Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

sábado, 3 de septiembre de 2016

Madre Teresa: Renzo Allegri la recordaba en el centenario de su nacimiento

Por una serie de extrañas coincidencias, mantuve con ella diversos encuentros, largas conversaciones, viajes en coche. Puedo decir que tenía por ella un afecto profundo, y ella me demostraba una benevolencia tal que yo juzgaba amistad, y mi superficial vanidad me empujó a veces a aprovecharme de ella, pidiendo incluso favores que ya desde el principio yo mismo consideraba “imposibles”. Y sin embargo, en su infinita bondad, la Madre encontraba siempre la forma de contentarme.

Increíble. Estoy seguro de que todos aquellos que se han acercado a Madre Teresa han constatado esta amorosa disponibilidad suya. Era ciertamente una gran santa pero al mismo tiempo una mujer de una sensibilidad humana tan deliciosa, de una bondad de ánimo tan grande, que se sentía triste si no conseguía contentar a quien le pedía algo….. No le gustaba mucho hablar. Pero cuando lo hacía, era extremadamente fascinante, con ese modo suyo esencial e incisivo de exponer sus pensamientos. Hablaba preferiblemente a través de imágenes. Sus razonamientos eran una secuencia de hechos que llevaban a una conclusión inevitable….

Cuando estaba en Roma, y le pedía verla, me citaba en el pequeño convento del Celio, donde está la Casa madre de las monjas fundadas por ella, las Misioneras de la Caridad. Decía: “Le espero mañana por la mañana a las cinco y media”. A esa hora, en el pequeño convento, estaba la Misa reservada a las monjas y la Madre deseaba que, antes de hablar conmigo, nos encontrásemos unidos en la oración. Llegaba puntual y encontraba, en la puertecita del convento, una hermana que me esperaba y me acompañaba a la capillita. Seguía la Misa junto a la Madre, que estaba arrodillada en el suelo, en el fondo de la capillita. Para mí, en cambio, hacía preparar un reclinatorio cómodo y también una silla. Desde mi sitio podía observar a todas las hermanas y también a la Madre, que no hacía precisamente nada especial. Estaba acurrucada sobre sí misma, casi formando una bola, y estaba concentrada en la oración silenciosa como si yo no existiese. Pero precisamente desde aquella postura de anulación incluso física, transmitía una potente energía e infinitas consideraciones que largas conversaciones no habrían sido capaces de sugerir.

Después de la Misa, la hermana que me había acogido me acompañaba a un cuartito del convento, adonde de modo infalible, poco después, llegaba la Madre con una bandeja para el desayuno. Madre Teresa me servía el desayuno. No permitía que lo hiciera una de sus monjas, quizás aquella que me había acogido a la puerta del convento. Quería hacerlo ella. La primera vez yo estaba confuso e intenté impedírselo, diciendo que no tenía hambre, que por la mañana no comía nunca. Pero ella intuyó mi turbación y no hubo forma de detenerla. Me servía con un conmovedor amor maternal. Café, leche, mermelada, tostadas. Se preocupaba de que comiese. Y aquellas atenciones suyas hablaban más que las entrevistas. Después, terminado el desayuno, me concedía su tiempo. Yo tomaba mis apuntes con las preguntas, encendía la grabadora y ella respondía….

Cuando pienso en Madre Teresa, la imagen que se me viene en seguida a la mente es a ella en oración. La primera vez que viajé en coche con ella, tuve el honor de sentarme a su lado. Debíamos trasladarnos desde la vía Casilina, en la periferia de Roma, donde hay una casa de las Misioneras de la caridad, al Vaticano, donde la Madre iba a ser recibida por el Papa…...

El coche partió con gran velocidad porque teníamos prisa, llegábamos tarde. No se podía en absoluto hacer esperar al Papa. Madre Teresa miraba desde la ventanilla. Su rostro estaba sereno. Después de un momento, la Madre nos pidió que rezáramos con ella. Se hizo el signo de la cruz, de un bolsillo de su sari sacó un rosario. Oraba en voz baja, con voz sumisa, recitando el Padrenuestro y las Avemaría en latín. Nosotros rezábamos con ella. El coche aceleraba nervioso en el tráfico caótico e intenso. A veces frenaba bruscamente, daba volantazos, arrancaba imperioso, agarraba las curvas de forma temeraria, era abordado por otros coches, impacientes y agresivos, que lanzaban amenazas con penetrantes golpes de cláxon. Yo estaba agarrado al manillar y miraba con preocupación al conductor, muy bueno pero imprudente. Madre Teresa, en cambio, estaba absorta en la oración, y no se daba cuenta de nada.  Acurrucada en su asiento, estaba hablando con Dios. Tenía los ojos semicerrados. El rostro arrugado, doblado sobre el pecho, estaba transfigurado. Parecía casi que emanara luz. Las palabras de la oración salían de sus labios, precisas, claras, lentas, casi como si se detuviera a saborear el significado de cada una de ellas. No tenían la cadencia de una fórmula continuamente repetida, sino la frescura del diálogo, de una conversación viva, apasionada. Parecía que la Madre hablara realmente con una presencia invisible.

Un día le pregunté, de repente: “¿Tiene miedo de morir?” Estaba en Roma desde hacía algunos días. La había visto un par de veces y había ido a saludarla porque volvía a Milán. Ella me miró como si quisiera entender la razón de mi pregunta. Creí que había hecho mal en hablar de la muerte e intenté corregir el tiro. “La veo descansada”, dije. “Ayer, en cambio, me parecía muy cansada”. “He descansado bien esta noche”, respondió. “En los últimos años usted ha sufrido intervenciones quirúrgicas muy delicadas, como la del corazón: debería cuidarse, viajar menos”. “Me lo dicen todos, pero yo tengo que pensar en la obra que Jesús me ha confiado. Cuando ya no sirva más, será Él quien me detenga”.   Y cambiando de tema, me preguntó: “¿Dónde vive?”. “En Milán”, respondí. “¿Cuándo vuelve a casa?”. “Espero que esta misma noche. Quisiera tomar el último avión, así mañana, que es sábado, puedo estar en familia”. “Ah, veo que usted es feliz de volver a casa, con su familia”, dijo ella sonriendo. “Llevo fuera casi una semana”, respondí para justificar mi entusiasmo”. “Bien, bien”, añadió. “Es lógico que usted esté contento. Va a encontrar a su mujer, a sus niños, a sus seres queridos, su casa. Es justo que sea así”.  Permaneció aún unos momentos en silencio, y después, volviendo a la pregunta que le había hecho, prosiguió: “Yo estaría contenta como usted si pudiese decir que me muero esta noche. Muriendo me iría a casa yo también. Iría al paraíso. Iría a ver a Jesús. Yo he consagrado mi vida a Jesús. Convirtiéndome en monja, me he convertido en la esposa de Jesús. Todo lo que hago aquí, en la tierra, lo hago por amor a él. Por tanto, al morir, volvería a casa. Donde mi esposo. Además, allí, en el paraíso, encontraría también a todos mis seres queridos. Miles de personas han muerto entre mis brazos. Son ya más de cuarenta años que dedico mi vida a los enfermos y a los moribundos. Yo y mis hermanas hemos recogido por las calles, sobre todo en la India, miles y miles de personas agonizantes. Las hemos llevado a nuestras casas y las hemos ayudado a morir serenas. Muchas de esas personas han expirado entre mis brazos, mientras yo les sonreía y acariciaba sus rostros temblorosos. Por eso, cuando muera, encontraré a todas estas personas. Están allí y me esperan. Nos quisimos en esos momentos difíciles. Hemos seguido queriéndonos en el recuerdo. Quién sabe qué fiesta me harán al verme. ¿Cómo puedo tener miedo a la muerte? Yo la deseo, la espero porque me permitirá finalmente volver a casa”.


En general, en las entrevistas, y también en las conversaciones, Madre Teresa era concisa, daba respuestas breves y veloces. En aquella ocasión, para responder a aquella extraña pregunta mía, había afrontado un auténtico discurso. Y mientras decía esas cosas, sus ojos brillaban con una serenidad y una felicidad sorprendentes.
[Traducción del italiano por Inma Álvarez]


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