Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

jueves, 19 de junio de 2014

Anunciar a la Urbe y al Orbe la Eucaristía


Queremos anunciar a la Urbe y al Orbe la Eucaristía, esto es, la gratitud.
 Este sacramento es él signo de la gratitud de todo lo creado por la visita del Creador. Este sacramento es el signo de la gratitud del hombre, porque el Creador se ha hecho criatura; porque Dios se ha hecho hombre, porque "ha tomado el cuerpo humano de la Madre Virgen Inmaculada", para elevarnos de nuevo a los hombres hasta el Padre, para hacer de nosotros los hijos de Dios.
Queremos, pues, anunciar y cantar con la boca y más aún confesar con nuestro corazón humano la gratitud por el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Dios, con el que El alimenta nuestras almas y renueva nuestros corazones humanos.
Queremos además anunciar a la Urbe y al Orbe la Eucaristía como el signo de la alianza
que Dios ha establecido irreversiblemente con el hombre, mediante el Cuerpo y la Sangre de su Hijo.
Este Cuerpo estuvo sometido a la pasión y a la muerte. Ha compartido la suerte terrena del hombre después del pecado original. Esta Sangre fue derramada para sellar la Nueva Alianza de Dios con el hombre; la alianza de gracia y de amor, la alianza de santidad y de verdad. Nosotros participamos de esta alianza más aún que el Pueblo de Dios de la Ley Antigua. Hoy queremos, pues, dar un testimonio ante todos los hombres.
Realmente, Dios se ha hecho hombre para todos los hombres. Cristo ha muerto y resucitado por todos. Todos al fin están llamados al banquete de la eternidad. Y aquí en la tierra el Dios Señor invita a cada uno diciendo: "¡Tomad y comed... Tomad y bebed..., para no pararos en el camino! ".

Queremos, finalmente, anunciar a la Urbe y al Orbe la Eucaristía como signo de la adoración debida sólo a Dios.
 ¡Cuán admirable es nuestro Dios! Aquel a quien ningún entendimiento es capaz de abrazar y adorar en la medida de su santidad. Aquel a quien ningún corazón es capaz de amar en la medida de su amor.
¡Cuán admirable es al querer que lo abracemos, lo amemos, lo adoremos, según la dimensión humana de nuestra fe, bajo las especies del pan y del vino!


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