Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

miércoles, 29 de junio de 2022

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI y el Concilio Vaticano II (2 de 5)

 


El segundo documento que luego resultaría importante para el encuentro de la Iglesia con la modernidad nació casi por casualidad, y creció en varios estratos. Me refiero a la Declaración  “Nostra aetate” sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Inicialmente se tenía la intención de preparar una declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y el judaísmo, texto que resultaba intrínsecamente necesario después de los horrores de la Shoah. Los padres conciliares de los países árabes no se opusieron a ese texto, pero explicaron que, si se quería hablar del judaísmo, también se debía hablar del islam. Hasta qué punto tenían razón al respecto, lo hemos ido comprendiendo en Occidente sólo poco a poco. Por último, creció la intuición de que era justo hablar también de otras dos grandes religiones — el hinduismo y el budismo —, así como del tema de la religión en general. A eso se añadió luego espontáneamente una breve instrucción sobre el diálogo y la colaboración con las religiones, cuyos valores espirituales, morales y socioculturales debían ser reconocidos, conservados y desarrollados (n. 2). Así, en un documento preciso y extraordinariamente denso, se inauguró un tema cuya importancia todavía no era previsible en aquel momento. La tarea que ello implica, el esfuerzo que es necesario hacer aún para distinguir, clarificar y comprender, resulta cada vez más patente. En el proceso de recepción activa poco a poco se  fue viendo también  una debilidad de este texto de por sí extraordinario: habla de las religiones sólo de un modo positivo, ignorando las formas enfermizas y distorsionadas de religión, que desde el punto de vista histórico y teológico tienen un gran alcance; por eso la fe cristiana ha sido muy crítica desde el principio respecto a la religión, tanto hacia el interior como hacia el exterior.

Mientras que al comienzo del concilio habían prevalecido los episcopados del centro de Europa con sus teólogos, en el curso de las fases conciliares se amplió cada vez más el radio del trabajo y de la responsabilidad común. Los obispos se consideraban aprendices en la escuela del Espíritu Santo y en la escuela de la colaboración recíproca, pero lo hacían como servidores de la Palabra de Dios, que vivían y actuaban en la fe. Los padres conciliares no podían y no querían crear una Iglesia nueva, diversa. No tenían ni el mandato ni el encargo de hacerlo. Eran padres del Concilio con una voz y un derecho de decisión sólo en cuanto obispos, es decir, en virtud del Sacramento y en la Iglesia del Sacramento. Por eso no podían y no querían crear una fe distinta o una Iglesia nueva, sino comprenderlas de modo más profundo y, por consiguiente, realmente “renovarlas”. Por eso una hermenéutica de la ruptura es absurda, contraria al espíritu y a la voluntad de los padres conciliares.

En el cardenal Frings tuve un “padre” que vivió de modo ejemplar este espíritu del Concilio. Era un hombre de gran apertura y amplitud de miras, pero sabía también que sólo la fe permite salir al aire libre, al espacio que queda vedado al espíritu positivista. Esta es la visión a la que quería servir con el mandato recibido a través del Sacramento de la ordenación episcopal. No puedo menos que estarle siempre agradecido por haberme llevado a mí  — el profesor más joven de la Facultad teológica católica de la universidad de Bonn — como su consultor a la gran asamblea de la Iglesia, permitiéndome frecuentar esa escuela y recorrer desde dentro el camino del concilio. En este volumen se han recogido varios escritos con los cuales, en esa escuela, he pedido la palabra. Peticiones de palabra totalmente fragmentarias, en las que se refleja también el proceso de aprendizaje que el concilio y su recepción han significado y significan aún para mí. Espero que estas diversas contribuciones, con todos sus límites, puedan ayudar en su conjunto a comprender mejor el concilio y a traducirlo en una justa vida eclesial. Agradezco de corazón al arzobispo Gerhard Ludwig Müller y a sus colaboradores del Institut Papst Benedikt XVI el extraordinario empeño que han puesto para la realización de este volumen.

