Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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martes, 18 de agosto de 2026

El Concilio Vaticano II: Acontecimiento y Teología. Aproximación desde los Diarios de M.-D. Chenu, Y. M.-J. Congar y H. De Lubac (2 de 2)


 Basta citar las Acta Synodalia Concilii Oecumenici Vaticani II  que recogen todas las intervenciones y debates del aula conciliar, y que han ayudado en gran medida para que empezara a escribirse la “historia del Concilio Vaticano II”.

(Mencionamos especialmente G. ALBERIGO (dir.), Historia del Concilio Vaticano II (5 vols), Salamanca, Sígueme / Peeters, 1999 – 2008)

 Sin embargo –como ha hecho notar el historiador de la Universidad de Lovaina– Roger Aubert:

“Las fuentes oficiales no bastan para escribir la historia de un concilio: muchos aspectos importantes y a veces directamente decisivos acontecen detrás del bastidor, no solo de la asamblea, sino también de las comisiones. Sobre estos hechos los archivos oficiales callan, pero de ellos se encuentran ecos, a veces incluso muy precisos, en las cartas, diarios, apuntes personales.  En efecto, son numerosos los obispos y teólogos que han redactado sus notas cotidianas sobre el Concilio, y que ya han sido utilizadas como fuentes históricas”.( R. AUBERT, “Come vedo il Vaticano II”, Rassegna di Teologia 36 (1995) 134s)

En las páginas que siguen me propongo una aproximación al acontecimiento y teología del Concilio a través de aquellos que con justa razón -puede decirse- han “hecho la teología del Concilio”. Porque si bien es cierto que según la fórmula propuesta en Calcedonia Concilium episcoporum est (Cf. CALCEDONIA (451), en Concilium Oecumenicorum Decreta, Istituto per le Scienze religiose, Bologna, Dehoniane, 1996, 83,) y que los teólogos no son la Iglesia docente, no por ello puede negarse su labor necesaria como influyente. La elección que hago de los testigos obedece a una intención profunda y es mostrar cómo, el teologizar del Concilio se debe a una preparación de años de labor teológica gestada en el seno, o acaso en la periferia de la Iglesia. Los nombres de Chenu, Congar, y Lubac son representativos de aquella dramática tensión vivida en determinados ámbitos de la teología católica a partir de los años 30.9 Todos ellos estuvieron comprometidos en los movimientos de renovación eclesial que prepararon el Vaticano II, pero fueron sospechados en su momento, teniendo que padecer incomprensión, difamación y silencio. La convocatoria que el papa Juan XXIII les hizo para que prestaran su servicio como peritos, no sólo significó una reivindicación de sus personas sino también un reconocimiento de la catolicidad de su teología. Sus Diarios10 son un testimonio vivo de su pasión y amor por la Iglesia; con marcado realismo dan prueba de que el Concilio fue una verdadera primavera del Espíritu, Quien en todo momento asistió a la asamblea de los Padres y al trabajo de los teólogos; pero muestran también el carácter histórico de la fe, descubriendo el lado humano de la asamblea, como un componente para nada marginal, a través del cual el Espíritu realizó su obra de renovación.

En el artículo me centro en el Concilio observándolo en su acontecimiento histórico y en la teología desplegada en él. El punto de observación al cual me ciño son los Diarios, de los que presento sus características literarias como fuentes para el estudio de la teología conciliar (1); a partir de ellos, intento descubrir la tarea desplegada por los teólogos durante el Concilio (2). Me detengo en la mirada reflexiva que han tenido de la “apertura del Concilio”, en particular sobre el discurso inaugural de Juan XXIII (3). En cuanto a la teología y al teologizar del Concilio, realizo una rápida semblanza del modo en que se trabajaron los esquemas mostrando desde el registro de los teólogos los diversos aportes de los padres conciliares, así como el servicio de los teólogos al debate de los esquemas (4). Finalmente señalo un ejemplo concreto de interacción entre teólogos y obispos, o sea entre teología y magisterio (5).

 

1.Los Diarios de los teólogos: una tipología

2. El rol de los teólogos en el Concilio: en búsqueda de un “pluralismo teológico”

3. La “apertura”: teología de Juan XXIII y el enfoque del Concilio

4. El debate sobre los schemata: tensiones y anhelos en búsqueda de claridad

5. M.-D.Chenu y su “idea” de un Mensaje del Concilio al mundo

 Conclusión

El Concilio concluyó oficialmente su última sesión pública el 7 de octubre de 1965; los Diarios se detienen en hechos diversos: mientras de Lubac destaca el “sustancioso y conmovedor discurso” de Pablo VI,82 Congar dice “sentirse exhausto” y confiesa “no haber deseado ir a la asamblea pública, si no fuese porque iba a darse el final de las excomuniones recíprocas entre Roma y Constantinopla”.83 El teólogo dominico que tanto había padecido por su Chrétiens désunis (1937), pudo experimentar durante el Concilio “cómo el sufrimiento transformado por el amor, genera comunión”;84 de este modo, veía cumplirse algo de su anhelo profético, y señalaba que antes de salir para San Pedro, dejaba terminado su artículo sobre las notas de la Iglesia para la edición de Mysterium salutis, 85 que marcaría un nueva etapa en su producción teológica.86 Aquella tarde del 7 de diciembre, Pablo VI se reunía con los “expertos” y expresaba de manera “conmovida” que la colaboración entre obispos y teólogos que había florecido en el Concilio no era más que un comienzo; y que era su voluntad que siguiera a nivel de las Conferencias Episcopales y las diócesis.87 En efecto, en cada siglo la teología católica se ha visto profundamente moldeada por las enseñanzas previas del magisterio. Concilios como los de Nicea, Calcedonia, Trento y el Vaticano I han dado origen a distintas eras en la historia de la teología. En este sentido, la teología católica del siglo XX dependió fuertemente de las encíclicas de los papas y, desde 1962, también de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Puede decirse que, sin las directivas del magisterio vivo, la teología católica carecería de una guía adecuada. Pero no menos evidente es, sin embargo, la dependencia del magisterio respecto de la teología. Todo gran concilio ha recurrido ampliamente a los teólogos. ¿Qué aspecto tendrían los documentos de Trento si no hubiese estado el trabajo de teólogos papales como Laínez, Salmerón y Pedro Canisio? ¿Y qué habría sido capaz de decir el Vaticano I sin los textos preparatorios redactados por Schrader, Kleutgen y Franzelin? Igualmente ¿cómo hubiese cumplido su tarea el Vaticano II en ausencia de teólogos como Congar, de Lubac, Chenu, Philips, Rahner, Ratzinger y tantos otros? El Concilio fue antes que nada un acontecimiento del Espíritu Santo en su Iglesia y para el mundo, creó el espacio espiritual para que pudiera re-descubrirse la noción de comunión –palabra que vendría a caracterizar de aquí en adelante a la eclesiología–.

