Dei Verbum, un repaso de los trabajos de entonces puede ayudarnos a captar mejor hasta qué punto se ha avanzado en las perspectivas abiertas entonces, y cuáles son las tareas aún pendientes.

 

1.      EL NUEVO TESTAMENTO EN LA DEI VERBUM

 

En el Concilio Vaticano II, las cuestiones relativas al Nuevo Testamento son tratadas, de un modo específico, en la Constitución Dogmática Dei Verbum, sobre la Revelación divina, concretamente, en su capítulo quinto1 . Este documento es uno de los textos más logrados del Concilio. Aunque no aborda todos los temas fundamentales en torno a la Sagrada Escritura, sí refleja un avance muy importante, tanto en perspectivas como en contenidos, respecto a documentos anteriores. Un estudio atento de Dei Verbum revela una arquitectura extremadamente compleja. Esto es consecuencia del modo propio de trabajar del Concilio, que, aunque parte de un primer esquema con una redacción más bien unitaria, llevada a cabo por unas pocas personas, lo va modificando poco a poco, por medio de enmiendas tanto a textos amplios como a pequeños detalles, hasta alcanzar una aprobación lo más unánime posible entre los Padres conciliares 2 . Esto hace que en ocasiones nos encontremos con pasajes poco claros o aparentemente mal encajados, pero cuyo sentido correcto puede entenderse mejor una vez que se hayan estudiado los entresijos de sus historias redaccionales 3 . En este trabajo se pretende explicitar los aspectos más importantes que están detrás de la evolución en la redacción de los puntos del capítulo V, y poner así de relieve las perspectivas que abrió el Vaticano II en los estudios sobre el Nuevo Testamento.

El texto final de Dei Verbum tuvo su origen remoto, por lo que a los trabajos conciliares se refiere, en los pareceres enviados a Roma, previa petición por parte de la Comisión Antepreparatoria del Concilio, creada el 17 de mayo de 19594 . Después de dos años de preparación de posibles esquemas de trabajo, en los que predominó el tono apologético defensivo y de condena, se elaboró un texto base, que, después de todo, no sería aceptado para discusión por la mayoría de los Padres conciliares, y sería retirado el 21 de noviembre de 1962. De aquí en adelante, los trabajos siguieron un camino tortuoso, en cuyo decurso influyeron, en opinión de Ratzinger, tres factores fundamentales: el nuevo planteamiento del fenómeno de la tradición, que se estaba desarrollando, por diversas razones, desde inicios del siglo XIX; el problema teológico ocasionado por la aplicación de los métodos histórico-críticos a la interpretación de la Sagrada Escritura; y el movimiento bíblico, que se estaba haciendo cada vez más fuerte, y que estaba generando una nueva actitud hacia la Escritura en el mundo católico5 . En este iter se elaboraron los siguientes esquemas, que serán citados más adelante, en el estudio redaccional de los puntos concernientes al capítulo V: Texto A (13.II.1961), Texto B (9.XI.1961) y Texto C (23.VII.1962), todos ellos del periodo preparatorio; Texto D o prior (22.IV.1963), Texto E o emendatus (3.VII.1964), Texto F o denuo emendatus (20.XI.64) y Texto G o adprobatus (18.XI.1965), del periodo conciliar.

 

Textocompleto de LA REDACCION DEL CAPITULO V DE LA DEI VERBUM -  Juan Luis CABALLERO – Pablo EDO ProfesoresFacultad de Teología. Universidad de Navarra en pdf

lunes, 19 de enero de 2026

El Concilio Vaticano II hoy. Joseph Ratzinger/Papa Benedicto XVI - Su despedida (3 - 2da parte)

 


(esta segunda parte la retranscribo completa)