(Papa Benedicto XVI  con ocasión del 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II ) 

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI y el Concilio Vaticano II (1 de 5)

 


Maravillado y emocionado recordaba el Papa Benedicto aquellos días:

Fue un día espléndido aquel  11 de octubre de 1962, (straordinaria attesa dice el texto en italiano)   en el que, con el ingreso solemne de más de dos mil padres conciliares en la basílica de San Pedro en Roma, se inauguró el concilio Vaticano II. En 1931 Pío XI había dedicado este día a la fiesta de la Divina Maternidad de María, para conmemorar que 1500 años antes, en 431, el concilio de Éfeso había reconocido solemnemente a María ese título, con el fin de expresar así la unión indisoluble de Dios y del hombre en Cristo. El Papa Juan XXIII había fijado para ese día el inicio del concilio con la intención de encomendar la gran asamblea eclesial que había convocado a la bondad maternal de María, y de anclar firmemente el trabajo del concilio en el misterio de Jesucristo. Fue emocionante ver entrar a los obispos procedentes de todo el mundo, de todos los pueblos y razas: era una imagen de la Iglesia de Jesucristo que abraza todo el mundo, en la que los pueblos de la tierra se saben unidos en su paz.

Fue un momento de extraordinaria expectación. Grandes cosas debían suceder. Los concilios anteriores habían sido convocados casi siempre para una cuestión concreta a la que debían responder. Esta vez no había un problema particular que resolver. Pero precisamente por esto aleteaba en el aire un sentido de expectativa general: el cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza creativa. Se le veía cansado y daba la impresión de que el futuro era decidido por otros poderes espirituales. El sentido de esta pérdida del presente por parte del cristianismo, y de la tarea que ello comportaba, se compendiaba bien en la palabra “aggiornamento” (actualización). El cristianismo debe estar en el presente para poder forjar el futuro. Para que pudiera volver a ser una fuerza que moldeara el futuro, Juan XXIII había convocado el concilio sin indicarle problemas o programas concretos. Esta fue la grandeza y al mismo tiempo la dificultad del cometido que se presentaba a la asamblea eclesial.

Los distintos episcopados se presentaron  sin duda al gran evento con ideas diversas. Algunos llegaron más bien con una actitud de espera ante el programa que se debía desarrollar. Fue el episcopado del centro de Europa —Bélgica, Francia y Alemania— el que llegó con las ideas más claras. En general, el énfasis se ponía en aspectos completamente diferentes, pero había algunas prioridades comunes. Un tema fundamental era la eclesiología, que debía profundizarse desde el punto de vista de la historia de la salvación, trinitario y sacramental; a este se añadía la exigencia de completar la doctrina del primado del concilio Vaticano I a través de una revalorización del ministerio episcopal. Un tema importante para los episcopados del centro de Europa era la renovación litúrgica, que Pío XII ya había comenzado a poner en marcha. Otro aspecto central, especialmente para el episcopado alemán, era el ecumenismo:  haber sufrido juntos la persecución del nazismo había acercado mucho a los cristianos protestantes y a los católicos; ahora, esto se debía comprender y llevar adelante también en el ámbito de toda la Iglesia. A eso se añadía el ciclo temático Revelación – Escritura – Tradición – Magisterio. Los franceses destacaban cada vez más el tema de la relación entre la Iglesia y el mundo moderno, es decir, el trabajo en el llamado Esquema XIII, del que luego nació la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Aquí se tocaba el punto de la verdadera expectativa del Concilio. La Iglesia, que todavía en época barroca había plasmado el mundo, en un sentido lato, a partir del siglo XIX había entrado de manera cada vez más visible en una relación negativa con la edad moderna, sólo entonces plenamente iniciada. ¿Debían permanecer así las cosas? ¿Podía dar la Iglesia un paso positivo en la nueva era? Detrás de la vaga expresión “mundo de hoy” está la cuestión de la relación con la edad moderna. Para clarificarla era necesario definir con mayor precisión lo que era esencial y constitutivo de la era moderna. El “Esquema XIII” no lo consiguió. Aunque esta Constitución pastoral afirma muchas cosas importantes para comprender el “mundo” y da contribuciones notables a la cuestión de la ética cristiana, en este punto no logró ofrecer una aclaración sustancial.

