Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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martes, 18 de agosto de 2026

El Concilio Vaticano II: Acontecimiento y Teología. Aproximación desde los Diarios de M.-D. Chenu, Y. M.-J. Congar y H. De Lubac (2 de 2)


 Basta citar las Acta Synodalia Concilii Oecumenici Vaticani II  que recogen todas las intervenciones y debates del aula conciliar, y que han ayudado en gran medida para que empezara a escribirse la “historia del Concilio Vaticano II”.

(Mencionamos especialmente G. ALBERIGO (dir.), Historia del Concilio Vaticano II (5 vols), Salamanca, Sígueme / Peeters, 1999 – 2008)

 Sin embargo –como ha hecho notar el historiador de la Universidad de Lovaina– Roger Aubert:

“Las fuentes oficiales no bastan para escribir la historia de un concilio: muchos aspectos importantes y a veces directamente decisivos acontecen detrás del bastidor, no solo de la asamblea, sino también de las comisiones. Sobre estos hechos los archivos oficiales callan, pero de ellos se encuentran ecos, a veces incluso muy precisos, en las cartas, diarios, apuntes personales.  En efecto, son numerosos los obispos y teólogos que han redactado sus notas cotidianas sobre el Concilio, y que ya han sido utilizadas como fuentes históricas”.( R. AUBERT, “Come vedo il Vaticano II”, Rassegna di Teologia 36 (1995) 134s)

En las páginas que siguen me propongo una aproximación al acontecimiento y teología del Concilio a través de aquellos que con justa razón -puede decirse- han “hecho la teología del Concilio”. Porque si bien es cierto que según la fórmula propuesta en Calcedonia Concilium episcoporum est (Cf. CALCEDONIA (451), en Concilium Oecumenicorum Decreta, Istituto per le Scienze religiose, Bologna, Dehoniane, 1996, 83,) y que los teólogos no son la Iglesia docente, no por ello puede negarse su labor necesaria como influyente. La elección que hago de los testigos obedece a una intención profunda y es mostrar cómo, el teologizar del Concilio se debe a una preparación de años de labor teológica gestada en el seno, o acaso en la periferia de la Iglesia. Los nombres de Chenu, Congar, y Lubac son representativos de aquella dramática tensión vivida en determinados ámbitos de la teología católica a partir de los años 30.9 Todos ellos estuvieron comprometidos en los movimientos de renovación eclesial que prepararon el Vaticano II, pero fueron sospechados en su momento, teniendo que padecer incomprensión, difamación y silencio. La convocatoria que el papa Juan XXIII les hizo para que prestaran su servicio como peritos, no sólo significó una reivindicación de sus personas sino también un reconocimiento de la catolicidad de su teología. Sus Diarios10 son un testimonio vivo de su pasión y amor por la Iglesia; con marcado realismo dan prueba de que el Concilio fue una verdadera primavera del Espíritu, Quien en todo momento asistió a la asamblea de los Padres y al trabajo de los teólogos; pero muestran también el carácter histórico de la fe, descubriendo el lado humano de la asamblea, como un componente para nada marginal, a través del cual el Espíritu realizó su obra de renovación.

En el artículo me centro en el Concilio observándolo en su acontecimiento histórico y en la teología desplegada en él. El punto de observación al cual me ciño son los Diarios, de los que presento sus características literarias como fuentes para el estudio de la teología conciliar (1); a partir de ellos, intento descubrir la tarea desplegada por los teólogos durante el Concilio (2). Me detengo en la mirada reflexiva que han tenido de la “apertura del Concilio”, en particular sobre el discurso inaugural de Juan XXIII (3). En cuanto a la teología y al teologizar del Concilio, realizo una rápida semblanza del modo en que se trabajaron los esquemas mostrando desde el registro de los teólogos los diversos aportes de los padres conciliares, así como el servicio de los teólogos al debate de los esquemas (4). Finalmente señalo un ejemplo concreto de interacción entre teólogos y obispos, o sea entre teología y magisterio (5).