La segunda parte del Concilio es mucho más amplia. Aparecía con gran urgencia el tema: mundo de hoy, época moderna, e Iglesia; y con ello los temas de la responsabilidad en la construcción de este mundo, de la sociedad; responsabilidad por el futuro de este mundo y esperanza escatológica; responsabilidad ética del cristiano y dónde encuentra su orientación. Y después la libertad religiosa, el progreso y la relación con las demás religiones. En este momento, entraron realmente en discusión todas las partes del Concilio, no sólo América, los Estados Unidos, con un gran interés por la libertad religiosa. En el tercer período, éstos dijeron al Papa: «No podemos volver a casa sin tener, en nuestro equipaje, una declaración sobre la libertad religiosa votada por el Concilio». El Papa, sin embargo, tuvo la firmeza y la decisión, la paciencia de trasladar el texto al cuarto período, para encontrar una madurez y un consenso bastante completo entre los Padres del Concilio. Digo: no sólo entraron con gran fuerza en el dinamismo del Concilio los americanos, sino también Latinoamérica, conociendo bien la miseria del pueblo, de un continente católico, así como la responsabilidad de la fe por la situación de estos hombres. Y también África y Asia, vieron la necesidad del diálogo interreligioso; se habían desarrollado problemas que nosotros alemanes —debo decir— no habíamos visto al comienzo. No puedo ahora describir todo esto. El gran documento «Gaudium et spes» analizó muy bien el problema entre escatología cristiana y progreso mundano, entre responsabilidad por la sociedad del mañana y responsabilidad del cristiano ante la eternidad, y así ha renovado también la ética cristiana, los fundamentos. Pero creció, digamos inesperadamente, fuera de este gran documento, un texto que respondía de modo más sintético y más concreto a los desafíos del tiempo, y es la «Nostra aetate». Nuestros amigos judíos estaban presentes desde el comienzo, y dijeron, sobre todo a nosotros alemanes, pero no sólo a nosotros, que después de los tristes sucesos de este siglo nacista, del decenio nacista, la Iglesia católica debía decir una palabra sobre el Antiguo Testamento, sobre el pueblo judío. Dijeron: «Aunque está claro que la Iglesia no es responsable de la Shoah, los que cometieron aquellos crímenes eran en gran parte cristianos; debemos profundizar y renovar la conciencia cristiana, aun sabiendo bien que los verdaderos creyentes siempre han resistido contra estas cosas». Y así aparecía claro que la relación con el mundo del antiguo Pueblo de Dios debía de ser objeto de reflexión. Es comprensible también que los países árabes —los obispos de los países árabes— no fueran tan entusiastas con esto: temían un poco una glorificación del Estado de Israel, que naturalmente no querían. Dijeron: «Bien, una indicación verdaderamente teológica sobre el pueblo judío es buena, es necesaria, pero si habláis de esto, hablad también del Islam; sólo así estamos en equilibrio; también el Islam es un gran desafío y la Iglesia debe aclarar también su relación con el Islam». Algo que nosotros, en aquel momento, no habíamos entendido mucho, un poco tal vez, pero no mucho. Hoy sabemos lo necesario que era.

Cuando comenzamos a trabajar también sobre el Islam, nos dijeron: «Pero hay también otras religiones en el mundo: toda Asia. Pensad en el budismo, el hinduismo…». Y así, en lugar de una Declaración inicialmente pensada sólo sobre el antiguo Pueblo de Dios, se creó un texto sobre el diálogo interreligioso, anticipando lo que treinta años después se mostró con toda su intensidad e importancia. No puedo entrar ahora en este tema, pero si se lee el texto, se ve que es muy denso y preparado verdaderamente por personas que conocían la realidad, y con pocas palabras indica brevemente lo esencial. Así también el fundamento de un diálogo, en la diferencia, en la diversidad, en la fe sobre la unicidad de Cristo, que es uno, y no es posible para un creyente pensar que las religiones son todas variaciones de un mismo tema. No, está la realidad del Dios vivo que ha hablado, y es un Dios, es un Dios encarnado, por tanto una Palabra de Dios, que es realmente Palabra de Dios. Pero está la experiencia religiosa, con una cierta luz humana de la creación y, por tanto, es necesario y posible entrar en diálogo, y así abrirse el uno al otro y abrir a todos a la paz de Dios, de todos sus hijos, de toda su familia.

