Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

viernes, 12 de agosto de 2016

Niegowicz “experiencia campesina” pastoral de Karol Wojtyla (1 de 2)


El 8 de julio de 1948 Karol Wojtyla, recién llegado de Roma, recibe una carta firmada por el cardenal Sapieha…Karol supo así que había sido nombrado vice párroco de Niegowic, en el territorio de Bochnia, a treinta kms al este de Cracovia. Niegowic es un pueblo demasiado pequeño como para que aparezca en el mapa general del país. Y, sin embargo, la parroquia contaba entonces con cinco mil almas, repartidas entre los trece poblados diseminados en la llanura del Río Raba…lo que no es poco!
El 28 de julio, con una modesta maleta en mano, el nuevo vicario llega a Niegowic. Viste pantalones de paño, un jersey y una boina.  Ha tomado el coche de línea hasta Gdow, donde un campesino lo ha subido en su carro y lo ha acompañado a Marzowice. Desde allí ha llegado a Niegowic a pie, acortando distancias a campo traviesa para ahorrar tiempo. Desde el poblado de Lasowe Domy se descubre el campanario de madera d ela iglesia, que se levanta sobre la llanura en la que trabajan algunos grpos de cosechadores. Se ve llegar desde lejos al nuevo vicario, y enseguida es objeto de atención por parte de todos. Tiene el aspecto de un chico y parece muy delgado, pero el paso decidido es el de un hombre enérgico. Los testigos de su llegada lo observan mientras atraviesa el riacho, pomposamente llamado Krolewski Potok (riacho Real, que corre poco antes de entrar en el poblado. El recién llegado hace la genuflexión varias veces ante una capillita dedicada a San Juan Nepomuceno, a quien los campesinos piden desde hace años que aleje de ellos la miseria. «Me he arrodillado y besado la tierra», recuerda Juan Pablo II en “Don y misterio”.  «Había aprendido aquel gesto de San Juan Maria Vianney» El recuerdo del cura de Ars no abandonará nunca al vicario de Niegowic durante todo el tiempo que permanecerá allí. Después, el joven pastor se dirige hacia la iglesia, donde saluda el Santísimo Sacramento y se presenta al párroco. El anciano Kazimierz Buzala lo invita a instalarse en una de las dos habitaciones de la pequeña casa parroquial, que compartirá con el padre Kazimierz Ciuba, el vicario más viejo del pueblo, y con el padre Franciszek Szymonek, otro sacerdote llegado hacia poco. […]

(Niegowic hoy)

El sacerdote Wojtyla inicia su nueva vida en el campo de Niegowic,  con los fatigosos deberes cotidianos. Los vicarios del pueblo tienen algunas vacas, po9llos y conejos, cultivan el huerto, se ocupan de los bosques, ayudan a recoger y trillar el trigo. Tienen a su disposicòn algunas personas: una cocinera, una señora para la limpieza, y un hombre para mantenimiento. Pero los dos años vividos fuera del país  habían hecho olvidar a Karol Wojtyla que la mayoría de sus compatriotas vive aun sin electricidad y sin agua corriente.

Las jornadas del nuevo vicario comienzan a las 5 de la mañana y resultan muy cansadoras por las numerosas tareas que pesan sobre él. En primer lugar el catecismo: treinta horas a la semana en las escuelas elementales de los cinco poblados cercanos. Es la tarea principal de un vicario, que además – en un tiempo en el cual casi todos los niños se preparan para la primera comunión – se llama catequista.  A pie – raramente en bicicleta – (que a Karol no le gusta), en carro o bien en invierno en trineo, el joven vicario atraviesa  campos y  bosques desde Cichawa a Wiatowice, desde Niewiarow a Pierzchow, desde Nieznamowice a Krakuszowice, aprovechando algunos trayectos más largos para leer algo.
Siguen las confesiones: en el período de la confirmación, en marzo Karol pasa de diez a doce horas en el helado confesionario – la iglesia obviamente no tiene calefacción – escuchando pacientemente las intrincadas preguntas de los campesinos de la zona. Wojtyla interroga, responde, argumenta, anima….
«la confesión – dirá después a su amigo Malinski – es la corona de nuestro trabajo pastoral».  Para resistir al desánimo y mantener intacto el entusiasmo, piensa constantemente en el cura de Ars. Siguen las tradicionales «visitas de Navidad», una costumbre que en Polonia tiene sólidas raíces. El pequeño Lolek la había vivido en Wadowice, cuando siendo monaguillo acompañaba al párroco Prochownik de casa en casa en los días que preceden a la Navidad. Wojtyla descubre que aquellos contactos con los habitantes son insustituibles. En la iglesia, vestidas con trajes dominicales,  las personas parecen, en efecto, muy diferentes, mientras que en familia  son más autenticas.
A Karol le gustan sobre todo los encuentros afables que duran más de la hora prevista. Sobre todo en Zarabie, la zona más pobre del municipio, a donde lleva lo que otros, menos necesitados, le han regalado.
¡Pero cuantos esfuerzos físicos tiene que afrontar!  Hablar, cantar villancicos, bendecir a derecha e izquierda, comer y beber en cada casa que visita, andar, andar hasta el sufrimiento….


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