Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

viernes, 3 de enero de 2014

El “misterio” de Montecassino (2 de 2)

(del libro del padre Gereon Goldmann Un seminarista en las SS (Ediciones Palabra, Madrid - mi traducción es de la versión eslovena)

Entre las tantas “aventuras” del padre Goldmann una de las más increíbles fue lograr que el Santo Padre le concediera un permiso especial para ser ordenado sacerdote antes de haber terminado sus estudios, permiso de excepción por la falta de sacerdotes en los frentes de batalla. Le había sido profetizado que lo conseguiría, “profecía” de la cual el siempre tuvo sus dudas hasta que verdaderamente se cumplió. Pero eso es otra parte de su historia. Aquí solo pretendo exponer – traducido -  el texto que se refiere a Montecassino,  donde el – por encontrarse cerca – planeaba ser ordenado por el Abad del Monasterio y celebrar de inmediato allí su Primera Misa.

“De repente veo un estrecho sendero camino al cerro. Caminado unos 100 metros veo una señal con un escrito bilingüe en  alemán e italiano “Acceso a la Abadia prohibido a los soldados”. El sendero llevaba hacia la conocida Abadía de Montecassino, que hasta entonces yo solo conocía de lejos. De repente me acordé que alguna vez había leído que el Abad de Montecassino también es Obispo. Quizás el podría ordenarme si le mostrase el documento papal?  En medio de las crueles batallas mi profundo deseo era ser ordenado sacerdote lo más pronto posible. Le grite al chofer que  me esperara que regresaría pronto y  encaré por el sendero hacia arriba.  De repente me encontré con cuatro guardias militares. El camino hacia la Abadía estaba prohibido, por eso estaban allí.  Amparado en mi autoridad les respondí que yo no era soldado, sino sargento. Los cuatro eran de grados inferiores.  “Deben dejarme pasar, tengo una autorización especial”. Y les mostré mi carnet de traductor.  Éste no les convenció,  tampoco la autorización del Obispo de Sicilia, que no sabían leer,  entonces debí mostrarles la autorización papal. Finalmente me dejaron pasar. Pasados unos 1500 metros llegue hasta la famosa Abadía.  Amparados allí detrás de las altas paredes me encontré sorprendido ante un gran grupo de refugiados,  en su mayoria mujeres, ancianos y niños. Ante las barbaridades de la guerra se habían refugiado allí al amparo de San Benito con la esperanza de encontrarse más seguros, esperanza cruelmente aplastada unos días más tarde con el bombardeo de los americanos, quienes destruyeron sin piedad todo lo que quedaba en pie.

Las puertas de la Abadía estaban abiertas de par en par pero custodiadas por dos guardias de la policía militar que debían evitar el tránsito hacia la Abadía. Allí fui testigo con mis propios ojos que lo que sostenían los americanos con motivos propagandísticos que allí se refugiaban soldados alemanes era totalmente falso pues aparte de estos guardias de la policía militar no vi allí ni un solo soldado alemán.  Las unidades más cercanas estaban a unos 800 metros de allí separados de la Abadía por un profundo valle. Era allí donde estaba el punto de observación.  El Comandante Kesserling había impartido ordenes estrictas de proteger Montecassino ante cualquier batalla.  Y nosotros como alemanes nos adherimos a esta orden al pie de la letra. 
Entre por el amplio portón para encontrarme ante un patio enorme y la famosa escalinata que llevaba a la Iglesia. No se veía a nadie por ningún lado. Los dos guardias permanecían afuera.  También la Iglesia estaba abierta, ninguno de los portales cerrados.  Entré y enmudecí ante aquella vista:  estaban aun todas las paredes, brillaba la hermosa cúpula, los altares estaban intactos – pero eso era todo. No había cuadros en las paredes ni estatuas en las bóvedas,  ninguna cruz sobre la pared del altar ni sobre el altar. Parecía que los bárbaros se habían llevado todo lo que se podía quitar.  La imagen de esta casa de Dios totalmente desnuda y desolada era desesperante.  Las capillas laterales se encontraban igual, desnudas y abandonadas.  Me dirigí a la sacristía: la misma imagen. Todos los armarios abiertos y vacíos.  Todos los cajones, en los cuales se guardaban vestimentas sagradas semiabiertos y vacios. Quien se había llevado todos estos tesoros?  Seguí deambulando por los largos corredores, sin encontrar a nadie. El salón principal, el gran refectorio, la cocina detrás, todo vacío, saqueado? Finalmente di con la biblioteca, todos los estantes vacíos de famosos libros, manuscritos incunables, nada… Con el corazón destrozado me dirigí por la escalera hacia el primer piso. A la derecha, casi 100 metros de largo ventanas con vista hacia el valle.  A la izquierda una celda al lado de otra, donde durante siglos vivieron los monjes.  Ahora se encontraban todas abiertas, solo había algunas mesas y unas pocas sillas. Nada más.