Por tanto, estos dos documentos, libertad religiosa y «Nostra aetate», conectados con «Gaudium et spes», son una trilogía muy importante, cuya importancia se ha visto sólo en el curso de los decenios, y todavía estamos trabajando para entender mejor este conjunto entre unicidad de la Revelación de Dios, unicidad del único Dios encarnado en Cristo, y la multiplicidad de las religiones, con las que buscamos la paz y también el corazón abierto por la luz del Espíritu Santo, que ilumina y guía hacia Cristo.

Quisiera ahora añadir todavía un tercer punto: Estaba el Concilio de los Padres —el verdadero Concilio—, pero estaba también el Concilio de los medios de comunicación. Era casi un Concilio aparte, y el mundo percibió el Concilio a través de éstos, a través de los medios. Así pues, el Concilio inmediatamente eficiente que llegó al pueblo fue el de los medios, no el de los Padres. Y mientras el Concilio de los Padres se realizaba dentro de la fe, era un Concilio de la fe que busca el intellectus, que busca comprenderse y comprender los signos de Dios en aquel momento, que busca responder al desafío de Dios en aquel momento y encontrar en la Palabra de Dios la palabra para hoy y para mañana; mientras todo el Concilio —como he dicho—se movía dentro de la fe, como fides quaerens intellectum, el Concilio de los periodistas no se desarrollaba naturalmente dentro de la fe, sino dentro de las categorías de los medios de comunicación de hoy, es decir, fuera de la fe, con una hermenéutica distinta. Era una hermenéutica política. Para los medios de comunicación, el Concilio era una lucha política, una lucha de poder entre diversas corrientes en la Iglesia. Era obvio que los medios de comunicación tomaran partido por aquella parte que les parecía más conforme con su mundo. Estaban los que buscaban la descentralización de la Iglesia, el poder para los obispos y después, a través de la palabra «Pueblo de Dios», el poder del pueblo, de los laicos. Estaba esta triple cuestión: el poder del Papa, transferido después al poder de los obispos y al poder de todos, soberanía popular. Para ellos, naturalmente, esta era la parte que había que aprobar, que promulgar, que favorecer. Y así también la liturgia: no interesaba la liturgia como acto de la fe, sino como algo en lo que se hacen cosas comprensibles, una actividad de la comunidad, algo profano. Y sabemos que había una tendencia a decir, fundada también históricamente: Lo sagrado es una cosa pagana, eventualmente también del Antiguo Testamento. En el Nuevo vale sólo que Cristo ha muerto fuera: es decir, fuera de las puertas, en el mundo profano. Así pues, sacralidad que ha de acabar, profano también el culto. El culto no es culto, sino un acto del conjunto, de participación común, y una participación como mera actividad. Estas traducciones, banalización de la idea del Concilio, han sido virulentas en la aplicación práctica de la Reforma litúrgica; nacieron en una visión del Concilio fuera de su propia clave, de la fe. Y así también en la cuestión de la Escritura: la Escritura es un libro histórico, que hay que tratar históricamente y nada más, y así sucesivamente.

Sabemos en qué medida este Concilio de los medios de comunicación fue accesible a todos. Así, esto era lo dominante, lo más eficiente, y ha provocado tantas calamidades, tantos problemas; realmente tantas miserias: seminarios cerrados, conventos cerrados, liturgia banalizada… y el verdadero Concilio ha tenido dificultad para concretizarse, para realizarse; el Concilio virtual era más fuerte que el Concilio real. Pero la fuerza real del Concilio estaba presente y, poco a poco, se realiza cada vez más y se convierte en la fuerza verdadera que después es también reforma verdadera, verdadera renovación de la Iglesia. Me parece que, 50 años después del Concilio, vemos cómo este Concilio virtual se rompe, se pierde, y aparece el verdadero Concilio con toda su fuerza espiritual. Nuestra tarea, precisamente en este Año de la fe, comenzando por este Año de la fe, es la de trabajar para que el verdadero Concilio, con la fuerza del Espíritu Santo, se realice y la Iglesia se renueve realmente. Confiemos en que el Señor nos ayude. Yo, retirado en mi oración, estaré siempre con vosotros, y juntos avanzamos con el Señor, con esta certeza: El Señor vence.