 

1.Los Diarios de los teólogos: una tipología

2. El rol de los teólogos en el Concilio: en búsqueda de un “pluralismo teológico”

3. La “apertura”: teología de Juan XXIII y el enfoque del Concilio

4. El debate sobre los schemata: tensiones y anhelos en búsqueda de claridad

5. M.-D.Chenu y su “idea” de un Mensaje del Concilio al mundo

 Conclusión

El Concilio concluyó oficialmente su última sesión pública el 7 de octubre de 1965; los Diarios se detienen en hechos diversos: mientras de Lubac destaca el “sustancioso y conmovedor discurso” de Pablo VI,82 Congar dice “sentirse exhausto” y confiesa “no haber deseado ir a la asamblea pública, si no fuese porque iba a darse el final de las excomuniones recíprocas entre Roma y Constantinopla”.83 El teólogo dominico que tanto había padecido por su Chrétiens désunis (1937), pudo experimentar durante el Concilio “cómo el sufrimiento transformado por el amor, genera comunión”;84 de este modo, veía cumplirse algo de su anhelo profético, y señalaba que antes de salir para San Pedro, dejaba terminado su artículo sobre las notas de la Iglesia para la edición de Mysterium salutis, 85 que marcaría un nueva etapa en su producción teológica.86 Aquella tarde del 7 de diciembre, Pablo VI se reunía con los “expertos” y expresaba de manera “conmovida” que la colaboración entre obispos y teólogos que había florecido en el Concilio no era más que un comienzo; y que era su voluntad que siguiera a nivel de las Conferencias Episcopales y las diócesis.87 En efecto, en cada siglo la teología católica se ha visto profundamente moldeada por las enseñanzas previas del magisterio. Concilios como los de Nicea, Calcedonia, Trento y el Vaticano I han dado origen a distintas eras en la historia de la teología. En este sentido, la teología católica del siglo XX dependió fuertemente de las encíclicas de los papas y, desde 1962, también de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Puede decirse que, sin las directivas del magisterio vivo, la teología católica carecería de una guía adecuada. Pero no menos evidente es, sin embargo, la dependencia del magisterio respecto de la teología. Todo gran concilio ha recurrido ampliamente a los teólogos. ¿Qué aspecto tendrían los documentos de Trento si no hubiese estado el trabajo de teólogos papales como Laínez, Salmerón y Pedro Canisio? ¿Y qué habría sido capaz de decir el Vaticano I sin los textos preparatorios redactados por Schrader, Kleutgen y Franzelin? Igualmente ¿cómo hubiese cumplido su tarea el Vaticano II en ausencia de teólogos como Congar, de Lubac, Chenu, Philips, Rahner, Ratzinger y tantos otros? El Concilio fue antes que nada un acontecimiento del Espíritu Santo en su Iglesia y para el mundo, creó el espacio espiritual para que pudiera re-descubrirse la noción de comunión –palabra que vendría a caracterizar de aquí en adelante a la eclesiología–.

Tanto el hecho del Concilio, como la teología que lo interpretó, han sido un don de Dios a la par que un desafío en la tarea evangelizadora que la Iglesia debe llevar adelante en las futuras generaciones.

 MAUTI,Ricardo Miguel, El Concilio Vaticano II : acontecimiento y teología [en línea].Teología, 110 (2013) 

El Concilio Vaticano II: Acontecimiento y Teología. Aproximación desde los Diarios de M.-D. Chenu, Y. M.-J. Congar y H. De Lubac (1 de 2)


 (El articulo fue publicado en la Revista  Teología • Tomo L • Nº 110 • Abril 2013 Este documento está disponible en la Biblioteca Digital de la Universidad Católica Argentina, repositorio institucional desarrollado por la Biblioteca Central “San Benito Abad”. Su objetivo es difundir y preservar la producción intelectual de la Institución. La Biblioteca posee la autorización del autor para su divulgación en línea.)

Transcribo aqui una parte e invito leer el apasionante artículo completo que consta de 29 paginas en pdf.

El Concilio Vaticano II ha sido el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, punto de llegada de un esfuerzo de renovación que se fue gestando en el seno de la Iglesia, y que tuvo en los movimientos bíblico, litúrgico y ecuménico su expresión más acabada. La teología que ‘hizo’ el Concilio desempeñó un papel primordial; los teólogos más representativos “paradójicamente” en otro tiempo marginados, llevaron adelante una tarea ejemplar asistiendo a los Padres conciliares. De sus Diarios redactados durante aquellos años, el ‘acontecimiento’ conciliar surge con una nueva luz, la cual permite una nueva recepción del Concilio a la par que una revalorización de su teología. El autor del artículo analiza los Diarios de tres teólogos: M. -D. Chenu, Y. M.-J. Congar y H. de Lubac, mostrando la importancia que este tipo de escritos tienen no solo como fuentes para la historia del Concilio, sino también como testimonio del “giro” decisivo operado por la teología en el siglo XX.