Tanto el hecho del Concilio, como la teología que lo interpretó, han sido un don de Dios a la par que un desafío en la tarea evangelizadora que la Iglesia debe llevar adelante en las futuras generaciones.

 MAUTI,Ricardo Miguel, El Concilio Vaticano II : acontecimiento y teología [en línea].Teología, 110 (2013) 

El Concilio Vaticano II: Acontecimiento y Teología. Aproximación desde los Diarios de M.-D. Chenu, Y. M.-J. Congar y H. De Lubac (1 de 2)


 (El articulo fue publicado en la Revista  Teología • Tomo L • Nº 110 • Abril 2013 Este documento está disponible en la Biblioteca Digital de la Universidad Católica Argentina, repositorio institucional desarrollado por la Biblioteca Central “San Benito Abad”. Su objetivo es difundir y preservar la producción intelectual de la Institución. La Biblioteca posee la autorización del autor para su divulgación en línea.)

Transcribo aqui una parte e invito leer el apasionante artículo completo que consta de 29 paginas en pdf.

El Concilio Vaticano II ha sido el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, punto de llegada de un esfuerzo de renovación que se fue gestando en el seno de la Iglesia, y que tuvo en los movimientos bíblico, litúrgico y ecuménico su expresión más acabada. La teología que ‘hizo’ el Concilio desempeñó un papel primordial; los teólogos más representativos “paradójicamente” en otro tiempo marginados, llevaron adelante una tarea ejemplar asistiendo a los Padres conciliares. De sus Diarios redactados durante aquellos años, el ‘acontecimiento’ conciliar surge con una nueva luz, la cual permite una nueva recepción del Concilio a la par que una revalorización de su teología. El autor del artículo analiza los Diarios de tres teólogos: M. -D. Chenu, Y. M.-J. Congar y H. de Lubac, mostrando la importancia que este tipo de escritos tienen no solo como fuentes para la historia del Concilio, sino también como testimonio del “giro” decisivo operado por la teología en el siglo XX.

 

Pocos meses después de finalizado el gran Jubileo del 2000, Juan Pablo II comenzaba a recoger sus frutos, exponiéndolos en su carta apostólica Novo Millennio Ineunte. Desde una “memoria reflexiva” sobre lo vivido, recuerda que la idea del Jubileo había estado presente en él desde el “inicio de su pontificado” (NMI 2), y que aquella convocatoria que sentía como “providencial”, tendría su celebración “treinta y cinco años después del Concilio Ecuménico Vaticano II”; éste “había invitado a toda la Iglesia a interrogarse sobre su renovación para asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora”

 (El lugar determinante que ocupa el Concilio en la biografía de Juan Pablo II ha sido destacado por su secretario; puede verse: S. DZIWISZ, Una Vida con Karol. Conversación con Gian Franco Svidercorschi, Madrid, Esfera, 2007, 23-27)

En el penúltimo punto del documento, casi como un proemio de su famosa conclusión que tituló ¡Duc in altum!, el papa señalaba el valor religioso del Concilio, concibiéndolo como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX (NMI 57); “con el Concilio –decía– se le ofrecía a la Iglesia una brújula segura en el siglo que comenzaba”. Ya han pasado doce años desde que la Iglesia, atravesando la puerta santa, ha celebrado el gozo de una fe reconciliada poniéndose en camino del tercer milenio; aquella brújula que sigue guiándola, señala ahora que nos separa medio siglo de aquel magno evento, quizá el que más ha influido sobre la Iglesia en la época contemporánea.

(Es significativo el testimonio de Lucio Gera: “Si en este año 2000, después de haber vivido la mayor parte de mi vida durante el siglo XX, se me preguntara cuáles han sido los acontecimientos históricos que más me han impactado e influido, no dudaría en nombrar en primer lugar, al Concilio Vaticano II”; V. R. AZCUY; J. C. CAAMAÑO; C. M. GALLI (Comité Teológico Editorial), Escritos Teológicos-Pastorales de Lucio Gera 2. De la Conferencia de Puebla a nuestros días (1982-2007), Buenos Aires, Ágape-UCA, 2007, 787.)

  En efecto, el Concilio ha entrado en la historia; muchos de sus actores que lo vivieron como un acontecimiento asombroso y apasionante ya han desaparecido. Entre tanto, para las nuevas generaciones los textos conciliares resultan muchas veces extraños, y muchos, apenas si los conocen. Se hace pues necesario un renovado ejercicio de memoria –suscitado por el reto permanente de conocer a fondo el Concilio– que permita una “nueva recepción” del mismo.

(Como introducción al ‘acontecimiento conciliar’, las grandes líneas teológicas de sus mayores documentos, su ‘recepción’ e influjo en la teología y el magisterio actual, pueden verse varias ponencias en: SOCIEDAD ARGENTINA DE TEOLOGÍA (SAT), A Cuarenta Años del Concilio Vaticano II. Recepción y actualidad, Buenos Aires, San Benito, 2006)

En este sentido, puede decirse que la recepción del Vaticano II ha pasado por varias fases; desde una fase inicial de expectativa excesiva signada por la euforia, se dio lugar al desencanto, abonado tal vez por expectativas no satisfechas; ahora nos encontramos en la fase de una nueva acogida, que reclamará para ello una interpretación y realización auténticas e íntegras del Concilio y de su tarea de renovación.

 (Cf. BENEDICTO XVI, “Discurso a los Cardenales, Arzobispos, Obispos y prelados superiores de la Curia romana”, L’Osservatore Romano, 2005 (52), 11-12; W. KASPER, “El Desafío permanente del Vaticano II. Hermenéutica de las aseveraciones del Concilio”, en: Teología e Iglesia, Barcelona, Herder, 1989, 405)

Junto a la enorme riqueza doctrinal desplegada en los dieciséis documentos promulgados por la asamblea conciliar, la Iglesia posee hoy, un marco interpretativo más amplio que en las pasadas décadas. No solo porque la doctrina ha cristalizado en el pensamiento y vida de las comunidades cristianas, sino porque también han visto la luz innumerables fuentes hasta hace poco desconocidas.

