Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

sábado, 29 de diciembre de 2012

Juan Pablo II Reflexiones de Navidad y Año Nuevo: Breve Trilogia (1 de 3)


 “… la Navidad se llama también la “Fiesta de la Luz”, porque Jesús es la Verdad que nace en Belén para ser la “ Luz” del mundo….”
“El mensaje de la Navidad arroja luz sobre el hecho temporal, pero también profundamente existencial, del final del año.
La primera reflexión que suscita el paso de un año a otro es la del correr inexorable del tiempo: Unos días empujan a otros, las semanas se suceden con ritmo imparable, un mes sustituye a otro casi imperceptiblemente, y nos encontramos en la mano un nuevo calendario. Nuestra vida se consume; nuestros años se van... Y ¿dónde? ¿Dónde va a parar este tiempo, que arrastra inexorablemente a la historia humana y la existencia personal de cada uno? Y aquí es donde la Navidad extiende ya su primera y maravillosa luz: La historia humana no es un laberinto absurdo y nuestra vida no va a parar a la muerte y a la nada. Jesús, con su divina e inefable Palabra, nos dice que Dios ha creado al hombre por amor y que espera de él, durante la existencia terrena, una respuesta de amor, para hacerlo partícipe después, más allá del tiempo, de su Amor eterno. Sabemos por la Sagrada Escritura que “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro” (Heb 13, 14). “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Flp 3, 20-21). Ciertamente, cada uno debe dedicarse activamente a la construcción de la ciudad terrena, realizando su trabajo y haciendo producir los propios talentos. Pero debe hacerlo recordando siempre que “si esta tienda que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en el cielo” (2 Cor 5, 1). Más aún, podemos decir que en el bien y en el mal, en el gozo y en el dolor, todo sucede para que podamos anhelar a Dios, nuestro Bien absoluto, y sentir la nostalgia del paraíso, para el que fuimos exclusivamente creados.”

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