Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

jueves, 11 de julio de 2013

La Divina Misericordia: el Mensaje del bien que vence el mal por Miroslaw Mróz (2 de 4)


“Como decía Juan Pablo II, la Misericordia se manifiesta “en su aspecto verdadero y propio cuando revaloriza, promueve y saca bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre” (DM, 6)  La condición del hombre, por tanto, no es irremediablemente terrible, humillante, sino que al contrario, ofrece la esperanza de purificación, liberación y nueva creación. Dios, en efecto, salva al hombre no gracias a nuestras justas acciones, sino gracias a su inmensa misericordia, nos purifica, nos perdona, nos da una nueva vida.

La comprensión de esta verdad está radicada – según Juan Pablo II – en el testimonio y en la experiencia de la mística polaca, santa Faustina Kowalska. Fue ella quien proclamó que la Misericordia divina está unida con la fuerte convicción del perdón, es más con el pleno cambio y conversión del hombre – con la ayuda divina – a la nueva creación cargada de espíritu nuevo y de un corazón nuevo. Santa Faustina Kowalska sostenía que “aunque [nuestros] pecados fuesen negros como la noche, la Misericordia divina es más fuerte que nuestra miseria. Es necesario solo que el pecador abra la puerta del propio corazón…. El resto lo hará Dios…. Todo comienza en tu Misericordia y en tu Misericordia encuentra el fin” (catequesis durante laaudiencia general del 24 de octubre de 2001)

Juan Pablo II manifiesta esta verdad a pesar de que en nuestros días esa parezca rechazada, por ejemplo a causa de los miedos del hombre, que teme ser víctima de cualquier forma de presión o de opresión, de perder la libertad interior. Son miedos totalmente infundados porque el amor no destruye en ningún modo, sino que, en cuanto que es misericordioso, dona la verdadera salud y el acceso a la plenitud de la vida.

Según Juan Pablo II, la misericordia no es sino la verdadera expresión del amor de Dios por el hombre. Esta convicción se fundamenta en la enseñanza de san Pablo en la carta a los Efesios: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por el inmenso amor con que nos ha amado, aunque muertos por nuestros pecados nos ha devuelto la vida en Cristo» (Ef 2, 4-5) Principium misericordiae, tratado por el Papa de esta manera, no es sino el amor de Dios activo y presente en el mundo, que se dirige al hombre en Cristo, en su acción pascual que, abrazando la condición pecadora del hombre, la justifica, restableciendo la justicia y el orden ideado por Dios desde el principio en el hombre y en el mundo.”

Totus Tuus Nro 3, mayo-junio 2009, Boletín de la Postulación de la causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Juan Pablo II) 

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