Contrariamente a lo que cabría esperar, el encuentro con los grandes temas de la época moderna no se produjo en la gran Constitución pastoral, sino en dos documentos menores cuya importancia sólo se puso de relieve poco a poco con la recepción del concilio. El primero es la Declaración sobre la libertad religiosa, solicitada y preparada con gran esmero especialmente por el episcopado americano. La doctrina sobre la tolerancia, tal como había sido elaborada en sus detalles por Pío XII, no resultaba suficiente ante la evolución del pensamiento filosófico y la autocomprensión del Estado moderno. Se trataba de la libertad de elegir y de practicar la religión, y de la libertad de cambiarla, como derechos a las libertades fundamentales del hombre. Dadas sus razones más íntimas, esa concepción no podía ser ajena a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no pudiera decidir sobre la verdad y no pudiera exigir ningún tipo de culto. La fe cristiana reivindicaba la libertad a la convicción religiosa y a practicarla en el culto, sin que se violara con ello el derecho del Estado en su propio ordenamiento: los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo veneraban. Desde este punto de vista, se puede afirmar que el cristianismo trajo al mundo con su nacimiento el principio de la libertad de religión. Sin embargo, la interpretación de este derecho a la libertad en el contexto del pensamiento moderno en cualquier caso era difícil, pues podía parecer que la versión moderna de la libertad de religión presuponía la imposibilidad de que el hombre accediera a la verdad, y desplazaba así la religión de su propio fundamento hacia el ámbito de lo subjetivo. Fue ciertamente providencial que, trece años después de la conclusión del concilio, el Papa Juan Pablo II llegara de un país en el que la libertad de religión era rechazada a causa del marxismo, es decir, de una forma particular de filosofía estatal moderna. El Papa procedía también de una situación parecida a la de la Iglesia antigua, de modo que resultó nuevamente visible el íntimo ordenamiento de la fe al tema de la libertad, sobre todo a la libertad de religión y de culto.

martes, 21 de junio de 2022

Juan Pablo II en Montserrat

 

(Imagen de Wikimedia)

Aunque ya había concluido el Año Mariano 1987-1988 el Papa Juan Pablo II extendió sus peregrinaciones espirituales durante varios domingos después del 15 de agosto de 1988,  y el domingo 6 de noviembre recordaba su visita a la patrona de Cataluña, la Virgen de Montserrat,  realizada durante su viaje apostólico a España en 1982,  con estas palabras:

Al pueblo cristiano le gusta invocar a la Virgen con el título de "Stella Matutina", "Estrella de la Mañana", porque María apareció en la historia humana precediendo y anunciando la salvación en Cristo.

Con una invocación parecida, la de "Stella Orientis", suelen dirigirse los fieles a la Señora en el famoso santuario de Montserrat, en las montañas de Cataluña, no lejos de la ciudad de Barcelona. Allí, ante la Virgen, tuve la alegría de rezar el 7 de noviembre de hace seis años, durante mi viaje apostólico a España.

Las primeras noticias que se tienen sobre la existencia en aquel lugar de una capillita dedicada a la Virgen se remontan al siglo IX: a la imagen de la Virgen, que se venera allí, se le llama popularmente la "Moreneta" debido a su color oscuro, característico de la iconografía Mariana del siglo XII, a la que se atribuye ese icono.

El santuario recibió un gran impulso cuando el anexo monasterio fue elevado a la categoría de abadía.

Durante siglos, la abadía ha sido y continúa siendo un centro eminente de evangelización, de renovación litúrgica, de estudio de la Sagrada Escritura y, sobre todo, un faro para la fe del Pueblo de Dios que busca refugio y protección en la Virgen.

Pero el acontecimiento decisivo que dio al santuario su actual relieve fue la proclamación de la Virgen de Montserrat, por el Papa León XIII, como Patrona de Cataluña.

3. Entre los cristianos de aquella región existe la costumbre de la "visita espiritual" a la Virgen de Montserrat; consiste en dirigir el pensamiento, durante las actividades de la jornada, al santuario de la Virgen recogiéndose espiritualmente en breve oración. Quisiera invitaros a todos vosotros a que os unáis a mí en este momento, para realizar una visita espiritual así a la "Mare de Déu", y, en la lengua de aquella región, rezar la oración confiada "Seu de la saviesa... aconseguiu-nos aquella fe que enfonsa les muntanyes, omple les valls, i fa planer el camí de la vida".