(Cf. G. ALBERIGO, “Las fuentes sobre el Concilio Vaticano II”, en ID (dir.), Historia del Concilio Vaticano II, V, Salamanca Sígueme / Peeters 2008, 571-577; M. FAGGIOLI; G. TURBANTI, Il Concilio Inedito. Fonti del Vaticano II, Bologna, Il Mulino, 2001, 7-34.)

 MAUTI, Ricardo Miguel, El Concilio Vaticano II :acontecimiento y teología [en línea]. Teología, 110 (2013) 


jueves, 2 de octubre de 2025

Yves Congar: BIOGRAFIA – Enrique Somavilla Rodriguez (2 de 2) Balance y Conclusiòn

 




 (del texto del Dr Enrique Somavilla Rodriguez (*) con ocasión del  XXV aniversario de la muerte de Yves Congar (1904-1995)  

10. BALANCE

 El P. Yves Marie-Joseph Congar, OP, fue un hombre ejemplar desde la perspectiva de un religioso entregado y llevado por una profunda vida de fe. Un hombre perteneciente al siglo XX, que aprendió a discernir los signos de los tiempos en la experiencia de las dos guerras mundiales, sufrimiento, refugiados, desplazados, víctimas, opresiones que necesitaban una palabra de aliento por parte de la Iglesia católica. De aquí, apareció una gran documentación del magisterio social, iluminados por la misericordia. De hecho, se puede afirmar, que es uno de los grandes teólogos que influyeron en la renovación teológica y eclesial del Concilio Vaticano II. Para eso tuvo que llevar adelante una vida de fe exigente, pero asumida desde la propia experiencia en numerosas ocasiones negativas y contrarias a la esencia del Evangelio. Un proceso destructivo para cualquier persona como la soledad, el aislamiento, las acusaciones, el sistema inquisitorial, la falta de seguridad jurídica, la hipocresía, la delación, el menosprecio de la misma Orden de Predicadores, la censura, la supresión de toda actividad docente, literaria, el ensañamiento con dolor, el testimonio de una conciencia desgarrada que piensa en su futuro vocacional, requiere de un coraje impresionante, una profundidad religiosa y ardiente espiritualidad. A veces la vida juega malas pasadas cuando te encuentras de bruces con el paredón de la falta de compasión, de fraternidad, de misericordia. Son numerosas las ocasiones que se presentan en conflicto las instituciones y la conciencia personal. No de ahora, ha sido de siempre. Reconocer el pasado, situarse en el presente y mirar al futuro. Congar llevó este compromiso y criticó la vida institucional de una Iglesia que se parapetaba en la Curia romana. La Iglesia no es la Curia. Esto le llevaría a pagar un precio muy alto al manifestar un testimonio ineludible de decir la verdad. Cuando se pone en tela de juicio las instituciones, entre ellas la Iglesia, hay que tener los suficientes arrestos para saber a qué nos podemos enfrentar si se piden reformas; cuando se reivindica la necesaria libertad de la persona, y se responde con la supresión de sus derechos inalienables; ante la crítica sincera del papel que juega la jerarquía de la Iglesia, Congar responderá que los obispos están mirando siempre a Roma. No obstante, su vida se fundamenta en el concepto de la obediencia aprendida desde los primeros tiempos del noviciado. Pone de manifiesto que la Iglesia es Una, aunque en la actualidad esté dividida. Por eso su labor de estudio de la eclesiología y su interés primordial por la unidad de los cristianos, llevando adelante el ecumenismo. La Iglesia es Santa, pero no por sí misma, sino por su cabeza que es Cristo. Esa santidad, no es privativa de sus miembros que son pecadores, sino de su ser que es el ámbito de la presencia divina, que se apiada de la miseria humana. La Iglesia es Católica, porque es universal que asume todos los tiempos y espacios y que permanecerá hasta el final de los tiempos. Va unido a la capacidad de asumir los valores humanos y la indistinta cultura. Por eso la necesidad de seguir inculturando el Evangelio en cada sociedad. Por último, la Iglesia es Apostólica, porque está fundada por Cristo y fundamentada en los apóstoles, pero teniendo especialmente en cuenta la sinodalidad. De aquí el compromiso de Yves Congar por la vocación de los laicos con un compromiso no solo eclesial sino secular. La salvación de Jesucristo tiene que tener en cuenta, aclara Congar, la acción liberadora de tipo personal, social, cultural, educativo, económico y político. Solo puede hacerse desde la fe, respetando siempre el sentido de la pluralidad en la misma Iglesia. De lo contrario, podemos estar abocados a la intransigencia, la intolerancia y la ambivalencia. El camino ecuménico debiera ir buscando la unidad en la diversidad y nunca en la uniformidad. El camino interreligioso debiera hacerse desde un mayor conocimiento mutuo y sin prejuicios.

 

El punto 11 es la Conclusion donde el autor relata la valiosa contribucion de Congar a la Iglesia y al Pueblo de Dios.

En primer lugar, el P. Yves Marie-Joseph Congar, OP, investigó, reflexionó, enseñó, estudió y difundió el ecumenismo y la vocación laical y el diálogo interreligioso en todas las dimensiones de la teología.

En segundo lugar, el P. Congar buscó opciones de encuentro para el diálogo con todos los concernidos de las Iglesias, tanto de Oriente como de Occidente fundamentándose en que unía más que lo que separaba.

En tercer lugar, partiendo de una nueva eclesiología estableció los cimientos de la comunión y del nuevo Pueblo de Dios, desde la sinodalidad y la visión del Cuerpo místico de Cristo que le llevaría al desarrollo conciliar de la acción del Espíritu Santo. En cuarto lugar, Congar asume fielmente desde la profesión religiosa en la Orden de Predicadores, el sentido profundo de la obediencia, a pesar de todas las contrariedades que sufre a lo largo de su vida, es realmente ejemplar.

En quinto lugar, Congar religioso dominico, mantiene la tensión eclesial desde su vida personal, sobre la fe recia, la audaz valentía, el compromiso vivencial que le hace estar constantemente buscando caminos de encuentro y solidaridad.

En sexto lugar, se le puede ver como el intelectual católico, que amaba a la Iglesia, que se hacía pertinentes preguntas y buscaba adecuadas respuestas. No era nada fácil la tarea que emprendió, pero nunca le faltó ni ánimo ni entusiasmo.

En séptimo lugar, fue un hombre adelantado a su tiempo, con una inmensa visión de futuro, especialmente referida a la situación de la Iglesia católica, ya desde los años previos a la Segunda Guerra Mundial, como a los posteriores, sobre todo la década de los cuarenta y cincuenta.

