Basta citar las Acta Synodalia Concilii Oecumenici Vaticani II que recogen todas las intervenciones y debates del aula conciliar, y que han ayudado en gran medida para que empezara a escribirse la “historia del Concilio Vaticano II”.
(Mencionamos
especialmente G. ALBERIGO (dir.), Historia del Concilio Vaticano II (5 vols),
Salamanca, Sígueme / Peeters, 1999 – 2008)
Sin embargo –como ha hecho notar el historiador de la Universidad de Lovaina– Roger Aubert:
“Las
fuentes oficiales no bastan para escribir la historia de un concilio: muchos
aspectos importantes y a veces directamente decisivos acontecen detrás del
bastidor, no solo de la asamblea, sino también de las comisiones. Sobre estos
hechos los archivos oficiales callan, pero de ellos se encuentran ecos, a veces
incluso muy precisos, en las cartas, diarios, apuntes personales. En efecto, son numerosos los obispos y
teólogos que han redactado sus notas cotidianas sobre el Concilio, y que ya han
sido utilizadas como fuentes históricas”.( R. AUBERT, “Come vedo il
Vaticano II”, Rassegna di Teologia 36 (1995) 134s)
En las páginas que siguen me propongo una aproximación al acontecimiento y teología del Concilio a través de aquellos que con justa razón -puede decirse- han “hecho la teología del Concilio”. Porque si bien es cierto que según la fórmula propuesta en Calcedonia Concilium episcoporum est (Cf. CALCEDONIA (451), en Concilium Oecumenicorum Decreta, Istituto per le Scienze religiose, Bologna, Dehoniane, 1996, 83,) y que los teólogos no son la Iglesia docente, no por ello puede negarse su labor necesaria como influyente. La elección que hago de los testigos obedece a una intención profunda y es mostrar cómo, el teologizar del Concilio se debe a una preparación de años de labor teológica gestada en el seno, o acaso en la periferia de la Iglesia. Los nombres de Chenu, Congar, y Lubac son representativos de aquella dramática tensión vivida en determinados ámbitos de la teología católica a partir de los años 30.9 Todos ellos estuvieron comprometidos en los movimientos de renovación eclesial que prepararon el Vaticano II, pero fueron sospechados en su momento, teniendo que padecer incomprensión, difamación y silencio. La convocatoria que el papa Juan XXIII les hizo para que prestaran su servicio como peritos, no sólo significó una reivindicación de sus personas sino también un reconocimiento de la catolicidad de su teología. Sus Diarios10 son un testimonio vivo de su pasión y amor por la Iglesia; con marcado realismo dan prueba de que el Concilio fue una verdadera primavera del Espíritu, Quien en todo momento asistió a la asamblea de los Padres y al trabajo de los teólogos; pero muestran también el carácter histórico de la fe, descubriendo el lado humano de la asamblea, como un componente para nada marginal, a través del cual el Espíritu realizó su obra de renovación.
En el artículo me centro en el Concilio observándolo en su acontecimiento histórico y en la teología desplegada en él. El punto de observación al cual me ciño son los Diarios, de los que presento sus características literarias como fuentes para el estudio de la teología conciliar (1); a partir de ellos, intento descubrir la tarea desplegada por los teólogos durante el Concilio (2). Me detengo en la mirada reflexiva que han tenido de la “apertura del Concilio”, en particular sobre el discurso inaugural de Juan XXIII (3). En cuanto a la teología y al teologizar del Concilio, realizo una rápida semblanza del modo en que se trabajaron los esquemas mostrando desde el registro de los teólogos los diversos aportes de los padres conciliares, así como el servicio de los teólogos al debate de los esquemas (4). Finalmente señalo un ejemplo concreto de interacción entre teólogos y obispos, o sea entre teología y magisterio (5).
1.Los
Diarios de los teólogos: una tipología
2.
El rol de los teólogos en el Concilio: en búsqueda de un “pluralismo teológico”
3.
La “apertura”: teología de Juan XXIII y el enfoque del Concilio
4.
El debate sobre los schemata: tensiones y anhelos en búsqueda de claridad
5.
M.-D.Chenu y su “idea” de un Mensaje del Concilio al mundo
Conclusión
El
Concilio concluyó oficialmente su última sesión pública el 7 de octubre de
1965; los Diarios se detienen en hechos diversos: mientras de Lubac destaca el
“sustancioso y conmovedor discurso” de Pablo VI,82 Congar dice “sentirse
exhausto” y confiesa “no haber deseado ir a la asamblea pública, si no fuese
porque iba a darse el final de las excomuniones recíprocas entre Roma y
Constantinopla”.83 El teólogo dominico que tanto había padecido por su
Chrétiens désunis (1937), pudo experimentar durante el Concilio “cómo el
sufrimiento transformado por el amor, genera comunión”;84 de este modo, veía
cumplirse algo de su anhelo profético, y señalaba que antes de salir para San
Pedro, dejaba terminado su artículo sobre las notas de la Iglesia para la
edición de Mysterium salutis, 85 que marcaría un nueva etapa en su producción
teológica.86 Aquella tarde del 7 de diciembre, Pablo VI se reunía con los
“expertos” y expresaba de manera “conmovida” que la colaboración entre obispos
y teólogos que había florecido en el Concilio no era más que un comienzo; y que
era su voluntad que siguiera a nivel de las Conferencias Episcopales y las
diócesis.87 En efecto, en cada siglo la teología católica se ha visto
profundamente moldeada por las enseñanzas previas del magisterio. Concilios como
los de Nicea, Calcedonia, Trento y el Vaticano I han dado origen a distintas
eras en la historia de la teología. En este sentido, la teología católica del
siglo XX dependió fuertemente de las encíclicas de los papas y, desde 1962,
también de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Puede decirse que, sin las
directivas del magisterio vivo, la teología católica carecería de una guía
adecuada. Pero no menos evidente es, sin embargo, la dependencia del magisterio
respecto de la teología. Todo gran concilio ha recurrido ampliamente a los
teólogos. ¿Qué aspecto tendrían los documentos de Trento si no hubiese estado
el trabajo de teólogos papales como Laínez, Salmerón y Pedro Canisio? ¿Y qué
habría sido capaz de decir el Vaticano I sin los textos preparatorios redactados
por Schrader, Kleutgen y Franzelin? Igualmente ¿cómo hubiese cumplido su tarea
el Vaticano II en ausencia de teólogos como Congar, de Lubac, Chenu, Philips,
Rahner, Ratzinger y tantos otros? El Concilio fue antes que nada un
acontecimiento del Espíritu Santo en su Iglesia y para el mundo, creó el
espacio espiritual para que pudiera re-descubrirse la noción de comunión
–palabra que vendría a caracterizar de aquí en adelante a la eclesiología–.
Tanto el hecho del Concilio, como la teología que lo interpretó, han sido un don de Dios a la par que un desafío en la tarea evangelizadora que la Iglesia debe llevar adelante en las futuras generaciones.


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