Pidamos a la "Moreneta" la fortaleza de la fe, la honestidad en la vida pública y privada, la fraternidad de los corazones, la unidad entre los pueblos, la paz y el bien de todos los hombres de buena voluntad. ¡Que los fieles y las familias cristianas vuelvan a invocarla con asiduidad y fervor, especialmente mediante la bella oración del rosario! María obtendrá del Señor la gracia de una nueva primavera para la Iglesia en el ya próximo amanecer del tercer milenio de la era cristiana.

 

miércoles, 15 de junio de 2022

Karol Wojtyla - Cracovia, fiesta del Corpus Domini 1976

 


Palabras del Cardenal Karol Wojtyla, previas a la procesión de Corpus Christi en Cracovia, 1976 en plena época de comunismo en Polonia.

“Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra”. Palabras que pronuncio Jesucristo. Y con estas palabras hoy nosotros junto a Cristo en el Sacramento de la Eucaristía, bajo la especie del pan, salimos a las calles de Cracovia para proclamar a Dios. “Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra!”


Esta proclamación es un deber nuestro particular, pero también es una necesidad particular de nuestro espíritu. Vivimos en tiempos en que se olvida a Dios, en tiempos que no se lo reconoce, que se le quita lugar en publicaciones, libros y vida pública. Un mundo privado de Dios, privado de principio y de fin: un mundo que ha extirpado a su Creador, es esta la imagen, esta la ideología que se busca inculcar de diferentes maneras al hombre de hoy: un mundo sin Dios.


Y precisamente debido a estos proyectos nace la necesidad de nuestro encuentro con Cristo que dice “Te reconozco, Padre, Señor del cielo y de la tierra!”. La necesidad de proclamar a Dios es un signo peculiar de los tiempos que vivimos, de estos tiempos en que se intenta borrar el nombre de Dios en lo más profundo del alma humana. Y esto es algo terrible desde el punto de vista de nuestro sentido cristiano de la realidad. Dios de hecho significa Creador y Padre. Arrancarse del Creador, anular a Dios: que le queda a la criatura? Que queda del hombre?


Y es precisamente en el ámbito de esta lucha por la presencia de Dios en nuestra vida que adquiere particular significado que nosotros salgamos junto a Cristo por las calles de Cracovia y junto a El digamos “Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra!”. Reconozco! Cristo es el primer testimonio del Dios vivo y Cristo es también el Maestro de todos sus discípulos. El llama al hombre a ser discípulo. No puede ser un hombre tibio, neutro: debe ser confesor, porque en la profesión de fe se expresa la relación plena con la verdad, con Dios que es la verdad.


Nuestros tiempos tienen especial necesidad de confesores y crean confesores. Citare un ejemplo que ha llegado a mis manos en estas últimas semanas y que se encuentra entre las actas de la Curia Metropolitana. Se trata de un hecho doloroso pero por otro lado extremadamente constructivo.


Un joven que asistía a la escuela profesional llevaba como la mayoría de los cristianos, jóvenes o ancianos, una cruz sobre el pecho. Le fue ordenado quitarse la cruz y no asistir mas a la escuela con aquella cruz, no presentarse a las clases con ella. El joven respondió que no. Fue expulsado de la escuela y se convoco a la madre. Al presentarse la madre se trato de convencerla que el comportamiento de su hijo era inapropiado y ella respondió: estoy orgullosa de mi hijo!


Recordamos también el caso de los niños polacos en Wrzesnia que eran perseguidos y expulsados de la escuela porque rezaban en polaco!
Hace falta poner un freno. Estamos en presencia de una clase de personas que buscan construir su propia carrera violando la libertad de conciencia y de religión. Hace falta poner un freno. Tenemos una constitución que hoy como en el pasado se expresa sobre este tema de manera inequívoca y que prevé sanciones para aquellos que ofenden los sentimientos religiosos y buscan impedir la practica religiosa. Portar una cruz es una práctica religiosa y nadie puede prohibirla.


Si por un lado este episodio suscita pensamientos dolorosos, por el otro sin embargo es edificante. No vivimos solamente en una época de oportunistas, vivimos también una época de confesores, madres e hijos, padres e hijos.