En octavo lugar, por las circunstancias personales y eclesiales, se vio proscrito, relegado y apartado de la enseñanza de la teología, de las clases, de los libros, de las publicaciones, de las conferencias, de los congresos, siéndole prohibida la asistencia a cualquier reunión ecuménica, entrevistarse con los hermanos acatólicos, y sufriendo sucesivamente hasta tres exilios: Jerusalén, Roma y Cambridge y sus respectivas condenas.

En noveno lugar, la rehabilitación llegó con la subida al pontificado de Angelo Roncalli como Juan XXIII, que le nombra perito del inminente Concilio. Fue decisiva la acción del arzobispo Jean Julien Weber de Estrasburgo, que le ofreció su diócesis y le llevaría como su teólogo. Fue el hecho determinante.

En décimo lugar, al P. Yves Marie-Joseph Congar, OP, le llega ya muy tardíamente el nombramiento de cardenal de la Iglesia por manos de San Juan Pablo II, el 26 de noviembre de 1994 en el año antes de su fallecimiento. Este se produjo el 22 de junio de 1995 en el Hospital militar de Les Invalides en París. Fue galardonado, después de la guerra, con el máximo honor de la República Francesa: la Legión de Honor.

 Al final de su presentacion el Dr Somavilla ofrece tres paginas de títulos de los escritos de Congar inclyendo diarios personales.

 

(*) El Dr Somavilla es doctor en Teología Dogmática y en Derecho, licenciado en Estudios Eclesiásticos, Máster en Doctrina Social de la Iglesia, Máster en Relaciones Internacionales y Protocolo, Máster en Derecho de la Unión Europea, Diploma de Estudios Avanzados en Derecho (DEA). Es Profesor ordinario de Teología en el Centro Teológico San Agustín CTSA (afiliado a la Pontificia Universidad de Salamanca), donde imparte diversas asignaturas: Análisis Político y Económico, Sacramentos de Iniciación cristiana, Misterio de Dios, Cristología, Iglesias Orientales, Ecumenismo, Doctrina social de la Iglesia. Profesor de Teología cristiana de las religiones: relaciones interreligiosas, Teología de la Comunicación, en el Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid ETAV (Centro Agregado a la Facultad de Teología del Norte, sede de Burgos). Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado, en El Real Centro Universitario Escorial-María Cristina, en San Lorenzo de El Escorial (Madrid) adscrito a la Universidad Complutense y Profesor del Máster de Protocolo en la Facultad de Derecho de la UNED.

 


Yves Congar: BIOGRAFIA – Enrique Somavilla Rodriguez (1 de 2)

 


Para el  XXV aniversario de la muerte de Yves Congar (1904-1995)   Enrique Somavilla Rodiriguez (*)  presentó un exhaustivo estudio biográfico deleminente teólogo.

 “No nos olvidemos, la teología no responde preguntas, más bien te replantea las cuestiones más profundas para que cada uno busque las respuestas, a la luz de la Palabra de Dios, la contemplación, así la reflexión teológica ahondará en el pensamiento humano para poder reflejarlo en la praxis cotidiana.”

Después de un “breve estado de cosas” en teología y una micro presentación,  en el punto 2 el Dr Somavilla nos ofrece una exhaustiva biografía general que luego desarrolla en detalle en 10 apartados; para mi la biografia mas completa vista hasta ahora. Soy incapaz de agregar comentario alguno, solo decir que para mi descubrir y conocer un poco más a Congar (tan valorado,  junto a Henri de Lubac,  por Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger) fue tremendamente enriquecedor. Buscar siempre la verdad, pero siempre de la mano de Dios!

 

-o-

Enrique Somavilla Rodriguez:

La vida del P. Yves Marie-Joseph Congar, OP, fue desde el principio un conjunto de sobresaltos continuos. Un hombre intelectual, un cristiano comprometido, un religioso abnegado y obediente, un teólogo brillante, un cardenal efímero. La larga vida de Yves Marie-Joseph Congar, OP, transcurrió siempre de manera muy agitada, tras una serie de exilios que marcaron profundamente su existencia: Jerusalén, Roma y Cambridge. Su combate a favor de la Nouvelle théologie, le valió los sinsabores de sus superiores desde el Santo Padre, la Curia romana, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, los Maestros Generales de la Orden de Predicadores, OP y su propia comunidad religiosa. Vivió desde una fe comprometida, sincera e inquebrantable en Jesucristo. Padeció la cárcel y los campos de concentración alemanes. Fue un férreo defensor de la eclesiología del Pueblo de Dios, de la vocación de los laicos y del ecumenismo.

 

BIOGRAFIA:

El P. Congar, OP, nació durante el pontificado de san Pío X (1903- 1914) y falleció en el de san Juan Pablo II (1978-2005). Una vida dura, entregada y ejemplar entre dos grandes pontificados marcados por las discusiones teológicas de las épocas respectivas. Sin duda, un hombre intelectual, un cristiano comprometido, un religioso abnegado y obediente, un teólogo brillante, un cardenal efímero.

Congar había nacido el 13 de abril de 1904 en Sedan , ciudad perteneciente a la subprefectura del departamento de Ardenas . Sedan se encuentra cerca de la frontera con Bélgica y Alemania, por donde fue invadida Francia en mayo de 1940 por las tropas alemanas y murió el 22 de junio de 1995 en París a los 91 años.

La larga vida de Yves Marie-Joseph Congar, OP, transcurrió siempre de manera muy agitada, tras una serie de exilios que marcaron profundamente su existencia. Había ingresado primeramente en 1921, con diecisiete años en el Instituto católico de París, que regentaban la Orden carmelitana. Más tarde, en 1925, ya con veintiún años, sus pasos se dirigen hacia los dominicos, los grandes predicadores de la Orden de santo Domingo, en el noviciado de Amiens, donde emitiría su profesión simple al año siguiente. De ahí pasa a los estudios filosófico-teológicos en el Estudio General de los dominicos, Le Saulchoir. A partir de 1932 comienza a impartir clases, siendo su primer encargo el de la eclesiología. Su ordenación presbiteral se remonta a 1930, a la edad de veintiséis años.

