Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

sábado, 11 de junio de 2016

Stanisław Grygiel “El humus religioso y cultural de Cracovia” (1 de 2)

Los seres humanos se asemejan a los arboles que viven de lo que les brinda la tierra en la cual se hallan enraizado y en lo que les ofrece el sol,  disipando la oscuridad y permitiéndoles subsistir siguiendo un orden establecido;   así se benefician de los dones recibidos.   Alguien que quiera comprender a los arboles debe penetrar en el suelo del cual yerguen, y observarlos a la luz del sol que brilla sobre ellos. Necesitará captarlos en el paisaje que los contiene, en los cielos, en las nubes,  en la lluvia y en la nieve.

Esa tierra para los seres humanos son las generaciones pasadas y las que vendrán. Todo ser humano hunde sus raíces en aquellos que han trabajado para el y en aquellos para quienes trabaja ahora.  Junto a ellos va creando un paisaje cultural, spiritual y religioso atento a  la Promesa, a la cual responde con la esperanza creada en el por la Promesa misma. La historia de esta alianza de la Promesa y la esperanza forma la tradición de la raza humana. Esta historia consta de periodos diferentes, algunos más fáciles otros más difíciles. No se trata, sin embargo, de apariencias, porque cada periodo de la tradición de la alianza de la Promesa, que es Dios, y de la esperanza, que el ser humano encarna, es difícil.

Estos seres humanos a quienes ambos la Iglesia y la nación necesitan en toda época se manifiestan precisamente cuando aparece la necesidad de tenerlos. Y así ocurrió en Polonia en los crueles años de la ocupación alemana, luego soviética y  los años del mal del comunismo insensato.
No podremos entender a Karol Wojtyła, su ministerio episcopal y petrino a menos que nos adentremos en la historia de la tradición de la alianza de la promesa divina y en la esperanza humana en la tierra en la cual los polacos crearon – y continúan creando – la cultura de la fe en el Hombre, en su libertad y en la fe en Dios cuya libertad es idéntica al amor misericordioso. Es de esta cultura que nace su identidad nacional, aunque puedan  aparecer otros componentes en virtud del hecho que ninguna persona es una isla separada de los demás. La libertad de los polacos ha estado constantemente amenazada desde el este y el oeste y en ciertas épocas desde el sur y desde el norte.  Adentrada profundamente en su cultura, la Iglesia ha compartido sus momentos más difíciles con ellos. Mantuvo su presencia especialmente en el matrimonio y la familia, que fue la morada en la cual los seres humanos, confiado el uno en el otro, podían sentirse ellos mismos.  Y de esta experiencia de libertad y matrimonio y de la familia nació la Regla para la Humane VitaeGrupos de matrimonios, 
sobre los cuales sabemos algo pero a lo cual no se ha dedicado suficiente atención.   Es en esta regla que el padre Przemyslaw Kwiatkowski ha basado la obra de su tesis doctoral, que mostrará el valro antropológico del texto y su importancia para la vida espiritual de los esposos. Es solamente en este sentido y en ningún otro que el padre Kwiatkowski descubre esta Regla.

La penetración de la fe en el hombre por la fe en Dios y la fe en Dios por la fe en el hombre en el proceso de la tan atormentada tradición polaca le mostro a Karol Wojtyła, Jan Pietraszko, y Jerzy Ciesielski con gran evidencia que el matrimonio y la familia son los baluartes finales de la libertad en los seres humanos y la soberanía nacional. Cuando se destruyen estos baluartes la sociedad de seres humanos cae y hasta cae la Iglesia.   Cracovia no es solamente un símbolo de la historia del esfuerzo político moral, y cultural de seres humanos por el bien común de la sociedad, o sea por la persona humana, que nació y renació en la comunión de personas que confiaban uno en el otro. Esta “es” su historia.   

En el siglo XI, San Estanislao, obispo de Cracovia, defendiendo el matrimonio y la familia – o sea defendiendo a la nación – fue asesinado al pie del altar sub gladio por el rey Boleslao.
Excomunicado y destituido de su trono, agobiado por el remordimiento, llevo una vida oculta en una ermita hasta su muerte, según cuenta la leyenda, en la lejana región austriaca de Ossiach. De esta manera Boleslao fue redimido de su pecado, tanto que hoy hasta llega a hablarse de su beatificación. Karol Wojtyla, obispo de Cracovia y sucesor de San Estanislao, celebro la Santa Misa cerca del simbólico sepulcro del rey-asesino en Ossiach.    La presencia del obispo asesinado en la historia de Polonia ha defendido a los polacos durante siglos y los sigue defendiendo. El Cardenal Principe Adam Sapieha, predecesor inmediato de Wojtyla en la sede episcopal de Cracovia, asumió la defensa de los polacos con heroica serenidad,  mas aun con  heroica firmeza, prestándole cuidadosa atención al ambiente cultural, económico y  también al religioso,  durante las dos guerras y durante los crueles años de comunismo, hasta su muerte en 1951.   Durante la ocupación alemana, el metropolitano Sapieha recibió en su seminario clandestino al joven Wojtyla. Los seminaristas vivían en la misma casa con Sapieha. Fue de él de quien aprendieron a decir “No!” con heroica serenidad y firmeza, a todos aquellos que levantarían su mano contra el ser humano. En la casa de Sapieha el joven Wojtyla conoció a Jan Pietraszko, entonces secretario y capellán del Metropolitano, a quien más tarde el metropolitano Wojtyla subsecuentemente escogiera como obispo auxiliar.


Cuando Wojtyla, aun como joven obispo, asombradísimo,  recibió la nominación al Arzobispado de Cracovia, le confió al prelado Stanisław Czartoryski, sobrino (y entonces príncipe) del Cardenal Sapieha: “A mi, sucesor de Sapieha?”  Tan sorprendidos como el estaban los cracovienses que apenas lo conocían. 

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