Gracias.

(Fuente: Sitio de la Santa Sede)


Invito leer el muy interesante articulo de : :  Christian SCHALLER La eclesiología del Concilio Vaticano II en los escritos deJoseph Ratzinger The Ecclesiology of the Second Vatican Council in the Writings of Joseph Ratzinger

El Concilio Vaticano II hoy. Joseph Ratzinger/Papa Benedicto XVI - Su despedida (3 – 1ra parte )

 


Preciosas y sinceras palabras del Papa Benedicto en su discurso del encuentro/despedida con los párrocos y el Clero de Roma, solo dos días despuse de haber presentado su Declaracion  donde cuenta como vivio él el Concilio Vaticano II, sus reflexiones y recomendaciones. (He tratado de abreviar un poco – probablemente mal - , pero el texto es absolutamente merecedor de ser leído completo en el sitio de la Santa Sede  

(…) Dadas las condiciones de mi edad, no he podido preparar un grande y verdadero discurso, como podría esperarse; pienso más bien en una pequeña charla sobre el Concilio Vaticano II, tal como yo lo he visto. Comienzo con una anécdota: en el año 59, yo había sido nombrado profesor de la Universidad de Bonn, donde asisten los estudiantes, los seminaristas de la diócesis de Colonia y de otras diócesis vecinas. Por tanto, tuve contactos con el arzobispo de Colonia, el cardenal Frings. El Cardenal Siri, de Génova —en el año 61, creo— organizó una serie de conferencias de diversos cardenales sobre el Concilio, e invitó también al arzobispo de Colonia a dar una de las conferencias, con el título: El Concilio y el mundo del pensamiento moderno.

El cardenal me invitó —al más joven de los profesores— a que le escribiera un borrador; el proyecto le gustó, y presentó al público de Génova el texto tal como yo lo había escrito. Poco después, el Papa Juan le llamó para que fuera a verle, y el cardenal estaba lleno de miedo, porque tal vez había dicho algo incorrecto, falso, y se le llamaba para un reproche, incluso para retirarle la púrpura. Sí, cuando su secretario le vestía para la audiencia, dijo el cardenal: «Tal vez llevo ahora esta vestimenta por última vez». Después entró, y el Papa Juan se acerca, lo abraza, y le dice: «Gracias, Eminencia, usted ha dicho lo que yo quería decir, pero no encontraba las palabras apropiadas». Así, el cardenal sabía que estaba en el camino correcto y me invitó a ir con él al Concilio; primero como su experto personal y después, durante el primer periodo —en noviembre de 1962, me parece—, fui nombrado también perito oficial del Concilio.

Así pues, fuimos al Concilio no sólo con alegría, sino con entusiasmo. Había una expectativa increíble. Esperábamos que todo se renovase, que llegara verdaderamente un nuevo Pentecostés, una nueva era de la Iglesia, porque la Iglesia era aún bastante robusta en aquel tiempo, la práctica dominical todavía buena, las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa ya se habían reducido algo, pero aún eran suficientes. No obstante, se sentía que la Iglesia no avanzaba, se reducía; que parecía una realidad del pasado y no la portadora del futuro. Y, en aquel momento, esperábamos que esta relación se renovara, cambiara; que la Iglesia fuera de nuevo una fuerza del mañana y una fuerza del hoy. Y sabíamos que la relación entre la Iglesia y el periodo moderno, desde el principio, era un poco contrastante, comenzando con el error de la Iglesia en el caso de Galileo Galilei; se pensaba corregir este comienzo equivocado y encontrar de nuevo la unión entre la Iglesia y las mejores fuerzas del mundo, para abrir el futuro de la humanidad, para abrir el verdadero progreso. Estábamos, pues, llenos de esperanza, de entusiasmo, y también de ganas de hacer nuestra parte para ello. Me acuerdo que se consideraba el Sínodo Romano como un modelo negativo. Se decía —no sé si era cierto— que habían leído en la Basílica de San Juan los textos ya preparados, y que los miembros del Sínodo habían aclamado, aprobado aplaudiendo, y así se había celebrado el Sínodo. Los obispos dijeron: «No, no hagamos así. Somos obispos, y somos nosotros mismos el sujeto del Sínodo; no queremos únicamente aprobar lo que se ha hecho, sino que queremos ser el sujeto, los portadores del Concilio. Así, hasta el cardenal Frings, famoso por su fidelidad absoluta al Santo Padre, casi escrupulosa, dijo en este caso: «Estamos aquí con otra función. El Papa nos ha convocado para ser como Padres, para ser Concilio ecuménico, un sujeto que renueve la Iglesia. Así queremos asumir este encargo nuestro».

