Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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martes, 10 de junio de 2025

Juan Pablo II y sus intentos de acercamiento a la Iglesia ortodoxa.

 


(Fuente: Stanislao Dziwisz: Una vida con Karol – conversación con Gian Franco Svidercoschi,  La Esfera delos libros, 2008, pag.222/226)

Pero los problemas eran todavía mas numerosos en le frente de la Iglesai ortodoxa. Caído el comunismo, disgregado el imperio soviético, la consiguiente explosión de nacionalismos involucró, por desgracia, también a la Iglesias, sobre todo a las ortodoxas, que durante tantos años habían vivido sin libertad y al margen del proceso ecuménico. (Gian FrancoSvidercoschi)

El Santo Padre intuyó en el acto que de aquella situación podían derivarse complicaciones en las relaciones con Roma. La Iglesia católica, por su unidad, tenía fuerza, mucha fuerza, mientras que las Iglesias ortodoxas, diversificadas y divididas entre ellas, no. El Papa intento iniciar un diálogo respetuoso, lleno de delicadeza y de comprensión, totalmente ajeno a cualquier idea de proselitismo. Pero no siempre fue comprendido. No siembre se comprendieron sus verdaderas intenciones. (Cardenal Dziwisz)

Esto ocurrió, sobre todo, con el patriarcado ortodoxo de Moscú. Estaba la cuestión de los uniatos, es decir, de los católicos orientales que reclamaban que se les devolviesen las iglesias y los bienes confiscados por el régimen comunista en la época de la represión para dárselos a los ortodoxos. Y luego, cuando la Santa Sede reorganizó la jerarquía eclesiástica en Rusia creando al final auténticas diócesis. Moscú reacciono de forma durísima y suspendió las relaciones durante algún tiempo.

El Santo Padre decía que las Iglesias de Rusia, recién salidas de  una tremnda opresión, tenían pleno derecho a contar con una organización definitiva. No podían dejarse sin pastores. 

Y además, el patriarcado de Moscú había sido advertido con tiempo. El nuncio había comunicado las intenciones de la Santa Sede de proceder a la creación de cuatro diócesis que, precisamente para no herir sensibilidades, iban a tomar su nombre del de las catedrales, en vez de adoptar las territoriales, ya usados por la Iglesia ortodoxa.

Quizás no le habían dado mayor importancia al asunto y habían aceptado sin más. Ninguna objeción. Sólo en un segundo momento, cuando vieron todo el “plan” realizado, o cuando  surgieron oposiciones internas, sólo entonces replicaron de aquella forma. Pero nadie, repito, nadie, se esperaba una reacción semejante!

Así, las oportunidades para que tuviera lugar un encuentro entre el Papa y el patriarca Alejo II fueron perdiéndose una tras otra.  La primera fue durante el viaje pontificio a Hungria, en septiembre de 1996. Había sido el propio Gobierno húngaro, a través de su embajador en la Santa Sede, el que había propuesto el encuentro en la localidad de Pannonhalma. Pero el Santo Sínodo del patriarcado ortodoxo se opuso.

La segunda vez fue en 1997: la preparación tuvo casi el crisma oficial. Se ocuparon de elli, por la parte católica el arzobispo Pierre Dprey, secretario del Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, y por la parte ortodoxa, el metropolita Kirill, presidente del Departamento para las Relaciones Exteriores. Fue elegido un lugar a medio camino entre Roma y Moscú, el convento cisterciense de Heiligenkreutz (Santa Cruz) a unos treinta kilómetros de Viena, aprovechando también el hecho de que Alejo II iba a ir a Austria, a Graz, para asisitir a la II Asamblea Ecuménica Europea. Por lo tanto, todo estaba listo para el 21 de junio, pero, en el último momento, Kirill dijo que no era posible. Una vez más, se había opuesto el Sínodo.

La tercera vez fue en el año 2003. El Papa iba a viajar a Mongolia; el avión tenia que hacer una escala técnica en Kazan, en territorio ruso, para entregar el icono de la Madre de Dios…

El Santo Padre deseaba ardientemente realizar la peregrinacion a Rusia, como señal de su deseo de contribuir a la unidad de los cristianos. Y para favorecer un definitivo acercamiento a la Iglesia ortodoxa, que siempre le había sido muy querida. Por esto, era importante que pudiera reunirse con Alejo II. Pero también esta vez, el encuentro fue anulado.