El tema de la unidad de la Iglesia será, sin duda, la cuestión dominante durante toda su vida y al que dedicaría todos sus desvelos. Será a partir de 1937 cuando comienzan a aparecer las publicaciones, vistas siempre de reojo por la Sagrada Congregación del Santo Oficio, ante las eventuales opiniones poco o nada ortodoxas vertidas en ellas. La primera publicación conocida como Cristianos desunidos: Principios de un ecumenismo católico en el año 1937, y la de Verdadera y falsa Reforma en la Iglesia en 1950, el acoso y derribo de Congar se hacen insufribles, ante las grandes censuras de las que fue objeto. Hombre de una enorme capacidad y profundidad teológica, discípulo del célebre Jacques Maritain (1882-1973) que se empeñó en el comprometido camino del ecumenismo, en un tiempo en el que Roma distaba y mantenía distancias siderales sobre tales cuestiones. La obra de Jalones para una teología del laicado en 1953, Situaciones y tareas pendientes de la teología en 1967; la Iglesia desde san Agustín hasta la época moderna en 1970 y el Diario de un teólogo 1946-1956, de 2000, lo expresan todo. Hombre de diálogo profundo, sincero e intenso, proporcionó al hombre, a la sociedad y a la Iglesia, la capacidad de poder entenderse con su alrededor y que buscaba permanentemente la vuelta a las fuentes del cristianismo y al necesario diálogo con las grandes corrientes del pensamiento del siglo XX, como fiel propuesta para el encuentro entre todos, cristianos, judíos y musulmanes.

Muchos de sus pensamientos se encuentran recogidos en las diversas constituciones, decretos y declaraciones del Concilio Vaticano II. Será a partir de 1937 cuando comience a dirigir la colección Unan sanctam con un éxito rotundo y amplio prestigio internacional. Los problemas con la Iglesia se iniciaron desde el principio en el mismo año de 1937, ante la línea dura mantenida por Pío XI, sobre la cuestión ecuménica, dado que, para él, el único ecumenismo válido era la vuelta, sin condiciones, a la Iglesia madre y que, hincados de rodillas, pidieran perdón en las escaleras de acceso a la Basílica de San Pedro. No existían más alternativas a tal cuestión, manteniendo graves penas para los disidentes católicos.

Habría un paréntesis durante los años de la Segunda Guerra Mundial 1939-1945, que provocó la ruptura de todo ; no obstante, será en el año 1939, al ser movilizado como ayudante médico del ejército francés cuando se produzca la reacción. El año 1940 fue tomado prisionero por los alemanes y es llevado a Mainz y Berlín y más tarde durante su estancia como prisionero en campo de concentración alemán en Colditz, prisión de alta seguridad y en Lübeck, puerto alemán en el Báltico, al coincidir con más de doscientos camaradas , aparecen sus posturas críticas sobre el nazismo.

Una vida repleta durante cinco años, conviviendo con judíos, disidentes, ateos, gitanos increyentes, homosexuales y comunistas, compartiendo los mismos trabajos forzados . Finalizada la guerra, tras la liberación de París, fue condecorado con los máximos honores de la III República Francesa; pero él se sintió un hombre más, siendo presbítero católico y profesor de teología, tras su vuelta a Le Saulchoir para proseguir de nuevo su vida como profesor universitario, pero la situación en Roma, no había cambiado. El Centro de Estudios se establece en la antigua abadía benedictina de Bélgica, Le Saulchoir. De ahí vino, posteriormente, el nombre dado a su Centro de Estudios en París. El P. Congar se posiciona muy claramente con los nuevos movimientos eclesiales y sociales. Estos serán los rasgos más salientes de toda su obra: compromiso con el mundo obrero, valoración del laicado, búsqueda ecuménica, reforma o transformación de las estructuras de la Iglesia.

Roma no cambiaba, más bien condenaba cualquiera de esos movimientos postbélicos. Roma no se fiaba de tales opiniones tan anómalas, respecto a la visión tradicional de la misma. Ya no era Pío XI sino Pío XII (1939-1958) el que estaba pilotando la nave de la Iglesia. De nuevo, tales acechanzas vuelven al entorno de Yves Congar, OP. Ni la experiencia de la guerra había hecho cambiar los duros postulados de la teología tradicional escolástica a una visión algo más benévola y complaciente, sino más bien se mantuvo dura e intransigente durante todo el pontificado, acerca de la postura de Congar sobre la Iglesia. Eran los mismos postulados del anterior pontificado de no admitir, bajo ningún concepto, que otras religiones pudieran compartir parte de la verdad. Todo quedó dinamitado ante la publicación de la ya aludida obra de Verdadera y falsa Reforma en la Iglesia, que Roma censuró de manera inmediata. De forma automática quedó suspendido de las clases, de la enseñanza, de las cátedras, de las publicaciones y sus posibles traducciones. No era la primera que esto ocurría con otros magníficos teólogos, como Pierre Theilhard de Chardin, SJ (1881-1955), entre otros. Francia iniciará con Yves Congar, OP, su andadura de la Nouvelle Thélogie junto con otros grandes teólogos como Jean Daniélou, SJ (1905-1974), Henri de Lubac, SJ (1896- 1991), Marie Dominique Chenu, OP (1895-1990), como movimiento de renovación de la teología católica.

Para los tiempos que corrían, todos ellos eran demasiado avanzados, en sus posturas y pensamiento teológicos. Para Yves Congar, OP, la teología tiene la responsabilidad crítica y creativa de sumarse a la sabiduría y al significado de la fe en estilos y formas que ayuden en cada época a encontrarse con el Señor Jesús y vivir como sus primeros discípulos. La teología se encarga de la mediación de la Buena Nueva del Evangelio, de tal manera, que pueda informar a cada comunidad cristiana de la respuesta más idónea ante los nuevos desafíos y perspectivas concretas en medida que aparecen en la historia de la humanidad.

Con las censuras, monitum y advertencias llegarán las fuertes disensiones dentro de la Iglesia y las propias grandes Órdenes religiosas, que se pliegan, con evidentes divisiones internas, ante posibles revanchas de la Sagrada Congregación.

El día 20 de diciembre de 1949, el Santo Oficio hace pública una nueva instrucción Ecclesia catholica, en la que determina su postura contraria a todo el movimiento ecuménico y a la misma participación de la Iglesia católica en el creado, no hacía demasiado tiempo, Consejo Mundial de las Iglesias, en la ciudad de Ámsterdam, el año anterior. La salida de Le Saulchoir es solo una cuestión de tiempo. Tiempo determinado, preciso y medido.

Lamentablemente el pontificado de Pío XII, decaía progresivamente en estos aspectos, después de haber sido uno de los más apoyados debido a la estricta neutralidad de la Santa Sede, en el conflicto bélico, el apoyo explícito para salvar las vidas de muchos judíos y el socorro prestado a todos los contendientes.

