Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

sábado, 10 de mayo de 2014

Gian Franco Svidercoschi: Juan Pablo II, un Papa diferente (1 de 2)


“Por diversos aspectos, Juan Pablo II se mostró muy pronto como un papa diferente. Diferente a los clichés que querían adjudicarle. Diferente a las expectativas de una u otra facción eclesial. Pero también, en cierta medida, diferente a sus mismos predecesores.

Era diferente, en fin, por el modo tan personal, original, y por tanto, fundamentalmente nuevo en el que interpretó el papel de Pedro, marcando así el comienzo de una nueva etapa del papado. Y esto empezando por los viajes, que fueron asumiendo progresivamente un carácter más sistemático, habitual, hasta convertirse en parte integrante del ministerio pontifico y que contribuyeron en no pocas ocasiones – precisamente por la presencia del Papa en un determinado país, una presencia qu daba más fuerza e inmediatez a las palabras que el pronunciaba – a cambiar la historia de ese país o cuando menos a favorecer su retorno a la libertad.

Más que expresión de la institución eclesiástica, Karol Wojtyla era un papa carismático, profético, misionero Más que ejercer la función de jefe del gobierno de la Iglesia, era – y en esto se intuía algo del inconfundible mesianismo eslavo – un papa de la «visión» de la utopía. Es decir, era un Papa que no creía tanto en los programas, en las reglas, en las estrategias elaboradas sobre la mesa, sino en la esperanza, forjada por la fe, alimentada por la acción del Espìritu y naturalmente sostenida por el trabajo creativo de los hombres, que al final llegaría a saber qué  hacer en tal situación o como resolver aquel problema.

Karol Wojtyla que, por otra parte, prefería el trabajo colegial, no era de tomar y llevar a cabo decisiones irreflexivamente. Y aún, asi ciertamente no anduvo falto de coraje. Nunca buscó el aplauso, el consenso de la opinión pública, sino que, al contrario, combatió con firmeza el extendido conformismo de una sociedad que, para ser «moderna», descendía a niveles de moralidad cada vez más bajos. Así como Wojtyla no careció de coraje, de autèntico coraje evangélico, al denunciar como profeta las injusticias, las situaciones escandalosas, y por tanto, al pronunciar palabras nunca antes dichas, al realizar gestos totalmente inéditos y al aventurarse por caminos aún inexplorados.

Bastaría con pensar en la interminable serie de «primeras veces» de las que fue protagonista. Fue el primer Papa en entrar en una sinagoga (en Roma) y en una mezquita (en Damasco). En Asís reunió en una oración por la paz a los representantes de todas las religiones. No tuvo miedo a pedir perdón por los pecados cometidos por los cristianos en el pasado. Consiguió reunir a millones de jóvenes de todas las partes del mundo en encuentros religiosos. Y exaltó el «genio» femenino cuando aún serpenteaba en los ambientes eclesiásticos una fuerte misoginia.”


Gian Franco Svidercoschi: Un Papa que no muere – la herencia de Juan Pablo II, Ediciones San Pablo 2011)

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