Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

lunes, 28 de mayo de 2012

Entrevista a Mons. Slawomir Oder en el primer aniversario de la Beatificación de Juan Pablo II (II)




Entrevista realizada por Giuseppe Tetto para la página oficial de la Postulación y publicada en este blog con autorización 


En vida, Juan Pablo II fue amado por millares de fieles. Ahora parece que después de la muerte, y a distancia de un año de la Beatificación, aquella masa se ha multiplicado. Basándose en su experiencia, ¿cómo explica este fenómeno?
La característica de un santo es su universalidad. Mientras peregrinamos por esta tierra estamos vinculados en el cuerpo al tiempo y al espacio; para una santo no existe este límite. Por ello, su cercanía puede ser percibida por muchas personas en diferentes partes del mundo. Seguramente la peregrinación a las reliquias, a la tumba del beato es un fenómeno muy particular, ligado a nuestra tradición cristiana desde los albores de la iglesia, que reconocía los lugares del martirio, de la sepultura de los santos como lugares particularmente  santificados por su sangre. Pero tenemos que recordar que la presencia física de las reliquias no es un hecho mágico, sino más bien un reclamo a los valores de la vida representados por el Santo, al valor del mensaje que él nos ha transmitido. Pienso, por tanto, que esta peregrinación a la tumba de Juan Pablol II expresa, por una parte, el natural deseo de sentir la cercanía de una persona que es considerada de familia, una persona querida, y al mismo tiempo concretiza el deseo de acudir a la riqueza de la fe del mensaje que él ha dejado a la Iglesia como herencia.



En sus viajes con la reliquia itinerante del Beato Juan Pablo II, en el mundo y en Italia, ¿cuál ha sido el momento más particular, más significativo que ha quedado grabado en su memoria?
Tres momentos han dejado una huella imborrable en mi memoria. El primero tuvo lugar durante el viaje a México. Allí, durante uno de los trayectos para acompañar la reliquia del Beato en todas las diócesis de México, una mujer joven paró el coche en que viajábamos, llevaba en brazos a un niño enfermo. La joven madre quería simplemente encomendar a su pequeño a la intercesión de Juan Pablo II. Un gesto sencillo pero que expresaba toda una fe profunda. Un acto que refleja la enorme confianza de que goza el Beato Juan Pablo II, percibido como una persona de familia, un buen padre, un buen amigo, un buen abuelo. Una realidad que no se ha roto con la muerte.
Un segundo momento es la imagen de la inmensa masa que rodeaba la catedral de Bogotá, muchas víctimas del terrorismo. Personas que sufren en el cuerpo y en el alma incluso, en aquella circunstancia el dolor era palpable, algunos sacerdotes que ejercían su ministerio en el confesonario me han testimoniado de haber recogido las confesiones de muchos perdones. Un perdón que recuerda el de Juan Pablo II a Mehmet Ali Ağca: el Santo Padre muchas veces recordó que un gesto de perdón está en la base de todo diálogo y pacífica convivencia, sin el perdón como fundamento la humanidad no puede ir adelante. 
En fin, el tercer momento se sitúa en Nigeria; se trata de un hecho simpático, dulce: una persona anciana acercándose a la reliquia sonrió y pronunció estas palabras: “Querido y viejo amigo, nos vemos de nuevo”. Me dijeron después que aquella persona había sido uno de los embajadores de los países africanos acreditados ante la santa sede en los años del pontificado de Juan Pablo II.



Los jóvenes fueron siempre el alma de la obra de Juan Pablo II. Hoy, en un  momento tan difícil, donde el futuro para las nuevas generaciones parece oscuro e incierto. ¿Juan Pablo II puede ser aún una vez más un faro para ellas?
No por nada él ha sido llamado testigo de esperanza. No es una vana consolación sino una esperanza que va más allá de aquella que podría ser percibida como la seguridad humana inmediata. Son dos los aspectos sobre los que reflexionar: el primero es, sin duda, vivir el momento presente como una llamada a dar lo mejor de sí mismos, a no desanimarse, a no dejarse abatir por el cansancio y por la desconfianza porque momentos como estos la humanidad los ha vivido en otras épocas, y ha sido la gente que no se ha dejado vencer y que ha vivido como protagonista la que ha dado su contribución esencial para superar esa fase. Y el segundo aspecto es que la esperanza de Juan Pablo II iba más allá de la esfera temporal, se dirigía a Dios. Y es precisamente el soplo del Espíritu Santo que atraviesa la historia, que sopla también ahora, que da el sentido también a los momentos de angustia, de sufrimiento como los que estamos viviendo. Cristo ha resucitado y la última palabra no pertenece ni al mal, ni al pecado, ni a la muerte, ni a la desesperación. Juan Pablo II, como testigo de aquel que ha percibido el soplo del Espíritu santo, indicando a Cristo, nos ha indicado dónde buscar la esperanza, dónde buscar la luz y el coraje de no dejarse vivir, sino de vivir como protagonistas.

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