Quienes tienen que llevar adelante los dictados de la Sagrada Congregación de Estudios y del Santo Oficio son los Maestros Generales de la Orden de los Predicadores o dominicos que intervienen en estos años decisivos, para el P. Congar son: Martín Gillet (1929-1946); Manuel Suárez (1946-1954) y Michel Browne (1955-1962)10. La primera sanción llegó en1952. En 1954, los tres provinciales franceses son destituidos. Igualmente, el Maestro General de la Orden de los Predicadores recibe la orden sobre el P. Yves Congar. Pío XII, contrario a la nueva visión teológica y opuesto a todo este movimiento, opta por la vía drástica y toma decisiones muy concluyentes y exige la salida del Estudio general de Le Saulchoir y así comenzará el largo exilio, primero en Oriente Medio, en Jerusalén con la prohibición expresa de enseñar, donde escribiría El misterio del Templo, que sería publicado en 1957. Tras un pequeño paso por París, tiene que salir rápidamente a Roma y en diciembre de 1954 es sometido al examen de sus primeras obras como Cristianos desunidos: Principios de un ecumenismo católico, Verdadera y falsa Reforma en la Iglesia y Jalones para una teología del laicado, vuelve a su tierra para esperar la sentencia que llega más tarde en Cambridge en 1956 para vivir un tiempo de soledad, desamparo y permanente desazón. A finales de 1956 es trasladado a Estrasburgo.

En 1960 es nombrado consultor de la Comisión teológica preparatoria del Concilio Vaticano II, que se entera mediante un artículo en el periódico la Croix, el 20 de julio, en el que participará como experto entre 1962 y 1965, y donde redactará su Diario del concilio. San Juan XXIII le encomendará trabajar en los más importantes documentos del Concilio Vaticano II, junto a otros famosos teólogos considerados avanzados como son Joseph Ratzinger o Henri de Lubac. San Juan Pablo II lo elevó al cardenalato en 1994. El P. Yves Marie-Joseph Congar, antes bien, pensaba, estudiaba y actuaba en consecuencia. Mantenía el dedo sobre los renglones torcidos de Dios y esperaba mejores tiempos, pero siempre respetando las decisiones superiores, aunque no entendiese ni comprendiese nada. Y de eso se trataba. Tenemos que ser críticos, pero permaneciendo dentro de la Iglesia. Al fin y al cabo, como decía san Pío X, cuando algo es de Dios, tarde o temprano desaparecen las trabas u obstáculos que suelen aparecer en la vida de cada uno. El P. Yves Congar, paso a paso, lo fue entendiendo. Como telón de fondo en su obra aparece la reflexión presidida siempre por una loable preocupación ecuménica y el amor a la Iglesia de Jesucristo. La libertad teológica siempre estuvo en su corazón, desde el principio hasta el final de su trayectoria.

Invito leer el texto completo de la apasionante historia de  este extraordinario hombre de la Iglesia. En los puntos 3 al 9 Somavilla relata en detalle diferentes facetas y momentos de su vida. En el post siguiente transcribo los puntos 10 y 11 Balance y Conclusión.

 3. El primer exilio: Jerusalén en el nuevo horizonte

4. El segundo exilio: Roma locuta causa finita

5. El tercer exilio: Cambridge, la soledad de la “obscuridad” y de la “nada”

6. El nuevo horizonte teológico y ecuménico: El Concilio Vaticano II

7. Congar desde la perspectiva eclesiológica

8. Congar desde la perspectiva del laicado

9. Congar desde la perspectiva del ecumenismo

10. Balance

11.Conclusión

 (*) El Dr Somavilla es doctor en Teología Dogmática y en Derecho, licenciado en Estudios Eclesiásticos, Máster en Doctrina Social de la Iglesia, Máster en Relaciones Internacionales y Protocolo, Máster en Derecho de la Unión Europea, Diploma de Estudios Avanzados en Derecho (DEA). Es Profesor ordinario de Teología en el Centro Teológico San Agustín CTSA (afiliado a la Pontificia Universidad de Salamanca), donde imparte diversas asignaturas: Análisis Político y Económico, Sacramentos de Iniciación cristiana, Misterio de Dios, Cristología, Iglesias Orientales, Ecumenismo, Doctrina social de la Iglesia. Profesor de Teología cristiana de las religiones: relaciones interreligiosas, Teología de la Comunicación, en el Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid ETAV (Centro Agregado a la Facultad de Teología del Norte, sede de Burgos). Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado, en El Real Centro Universitario Escorial-María Cristina, en San Lorenzo de El Escorial (Madrid) adscrito a la Universidad Complutense y Profesor del Máster de Protocolo en la Facultad de Derecho de la UNED.

martes, 30 de septiembre de 2025

Yves Congar: Mi diario del Concilio (2 de 2)

 


Estoy empezando a conocer bastante bien la historia de la eclesiología. Durante más de quince siglos, Roma se ha esforzado por monopolizar —sí, monopolizar— todas las líneas de dirección y control. ¡Y lo ha logrado! Se puede decir que para 1950 era perfecta. Y ahora, tenemos un papa que amenaza con ceder algunos de estos cargos. La Iglesia iba a tener voz y voto. Se hablaba de dar más independencia a los obispos. Mientras que antes, el pequeño equipo de teólogos romanos cooptados había impuesto sus ideas al resto, ahora se hablaba de darles a esos «restos» su propia oportunidad. Me parecía que lo que estaba sucediendo era que la Curia de Pío XII seguía en pie; que era muy consciente del peligro; que cedería cuando fuera necesario, pero no se derrumbaría; de hecho, haría todo lo posible por minimizar el daño que se le estaba haciendo al sistema.

Esta había sido mi impresión más clara desde la Pascua de 1959, y fue confirmada por una conversación que tuve con el pastor Roger Schutz [el pastor Roger Schutz fue cofundador y prior de la comunidad ecuménica de Taizé; durante el Concilio, fue uno de los huéspedes del Secretariado para la Unidad Cristiana. Congar se había alojado en Taizé los días 19 y 20 de junio de 1959 (según consta en los Archivos de Congar)] el 20 de junio de 1960. Schutz me contó, aunque con la mayor discreción, sobre la audiencia que le había organizado el cardenal Gerlier, que había tenido con Juan XXIII la tarde o la mañana siguiente a su consagración. Según Schutz, el Papa le había dicho cosas increíbles, incluso abiertamente heréticas, como: «La Iglesia católica no posee toda la verdad; deberíamos buscarla juntos...». Creo que los dirigentes de la Curia se dieron cuenta muy pronto de que con Juan XXIII y su proyecto de Concilio les esperaba una aventura muy extraña, que era necesario levantar vallas, recuperar el control en la medida de lo posible y limitar los posibles daños.

