Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

jueves, 23 de diciembre de 2010

Navidad 2010 con Juan Pablo II – (3) Maria educadora del Hijo de Dios



“1. Aunque se realizó por obra del Espíritu Santo y de una Madre Virgen, la generación de Jesús, como la de todos los hombres pasó por las fases de la concepción, la gestación y el parto. Además, la maternidad de María no se limitó exclusivamente al proceso biológico de la generación, sino que, al igual que sucede en el caso de cualquier otra madre, también contribuyó de forma esencial al crecimiento y desarrollo de su hijo.
No sólo es madre la mujer que da a luz un niño, sino también la que lo cría y lo educa; más aún, podemos muy bien decir que la misión de educar es según el plan divino, una prolongación natural de la procreación.
María es Theotokos no sólo porque engendró y dio a luz al Hijo de Dios, sino también porque lo acompañó en su crecimiento humano.
[…]
La misión educativa de María, dirigida a un hijo tan singular, presenta algunas características particulares con respecto al papel que desempeñan las demás madres. Ella garantizó solamente las condiciones favorables para que se pudieran realizar los dinamismos y los valores esenciales del crecimiento, ya presentes en el hijo. Por ejemplo, el hecho de que en Jesús no hubiera pecado exigía de María una orientación siempre positiva, excluyendo intervenciones encaminadas a corregir. Además, aunque fue su madre quien introdujo a Jesús en la cultura y en las tradiciones del pueblo de Israel, será él quien revele, desde el episodio de su pérdida y encuentro en el templo, su plena conciencia de ser el Hijo de Dios, enviado a irradiar la verdad en el mundo, siguiendo exclusivamente la voluntad del Padre. De "maestra" de su Hijo, María se convirtió así en humilde discípula del divino Maestro, engendrado por ella.”

Benedicto XVI “El pesebre genuino testimonio de fe cristiana”


“La tradición de preparar el pesebre en las casas, en los lugares de trabajo, en los sitios de encuentro, ha de ser cada vez más un signo auténtico del tiempo de Navidad, mostrándose como expresión de nuestra espera y acción de gracias a Aquel que ha decidido compartir nuestra condición humana, en la pobreza y en la sencillez.

El pesebre, como genuino testimonio de fe cristiana, puede ofrecer aún hoy a los hombres de buena voluntad una sugestiva imagen del amor infinito del Padre.”

(de la Audiencia General del Santo Padre Benedicto XVI Miércoles 22 de diciembre 2020)

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Navidad 2010 con Juan Pablo II – (2) María, la Theotokos , Madre de Dios, madre de Jesús


En la Audiencia General del miércoles 27 de noviembre de 1996 el Santo Padre Juan Pablo II nos acerca con sus reflexiones a Maria, la Theotokos, Madre de Dios, madre de Jesús.

“1. La contemplación del misterio del nacimiento del Salvador ha impulsado al pueblo cristiano no sólo a dirigirse a la Virgen santísima como a la Madre de Jesús, sino también a reconocerla como Madre de Dios. Esa verdad fue profundizada y percibida, ya desde los primeros siglos de la era cristiana, como parte integrante del patrimonio de la fe de la Iglesia, hasta el punto de que fue proclamada solemnemente en el año 431 por el concilio de Éfeso.
En la primera comunidad cristiana, mientras crece entre los discípulos la conciencia de que Jesús es el Hijo de Dios, resulta cada vez más claro que María es la Theotokos, la Madre de Dios. Se trata de un título que no aparece explícitamente en los textos evangélicos, aunque en ellos se habla de la "Madre de Jesús" y se afirma que él es Dios (Jn 20, 28, cf. 5, 18; 10, 30. 33). Por lo demás, presentan a María como Madre del Emmanuel, que significa Dios con nosotros (cf. Mt 1, 22­23).”

Juan Pablo II nos relata luego testimonios y origen del uso del titulo Theotokos, "Madre de Dios, creado por los primeros cristianos. En el siglo IV, dice el Papa el término Theotokos ya se usa con frecuencia tanto en Oriente como en Occidente. La piedad y la teología se refieren cada vez más a menudo a ese término, que ya había entrado a formar parte del patrimonio de fe de la Iglesia”. “En el siglo V Nestorio puso en duda la legitimidad del título "Madre de Dios", “tesis que fue condenada por el concilio de . Éfeso, en el año 431”.

Luego considera dificultades y objeciones y nos explica que “la expresión Theotokos, literalmente significa "la que ha engendrado a Dios”, "Madre del Verbo encarnado, que es Dios".
[…]
“La expresión "Madre de Dios" – reitera el Papa - nos dirige al Verbo de Dios, que en la Encarnación asumió la humildad de la condición humana para elevar al hombre a la filiación divina”.

Y este Santo Padre que ya a los diez años de su pontificado nos regaló la Carta Apostólica Mulieris Digitatem sobre la dignidad y la vocación de la mujer, y en su Carta a las Mujeres en 1955 decía “El punto de partida de este diálogo ideal no es otro que dar gracias, en esta Audiencia General vuelve a rendir homenaje a la mujer, pero no tan solo rendirle homenaje sino que - en poquisimas palabras - nos llama a una profunda reflexión sobre nuestra gran responsabilidad : “ese título (“Madre de Dios”) a la luz de la sublime dignidad concedida a la Virgen de Nazaret, proclama también la nobleza de la mujer y su altísima vocación.”
Santa Maria, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

“Salí tras ti, clamando, y eras ido” San Juan de la Cruz


¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.

"San Juan, en sus escritos, nos da una lección de amor. Juan no espera a Dios, acude a Él humildemente. Le busca constantemente “sin otra luz y guía/sino la que en el corazón ardía” en sus años de sequedad, añora su presencia. Juan nos enseña que esa permanente inquietud que tenemos todos los hombres en el corazón no es más que hambre de Dios. Juan la sació con creces.”

martes, 21 de diciembre de 2010

Navidad 2010 con Juan Pablo II (1) - El origen de la “mística gruta” de Belén

Fotografía del blog Un sacerdote en Tierra Santa que invito visitar


Continuando con las peregrinaciones espirituales que durante el Año Mariano 1987/88 realizaba el Venerable Juan Pablo II, en el Ángelus del 20 de diciembre el Papa visitaba Belén, el santuario de la Natividad, y les contaba a los peregrinos y a quienes le escuchaban como había nacido esa “mística gruta”, en la “tierra donde nació Jesús, Príncipe de la Paz y del Amor”

“Desde que los pastores hicieron la primera visita a María Santísima, al Salvador recién nacido y a San José y "les contaron lo que les habían dicho de aquel niño" (Lc 2, 17), esa "mística gruta", como la llamaban los fieles de las primeras generaciones, fue considerada un santuario, celebrado por cristianos y no cristianos. Aún después que el emperador Adriano, en el año 135, la hizo recubrir con tierra de relleno, ordenando que se plantara allí un bosque en honor de una divinidad pagana, la gruta no quedó en el olvido y siguió visitándose devotamente; de modo que, cuando el emperador Constantino ordenó en el año 325 los trabajos de demolición para la construcción de la basílica, ésta fue hallada casi intacta.
El centro ideal de la maravillosa basílica de la Natividad, la única superviviente de las tres que hizo construir ese emperador, es la cripta, formada por la sagrada gruta, donde la Bienaventurada Virgen "dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre" (Lc 2, 7). Al visitar la basílica, se puede bajar a la gruta y admirar el ábside que recubre como una concha el altar de la Natividad; pero sobre todo, se puede rezar ante la lápida de mármol que hay debajo, donde está incrustada una estrella, alrededor de la cual se lee una inscripción en latín: "Hic de Vergine Maria Iesus Christus natus est".
2. Este santuario está vinculado de modo especial a la Bienaventurada Virgen María. Allí, no sólo el pueblo cristiano sino también personalidades ilustres de otras religiones han expresado su respeto y devoción por la Madre de Jesús, quien precisamente en este bendito lugar, que San Jerónimo llama "augustissimum orbis locum" (Epist. 58) dio a luz al Salvador del mundo.
3. ¡Sí! El santuario de Belén nos recuerda a la Theotokos; nos hace venerar a la alma Redemptoris Mater, que en este Año Mariano brilla ante nuestros ojos con luz más espléndida. La contemplamos absorta ante su Hijo, el Niño divino, que tomó carne de su seno purísimo. Pero la contemplamos también solícita para con todos nosotros, hermanos adoptivos de su Primogénito. La maternidad de María nos hace descubrir el sentido y el valor de ser sus hijos espirituales. Pero el serlo nos compromete a parecernos a Ella, a cambiar la forma de pensar y de amar; y a ver en los hombres a sus hijos y a nuestros hermanos, y a acoger en nuestro corazón al Verbo Encarnado.”

De regreso

Queridísimos amigos. Estoy de regreso finalmente después de haberme mudado con todas las peripecias que una mudanza implica. El inconveniente más increíblemente difícil de salvar fue la instalación de Internet. Un trámite que debería haber sido automático en la era de la tecnología. Pero no fue así. Fue un batallar con la burocracia. No obstante aquí estoy mas que dispuesta a continuar mi querido blog (mis blogs J. Me he perdido muchas cosas durante estas últimas semanas, (había dejado una semana programada convencida que la espera no llegaría a mas) Ansiaba estar de vuelta. Mis disculpas a todos quienes esperaban encontrar aquí palabras de Juan Pablo II en este tiempo litúrgico tan importante, tan enraizado en nuestra historia y nuestras vidas, un Nacimiento que nos recuerda nuestro propio nacimiento, nuestro propio despertar a la vida, a una vida cristiana, a una vida enraizada en Jesús que ha nacido para que nosotros tengamos vida eterna, para nuestro nacer y renacer todas las veces que sea necesario porque el siempre está y estará esperándonos.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Benedicto XVI Homenaje a la Inmaculada Concepcion – Maria en el corazón de la ciudad


En la Solemnidad de la Inmaculada Concepción el Martes 8 de diciembre de 2009 el Santo Padre Benedicto XVI en el tradicional homenaje que se le rinde a la Inmaculada en la Plaza España en el corazón de Roma, invitaba a los romanos a reflexionar sobre la presencia de Maria en la ciudad, la necesidad que tenemos que ella vele por nosotros, por las personas “visibles” y las “invisibles”, la importancia de cada una de ellas sin distinción y nuestra responsabilidad ante todo y ante todos, en pensamientos que son aplicables a los habitantes de todas las ciudades, aunque sus palabras estuviesen dirigidas a los romanos. Palabras del santo Padre para reflexionar y aplicar a lo largo y ancho del planeta.

“En el corazón de las ciudades cristianas María constituye una presencia dulce y tranquilizadora. Con su estilo discreto da paz y esperanza a todos en los momentos alegres y tristes de la existencia. En las iglesias, en las capillas, en las paredes de los edificios: un cuadro, un mosaico, una estatua recuerda la presencia de la Madre que vela constantemente por sus hijos. También aquí, en la plaza de España, María está en lo alto, como velando por Roma.
¿Qué dice María a la ciudad? ¿Qué recuerda a todos con su presencia? Recuerda que "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5, 20), como escribe el apóstol san Pablo. Ella es la Madre Inmaculada que repite también a los hombres de nuestro tiempo: no tengáis miedo, Jesús ha vencido el mal; lo ha vencido de raíz, librándonos de su dominio.
¡Cuánto necesitamos esta hermosa noticia! Cada día los periódicos, la televisión y la radio nos cuentan el mal, lo repiten, lo amplifican, acostumbrándonos a las cosas más horribles, haciéndonos insensibles y, de alguna manera, intoxicándonos, porque lo negativo no se elimina del todo y se acumula día a día. El corazón se endurece y los pensamientos se hacen sombríos. Por esto la ciudad necesita a María, que con su presencia nos habla de Dios, nos recuerda la victoria de la gracia sobre el pecado, y nos lleva a esperar incluso en las situaciones humanamente más difíciles.
En la ciudad viven —o sobreviven— personas invisibles, que de vez en cuando saltan a la primera página de los periódicos o a la televisión, y se las explota hasta el extremo, mientras la noticia y la imagen atraen la atención. Se trata de un mecanismo perverso, al que lamentablemente cuesta resistir. La ciudad primero esconde y luego expone al público. Sin piedad, o con una falsa piedad. En cambio, todo hombre alberga el deseo de ser acogido como persona y considerado una realidad sagrada, porque toda historia humana es una historia sagrada, y requiere el máximo respeto.
La ciudad, queridos hermanos y hermanas, somos todos nosotros. Cada uno contribuye a su vida y a su clima moral, para el bien o para el mal. Por el corazón de cada uno de nosotros pasa la frontera entre el bien y el mal, y nadie debe sentirse con derecho de juzgar a los demás; más bien, cada uno debe sentir el deber de mejorarse a sí mismo. Los medios de comunicación tienden a hacernos sentir siempre "espectadores", como si el mal concerniera solamente a los demás, y ciertas cosas nunca pudieran sucedernos a nosotros. En cambio, somos todos "actores" y, tanto en el mal como en el bien, nuestro comportamiento influye en los demás.
Con frecuencia nos quejamos de la contaminación del aire, que en algunos lugares de la ciudad es irrespirable. Es verdad: se requiere el compromiso de todos para hacer que la ciudad esté más limpia. Sin embargo, hay otra contaminación, menos fácil de percibir con los sentidos, pero igualmente peligrosa. Es la contaminación del espíritu; es la que hace nuestros rostros menos sonrientes, más sombríos, la que nos lleva a no saludarnos unos a otros, a no mirarnos a la cara... La ciudad está hecha de rostros, pero lamentablemente las dinámicas colectivas pueden hacernos perder la percepción de su profundidad. Vemos sólo la superficie de todo. Las personas se convierten en cuerpos, y estos cuerpos pierden su alma, se convierten en cosas, en objetos sin rostro, intercambiables y consumibles.
María Inmaculada nos ayuda a redescubrir y defender la profundidad de las personas, porque en ella la transparencia del alma en el cuerpo es perfecta. Es la pureza en persona, en el sentido de que en ella espíritu, alma y cuerpo son plenamente coherentes entre sí y con la voluntad de Dios. La Virgen nos enseña a abrirnos a la acción de Dios, para mirar a los demás como él los mira: partiendo del corazón. A mirarlos con misericordia, con amor, con ternura infinita, especialmente a los más solos, despreciados y explotados. "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia".
(Nota: la negrita es mia)