Esta actitud se manifestó inmediatamente en el primer momento, el primer día. En este primer día estaba prevista la elección de las Comisiones, y se habían preparado las listas y los nombres, de manera —se intentaba— imparcial; y se debían votar estas listas. Pero los Padres dijeron inmediatamente: «No, no queremos simplemente votar listas ya preparadas. Nosotros somos el sujeto». Entonces se tuvieron que aplazar las elecciones, porque los Padres mismos querían conocerse un poco, querían preparar ellos mismos las listas. Y así se hizo.

(…) Comenzó así una intensa actividad para conocerse unos a otros, horizontalmente, algo que no se dejó al azar. En el «Collegio dell’Anima», donde me alojaba, tuvimos muchas visitas. El Cardenal era muy conocido, y vimos cardenales de todo el mundo. Me acuerdo bien de la figura alta y delgada de monseñor Etchegaray, que era Secretario de la Conferencia Episcopal Francesa, de los encuentros con los cardenales, etc. Después, esto se hizo típico durante todo el Concilio: pequeños encuentros transversales. Así conocí a grandes figuras, como el Padre de Lubac, Daniélou, Congar, y otros. Conocimos diversos obispos; recuerdo particularmente al obispo Elchinger, de Estrasburgo, y así sucesivamente. Esta fue una experiencia de la universalidad de la Iglesia y de la realidad concreta de la Iglesia, que no recibe simplemente imperativos desde arriba, sino que crece y va adelante, naturalmente bajo la dirección del Sucesor de Pedro.

(…) El primer objetivo, inicial, simple —aparentemente simple— era la reforma de la liturgia, que había comenzado ya con el Papa Pío XII, reformando la Semana Santa; el segundo, la eclesiología; el tercero, la Palabra de Dios, la Revelación y, finalmente, también el ecumenismo.

(…) Comencemos con el primero. Tras la Primera Guerra Mundial, había ido creciendo precisamente en Europa Central y Occidental el movimiento li­túrgico, un redescubrimiento de la ri­queza y profundidad de la liturgia, que hasta entonces estaba casi encerrada en el Misal Romano del sacerdote, mientras que el pueblo rezaba con sus propios libros de oraciones, compuestos según el corazón de la gente; se trataba de este modo de traducir el alto contenido, el lenguaje elevado de la liturgia clásica, en palabras más emotivas, más cercanas al corazón del pueblo. Pero eran como dos liturgias paralelas

(…)  Ahora, en retrospectiva, creo que fue muy acertado comenzar por la liturgia. Así se manifiesta la primacía de Dios, la primacía de la adoración: «Operi Dei nihil praeponatur». Esta sentencia de la Regla de san Benito (cf. 43,3) aparece así como la suprema regla del Concilio. Alguno criticaba que el Concilio hablara de muchas cosas, pero no de Dios. Pero sí que habló de Dios. Y su primer y sustancial acto fue hablar de Dios y abrir a todos, al pueblo santo por entero, a la adoración de Dios en la celebración común de la liturgia del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En este sentido, más allá de los aspectos prácticos que desaconsejaban iniciar de inmediato con temas polémicos, digamos que fue realmente providencial el que en los comienzos del Concilio estuviera la liturgia, estuviera Dios, estuviera la adoración. No quisiera entrar ahora en los detalles de la discusión, pero siempre vale la pena volver, más allá de las aplicaciones prácticas, al Concilio mismo, a su profundidad y a sus ideas esenciales.