 

Pocos meses después de finalizado el gran Jubileo del 2000, Juan Pablo II comenzaba a recoger sus frutos, exponiéndolos en su carta apostólica Novo Millennio Ineunte. Desde una “memoria reflexiva” sobre lo vivido, recuerda que la idea del Jubileo había estado presente en él desde el “inicio de su pontificado” (NMI 2), y que aquella convocatoria que sentía como “providencial”, tendría su celebración “treinta y cinco años después del Concilio Ecuménico Vaticano II”; éste “había invitado a toda la Iglesia a interrogarse sobre su renovación para asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora”

 (El lugar determinante que ocupa el Concilio en la biografía de Juan Pablo II ha sido destacado por su secretario; puede verse: S. DZIWISZ, Una Vida con Karol. Conversación con Gian Franco Svidercorschi, Madrid, Esfera, 2007, 23-27)

En el penúltimo punto del documento, casi como un proemio de su famosa conclusión que tituló ¡Duc in altum!, el papa señalaba el valor religioso del Concilio, concibiéndolo como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX (NMI 57); “con el Concilio –decía– se le ofrecía a la Iglesia una brújula segura en el siglo que comenzaba”. Ya han pasado doce años desde que la Iglesia, atravesando la puerta santa, ha celebrado el gozo de una fe reconciliada poniéndose en camino del tercer milenio; aquella brújula que sigue guiándola, señala ahora que nos separa medio siglo de aquel magno evento, quizá el que más ha influido sobre la Iglesia en la época contemporánea.

(Es significativo el testimonio de Lucio Gera: “Si en este año 2000, después de haber vivido la mayor parte de mi vida durante el siglo XX, se me preguntara cuáles han sido los acontecimientos históricos que más me han impactado e influido, no dudaría en nombrar en primer lugar, al Concilio Vaticano II”; V. R. AZCUY; J. C. CAAMAÑO; C. M. GALLI (Comité Teológico Editorial), Escritos Teológicos-Pastorales de Lucio Gera 2. De la Conferencia de Puebla a nuestros días (1982-2007), Buenos Aires, Ágape-UCA, 2007, 787.)

  En efecto, el Concilio ha entrado en la historia; muchos de sus actores que lo vivieron como un acontecimiento asombroso y apasionante ya han desaparecido. Entre tanto, para las nuevas generaciones los textos conciliares resultan muchas veces extraños, y muchos, apenas si los conocen. Se hace pues necesario un renovado ejercicio de memoria –suscitado por el reto permanente de conocer a fondo el Concilio– que permita una “nueva recepción” del mismo.

(Como introducción al ‘acontecimiento conciliar’, las grandes líneas teológicas de sus mayores documentos, su ‘recepción’ e influjo en la teología y el magisterio actual, pueden verse varias ponencias en: SOCIEDAD ARGENTINA DE TEOLOGÍA (SAT), A Cuarenta Años del Concilio Vaticano II. Recepción y actualidad, Buenos Aires, San Benito, 2006)

En este sentido, puede decirse que la recepción del Vaticano II ha pasado por varias fases; desde una fase inicial de expectativa excesiva signada por la euforia, se dio lugar al desencanto, abonado tal vez por expectativas no satisfechas; ahora nos encontramos en la fase de una nueva acogida, que reclamará para ello una interpretación y realización auténticas e íntegras del Concilio y de su tarea de renovación.

 (Cf. BENEDICTO XVI, “Discurso a los Cardenales, Arzobispos, Obispos y prelados superiores de la Curia romana”, L’Osservatore Romano, 2005 (52), 11-12; W. KASPER, “El Desafío permanente del Vaticano II. Hermenéutica de las aseveraciones del Concilio”, en: Teología e Iglesia, Barcelona, Herder, 1989, 405)

Junto a la enorme riqueza doctrinal desplegada en los dieciséis documentos promulgados por la asamblea conciliar, la Iglesia posee hoy, un marco interpretativo más amplio que en las pasadas décadas. No solo porque la doctrina ha cristalizado en el pensamiento y vida de las comunidades cristianas, sino porque también han visto la luz innumerables fuentes hasta hace poco desconocidas.

(Cf. G. ALBERIGO, “Las fuentes sobre el Concilio Vaticano II”, en ID (dir.), Historia del Concilio Vaticano II, V, Salamanca Sígueme / Peeters 2008, 571-577; M. FAGGIOLI; G. TURBANTI, Il Concilio Inedito. Fonti del Vaticano II, Bologna, Il Mulino, 2001, 7-34.)

 MAUTI, Ricardo Miguel, El Concilio Vaticano II :acontecimiento y teología [en línea]. Teología, 110 (2013)