Varios indicios, la lógica interna de las reacciones de la Curia, tal como las percibí, me hicieron pensar rápidamente en lo que voy a escribir aquí, en este mes de julio de 1960, para mantener un registro actualizado, pase lo que pase: tanto si el futuro confirma como si desmiente lo que ahora pienso. Temía, me parecía, que la Curia limitara al máximo el trabajo del Concilio. El Concilio es una reunión eficaz de obispos, en la que discuten libremente y luego toman una decisión. Mi temor era que esta reunión eficaz de obispos se redujera a una fase final, y que el trabajo se realizara mediante textos elaborados íntegramente por comisiones controladas por Roma, si no compuestos en Roma, a los que se pediría a los obispos que presentaran sus reacciones por escrito. Estas reacciones, si las hubiera, podrían o no ser tomadas en cuenta en un texto final que, sin duda, sería aprobado por abrumadora mayoría durante la sesión del Concilio, que duraría solo unas semanas.

Este procedimiento, si realmente se lleva a cabo, puede justificarse desde ciertos puntos de vista. Es cierto que una discusión de principio a fin se ha vuelto prácticamente imposible. El trabajo tendrá que estar muy avanzado antes de que los obispos se reúnan en Concilio. ¡Pero qué riesgo! El gran riesgo es que el Concilio resulte haber sido prefabricado en Roma o bajo su dirección. Muchos obispos son incapaces de tener una visión global de las cosas, en particular de sus aspectos ideológicos o teológicos. Están lidiando con sus propios problemas pastorales inmediatos. Además, en gran medida, ¡han perdido el hábito de estudiar y de decidir por sí mismos! Se han acostumbrado a aceptar decisiones de Roma incluso cuando estas suprimen o revocan acuerdos que ellos mismos consideraban buenos (cf. el movimiento de sacerdotes obreros, el Catecismo). Me temo que muchos de ellos, al recibir un documento, lo hojearán y solo encontrarán algunos detalles editoriales que comentar, y así es como se producirán los textos...

Esto sería una traición al Concilio. La teología distingue cuidadosamente entre el episcopado disperso y el congregado. Solo este último forma un Concilio. La idea y la expresión «una especie de Concilio por escrito», utilizadas en relación con la consulta, apenas real, del episcopado que precedió a las declaraciones de 1854 y 1950, traicionaron lo que realmente es un Concilio. Esto se debe a que, de hecho, no existe tal cosa como un Concilio en tal procedimiento. No hay Concilio excepto en la reunión efectiva de los obispos, que implica libre debate y toma de decisiones. Además, psicológica, moral y antropológicamente, el episcopado congregado es bastante diferente de los obispos por sí solos. Reunidos, toman conciencia de su episcopado y de su derecho. A medida que algunos hablan, reaccionan y despiertan ecos en otros, llegan a formar un grupo con su propia densidad, que se convierte en un bloque. Dispersos, apenas existen; Solo pueden expresar reacciones aisladas e imprevistas, que serán recibidas y manipuladas por una comisión romana o controlada por Roma, que hará con ellas lo que le plazca. Al ignorar las reacciones de los demás, los obispos ni siquiera se darán cuenta de que han sido engañados.

Esta dispersión, esta atomización del episcopado es el ejemplo perfecto de «Divide ut imperes» [divide y vencerás]. ¿Cómo evitarlo?

(Yves Congar, Mi Diario del Concilio, pp. 3-8. El libro de 1100 páginas puede adquirirse en Liturgical Press  )

Fuente ; PrayTellblog. Y en ese mismo blog pueden leerse 30publicacones mas breves  

 

Yves Congar: Mi diario del Concilio (1 de 2)


(Esta primera parte es la introducción al libro de la editorial Liturgical Press donde también se pueden leerse comentarios -  Yves Congar, Mi Diario del Concilio, pp. 3-8. El libro de 1100 páginas puede adquirirse en Liturgical Press. 

 “Al comienzo de la reunión, el cardenal Ottaviani dijo que, para agilizar el trabajo, los expertos solo intervendrían si se les formulaba una pregunta. A mi lado, Rahner, impaciente, me preguntó: "¿Qué hacemos aquí…?" (Miércoles 3 de junio de 1964).

Yves Congar, OP, dominico francés, fallecido en 1995, fue uno de los teólogos más importantes e influyentes del siglo XX. Gran parte de esta influencia se debió a su papel como asesor teológico de los obispos que participaron en el Concilio Vaticano II (1962-1965). Tras trabajar bajo una nube de censura y sospecha eclesiástica en la década anterior a su inicio, Congar fue, de principio a fin, un influyente participante diario en los trabajos del concilio. También logró mantener notas personales detalladas durante todo el tiempo. (…) Este material constituye un valioso recurso de información y perspectiva para cualquier persona interesada en la historia de dicho concilio y su notable e histórica enseñanza. Ofrece una perspectiva sobre los trabajos del concilio y el desarrollo de lo que se convertiría en una serie de documentos y declaraciones históricas. También ofrece la perspectiva práctica y personal de Congar sobre muchas de las otras figuras destacadas que participaron en el concilio. Congar se basó en fuentes bíblicas, patrísticas y medievales para revitalizar la disciplina de la teología contemporánea. Fue uno de los primeros defensores del ecumenismo y también contribuyó a dar forma a la agenda teológica del movimiento litúrgico del siglo XX. Fue nombrado cardenal en 1994 por el Papa Juan Pablo II. Liturgical Press también ha publicado  At the Heart of Christian Worship: Liturgical Essays de Yves Congar y la obra clásica de Congar True and False Reform in the Church.

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 Fuente de este texto PrayTellblog. Y en ese mismo blog pueden leerse 30publicacones mas breves  

Nota del moderador cuando iniciaba una nueva serie, en vísperas del 50.º aniversario de la aprobación de la constitución litúrgica Sacrosanctum Concilium  del 4 de diciembre de 1963 , con estos extractos de Mi Diario del Concilio (Liturgical Press, 2012), del destacado teólogo dominico Yves Congar. Los extractos de Pray Tell serán las partes de su diario relacionadas con la liturgia. Sin embargo, esta primera entrada, más extensa que los siguientes extractos, proviene del principio del libro y sirve de introducción a la serie, ligeramente editada, con notas editoriales seleccionadas incluidas entre corchetes.

Este diario no puede comenzar aquí y ahora, a finales de julio de 1960, fecha en que me enteré de mi nombramiento como Consultor de la Comisión Teológica. Debe comenzar bastante más atrás y seguramente tendré impresiones posteriores que plasmar  más adelante. Pero no empiezo hoy desde cero, con una tabla rasa. La decisión de convocar un Consejo se anunció hace un año y medio, y claramente he tenido tiempo para desarrollar varias ideas.