Diría que había varias: sobre todo el Misterio pascual como centro del ser cristiano, y por tanto de la vida cristiana, del año, del tiempo cristiano, expresado en el tiempo pascual y en el domingo, que siempre es el día de la Resurrección. Siempre recomenzamos nuestro tiempo con la Resurrección, con el encuentro con el Resucitado y, a partir del encuentro con el Resucitado, vamos al mundo.

(…)  También había algunos principios: la inteligibilidad, en lugar de quedar encerrados en una lengua desconocida, no hablada, y también la participación activa.

(…) Segundo tema: la Iglesia. Sabemos que el Concilio Vaticano I había sido interrumpido a causa de la guerra franco-alemana y así permaneció con una unilateralidad, con un fragmento, porque la doctrina sobre el primado —que se definió, gracias a Dios, en aquel momento histórico para la Iglesia, y fue muy necesaria para el tiempo sucesivo— era sólo un elemento en una eclesiología más vasta, prevista, preparada. Así que había quedado sólo el fragmento..

(…) Pío XII había escrito la Encíclica Mystici Corporis Christi como un paso para completar la eclesiología del Vaticano I. Diría que la discusión teológica de los años 30-40, también de los 20, estaba completamente bajo este signo de la palabra «Mystici Corporis». Fue un descubrimiento que suscitó mucha alegría en aquel tiempo y también en este contexto creció la fórmula: Nosotros somos la Iglesia, la Iglesia no es una estructura; nosotros mismos, los cristianos, juntos, somos todos el Cuerpo vivo de la Iglesia. Y, naturalmente, esto es válido en el sentido de que nosotros, el verdadero «nosotros» de los creyentes, junto al «Yo» de Cristo, es la Iglesia; cada uno de nosotros, no «un nosotros», un grupo que se declara Iglesia.

(…)  Estos eran, digamos, los dos elementos fundamentales. En la búsqueda de una visión teológica completa de la eclesiología después de los años 40, en los años 50, ya había surgido entretanto un poco de crítica del concepto de Cuerpo de Cristo: «místico» sería demasiado espiritual, demasiado exclusivo; entonces se puso en juego el concepto de «Pueblo de Dios». Y el Concilio, justamente, aceptó este elemento, que entre los Padres se consideró como expresión de la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el texto del Nuevo Testamento, la palabra «Laos tou Theou», correspondiente a los textos del Antiguo Testamento, significa —me parece que sólo con dos excepciones— el antiguo Pueblo de Dios, los judíos, que entre los pueblos —«goim»— del mundo son «el» Pueblo de Dios. Y los demás, nosotros, paganos, no somos de por sí el Pueblo de Dios, sino que nos convertimos en hijos de Abrahán, y por tanto en Pueblo de Dios, entrando en comunión con Cristo, de la única semilla de Abrahán. Y entrando en comunión con él, siendo uno con él, también nosotros somos Pueblo de Dios. Es decir, el concepto «Pueblo de Dios» implica continuidad de los Testamentos, continuidad de la historia de Dios con el mundo, con los hombres, pero implica también el elemento cristológico. Sólo a través de la cristología nos convertimos en Pueblo de Dios, y así se combinan los dos conceptos. Y el Concilio decidió crear una construcción trinitaria de la eclesiología: Pueblo de Dios Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo.

Sin embargo, sólo después del Concilio se aclaró un elemento que se encuentra un poco escondido incluso en el Concilio mismo, o sea: el nexo entre Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo es precisamente la comunión con Cristo en la unión eucarística. Aquí nos convertimos en Cuerpo de Cristo; esto es, la relación entre Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo crea una nueva realidad: la comunión.

(…) Más conflictivo todavía era el problema de la Revelación. Aquí se trataba de la relación entre Escritura y Tradición. En esto, los exégetas eran los más interesados en una mayor libertad. Se sentían en una situación, digamos, de inferioridad respecto a los protestantes, los cuales hacían los grandes descubrimientos, mientras que los católicos se sentían un poco «obstaculizados» por la necesidad de someterse al Magisterio. Por tanto, aquí entraba también en juego una lucha muy concreta: ¿Qué libertad tienen los exégetas? ¿Cómo se lee bien la Escritura? ¿Qué quiere decir Tradición?