Al hablar de esto querido hermanos y hermanas, pienso en todos los niños que al fin del año escolar se irán de vacaciones, a una colonia, a un campamento. Pensamos con angustia si también le arrancaran las cruces del pecho. Si les prohibirán ir a la iglesia. Es necesario que madres y padres apoyen a sus hijos, como aquella madre que exclamo: Estoy orgullosa de mi hijo!


Y otro ejemplo: en una gran ciudad fuera de Cracovia, se construyo un nuevo barrio. Junto al barrio se sintió la necesidad de contar con un espacio para catequesis. Obviamente la Curia metropolitana, los párrocos, en estos casos hacemos lo imposible para conseguir un lugar para el servicio divino, para el catecismo, para la iglesia. Estad seguros que siempre lo hacemos siguiendo los caminos legítimos. Pero nuestros esfuerzos quedan sin respuesta.


Entonces en la ciudad que mencionaba, había una pequeña casa particular que contaba con una habitación libre porque los jóvenes de la familia residían en otra parte. Por lo tanto la dueña de casa, de acuerdo con el esposo, la ofreció como espacio para catequesis. Y al ser convocada y amenazada con ser castigada declaró: El Señor Dios no me abandonara. Si me suspenden iré a limpiar. Y la habitación finalmente tuvo su uso. Tenemos necesidad de este testimonio de fe viva, de la fe valiente de esta mujer intrépida y de su marido y de sus hijos porque en aquel lugar en aquel nuevo barrio y recordémoslo, en todo nuestro país nacen nuevos barrios con la intención de ser lugares sin Dios y que no existan lugares para la catequesis donde los niños junto a su sacerdote y por su intermedio junto a Cristo puedan decir “Te reconozco, Padre, Señor del cielo y de la tierra!”.


“…estas palabras fueron reveladas a los humildes…”


Y quizás en este ultimo caso se confirma otro paso de las palabras de Cristo “Haz revelado estas palabras a los humildes”. Una mujer humilde, una mujer pequeña ha tenido una visión esplendida, digna de los grandes genios, de la verdad sobre Dios! Y lo ha testimoniado tal como lo habían hecho el niño y su madre.


Hermanos y hermanas, vivimos en una época de confesores. En otras épocas la Iglesia registraba estos hechos en el libro de los mártires, Acta Martyrum. Mártir es una palabra que nos viene del griego y significa testimonio, confesor delante de todos. También hoy es necesario escribir estas Actas Martyrum contemporáneas, documentos de confesores, para alentarnos mutuamente, para saber unos de otros, para que una repentina injusticia hacia alguien debido a sus convicciones, o por motivos de su fe o de su conciencia se convierta también en un asunto nuestro. A veces se enfadan conmigo porque digo estas cosas. Pero como podría no hablar? Como podría no escribir? Y como podría no intervenir? Cada caso, de cada niño, de cada madre, de cada uno de nosotros, modesto o culto, profesor universitario o estudiante, cada caso es algo que atañe a todos nosotros. Y yo obispo debo ser el primero en ponerme al servicio de esta causa! De esta gran causa del hombre! Porque la causa de la libertad espiritual del hombre, la causa de la libertad de conciencia, de la libertad de religión, es la gran causa del hombre! Del hombre de todos los tiempos, del hombre de nuestros tiempos!


Hermanos y hermanas, mientras permanecemos aquí por la gracia de Dios reunidos alrededor de Cristo, en torno a la Eucaristía, mientras junto a el nos congregamos en la unidad de la profesión de fe, pensemos en todos nuestros hermanos y hermanas en cualquier parte del mundo que comparten nuestra comunión de fe pero no tienen la posibilidad de confesarla públicamente y son perseguidos y maltratados por este motivo. Pensemos en toda la humanidad, en todo el mundo, porque Cristo esta en el centro de la entera familia humana y en nombre de toda la familia humana le dice a Dios ”Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra”.