Algunos de nosotros vimos inmediatamente en el Concilio una oportunidad para la causa, no solo del unionismo [Esta palabra (l’unionisme) se usaba antes del último Concilio para indicar la actividad de los católicos a favor de la unidad cristiana: el Vaticano II llegó a preferir el término «ecumenismo», especificando su significado en el Decreto UnitatisRedintegratio], sino también de la eclesiología. Vimos una oportunidad que debía aprovecharse al máximo, para acelerar la recuperación de los valores del episcopado y la Ecclesia [Cuando Congar usa esta palabra latina, se refiere a la Iglesia como una comunidad cristiana integral] en la eclesiología, y para lograr avances sustanciales desde el punto de vista del ecumenismo. Personalmente, me he esforzado por instar a la opinión pública a esperar y pedir mucho. Sin embargo no me canse de decir que quizás no superaría el cinco por ciento de lo que queríamos. Tanta mayor la razón para maximizar nuestras peticiones. La opinión pública cristiana debe forzar la existencia del Concilio para lograr algo..

Desde el punto de vista teológico, y sobre todo desde el del ecumenismo, parecería que el Concilio ha llegado veinticinco años antes de lo previsto. De hecho, las cosas no han avanzado lo suficiente. Ya han cambiado bastantes ideas. Pero dentro de veinte años, podríamos haber tenido un episcopado formado por hombres formados en ideas arraigadas en la Biblia y la tradición, con una perspectiva pastoral y misionera realista. Aún no hemos llegado a ese punto. Sin embargo, varias ideas ya han avanzado mucho, y el propio anuncio del Concilio, con su objetivo ecuménico a largo plazo, en el clima más humano y cristiano del pontificado de Juan XXIII, bien podría acelerar este proceso. Varios obispos, que hasta entonces se habían mostrado en contra, sin duda se abrirían a la idea del ecumenismo, porque Roma ahora estaba a favor. En el espacio de dos años, se han convertido en “buenas ideas” las que durante los veinte anteriores apenas habían sido toleradas: sólo que ahora nada sería del agrado de las autoridades si no se hubiera luchado por conseguirlo y sembrado con lágrimas.

El anuncio del Concilio despertó gran interés y gran esperanza. Parecía que, tras el régimen asfixiante de Pío XII, por fin se abrían las ventanas; se podía respirar. La Iglesia tenía su oportunidad. Uno se abría al diálogo.

Poco a poco, estas esperanzas se fueron envolviendo en una fina capa de polvo. Hubo un largo silencio, una especie de apagón, interrumpido solo por algún que otro anuncio alentador del Papa. Pero incluso estos eran bastante vagos, y parecían, en cierta medida, haber retrocedido en comparación con el anuncio original. Esta impresión provenía de diversas fuentes. El propio Papa declaró públicamente que no había cambiado de opinión. Pero en una conversación con el P. Liégé, admitió que su idea original había sido una auténtica conversación con los Otros. [La forma en que Congar se refería a los cristianos no católicos.]

Se tenía la impresión —confirmada por gente que venía de Roma con los últimos chismes de «esa miserable corte»— de que en Roma todo un equipo se dedicaba a sabotear el proyecto del Papa. Incluso se decía que el Papa sabía lo que estaba pasando y lo había hablado en confidencia (algo que me sigue sorprendiendo y me hace bastante escéptico: un Papa no divulga tales confidencias).

Personalmente, me sentí defraudado rápida y repetidamente porque, aunque el Papa Juan XXIII habló y actuó con extrema compasión, sus decisiones, su gobierno, distaban mucho de lo que había despertado esperanza. Su estilo humano era cálido y amigable, cristiano. Todo lo relacionado con él personalmente nos había rescatado del terrible satrapismo de Pío XII. Sin embargo, había conservado a casi todo el personal de su predecesor: no al grupo de expertos jesuitas, que, sin embargo, había sido notablemente eficaz; ni a Sor Pasqualina; ni a todos los prelados. Pero sí a todos los demás: los cardenales Tardini y Ottaviani eran sus consejeros cercanos. El Papa había llamado a Monseñor Parente a Roma y le había asignado un puesto importante en el Santo Oficio: Parente, el hombre que condenó al Padre Chenu, el fascista, el monofisita. Conocí a Christine Mohrmann a su regreso de una estancia de seis semanas en Roma, en abril y mayo de 1959. Viaja a Roma con bastante frecuencia, quizás todos los años. Tiene varios contactos y “antenas” allí. Su delicadeza femenina y humanista capta muchas cosas. Le conté cómo me sentía, mi asombro y mis temores.

Ella respondió con un optimismo que me pareció excesivo. Según ella, el Papa sabe muy bien lo que hace y adónde va. Es muy consciente de que está rodeado de hombres con una visión totalmente diferente, incluso totalmente contraria. Con el tiempo, los neutralizará, pero poco a poco. No quiere precipitarse, sino proceder con mucha cautela, etc. No me pareció que estas conclusiones se basaran en los hechos.

Me parecía que toda la «vieja guardia» había permanecido en el cargo. ¿Qué diferencia habría supuesto la dimisión del cardenal Tisserant en otoño de 1959? [Los Archivos Congar contienen notas de una conversación con Christine Mohrmann, celebrada el 22 de abril de 1959, a su regreso de una estancia en Roma. En concreto, Congar registró lo siguiente: «El Papa NO QUIERE seguir como su predecesor. Pero no quiere iniciar revoluciones. Por eso no cambia de golpe a los funcionarios. Además, quiere vigilar para evitar nombrar a personas que, de hecho, podrían intentar contrarrestar su política... Su plan de un Concilio está siendo combatido con firmeza y saboteado por aquellos nombrados durante el régimen anterior que aún están en el cargo. El Papa parece saberlo. Es muy observador y está plenamente al tanto de lo que ocurre».] Pregunté a varias personas sobre esto y no obtuve una respuesta satisfactoria; más bien, una variedad de opiniones diferentes, incluso divergentes. No importa mucho. Nunca esperé grandes cosas de ese sector. Pero uno tenía la clara impresión de que en Roma, la «vieja guardia» de la Curia se sentía en peligro y hacía todo lo posible por evitarlo, a la vez que seguía el juego al nuevo pontificado, pues se enfrentaban a un nuevo pontificado. El peligro era que se les escapaban de las manos algunas riendas del gobierno.