(…) Aquí, como he dicho, la batalla era difícil, y fue decisiva una intervención del Papa Pablo VI. Esta intervención muestra toda la delicadeza del padre, su responsabilidad por la marcha del Concilio, pero también su gran respeto por el Concilio. Se difundió la idea de que la Escritura es completa, en ella se encuentra todo; por tanto no se necesita la Tradición, y por eso el Magisterio non tiene nada que decir. Entonces el Papa envió al Concilio me parece que 14 fórmulas de una frase que había que introducir en el texto sobre la Revelación, y nos daba, daba a los Padres, la libertad de escoger una de las 14 fórmulas, pero dijo: «Hay que escoger una, para completar el texto». Me acuerdo, más o menos, de la fórmula «non omnis certitudo de veritatibus fidei potest sumi ex Sacra Scriptura», es decir la certeza de la Iglesia sobre la fe non nace sólo de un libro aislado, sino que necesita del sujeto Iglesia iluminado, sostenido por el Espíritu Santo. Sólo así la Escritura habla y tiene toda su autoridad. Esta frase que elegimos en la Comisión doctrinal, una de las 14 fórmulas, diría que es decisiva para mostrar que la Iglesia es necesaria e indispensable, y entender así lo que quiere decir Tradición, el Cuerpo vivo en el que vive desde el comienzo esta Palabra y del que recibe su luz, en el que ha nacido.

(…) Como he dicho, esta fue una lucha bastante difícil, pero gracias al Papa y gracias ―digamos― a la luz del Espíritu Santo, que estaba presente en el Concilio, se creó un documento que es uno de los más bellos y también novedosos de todo el Concilio, y que se ha de estudiar todavía más. Porque también hoy la exégesis tiende a leer la Escritura fuera de la Iglesia, fuera de la fe, sólo con el así llamado espíritu del método histórico-crítico, método importante, pero no tanto como para dar soluciones como última certeza; sólo si creemos que estas no son palabras humanas, sino palabras de Dios, y sólo si vive el sujeto vivo al que Dios habló y habla, podemos interpretar bien la Sagrada Escritura. Y aquí, como he dicho en el prefacio de mi libro sobre Jesús (cf. vol. I), hay mucho que hacer todavía para llegar a una lectura de verdad según el espíritu del Concilio. En esto, la aplicación del Concilio no es todavía completa, está aún por hacer.

Y, en fin, el ecumenismo.... 

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Invito leer el muy interesante articulo de : :  Christian SCHALLER La eclesiología del Concilio Vaticano II en los escritos deJoseph Ratzinger The Ecclesiology of the Second Vatican Council in the Writings of Joseph Ratzinger


sábado, 17 de enero de 2026

El Concilio Vaticano II hoy. "Dei Verbum" : El Papa Leon XIV nos recuerda que Dios se revela en la historia (2)

 


Tras la catequesis del Papa León XIV, en la audiencia general del pasado miércoles, dedicada a la Constitución Dogmática Conciliar, el presidente de la Asociación Bíblica Italiana se centra en el significado más profundo del documento: «El texto permite comprender la perspectiva correcta a través de la cual la Iglesia ha repensado su misión en el mundo».

La primacía de la historia, la lectura de los textos sagrados, la relación de amistad con el Señor, la oración. El Papa León XIV centró  su  catequesis en la audiencia general del miércoles pasado en el Aula Pablo VI, como parte de una nueva serie dedicada al redescubrimiento de los documentos del Concilio Vaticano II. « Dei Verbum aclara el significado y la manera en que Dios se revela a la humanidad», afirma el padre Maurizio Girolami , presidente de la Asociación Bíblica Italiana. Y «es significativo», añade, «que el Papa haya elegido comenzar precisamente con el capítulo introductorio de este documento, que define el diálogo entre Dios y la humanidad como un diálogo que se desarrolla en una relación de amistad».