La confesión de fe necesidad de este momento


La confesión de la fe es una necesidad peculiar de nuestros tiempos. El reconocimiento de Dios es la fuente de la libertad del hombre. Satanás, el príncipe de las tinieblas ha tratado desde el comienzo mismo de erradicar a Dios del hombre. Desde el principio el príncipe de las tinieblas se ha empeñado en satisfacer al hombre con el espíritu de este mundo como si este mundo pudiese bastarle al hombre. El corazón del hombre no tiene paz hasta que no descansa en Ti exclamo San Agustín. Esta es la gran verdad sobre el hombre. Este es el gran fundamento de la libertad cuya fuente se halla en Dios.
Queridos hermanas y hermanos, no permitamos que nos quiten a Dios! No permitamos que a ningún costo se le quite Dios a nuestros niños, a nuestros jóvenes cualquiera fuese el precio. Seamos testimonios de Jesucristo. Sea El nuestro alimento..


El sale en procesión con nosotros bajo la especie del pan para decirnos ante todo que es nuestro alimento. Quiere ser el alimento de cada hombre envuelto en la tempestad, en las vicisitudes del mundo, que no logra encontrar a Dios, que lo ha perdido de vista, que piensa que el mundo le puede bastar, que pueden satisfacerle autos y construcciones, fabricas y grandes empresas industriales, conquistas espaciales y otros adelantos: que piensa que todo esto le basta….


Cristo es el alimento de nuestras almas, para que seamos confesores de Dios, testimonios de Dios y de El mismo. Es el quien ha dicho: “Al que me reconozca ante los hombres, Yo lo reconoceré ante mi Padre” También ha dicho “cualquiera que me negare delante de los hombres, le negaré yo también delante de mi Padre”.
Durante esta procesión oremos para que crezca una generación de confesores, que no se llegue a renegar de Dios y de Cristro en nuestra nacion que desde hace siglos esta unida al Verbo de la Vida, a la Luz del mundo, a Jesucristo, a nuestro maestro y pan eucarístico. Amen.”


Cracovia, fiesta del Corpus Domini, 1976


 

Corpus Christi 1982 Juan Pablo II en la Argentina

 




Era sábado 12 de junio de 1982 y allí en Palermo celebrábamos por anticipado la Fiesta de Corpus Christi (del día siguiente domingo 13 de junio) durante aquella brevísima visita del Santo Padre Juan Pablo II que había venido para suplicar por la paz entre nosotros,  en ese momento histórico doloroso el venia “impulsado por el amor de Cristo y por la solicitud impelente que, como Sucesor del Príncipe de los Apóstolos, debo a la Iglesia una y universal, que se encarna en todos los pueblos, naciones y culturas, para anunciar la salvación en Jesucristo y la comunión de destino que todo hombre tiene bajo un Padre común...  simplemente un encuentro del padre en la fe con los hijos que sufren; del hermano en Cristo que muestra nuevamente a Este como camino de paz, de reconciliación y esperanza.”

 La homilía del Santo Padre, en la Misa allí frente al monumento a los españoles,  ya en su despedida de aquel viaje de tan solo dos días, se centro en la conmemoración del misterio del amor del Cuerpo y Sangre del Señor, “el Santísimo Sacramento de la Nueva Alianza. El mayor tesoro de la Iglesia. El tesoro de la fe de todo el Pueblo de Dios”.

 La solemnidad de este día – decía el santo Padre - nos invita a volver al cenáculo del Jueves Santo “¿Dónde está el lugar, en que pueda comer la Pascua con mis discípulos?”. Así preguntaron los discípulos de Jesús de Nazaret a un hombre que encontraron por el camino“. Lo hicieron siguiendo las instrucciones del Maestro. Y también según las instrucciones “prepararon la Pascua”. Mientras comían, Jesús “tomó el pan y bendiciéndolo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo…” En aquel momento, al obrar según su orden, ¿aparecerían quizás en su memoria las palabras que Jesús pronunció un día cerca de Cafarnaúm: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan vivirá para siempre”?

 Aquel día santo, en el Cenáculo, ¿se dieron quizá cuenta de que había llegado el tiempo del cumplimiento de aquella promesa hecha junto a Cafarnaúm, promesa que a tantos parecía muy difícil de aceptar?

Cristo dice: “Tomad, éste es mi cuerpo . . .”, dándoles a comer el Pan. Este Pan se convierte en su Cuerpo, Cuerpo que al día siguiente será entregado en el sacrificio de la cruz. Cuerpo martirizado que destilará Sangre.

Cristo en el cenáculo toma el cáliz, y después de haber dado gracias se lo da a beber diciendo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos”.

