Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

jueves, 12 de marzo de 2009

Benedicto XVI "hacer presente a Dios y abrir a los hombres el acceso a Dios"

Queriendo compartir algunas impresiones personales un amigo me manda el mail que transcribo refiriéndose a la carta del Santo Padre Benedicto XVI publicada hoy “sobre la Remisión de la excomunión de los cuatro obispos consagrados por el Arzobispo Lefebvre”.
Debo admitir que recién después de haber recibido su mail leí la carta del Papa. Impresionada y muda quedé por la humildad, la sinceridad, la generosidad, la integridad de este sucesor de San Pedro que en su dolor de Pastor nos abre el corazón, como dice mi amigo. En el tiempo de Cuaresma una carta para la historia, una carta que nadie, - repito nadie - debería dejar de leer.

Dice mi amigo:
Una carta pública así, en la que el Papa explica detalladamente las motivaciones de una acción suya y en la que, con un tono tan personal, presenta no sólo sus pensamientos sino también sus sentimientos, es algo inusual. Debemos valorar este gesto: el Papa abre su corazón …y lo hace con el fin de “contribuir de este modo a la paz en la Iglesia”.
El Papa reconoce que ha habido errores de comunicación pero no se arrepiente de la acción por la que tantas críticas ha recibido (el levantar las excomuniones a los obispos “lefebvristas”) sino que explica las razones de dicha acción… y explica que lo que él ha hecho responde solamente a la misión que Jesús le encomendó a San Pedro y a sus sucesores. Luego de algunos párrafos de lectura difícil en las que, con un lenguaje “técnico”, habla de algunas cuestiones canónicas y disciplinares, hace una reflexión sobre la responsabilidad de buscar la paz y la reconciliación en la Iglesia en la que llega a decir: “Ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que «tiene quejas contra ti» (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación?”… ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia?”.
Ante las injustas y salvajes críticas que ha recibido, el Papa no se muestra furioso o enojado. Se muestra dolido. Esa impresión es la que más me impactó: se muestra como un padre que sufre porque sus hijos lo han lastimado. En ese dolor afirma: “Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque” y con más firmeza todavía: “A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa- también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas”. A mí me vino a la mente el reproche de Jesús a Jerusalén en el Evangelio, un reproche no de enojo sino de dolor (de hecho, Jesús llora sobre la ciudad): “¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!” (Mt. 23, 37).
Además de desmentir rotundamente aquellas acusaciones de que él quisiera frenar el diálogo con los judíos o retroceder hasta antes del Concilio Vaticano II, el Papa deja bien en claro cuál es su postura, la de la Iglesia, frente a los excesos de ambos lados. A unos, los “lefebvristas”, les dice que “No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962”. Pero a otros, con la misma firmeza, les dice que “a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive
”.

El Papa también agradece “de corazón a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado pruebas conmovedoras de confianza y afecto” pero alerta que el “morder y devorar existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada” y se pregunta “debemos aprender nuevamente el justo uso de la libertad…una y otra vez aprender la prioridad suprema: el amor?”
En fin palabras fuertísimas para un profundo examen de conciencia y reflexión en tiempo de Cuaresma. Y sincera y ferviente oracion por el Papa y toda la Iglesia.

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