El escenario ecuménico, mientras tanto, se había vuelto totalmente oscuro. Elmundo ortodoxo, al verse obligado a defender a Moscú, se había unido contra Roma, contra su presunto “proselitismo”.

El Papa, sin embargo, no quiso resignarse. Para empezar, lanzó una clamorosa iniciativa con la enciclica Ut unum sint. Se declaro dispuesto, a través del dialogo con otros cristianos, a definir una nueva forma de ejercicio del primado del obispo de Roma, para que pudiese convertirse en un factor de unidad, en vez de continuar siendo un elemento de división.  Y por esto, la Congregación para la Doctrina de la Fe preparó un estudio sobre el primado en los primeros diez siglos, cuando el mundo cristiano todavía estaba unido.

Para intentar restablecer una amistad fraternal con las distintas Iglesias ortodoxas, Juan Pablo II emprendió una serie de viajes a países conflictivos: Rumania, donde aun estaba abierta la cuestión de los uniatos; Grecia, donde los obispos ortodoxos ni siquiera le habían invitado; Ucrania, cercana a Moscù. Ayudado por sus mea culpa, y sostenido por la convicción, como repetía con frecuencia, de que se tenía que impulsar “primero la unión afectiva y luego la efectiva”, el Papa consiguió que cambiasen de manera  radical situaciones y actitudes anteriormente hostiles.

Recuerdo ahora con emoción aquel grito, “Unitade, unitade”, que explotó de entre el pueblo durante la visita del Santo Padre a Bucarest, en Rumania. Gritaban todos, ortodoxos, católicos, protestantes evangélicos, invocando el regreso a la antigua unidad cristiana.  También me gustaría volver a mencionar, dado lo extraordinario de su carácter, el viaje a Grecia. Durante la estancia del santo Padre en Atenas pudimos comprobar como estas dos Iglesias, antes tan  alejadas la una de la otra, se estaban acerando por momentos. La Iglesia ortodoxa griega no volvió a ser la misma desde la visita del Papa.

Y entonces? Cuando se reunificarán todos los cristianos?   Es una pregunta que también se plantaba el papa Wojtyla en la conclusión del Ut unum sint: “Quanta est nobis via?” (¿Cuánto camino nos queda aún por recorrer?) Quizá, una primer respuesta estaba en aquellas seis manos que empujaban juntas la antigua puerta bizantina de San Pablo. Manos de cristianos todavía desunidos, pero seguramente con el deseo de volver a estar juntos.

  

jueves, 10 de agosto de 2023

Juan Pablo II y Europa Oriental. ¿Los dos pulmones de la cristiandad? – (4 de 4)

 


La llamada de Fátima y el viento de la renovación

 

El 13 de mayo de 1981 tuvo lugar el intento de asesinato de Juan Pablo II. El gravemente herido Papa fue al hospital y su vida estaba en grave peligro. El hecho que sobrevivió atribuyó a la Virgen María y vinculó con las apariciones en Fátima - especialmente desde cuando conoció el contenido del tercero misterio, que hablaba sobre un asesinato de “un obisbo vestido de blanco”. Dijo: «Gracias a la Virgen María, de nuevo me fue regalada mi vida. Entendí que la única manera de salvar al mundo de guerra, salvar del ateísmo, es la conversión de Rusia en consecuencia con el mensaje de Fátima». Eso fue una referencia a la llamada a una bendición de Rusia expresada en las apariciones de Fátima, que los papas anteriores nunca habían cumplido completamente. Finalmente, en 1984, este evento tuvo lugar según el deseo de Fátima - junto con los obispos de todo el mundo. Cuatro años más tarde la Unión Soviética formalmente rechazó el ateísmo como el principio nacional y empezó a restaurar la libertad religiosa.

 

El viento de la renovación

En la segunda mitad de los años 80. la entera división política vieja temblaba en sus fundamentos. Mijaíl Gorbachov, elegido en 1985 por el puesto de secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, empezó la política de reformaseconómicas y políticas y de calentamiento en las relaciones con el Oeste. El 1 de diciembre de 1989, cuando el sistema comunista en Polonia lanzaba ya su último aliento y en Berlín acababa de caer el muro, que hasta ese momento simbólicamente dividía el mundo, Mijaíl Gorbachov tuvo un encuentro oficial con Juan Pablo II en el Vaticano. Hablaban, entre otras cosas, sobre mantener la paz en Europa y ampliación de la zona de libertad en la URSS. Los medios notaron un momento significativo de ese encuentro, cuando Gorbachov se dirigió a su esposa: «Raísa, te presento Su Santidad, Juan Pablo II, que es la autoridad moral más alta del mundo y, además - como nosotros - es un eslavo».

 

Los cambios y, luego, la caída del sistema, la disolución de la Unión Soviética y la devolución de las libertades civiles en los países anteriormente soviéticos daron una gran esperanza en el Vaticano para un renacimiento religioso en los terrenos que hasta aquel tiempo habían sido hechos estériles por la política de ateización intencional.

 

La introducción de la libertad religiosa en la URSS abrió la puerta para la reconstrucción de las estructuras de la Iglesia. Ya en abril de 1991 fueron creadas unas administraciones apostólicas católicas en Rusia que en 2002 se convirtieron en la estructura diocesana normal. En un tiempo similar fueron también creadas las estructuras en las otras partes de la Unión Soviética. Pero hasta hoy (salvo la tradicionalmente católica Lituania) son unas comunidades pequeñas, a las cuales pertenecen mayormente los descendientes de minorías nacionales.

 

Ya en 1988 empezó el proceso de la reconstrucción de la Iglesia greco-católica ucraniana, que, desde aquel momento, funcionaba legalmente. Gracias a la resistencia floreciente a pesar de las represiones, la jerarquía y las instituciones de esta comunidad de muchos millones fueron reconstruidas rápidamente. Al mismo tiempo también reanimaron otras Iglesias católicas de rito bizantino, como el bielorruso, ruso y ruteno (que funciona principalmente en Cárpato-Rutenia). Durante la existencia de la Unión Soviética, su funcionamiento básicamente se limitaba solo a los entornos emigratorios y, después de su caída, finalmente pudieron funcionar con principios normales. Pero, hasta hoy, no son unas comunidades grandes.

 

El peregrino en el Este

Además de construcción de instituciones y creación o recreación de jerarquía, el Papa quería visitar los países del Este cristiano. Durante la peregrinación a Polonia en 1991 expresó este deseo visitando p.ej. Przemyśl, que, en este tiempo, todavía estaba en la diócesis que era un trozo de la anterior metrópolis de Leópolis. Se dirigió también a los jóvenes de la Unión Soviética, que habían llegado en grandes cantidades a la Jornada Mundial de la Juventud en Częstochowa en agosto de ese año. Poco después de la caída de la Unión Soviética, visitó los países bálticos, incluso la Lituania católica. En 1999, fue a Rumania después de ser invitado por el patriarca ortodoxo y, durante su siguiente peregrinación a Polonia (en el mismo año), beatificó a los Mártires de Pratulin. Finalmente, en 2001, tuvo lugar la peregrinación a Ucrania (y también a Kazajistán y Armenia) - la única realmente grande comunidad greco-católica.

 

Pero Juan Pablo II, a pesar de su gran deseo, nunca visitó Rusia. Una invitación así fue mandada a él en 1988, para la ocasión de las celebraciones del Milenio del Bautismo de Rus. El Papa rechazó la invitación, dando la condición que la Iglesia greco-católica sea legalizada de nuevo. Borís Yeltsin, el presidente de Rusia en los años 90. le invitó luego una vez más. Esa vez Juan Pablo II no aceptó la invitación porque esperaba que le invitara la jerarquía ortodoxa. Pero la jerarquía parecía reacia, aún en los años cuando el diálogo parecía ir en la buena dirección. Esa actitud venía de la oposición al soporte del Vaticano a las Iglesias greco-católicas y el establecimiento de la administración católica en Rusia. Eso fue consecuentemente recibido por la Iglesia ortodoxa como una ofensa, en vez de como la realización de la libertad religiosa o una prueba de regulación del estado de hecho y, finalmente, eso llevó a la ruptura completa del diálogo ecumenico. El Papa hasta el fin de su vida intentaba mejorar las relaciones, pero no logró amortiguar la actitud ortodoxa incluso por unos gestos simbólicos de la buena voluntad, como por ejemplo la devolución de la copia del icono de la Nuestra Señora de Kazán a la Iglesia ortodoxa de Rusia en 2004. Y a pesar del hecho que, después de la muerte de Juan Pablo II, el diálogo ecumenico fue renovado, los siguientes papas todavía no lograron cumplir su sueño de la peregrinación a Rusia.