Una larga gestación

«Dios se revela ante todo a través de palabras auténticas», añade el padre Girolami, recordando cómo el Papa enfatizó la diferencia entre las palabras y la mera charlatanería, así como la importancia de dedicarse a la oración. «Dios también se revela a través de acontecimientos íntimamente relacionados», subraya el sacerdote, quien nos invita a considerar el largo período de gestación de la Dei Verbum,  texto aprobado el 18 de noviembre de 1965, pocas semanas antes de la clausura de la reunión el 8 de diciembre. «De hecho, fue uno de los primeros textos presentados por la comisión preparatoria».

El contexto histórico-cultural

¿Cuál es la razón de este largo proceso? «Los Padres Conciliares», explica el sacerdote, «necesitaban ponerse de acuerdo sobre cómo entender la revelación cristiana: si se trataba simplemente de palabras, verdades reveladas, o si, como enseña la Sagrada Escritura, existía una historia que abrazar, compuesta tanto de palabras como de acontecimientos». El contexto cultural, teológico y filosófico de la época, aún marcado por la Ilustración y el positivismo, así como por la gran controversia con la Reforma Protestante, había estimulado esta reflexión, que llevó a situar la historia en el centro del misterio de la revelación divina. «No se trata solo de tener textos», dice el padre Girolami, «el cristianismo no es la religión del libro, sino que, como también nos dijo el papa Benedicto XVI, es ante todo el encuentro con lo vivo, del que la Sagrada Escritura es sin duda el testigo privilegiado, pero no sin el canal que lo transmite, es decir, la tradición y la vida de la Iglesia».

La mirada a la realidad

Don Girolami también cita la reciente carta apostólica del Papa León XIII, "Una fidelidad que genera futuro ", publicada el 22 de diciembre, con motivo del sexagésimo aniversario de los decretos conciliares Optatam Totius y Presbyterorum Ordinis . Ambos documentos sobre la formación sacerdotal están en plena sintonía con el espíritu de la Dei Verbum . "Los Padres Conciliares", explica, "exigieron una profunda revisión de los estudios teológicos, porque, obviamente, ya no se trataba de estudiar verdades reveladas, como si Dios quisiera revelar algo de sí mismo de forma abstracta, como si se tratara de una filosofía para aprender. En cambio, era necesario situarse en el contexto histórico, sabiendo escuchar la historia".

«La Biblia», continúa Don Girolami, «nos dice que es a través de rostros, encuentros y personas que Dios revela su plan de salvación». Y es precisamente aquí donde reside el poder de la constitución dogmática, que invita a todos los creyentes —no solo a los especialistas— a leer la Sagrada Escritura y a familiarizarse con los Textos Sagrados. «Es gracias a la Dei Verbum  », enfatiza el presidente de la Asociación Bíblica Italiana, «que hoy podemos decir que el Señor sigue acompañando a su Iglesia y revelando su rostro a través de la vida de la Iglesia. Nuestra catequesis, nuestra enseñanza teológica, ya no es una repetición de fórmulas prefabricadas, por muy correctas que sean, que corren el riesgo de no comunicar nada. En cambio, es la Iglesia la que se pregunta continuamente cómo proclamar el Evangelio eterno de Jesucristo en la historia, hoy, con el lenguaje del hombre contemporáneo».

El proceso de renovación

El documento, por lo tanto, proporcionó el marco teológico para todo el Concilio Vaticano II. « La Dei Verbum nos permite comprender el espíritu y la perspectiva correcta con la que la Iglesia se replanteó a sí misma, su misión en el mundo, el significado de la Sagrada Escritura y la tradición, y cómo vivir la experiencia cristiana hoy, dando primacía y valor a la historia y a este mundo amado por Dios». Según Don Maurizio Girolami, además, la intuición teológica de la constitución dogmática es la base de todo el proceso de renovación establecido por el Concilio: desde la liturgia hasta el lenguaje, pasando por las estructuras e instituciones. «Probablemente», concluye, «si la Dei Verbum no hubiera existido , toda la vida de la Iglesia, la nueva evangelización de todos los Pontífices recientes, no habría tenido la profundidad teológica que ha tenido». 

- Eugenio Bonanata, Vatican News