Entonces aun desconocía que con permiso del Abad todo había sido transportado de urgencia y sorteando todo tipo de peligros desde la Abadía a Roma, donde todos esos tesoros quedaron al resguardo en pasillos subterráneos y después de la reconstrucción de la Abadía todo fue devuelto. Pero para mí este “paseo” por la Abadía totalmente vacía, la Abadía monacal madre de Europa,  fue uno de las vivencias mas desesperanzadas de toda la guerra.

Como aparentemente en la Abadía no había nadie, desilusionado ya estaba por marcharme, cuando al fondo del larguísimo corredor aparece un monje cabizbajo con las manos recogidas. Recién me vio al escuchar el ruido de mis botas cuando ya me encontraba frente a él.  Me miró algo asustado y negó mi pedido para ver al Abad.  No es posible ahora, el Abad está rezando en la cripta en la tumba de San Benito. Sin palabras le mostré el documento papal y el enmudecido me miro y desapareció, esta vez no a paso lento y pausado sino casi corriendo.  Más tarde otro sacerdote me trajo algo para refrescarme, una fruta y bebida. Como no había mesas, coloco todo sobre la repisa de la ventana.

Finalmente aparece el Abad, el Obispo de la diócesis de Cassino. Un hombre honorable, anciano, cuyo rostro irradiaba una vida de oración.. Le conté mi historia mientras el sostenía en sus manos la autorización papal. En algún momento me dijo: “durante la guerra ocurren cosas que aun no han sido escritas en ningún libro de la Iglesia”.

Le dije además que dudaba que al día siguiente podría estar en Roma para mi ordenación (según planeado originalmente) y le pedí si él estaría dispuesto a ordenarme.

Mi miro fijo y largamente. No pude imaginar porque lo hizo.  Después de repente me tomó de la mano y me llevó por el corredor hasta un lugar desde donde se veía todo el valle de Cassino, poblados  y cerros,  donde entonces luchaban los alemanes.  Emocionado y con su voz entrecortada por el llanto me dijo: Observe cuidadosamente todos los poblados y ciudades.  Allá teníamos una iglesia, allá el hospital, allá un jardín de infantes. Tanto nos esforzamos, tanto trabajamos para hacer de este Obispado un jardín de Dios. Y ahora la guerra destruyo todo en unos pocos días, todo destruido, los fieles han muerto o huido. Solo quedo la Abadía aquí arriba.  Quien sabe si quizás Dios no nos reclamará también esto.   Aquí estoy solo con diez monjes, pero “El Señor nos lo dio, el Señor nos lo quito, alabado sea el nombre del Señor”!  me dijo.  Después me miro y agregó: “No se que pasara los próximos días ni tampoco si también nosotros seremos víctimas de la guerra. Pero algo todavía haré con sumo agrado: venga en cualquier momento de día o de noche, aunque no esté en ayunas.  Solo le pido venga.  Con el mayor de los gozos le ordenare sacerdote sobre la tumba de nuestro santo padre Benito”.

“ Si no encuentro algún imprevisto, mañana a la noche estaré aquí” le prometí. “Lo esperare” me respondió. Y con estas palabras nos despedimos con un fraternal abrazo y bendición.  Con el corazón en paz y lleno de gozo regrese al valle – sin intuir que el Abad me esperaría en vano al día siguiente. ….. la guerra continuaba.  A Goldmann le esperaba una de las peores batallas. 

La Abadía fue totalmente reconstruida después de la guerra y consagrada por el Papa Pablo VI el 24 de octubre de 1964. 


La Abadía está  construyendo una nueva página web. Mientras tanto puede visitarse su blog.    : 

Invito además leer las emotivas palabras del Papa Juan Pablo II en su visita a la Abadia de Montecasino el 18 de mayo de 1979. 


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