 Fuente:JP online

Juan Pablo II y Europa Oriental. ¿Los dos pulmones de la cristiandad? – (3 de 4)

 


En el diálogo con la Iglesia ortodoxa

 Pero eso no significa que el Papa polaco no estaba interesado en el diálogo con los ortodoxos. De lo contrario, ya en el año de su elección, en el noviembre de 1979, durante su peregrinación a Turquía, se encontró con el patriarca de Constantinopla Demetrio I, con cual fundaron la Comisión Conjunta Internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas Orientales. En París en 1980, así recordó su encuentro con Demetrio I y describió su actitud hacia la reconciliación:

«Tengo que decir también que mi visita en Constantinopla me dió mucha esperanza. [...] ¡En este ambiente, que evidentemente es una gran realidad espiritual, una realidad complementaria [a la nuestra]! Vale, no se puede respirar como cristianos, o mejor, como católicos, teniendo solo un pulmón; hay que tener ambos pulmones, es: el oriental y el occidental. [...] Esperamos que el Señor nos deje ver el día cuando somos reconciliados y seguramente - podemos estar ciertos de eso - en ese día vamos a mirar diferentemente a las dificultades que hoy nos parecen tan grandes».

(Mensaje a las comunidades cristianas no católicas en la sede de la nunciatura,París, el 31 de mayo de 1980).

El ecumenismo en esa dimensión no consistía solo de unos encuentros de oración sino también en creando posiciones comunes en las cuestiones de la doctrina sobre p.ej. la definición de la Iglesia y los sacramentos de Eucaristía y sacerdocio. Juan Pablo II usaba muchas veces durante eso una frase como “Iglesias hermanas” y comparaba la cristiandad oriental y la occidental a “dos pulmones” de una Iglesia. Pero todavía regresaba el tema del proselitismo como un obstáculo clave, entonces - en la óptica ortodoxa - la existencia de las Iglesias greco-católicas creadas por la unión. Un ejemplo de esto puede ser así llamada Declaración de Balamand creada por la comisión en 1993, en la cual el acercamiento de las Iglesias y aceptación de la mayoría de los postulados de la Iglesia ortodoxa dependía de la aceptación de existencia de las Iglesias católicas orientales. Ese documento fue firmado sólo por los patriarcas ortodoxos de Rumania. Moscú, y aún Constantinopla seguían firmes en sus posiciones.

 

En 1980, el Papa anunció a los Santos hermanos Cirilo y Metodio los patrones de Europa. Esto fue anunciado en la carta apostólica Egregiae viritus. Fue un evento significativo por el hecho que ambos los apóstoles de eslavos gracias a sus acontecimientos simbolizan mejor la unidad de la cristiandad. El Papa muy a menudo hará referencias a estos patrones de reconciliación, también en la encíclica Slavorum apostoli de 1985 o en siguiente carta apostólica Orientale lumen:

 

“Cirilo y Metodio - un ejemplo glorioso de apóstoles de la unidad - predicando el Cristo en la búsqueda de la comunión entre el Este y el Oeste, a pesar de las dificultades, que ya entonces ponían estos dos mundos contra él otro”.

 

Entonces el Papa por todo su pontificado enfrentaba un problema que parecía insoluble, de un lado notando la existencia e independencia y preocupándose por el bienestar de los greco-católicos y, del otro lado, tratando de llegar a un diálogo con la Iglesia ortodoxa.

Fuente:JP online


miércoles, 9 de agosto de 2023

Juan Pablo II y Europa Oriental. ¿Los dos pulmones de la cristiandad? – (2 de 4)

 


La primera peregrinación a Polonia

Ya la primera peregrinación de Juan Pablo II demostró un cambio. Durante ese evento, el mensaje de Juan Pablo II no fue limitado solo a los asuntos nacionales. El tema de cristiandad oriental y la actitud hacia las naciones eslavas estuvo muy presente, lo que no gustaba al gobierno de la República Popular de Polonia. Tal vez el elemento más destacado dedicado a este tema fue el discurso en Gniezno, sobre Wzgórze Lecha, el 3 de junio de 1979. Juan Pablo IIdedicó el discurso al tema de la herencia común de las naciones eslavas. Haciendo una referencia a la fiesta de Pentecostés y a la persona de San Adalberto, dijo:

 «¿No es lo que Cristo quiere, no es lo que el Espíritu Santo mandó, que este Papa polaco, Papa eslavo ahora mismo reveló la unidad espiritual de la Europa cristiana que está compuesta de dos grandes tradiciones: del Oeste y del Este? Nosotros, los polacos, que participamos en la tradición del Oeste desde hace un milenio entero, así como nuestros hermanos lituanos, siempre respetamos las tradiciones del Este cristiano durante ese milenio. Nuestras tierras eran hospitalarias para esas tradiciones, que tienen sus raíces en la Nueva Roma - en Constantinopla».

 Esas frases sobre la identidad cristiana de las naciones que formaban la URSS, que al fin y a cabo, era atea, fueron tan inequívocos que causaron una fuerte objeción en el campo comunista. Stanisław Kania, el secretario de KC PZPR, aún fue con agravios al obispo Agostino Casaroli, que fue responsable del lado del Vaticano por los acuerdos con el gobierno de la República Popular de Polonia sobre el curso de la peregrinación. El obispo respondió a sus acusaciones que «no fue lo que acordamos» de una manera diplomática: no conoce la lengua polaca y por eso no pudo supervisar los discursos del Papa.

 

Hasta hace poco también era desconocido el curso del otro punto de la peregrinación - la reunión de la Conferencia Episcopal sobre Jasna Góra. Durante una sesión cerrada el Papa abiertamente hablaba sobre su actitud reacia hacia la política de normalización de relaciones con el gobierno comunista “cueste lo que cueste” pero también directamente presentó la intención que había tenido durante la mencionada antes homilía en Gniezno: «Y también les [la opinión pública occidental] recordamos que existen los eslavos, que existe Chequia, que existe Ucrania, los lituanos, que existe la Rusia cristiana desde un mil años».

 

Durante la sesión de la Conferencia Episcopal Polaca Juan Pablo II habló también sobre un tema muy importante más, a saber dijo a los obispos polacos que tienen que preparar sobre Jasna Góra unas celebraciones del Milenio del Bautismo de Rus, un poco como el Milenio del Bautismo de Polonia antes. Finalmente, no solo lograron organizar este evento, sino también el evento llevó a cambios en la política religiosa de URSS y fue una excusa para el Vaticano para directamente expresar una demanda de legalización de nuevo la Iglesia greco-católica.

 

Mientras ya en el año 1979, durante la sesión sobre Jasna Góra, el Papa expresó directamente su creencia que este tema - la cuestión de lo que ocurre con los greco-católicos - no puede ser escondida en el nombre del ecumenismo. Había una tentación así, porque el lado ortodoxo percibía la misma existencia de las Iglesias, cuyas creación había sido el resultado de una unión con los católicos, como un sintomo de proselitismo, es: conversión disimulada de los fieles ortodoxos al catolicismo, y decía que el rechazo de ese proselitismo fue una condición de la participación del lado ortodoxo en el diálogo interreligioso. Pero Juan Pablo II creía que no se puede sacrificar p.ej. la Iglesia greco-católica ucraniana, especialmente porque la Rusia ortodoxa lo había tratado con bastante crueldad, no contando con la voluntad de sus fieles, incorporados por la fuerza a sus estructuras:

 

«Los ucranianos deberían sentirse valorados. [...] La Iglesia no tiene el derecho a quitarles la verdad histórica sobre ellos en el nombre del ecumenismo. La destrucción de la Iglesia greco-católica 

Fuente:JP online

Juan Pablo II y Europa Oriental. ¿Los dos pulmones de la cristiandad? – (1 de 4)

 


Juan Pablo II dirigía muy a menudo su mirada al este de Europa y a las iglesias orientales; las miraba con preocupación, pero también con esperanza. Percibía la cristiandad oriental no como la alternativa a Roma, sino como su complemento, “el segundo pulmón”.

 

Tenia esa  preocupación por los católicos romanos que seguían sobre el terreno de la Unión Soviética mucho antes de ser  Papa. Basta mencionar que recibió su ordenación de obispo del arzobispo Eugeniusz Baziak, el metropolitano de Leópolis que vivía en Cracovia desde los años 50 del siglo XX. El arzobispo Baziak, separado por una frontera política de su propia sede episcopal después de la guerra, se siguió preocupando por su diócesis hasta  el fin de su vida. “¿No fue una gran tragedia lo que ocurrió como resultado de las decisiones de Yalta? ¿No fue una gran tragedia para el Pastor que tuvo que dejar la capital antigua de los metropolitanos latinos, la honrada catedral de Leópolis y tantas iglesias increíbles de esa ciudad y la diócesis entera?” así hablo sobre su vida dijoPablo II en Lubaczów en el año 1991.

 El Papa de Este

El hecho que un Polaco hubiera sido escogido para ser el Papa fue comentado como algo sin precedentes, tanto por el Oeste como por el Este,  éstos últimos llenos de la esperanza.  Los Polacos veían en él la mano de la Providencia “Este papa es un verdadero regalo de los Cielos” Pero en los círculos de los líderes del campo comunista se sabe que  causó gran preocupación y abundaban los temores  acerca de posibles consecuencias políticas para todo el bloque.

Es muy bien conocido el gesto de Juan Pablo II hacia el primado Stefan Wyszyński durante la misa de inauguración del pontificado el 22 de octubre de 1978:  Juan Pablo II no le dejó arrodillarse, pero él mismo besó las manos del primado.  De la misma manera trató  el Papa  al cardenal Josyf Slipyj, el líder de la Iglesia greco-católica de Ucrania. Ese gesto fue una expresión del reconocimiento no solo de la vida del mismo  jerarca, que había pasado 18 años de su vida en un gulag, sino también de la Iglesia gobernada por él.

Las raíces de esta Iglesia llegan a la Unión de Brest adoptada en la Primera República Polaca en el año 1596, gracias a la cual los habitantes cristianos ortodoxos del país aceptaron la soberanía del papado, al mismo tiempo conservando la liturgia oriental. La Iglesia ortodoxa  de Moscú,en cambio, lo consideró un  acto hostil y no ha cambiado su actitud .. En el siglo XIX, durante las particiones de Polonia, esa Iglesia fue liquidada y perseguida en la partición rusa y, hasta la II Guerra Mundial, sobrevivió solamente en los terrenos de la Ucrania occidental de hoy. Tampoco podría funcionar en la Unión Soviética - después del encarcelamiento de los jerarcas y una “reunión” con la Iglesia ortodoxa en los años 40. del siglo XX, la entera actividad pastoral de la Iglesia greco-católica debió permanecer oculta.

Cabe mencionar que aunque en Polonia no tuvo lugar una deslegalización completa del catolicismo ortodoxo, como lo fue en la Unión Soviética, resultado de la acción “Wisła” ejecutada en el año 1947,  la Iglesia quedó  desorganizada y sin jerarquía. En ese tiempo el primado Stefan Wyszyński recibió del Vaticano  potestades especiales para cuidar a los greco-católicos en Polonia, lo que, a la luz de su colaboración y amistad con el futuro Papa, influyó en la actitud de Juan Pablo II hacia la Iglesia perseguida.

Justamente antes de la peregrinación a Polonia, en marzo de 1979, Wojtyła mandó al cardenal Slipyj una carta histórica en la cual delineaba un programa de preparaciones para el milenio del bautismo de Rus. Interpretó el evento de la Unión de Brest como uno de los muchos intentos de reconciliación ecuménica con la Iglesia ortodoxa y no, como lo interpretan los patriarcas de Moscú, una invasión de Roma a un territorio canónico no suyo.

 Uno de los efectos de la elección de un Polaco al Papado fue un cambio en la política internacional del Vaticano. Hasta aquel momento era bastante pasiva y basada meramente en discreta diplomacia.

 Esto fue la razón por unas acusaciones de una amabilidad y falta de presión a los países del bloque socialista, pero también dejó a crear unos instrumentos como el Acta final de la Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa firmado en el 1975 en Helsinki por 35 países (incluso la República Popular de Polonia y la Unión Soviética). Ese documento acentuaba fuertemente los derechos humanos, incluso el derecho a la libre expresión de creencias religiosas. El nuevo Papa no se alejó de estos logros y los usó, refiriéndose a, entre otras cosas, ese documento durante las negociaciones con gobiernos. Dejó también el cardenal Agostino Casaroli como el jefe de la diplomacia vaticana, que hasta aquel tiempo había sido conocido por una tendencia a compromisos en el nombre de “salvando lo que puede ser salvado” en las relaciones con los países del bloque oriental. Pero, al mismo tiempo, dió a la política extranjera del Vaticano un tono definitivamente más asertivo y no evitaba unas declaraciones claras, que muy a menudo irritaban a los tomadores de decisiones socialistas.


Fuente: JPII online