Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

lunes, 31 de marzo de 2025

Recordando a Juan Pablo II y su querida Mentorella

 


En estos días tan cercanos al aniversario de los 20 años de su partida, como olvidar esos momentos tan emotivos, tan  únicos en pos de descubrir el secreto que ligaba a Juan Pablo II a ese pequeño y por otra parte majestuoso lugar,  situado sobre un promontorio poco importante,  desde donde, sin embargo,  se divisa la grandeza de los montes prenestinos vecinos y donde Juan Pablo II solía sentarse para admirar las obras del Creador.

 


A falta de sus queridos Tatry (Tatras) gustaba saborear esas escapadas hacia Mentorella recordando visitas anteriores cuando venía a Roma más ligero de carga, como sacerdote y  enviado polaco. Este lugar se transformo luego en  remanso y refugio espiritual en medio del trajinar diario en Roma,  donde podía encontrarse con su Madre Maria más a solas dentro o fuera del templo.

 


Y recuerdo nuestro propio periplo en llegar hasta alli,  al salir de la autopista, pasando por pueblitos de vida casi rústica,  cerca de Roma pero  lejos de su ruidosa vida cotidiana.  También para nosotras fue un respiro habernos alejado un poco de aquellos días de tanta actividad  y movimiento (durante la  beatificación de Juan Pablo II)  pero de tantas emociones,  que costaba almacenar todas de golpe y hacía falta alejarse un poco para saborearlas por entero.  Un regalo de Dios, inmerecido como todos sus regalos, que aun me cuesta asumir,  y no  me canso de agradecer.

Cuando llegamos el lugar estaba casi desierto,  hasta dudamos si podríamos  acceder a la iglesia y si encontraríamos a alguien. No tardamos en divisar al  padre Adam quien nos atendió con esmero y dedicación dándonos  instrucciones, consejos y programa del día.  Tendríamos tiempo para visitar tranquilamente el lugar y los alrededores, sentarnos a tomar algo y por la tarde en intimo recogimiento participar del santo rosario y la santa Misa con un grupo de personas que habían llegado al lugar.

Y  recuerdo también con mucha nitidez  nuestro regreso. La bruma que se levantó y envolvió el monte parecía haberse apoderado del lugar para  no dejarnos ir…Nos costó abandonar ese santo remanso y luego partimos casi a  tientas por aquellas serpentinas que a la ida no parecían tan temibles, tan largas como entonces y mucho más altas que a la ida. Toda una aventura. No obstante un dia mágico, enriquecido por sentimientos imposibles de explicar.

 Mentorella, siempre en mi recuerdo!

 

    

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