Bajo la especie del vino los discípulos reciben la Sangre del Señor, y al mismo tiempo participan de la nueva y Eterna Alianza, que es estipulada con la Sangre del Cordero de Dios.

La fiesta del “Corpus Christi” - solemnidad de la Eucaristía - es, al mismo tiempo, la fiesta de la Nueva y Eterna Alianza, que Dios ha sellado con la humanidad en la Sangre de su Hijo.”

 

(de la homilía en la Misa para la Nacion Argentina – 12 dejunio de 1982) 

 

Viaje apostolico a laArgentina 


domingo, 12 de junio de 2022

40 años de la primera visita del Papa Juan Pablo II a la Argentina

 


Hoy recordamos el viaje de Juan Pablo II a la Argentina en momentos sumamente difíciles, fuera de programa,  pero la Providencia hizo lo suyo.

Teniendo programado su viaje a Gran Bretaña en momentos tan delicados y de conflicto el Pastor de la Iglesia Universal no quiso dejar de visitarnos. Venia “en nombre de la paz en momentos dolorosos de nuestra historia”

Llego el 11 de junio de 1982 y partiría al día siguiente 12 de junio, pero nos dejo recuerdos imborrables, que nunca olvidaremos.

Y nos dejo su lema  “No tengáis miedo” profundamente grabado en nuestros corazones.

 

Gracias San Juan Pablo II, padre, maestro, pastor y amigo!

 

Sitio de la Santa Sede Juan Pablo II visita apostólica a la Argentina

 

 

viernes, 10 de junio de 2022

Benedicto XVI: “Cada uno de nosotros el pintor de su propia vida”

 


En una preciosa serie de Audiencias dedicadas a los apóstoles que va desde marzo 2006, todo 2007 hasta noviembre del 2008 (extensamente dedicadas a San Pablo) y  2011 con los santos,  descubrí estas preciosas palabras (citadas en la revista de la Postulación) en la 2da Audiencia dedicada a San Gregorio deNisa 

 "La divinidad es pureza, es liberación de las pasiones y remoción de todo mal: si todo esto está en ti, Dios está realmente en ti" (ib.PG 44, 1272 c).

Cuando tenemos a Dios en nosotros, cuando el hombre ama a Dios, por la reciprocidad propia de la ley del amor, quiere lo que Dios mismo quiere (cf. Homilia in Canticum 9: PG 44, 956 ac), y, por tanto, coopera con Dios para modelar en sí mismo la imagen divina, de manera que "nuestro nacimiento espiritual es el resultado de una opción libre, y en cierto sentido nosotros somos los padres de nosotros mismos, creándonos como nosotros mismos queremos ser y formándonos por nuestra voluntad según el modelo que escogemos" (Vita Moysis 2, 3: SC 1 bis, 108).

Para ascender hacia Dios el hombre debe purificarse: "El camino que lleva la naturaleza humana al cielo no es sino el alejamiento de los males de este mundo. (...) Hacerse semejante a Dios significa llegar a ser justo, santo y bueno. (...) Por tanto, si, según el Eclesiastés (Qo 5, 1), "Dios está en el cielo" y si, según el profeta (Sal 72, 28), vosotros "estáis con Dios", se sigue necesariamente que debéis estar donde se encuentra Dios, pues estáis unidos a él. Dado que él os ha ordenado que, cuando oréis, llaméis a Dios Padre, os dice que os asemejéis a vuestro Padre celestial, con una vida digna de Dios, como el Señor nos ordena con más claridad en otra ocasión, cuando dice: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48)" (De oratione dominica 2: PG 44, 1145 ac).

En este camino de ascenso espiritual, Cristo es el modelo y el maestro, que nos permite ver la bella imagen de Dios (cf. De perfectione christianaPG 46, 272 a). Cada uno de nosotros, contemplándolo a él, se convierte en "el pintor de su propia vida"; su voluntad es la que realiza el trabajo, y las virtudes son como las pinturas de las que se sirve (ib.PG 46, 272 b).”

 Palabras del Papa Benedicto que  trajeron a mi memoria aquellas de San Juan Pablo II  en su Carta a los artistas:  

No todos están llamados a ser artistas en el sentido específico de la palabra. Sin embargo, según la expresión del Génesis, a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra.