En
estos días tan cercanos al aniversario de los 20 años de su partida, como
olvidar esos momentos tan emotivos, tan únicos en pos de descubrir
el secreto que ligaba a Juan Pablo II a ese pequeño y por otra parte majestuoso
lugar, situado sobre un promontorio poco
importante, desde donde, sin embargo, se divisa la grandeza de
los montes prenestinos vecinos y donde Juan Pablo II solía sentarse para
admirar las obras del Creador.
A
falta de sus queridos Tatry (Tatras) gustaba saborear esas escapadas hacia
Mentorella recordando visitas anteriores cuando venía a Roma más ligero de
carga, como sacerdote y enviado polaco. Este lugar se
transformo luego en remanso y refugio espiritual en medio del
trajinar diario en Roma, donde podía encontrarse con su Madre Maria más
a solas dentro o fuera del templo.
Y
recuerdo nuestro propio periplo en llegar hasta alli, al salir de la
autopista, pasando por pueblitos de vida casi rústica, cerca de Roma
pero lejos de su ruidosa vida cotidiana. También para
nosotras fue un respiro habernos alejado un poco de aquellos días de tanta
actividad y movimiento (durante la beatificación de Juan Pablo
II) pero de tantas emociones, que costaba almacenar todas de golpe y
hacía falta alejarse un poco para saborearlas por entero. Un regalo
de Dios, inmerecido como todos sus regalos, que aun me cuesta
asumir, y no me canso de agradecer.
Cuando llegamos el lugar estaba casi desierto, hasta dudamos si podríamos acceder a la iglesia y si encontraríamos a alguien. No tardamos en divisar al padre Adam quien nos atendió con esmero y dedicación dándonos instrucciones, consejos y programa del día. Tendríamos tiempo para visitar tranquilamente el lugar y los alrededores, sentarnos a tomar algo y por la tarde en intimo recogimiento participar del santo rosario y la santa Misa con un grupo de personas que habían llegado al lugar.
Y recuerdo también con mucha nitidez nuestro regreso. La bruma que se levantó y envolvió el monte parecía haberse apoderado del lugar para no dejarnos ir…Nos costó abandonar ese santo remanso y luego partimos casi a tientas por aquellas serpentinas que a la ida no parecían tan temibles, tan largas como entonces y mucho más altas que a la ida. Toda una aventura. No obstante un dia mágico, enriquecido por sentimientos imposibles de explicar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario