EL SERVICIO DE PEDRO
Bajo una luz
semejante, cabe esperar entre otras cosas que los que, tanto fuera como dentro
de la Iglesia, llegaron a sospechar que este «Papa venido de lejos» traía
«intenciones restauradoras» o era «reaccionario a las novedades conciliares»
encuentren al fin el modo de rectificarse completamente.
Queda aquí confirmado de continuo su papel
providencial desde aquel Concilio Vaticano II en cuyas sesiones (desde la
primera a la última) el entonces joven obispo Karol Wojtyla participó con un
papel siempre activo y relevante. Por aquella extraordinaria aventura -y por lo
que ha derivado de ella en la Iglesia- Juan Pablo II no tiene ninguna intención
de «arrepentirse», como declara rotundamente, a pesar de que no oculte los
problemas y dificultades debidas -esto está comprobado- no al Vaticano II, sino
a apresuradas cuando no abusivas interpretaciones.
Que quede, pues, bien claro
que -ante el planteamiento plenamente religioso de estas páginas-,
simplificaciones como «derecha-izquierda» o como «conservador-progresista» se
revelan totalmente inadecuadas y sin sentido. La «salvación cristiana», a la
que dedica algunas de las páginas más apasionadas, no tiene nada que ver con
semejantes estrecheces políticas, que constituyen desgraciadamente el único
parámetro de tantos comentaristas, condenados así -sin sospecharlo siquiera- a
no comprender nada de la profunda dinámica de la Iglesia. Los esquemas de las
siempre cambiantes ideologías mundanas están muy lejos de la visión
«apocalíptica» -en el sentido etimológico de revelación, de desvelamiento del
plan de la Providencia que llena el magisterio de este Pontífice y da vida
también a las siguientes páginas.
Me decía un íntimo colaborador suyo: «Para
saber quién es Juan Pablo II hay que verlo rezar, sobre todo en la intimidad de
su oratorio privado.» ¿Acaso puede entender algo de este Papa-igual que de
cualquier otro Papaquien excluya esto de sus análisis, centrándose en
sofisticadas apariencias?
El lector comprobará que, en numerosas ocasiones, no
he dudado en adoptar el papel de «acicate», de «estímulo», aun hasta el de
respetuoso «provocador». Es una tarea no siempre grata ni fácil. Creo, sin
embargo, que ésta es la obligación de todo entrevistador, que -manteniendo,
naturalmente, esa virtud cristiana que es la de ironizar sobre sí mismo, esa
sonrisa burlona ante la tentación de tomarse demasiado en seriodebe intentar
poner en práctica la «mayéutica», que es, como se sabe, la «técnica de las
comadronas».
Por otra parte, tuve la impresión de que mi Interlocutor esperaba
precisamente este tipo de «provocación», y no delicadezas cortesanas, como
demuestran la viveza, la claridad, la sinceridad espontánea de las respuestas.
He conseguido con eso algo que se parece a una afectuosa «reprensión», o quizá
a una paternal «oposición». También esto me complace, ya que no sólo confirma
la generosa seriedad con que han sido acogidas mis preguntas, sino que además
el Santo Padre ha corroborado así que mi modo de plantear los problemas -a
pesar de que no los pueda compartir- es el de tantos otros hombres de nuestro
tiempo. Era, pues, un deber de este cronista intentar erigirse en su portavoz,
en nombre de todos los que «nos dan trabajo», los lectores.
Claro que, con algo
parecido a lo que los autores de espiritualidad llaman «santa envidia» (y que,
como tal, puede no ser un «pecado», sino un beneficioso acicate), ante algunas
respuestas he tomado plena conciencia de la desproporción entre nosotros
-pequeños creyentes agobiados por problemas a nuestra mediocre medida- y este
Sucesor de Pedro, quien -si es lícito expresarse así- no tiene necesidad de
«creer». Para él, en efecto, el contenido de la fe es de una evidencia
tangible. Por tanto, y a pesar de que él también aprecie a Pascal (al que
cita), no tiene necesidad de recurrir a ninguna «apuesta» como él, no necesita
del apoyo de ningún «cálculo de probabilidades» para estar seguro de la
objetiva verdad del Credo.
Que la Segunda Persona de la Trinidad se ha
encarnado, que Jesucristo vive, actúa, informa el universo entero con Su amor,
el cristiano Karol Wojtyla en cierta manera lo siente, lo toca, lo experimenta;
como le sucede a todo místico, que es el que ha alcanzado ya la evidencia. Lo
que para nosotros puede ser un problema, para él es un dato de hecho
objetivamente incontestable. No ignora, como antiguo profesor de filosofía, el
esfuerzo de la mente humana en la búsqueda de «pruebas» de la verdad cristiana
(a esto, precisamente, dedica algunas de las páginas más densas), pero se tiene
la impresión de que, para él, esos argumentos no son sino confirmaciones obvias
de una realidad evidente.
También en este sentido me ha parecido estar
verdaderamente en consonancia con el Evangelio, ver cumplidas las palabras de
Jesús, transmitidas por Mateo: «Bienaventurado tú, Simón, hijo de Juan, porque no
te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en
losCielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (16,17-18).
Una piedra, una roca a la que agarrarse a la hora de la prueba, en esas
«tempestades de la duda», en esas «noches oscuras» que insidian nuestra fe, tan
a menudo vacilante; el testigo de la verdad del Evangelio, que no duda, el
testigo de la existencia de Otro Mundo donde a cada uno le será dado lo suyo, y
en el que a cada uno -con tal de que haya querido- le será dada la plenitud de
la vida eterna. Éste es el servicio a los hombres que Jesucristo mismo confió a
un hombre, haciéndole Su «Vicario»: «Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha
reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no
desfallezca tu fe; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos» (Lucas
22,31-32). Éste es el servicio que cumple el actual Sucesor de Pedro, que,
después de casi veinte siglos, está todavia entre los que «han visto la
Resurrección», y que saben que «aquel Jesús ha subido al Cielo» (cfr. Hechos de
los Apóstoles 1,21-22). Y está dispuesto a asegurarlo con su misma vida, con
palabras, pero sobre todo con hechos.
En esta mano firme que se nos tiende para
darnos seguridad, en esta confirmación, tan respetuosa como apasionada, del
«esplendor de la verdad» -expresión que muchas veces se repite aquí-, me ha
parecido que está el mayor regalo que ofrecen estas páginas. A quien primero
las ha leído le han hecho mucho bien, le han dado seguridad, empujándole a una
mayor coherencia, a intentar sacar consecuencias más acordes con las premisas
de una fe quizá más teorizada que practicada en la vida cotidiana.
No dudamos
de que harán bien a muchos, cumpliéndose así la única razón que ha movido a
este singular Entrevistado, quien desde la cama del hospital donde se
encontraba por una dolorosa caída, decía que había ofrecido un poco de su
sufrimiento también por los lectores de estas páginas, en las que la palabra
que quizá con mayor frecuencia se repite, junto a «esperanza», sea «alegría».
¿Será acaso retórico decirle que, también por esto, le estamos agradecidos?
VITTORIO MESSORI
(Texto completo en pdf del libro “Cruzando el umbral
de la esperanza” Plaza & Janés Editores S.A.1994, (traducción de Antonio Urbina) se encuentra
en Mercaba.org